Un consulado en París 20 de junio de 1939
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20 de junio de 1939

El teléfono de la entrada sonaba sin descanso. Estaban tan ensimismados en sus tareas que no se habían dado ni cuenta de que alguien estaba llamando. Johann se levantó de la silla del estudio, dejando el artículo a medias. Descolgó.

-            Residencia de los Adler, buenas tardes.

-           Buenas tardes, señor Adler – una voz femenina muy agradable le llegó desde otro lado de la línea – ¿podríamos hablar con la señora Adler por favor?

-            Claro, un momento – con la mano izquierda tapó el auricular - ¡Anne es para ti!

-           ¿Para mí? – enarcó las cejas, y dejó la novela que estaba leyendo sobre el brazo del sofá – ¿quién es?

-           No lo sé, no me lo ha dicho – le pasó el teléfono a su esposa y se volvió al despacho.

-            ¿Diga? – preguntó con voz trémula.

-           Señora Adler, mi nombre es Lory Stewart, encargada de personal de la embajada británica.

Tengo entendido que es usted ciudadana británica residente en París – Anne afirmó, la mujer prosiguió – nos gustaría saber si estaría usted interesada en un puesto temporal como asistente de la sección consular, visados y pasaportes.

Enmudeció sorprendida. Lo último que esperaba en aquellos tiempos tan convulsos era una oferta de trabajo, pero no se lo pensó dos veces. Imaginó que podría continuar con sus clases por la tarde. Un trabajo a jornada completa era la oportunidad perfecta para mantener la mente ocupada.

-            Sí, por supuesto, me encantaría ser de utilidad ¿cuándo necesitan que me incorpore?

-           ¿Qué tal mañana por la mañana? – parecía todo dispuesto – la espero en la entrada de la rue Faubourg St. Honoré a las nueve y media. Sea puntual.

-            Perfecto allí estaré. Muchas gracias y que tenga una buena tarde.

-            Igualmente – al otro lado de la línea sonó un “click”, ya había colgado.

No pudo dormir en toda la noche y el poco rato que durmió tuvo pesadillas.

Soñaba que llegaba tarde, que no encontraba la dirección, que se subía en un autobús por equivocación.

Cuando por fin sonó el despertador lo apagó de inmediato.

Se dio una ducha rápida y se puso un traje chaqueta de color blanco.

Se hizo un recogido sencillo en el pelo y terminó poniéndose un sombrero a conjunto.

-            ¿Qué tal estoy? – preguntó mientras se miraba en el espejo desde todos los ángulos posibles.

-            Estás radiante. Si vas siempre tan guapa a tu nuevo trabajo tendré que ponerme celoso.

-           ¡Qué cosas tienes! Las embajadas son sitios solo habitados por dinosaurios, tú mismo lo dijiste – le sacó la lengua burlona. Le plantó un sonoro beso, cogió su bolso y salió de casa.

Llegó a las enormes puertas negras y enseñó su pasaporte a los guardias que custodiaban la entrada. Pocos minutos después, una pizpireta mujer bajita con el pelo negro cortado al estilo garçon salía a su encuentro.

-            Bienvenida señora Adler. Soy Lory Stewart. Que aceptara la oferta ha sido un alivio, estamos enormemente faltos de manos.

-            Es un placer ayudar, estoy deseando empezar.

El consulado estaba ubicado en la planta baja de la embajada, y era un auténtico hervidero de actividad.

Varias personas hablaban por teléfono a la vez, los papeles se amontonaban sobre las mesas y la gente se cruzaba casi chocándose los unos con los otros mientras corrían de un lado a otro.

No podía dejar de pensar en Simon, no debía andar lejos.

La perspectiva de verlo todos los días le neraba tanto miedo como emoción.

Trató de calmar los nervios y le prestó a Lory toda su atención.

-           Se lo explicarán con más detenimiento sus compañeros, pero sus tareas principales consistirán fundamentalmente en trabajo administrativo – asintió – esta es su mesa.

Su escritorio estaba junto a una de las ventanas que daban al jardín.

Podía ver una de las fuentes que borboteaban ajenas al bullicio del interior del edificio.

El sol se colaba entre las ramas de los árboles, dándole un aspecto cálido.

Un ramo de flores blancas estaba sobre la mesa.

Lo agarró y se lo llevó a la nariz, la fragancia era magnífica.

Se lo llevaría a casa al terminar la jornada y las pondría en agua para que no se marchitasen demasiado pronto. Era todo un detalle.

-           Puede dejar ahí sus cosas – señaló un perchero y un armario al fondo de la estancia – ahora venga conmigo, le presentaré al cónsul.

Él será su supervisor directo – Anne estuvo a punto de decirle que ya se conocían, pero se mordió la lengua a tiempo, era mejor guardarse algunos secretos para una misma – es un hombre muy ocupado por lo que no le entretenga con preguntas.

Su supervisor le explicará todo lo que necesita saber más tarde.

-            Perfecto muy amable.

Salieron de la ajetreada sala consular y caminaron por el pasillo hasta el ala contraria. Lory llamó con los nudillos a la puerta del despacho.

