Un consulado en París 24 de julio de 1939
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24 de julio de 1939

Hugh y Lilian desayunaban sin prisa en el jardín trasero de su residencia en Eaton Place. Sonó el timbre y se miraron extrañados ¿quién sería a esas horas de la mañana?

-            ¿Esperas a alguien querido? – preguntó Lilian limpiándose delicadamente los labios con una servilleta.

-            Te iba a preguntar lo mismo. No tardaremos en averiguarlo.

Las puertas correderas se abrieron y apareció uno de los compañeros de Hugh en el Foreign Office, Tobias Graham.

-            Señora – saludó dirigiéndose a  Lilian - lamento molestarles tan pronto.

-           No es molestia – Lilian esbozó una media sonrisa – Yo me retiro ya, creo que tenéis muchas cosas de las que hablar. Estaré en el cuarto de los niños.

-           Ven conmigo. Pasemos a la biblioteca – tomaron asiento en los butacones de cuero – pensé que nos veríamos a las doce en la reunión sobre el estado de las conversaciones con Francia y la Unión Soviética.

-           Van a fracasar – Toby parecía cansado – puede ser en un día o en un mes, pero ese pacto no se firmará nunca, créeme.

-            Comparto tus pensamientos amigo – abrió una caja de habanos y le ofreció uno.

Toby encendió el puro y paladeó el sabor unos segundos.

-            Es bueno – afirmó satisfecho.

-            Me los traen de Cuba. ¿Qué te trae por mi casa que no podía esperar a vernos en la oficina?

-           Venía caminando desde mi casa y como todas las mañanas he pasado por el Strand. Hoy había una enorme pancarta colgada en apoyo a Churchill “¿Cuál es el precio Churchill?” dice.

Los seguidores de Churchill se preguntaban por qué el político conservador, contrario a las políticas de apaciguamiento desde que Hitler invadiera Checoslovaquia en 1938, no había actuado todavía para cobrar más peso en el gobierno.

Lo cierto era que había una enorme oposición por parte de Neville Chamberlain de que ello ocurriera.

Era bien sabido que para Churchill la guerra era inevitable desde la anexión de los sudetes y la invasión de Checoslovaquia en 1938.

Y por tanto, consideró una humillación y una catástrofe la firma de los acuerdos de paz Múnich en 1938.

-           Está claro que las políticas de apaciguamiento no han funcionado – Hugh era un firme partidario de Churchill pero a Chamberlain no le gustaban las opiniones disidentes por lo que el debate se limitaba a expresarse en susurros por los pasillos de Whitehall – vamos directos a otra guerra.

-           ¡Chamberlain está ciego! – Tobias Graham había trabajado con varios ministros y era un veterano de la Gran Guerra. Para Hugh, su criterio valía tanto como el de Churchill.

-            ¿Cuánto crees que tardará Winston en tomar cartas en el asunto? Tú lo conoces personalmente ¿qué tiene en mente?

-           Si hay algo que aprendí de Winston Churchill durante la guerra y los años posteriores es que es imposible saber qué está pensando – Toby rió con ganas – pero ten por seguro de que si ocurriera lo peor no se quedará atrás.

-           Me alegra oírte decir eso – Hugh dio un largo sorbo a su té – es un alivio saber que cuanto todas las luces se apaguen aún tendremos algo de claridad – apuró la taza y salieron juntos para la oficina.

Aprovecharían el día para ver cuántos partidarios de un papel más activo por parte de Winston Churchill había.

Al día siguiente, casi todos los periódicos se hicieron eco de la noticia, prensa nacional e internacional, con la sonada excepción del Times.

Era relevante más por lo que simbolizaba que por el hecho de que supusiera una gran diferencia para nadie.

Significaba que una parte de la sociedad británica, antes tan partidaria de las políticas de apaciguamiento y de evitar la guerra a toda costa, se había resignado y había abierto los ojos ante la nueva realidad.

El horror de la Gran Guerra aun estaba vivo en los corazones de los británicos, pero hacer oídos sordos no iba a evitar el conflicto.

El verano en París fue glorioso aquel año.

Las cafeterías estaban abarrotadas, las calles rebosaban actividad, los artistas callejeros inundaban París con su música.

Se vendían crêpes en puestos ambulantes y los pintores retrataban Montmartre como nadie con sus acuarelas.

No parecía que estuvieran al borde del estallido de una guerra.

Johann y Anne disfrutaban de los últimos rayos de sol del día mientras tomaban un helado en la rivera del Sena.

-           Johann, ¿por qué no ha publicado nada el Times hoy de la petición anónima de regreso de Churchill a la primera línea de la política?

