Un consulado en París 10 de agosto de 1939
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10 de agosto de 1939

Los encuentros matinales en el jardín a la salida del sol y en oscuros portales cuando terminaba de dar clases en casa de los Hart, se hicieron cada vez más frecuentes.

Anne le dio las gracias y cuando Yael se hubo marchado, subió hasta la buhardilla. Hendió la llave en la cerradura y la puerta cedió con un crujido. La estancia era pequeña, y los techos bajos por los laterales, Simon tendría que agacharse pensó, divertida, soltó una carcajada.

El apartamento tenía tres ventanas que sobresalían del tejado con vistas a los Campos Elíseos.

Al fondo el Arco del Triunfo. ¡Qué vistas, y qué atardeceres!

A la izquierda una pequeña cocina, apenas un infernillo para cocinar y una alacena.

Frente a una de las ventanas una mesa con dos sillas.

Y al otro lado, una cama de matrimonio algo desvencijada.

Sonrió, necesitaba un poco de limpieza y algunos arreglos, pero era un refugio ideal. Dejó la puerta entornada y se refrescó en la palangana del baño. Se sentó entonces a leer mientras le esperaba.

Una media hora después, apareció Simon. Se apoyó en el marco de la puerta y cruzó los brazos.

Dibujó una media sonrisa mientras la miraba.

Estaba tan absorta en su lectura, que no había reparado en su presencia.

Carraspeó y levantó una ceja divertido. Ella retiró la mirada del libro, lo cerró con cuidado y lo dejó sobre el poyete de la venta.

Sobraban las palabras. Él cerró la puerta y se quitó la chaqueta dejándola sobre el respaldo de la silla.

Ella se levantó despacio, se puso de puntillas para besarlo, mientras él rodeaba su estrecha cintura con los brazos.

Le acarició el rostro, suave y recién afeitado, aspiró su olor, como si quisiera retenerlo en la memoria para siempre.

Su perfume se mezclaba con el olor del tabaco y de su piel ligeramente salada a causa del sudor por el calor del verano.

Era un olor inconfundible, era real. Él la aupó, y sus rostros quedaron a la misma altura.

Anne enredó las piernas en su espalda y él la recostó con suavidad sobre la cama.

La respiración de ambos se entrecortaba y se miraban con intensidad antes de fundirse en largos besos.

Bajó la mirada a los botones de su blusa y comenzó a desabrocharlos con un cuidado exquisito.

Anne cerró los ojos. Podía notar la respiración de Simon sobre su ombligo.

Él le acarició con dulzura el vientre y la cubrió de besos.

Anne sentía que se mareaba de placer mientras hundía las manos en el pelo de Simon.

Él alzó la cabeza y sus labios volvieron a encontrarse.

Anne le quitó el chaleco y le desabrochó la camisa con destreza.

Le quitó los gemelos y una vez estuvieron libres los puños, la dejó caer a un lateral.

Rodaron sobre la cama, y Anne le acarició el torso, recorriendo despacio con el dedo índice cada línea, desde la ingle hasta el cuello.

Notaba como se tensaban los músculos a su paso y la piel se le erizaba.

Se perdieron el uno en el otro, hasta que no pudieron más y no solo sus cuerpos se fundieron en aquel momento.

Sus almas tocaron el cielo en aquella buhardilla con una intensidad que no habían conocido hasta entonces.