-           Porque esas noticias sobre una figura tan beligerante no benefician a nadie – parecía hastiado – nuestro periódico no contribuirá a una escalada.

-           ¿Johann estáis ciegos? – ya no sabía si la ceguera de su marido era real o forzada, pero cada vez le ponía más nerviosa.

-           No tengo por qué hablar contigo de esto – fue tajante – se acabó, la guerra y la política no son cosa de mujeres.

Abrió los ojos como platos. No se consideraba inferior a Johann en aspecto alguno.

Estaba claro que había muchos ámbitos donde la presencia de la mujer ni se fomentaba ni era bienvenida, pero nunca había quedado entre ellos trazada la línea de manera tan flagrante.

Siempre habían hablado de todo y nunca se habían puesto en tela de juicio sus opiniones.

Visiblemente enfadada, no dijo ni una palabra hasta que se terminó su helado.

-            Me voy a casa. No soporto que me trates como si fuera una niña.

-           Bien, haz lo que quieras. Yo tengo planes esta noche. No me esperes despierta – el tono de indiferencia que tilizó hizo enfadar todavía más a una Anne que se ya se alejaba caminando a grandes zancadas.

Cuando llegó a casa se quitó los zapatos, hizo un gesto de dolor y miró hacia abajo.

Había caminado demasiado y tenía varias heridas y ampollas en ambos pies.

Sacó una palangana de hierro, la llenó con agua fría y los metió dentro.

Sintió un alivió inmediato y exhaló un suspiro.

Decidió escribir a Lil, eso siempre le hacía sentir bien.

Abrió el cajón de su cómoda donde guardaba el papel y la pluma, pero no lo encontró.

Fue al despacho y miró por todas partes.

No importa, pensó, se lo cogeré prestado a Johann.

Abrió el primer cajón del escritorio y sacó un taco de papeles.

Parecían todos escritos, pero los fue pasando uno a uno con la esperanza de encontrar una hoja en blanco.

Sus ojos se posaron en un sobre con matasellos de Inglaterra.

Lo abrió, desdobló la carta y leyó su contenido.

Era de Norman Ebutt, quien había sido corresponsal en jefe del Times en Berlín hasta 1937, cuando el régimen nazi lo expulsó acusado de espionaje.

Había conocido a Ebutt en una cena en Londres cuando regresó del continente.

Le gustó al momento, simpático y con un gran sentido de la integridad.

Londres, 30 de junio de 1939

Estimado Johann:

Espero que estés disfrutando de París, ¡cómo echo de menos un buen vino francés!

Bien sabes que a raíz del ataque al corazón dejé de escribir, pero sigo leyendo los periódicos y me entristece ver que no hay una sola línea en el Times que refleje el abismo hacia el que nos dirigimos.

Sé que no eres partidario de una nueva guerra, ninguno lo somos.

Quien desea una guerra no es más que un loco.

Sin embargo, como periodistas tenemos un compromiso con la verdad, y si bien la verdad absoluta no existe, al menos debemos ceñirnos con rigor a los hechos.

Apelo a nuestra breve amistad para que hables con Geoffrey. Te ruego que no sigáis ocultando la verdad actuando como marionetas de un gobierno que tiene los días contados. Si no lo hacéis, la historia os juzgará muy severamente.

Cuídate mucho.

Norman

Releyó la carta dos veces. Norman Ebutt tenía razón, el encubrimiento de la verdad no haría sino acrecentar la sensación de frustración cuando la guerra estallase.

Porque estallaría. No tenía demasiada fe en hacer cambiar de opinión a su marido, pero la carta de Ebutt le insufló ánimos.

Toda Gran Bretaña no podía estar tan equivocada.

Suspiró. Se guardó la carta en un bolsillo y resolvió que tan pronto regresase trataría de hablar con él de nuevo.

Sin embargo, los acontecimientos aquella noche se desarrollaron de forma completamente diferente a como había imaginado. Cuando Johann volvió eran pasadas las dos de la madrugada, el estallido de cristales rompiéndose sobre el suelo hizo que Anne se despertase sobresaltada por el ruido.

-            ¿Johann? – su voz sonaba temblorosa. No obtuvo respuesta. Lo intentó de nuevo - ¿eres tú?

El silencio no era buena señal, pero tenía que averiguar qué estaba pasando.

Rápidamente se puso el batín, encendió las luces de la habitación y fue hacia la entrada.

Ahí estaba su marido, borracho como una cuba y con la camisa medio desabrochada y empapada en sudor y bebida espirituosa.

Tambaleándose se acercó hacia ella y la atrajo hacía sí para besarla, pero Anne le apartó de un empujón.

-            Apestas a alcohol ¿dónde has estado?

No contestó. Apenas se tenía en pie, pero volvió a acercase a ella mientras decía cosas ininteligibles.

-           Johann, apártate de mí – su tono era firme – hasta que no me digas dónde has estado y por qué vuelves así no pienso dejar que te acerques – silencio fue todo lo que obtuvo por respuesta – entonces no quiero que duermas en mi cama esta noche.

-           ¿Ni un beso? – el aliento le olía terriblemente a alcohol. Anne lo apartó de nuevo, pero él no daba su brazo a torcer y la agarró con fuerza por encima del codo cuando ella trató de marcharse.

-            ¡Johann suéltame! ¡Me haces daño!

Ajeno a sus súplicas, la apretaba cada vez más mientras le besaba el cuello torpemente y con ansia.

En esa fracción de segundo Anne sintió como su pequeño mundo se resquebrajaba, como algo se rompía, algo que no podría ya arreglarse nunca más.

Tenía que alejarse de Johann inmediatamente si no quería salir mal parada.

-           ¡He dicho que me sueltes! – consiguió zafarse con un enorme esfuerzo, recobró el equilibro y con la mano derecha le dio un sonoro bofetón en la mejilla izquierda.

Johann se quedó desconcertado. Anne utilizó esos momentos de duda para correr al dormitorio.

Cerró el pestillo y con el corazón latiéndole desbocado se sentó en el suelo bloqueando la puerta con su espalda.

Sin embargo, él no corrió tras ella. Abatido y dándose cuenta de su error se tapó la cara con las manos y se encerró en el despacho desplomándose en el butacón del escritorio.

A los pocos minutos la casa quedó en calma.

Anne estaba tan asustada que no pudo dormir.

Al alba se vistió y con enorme sigilo salió de la habitación.

Los ronquidos de Johann inundaban la casa desde hacía horas.

Antes no le importaba, ahora se le antojaba insoportable.

Cogió sus cosas y se marchó a la embajada.

Allí al menos se sentiría segura y el trabajo mantendría su mente ocupada el resto del día.

Ya pensaría qué hacer cuando fuera el momento de volver a casa.

Al llegar no fue directamente a su puesto de trabajo, todavía quedaba un buen rato para que la jornada diera comienzo.

Cruzó por las cocheras y salió por la puerta que daba al jardín trasero.

En busca de un poco de paz se sentó en el banco de piedra junto a la fuente y cerró los ojos, tratando solo de concentrase en su respiración y en el sonido del agua.

Inspirar, retener el aire en los pulmones y espirar lentamente como si quisiera apagar una hilera de velas.

Tan concentrada estaba en este ejercicio que no escuchó los pasos que se acercaban por su espalda.

-           ¿No es un poco pronto para un descanso? – una voz amiga con tono sarcástico la trajo de vuelta – se giró hacia él. Ella tenía los ojos enrojecidos y unas marcadas ojeras. El semblante cambió de él y se sintió un poco estúpido por la inoportuna broma – ¿Anne, qué te ha pasado?

Notó un cosquilleo en la nariz. Simon se sentó a su lado. Instintivamente la abrazó como si intentara protegerla de cualquier peligro. Anne se encogió.

-           Anne, Anne, háblame por favor, ¿qué te ha pasado?

– nunca la había visto así. Siempre estaba sonriente y el mundo parecía brillar cuando ella estaba alrededor.

Acurrucada bajo su brazo protector la relación profesional quedaba a un lado.

Eran solo una mujer rota y un hombre que quería cuidar de ella.

No deseaba que nadie la viera así, pero era demasiado tarde.

Se derrumbó, le contó todo lo que había pasado de madrugada y lloró sobre su camisa hasta que ya no le quedaron lágrimas.

Cuando parecía que estaba más tranquila, él la soltó y se acuclilló en el suelo frente a ella.

Le retiró suavemente los rizos de la cara y colocó los mechones detrás de sus orejas.

Sus ojos estaban a la misma altura, los de él, azules, profundos, querían ver más allá de los empañados y brillantes ojos marrones de ella.

Él la miraba con dulzura, ella con agradecimiento.

Aunque había algo más en aquellas miradas, había anhelo.

Un anhelo que había permanecido latente pero que en aquella mañana de verano se había abierto paso y hecho caer de un soplo todos los muros que ambos se habían empeñado en levantar a su alrededor.

Y así, sin mediar palabra, sus labios se encontraron, primero tímidamente y después con mayor intensidad.

Con la intensidad de quien se ha deseado dolorosamente en secreto y ya no tiene que ocultarlo más porque es correspondido.