-           Adelante – su voz les llegó clara desde dentro. Abrieron la puerta y él, sin levantar la vista de los papeles que estaba estudiando, les hizo un gesto con la mano invitándolas a acercarse.

Permanecieron de pie frente a la enorme mesa del despacho durante unos segundos que a Anne se le antojaron interminables.

-           Hmmm, hmmm, bien – el cónsul murmuró satisfecho. Tapó la pluma estilográfica, se quitó las gafas que usaba para leer y se apoyó sobre la mesa para ponerse en pie.

-           Señor Cónsul, esta es la señora Anne Adler. Se incorpora hoy para las labores de asistente de las que habíamos hablado.

-           Muchas gracias Lory – miró a Anne y le tendió la mano – señora Adler – su voz se le antojó demasiado sensual, parpadeó dos veces y quiso pellizcarse el brazo por albergar esa clase de pensamientos. Por el amor de una madre, ¡que era su jefe!

-            Señor Campbell.

-           ¿Está cómoda en el sitio que le han asignado? – Simon Campbell parecía sentirse muy cómodo – Lory, ¿tiene la señora Adler todo lo que necesita?

-           Sí señor cónsul, yo misma me encargaré de supervisar que su formación se hace correctamente, Rémi será su supervisor –.

-           ¡Fantástico! – Simon Campbell dio una palmada – entonces todo está dispuesto. Lory encárgate de las presentaciones y que comiencen lo antes posible.

No tuvo margen para siquiera plantearse si Rémi le gustaba o no.

Resultó ser una de las personas más maravillosas que había conocido en su vida.

Tenía doble nacionalidad francesa y británica.

Rondaba los sesenta años, tenía unos vivarachos ojos grises y el pelo gris muy corto.

Cuando sonreía parecía un duende. Hablaba siempre con suavidad, nunca se enojaba cuando cometía errores, y sabía cómo hacerla sentir bien en cualquier momento, incluso cuando la corregía o le daba consejos sobre cómo hacer mejor las cosas. Muy francés.

Anne que había perdido a su padre a temprana edad y que estaba enormemente falta de un referente paterno, encontró en Rémi a ese hombre que no llegó a conocer bien y de quien no guardaba recuerdo propio alguno, todo era a través de los relatos de su madre.

Durante la Gran Guerra, su avión se estrelló en un trayecto cruzando el canal de la Mancha en 1917 mientras volvían del continente.

Así, con apenas dos años, quedó huérfana.

Durante los meses que trabajaron juntos, Remi se convirtió en un padre para ella, y el amor que sentía por ese afable agente consular lo atesoraría en el corazón el resto de su vida.

-           Una cosa más señora Adler. Venga a verme de nuevo una vez se haya instalado y tenga un hueco libre esta tarde – Anne asintió con la cabeza.

-           Muchas gracias por su tiempo señor cónsul, así lo haré – si él le había pedido olvidar las formalidades cuando estuvo por unas horas en su casa, estas habían vuelto en el trabajo, tal y como debía ser.

-           Venga conmigo querida. Hoy será un día muy ajetreado para usted. No tenemos tiempo que perder – Lory le flanqueó el paso y a continuación cerró las puertas tras de sí.

El primer mes pasó volando. El consulado estaba absolutamente desbordado de trabajo.

Aquel mes fue el que más salvoconductos y pasaportes se emitieron desde el final de la guerra en 1918.

Anne disfrutaba enormemente de su trabajo.

Se levantaba con la salida del sol e iba caminando al consulado, disfrutando de París y sus olores matinales, pan recién hecho y fragancia de flores.

Simon era el encargado de abrir la puerta de la sección consular todas las mañanas y Anne se sorprendió a sí misma llegando cada vez antes a la oficina, deseando con todas sus fuerzas que la puerta estuviera cerrada.

Como cada mañana que esto ocurría, una sonrisa se dibujaba en su rostro mientras iba a su despacho por el desértico pasillo.

A veces le encontraba ensimismado revisando los telegramas y cables que habían llegado durante la noche. Otras, estaba leyendo el periódico y disfrutando de una taza de café bien cargado.

-           Buenos días, Simon – volvieron a tutearse y a utilizar sus nombres de pila en privado. La complicidad crecía entre ellos día tras día. Todo quedaba, no obstante, en el ámbito profesional y nunca habían cruzado la línea de lo indecoroso.

-            Buenos días, Anne – y el tiempo parecía detenerse en esos preciosos segundos.

Caminaban juntos hasta la puerta de la sección consular y mientras él abría la caja fuerte para sacar la llave, ella le miraba en silencio desde el otro ángulo de la antesala.

Observaba con detenimiento cómo sus manos se movían despacio girando la pequeña rueda a izquierda y derecha hasta que la portezuela cedía.

Sacaba la llave, abría la puerta y la sostenía para que ella pasara.

-            Gracias.

-            Te veo en la reunión – decía él mientras se alejaba por el pasillo de vuelta a sus quehaceres.

-            Claro, en unos minutos.

El intercambio de palabras era sencillo, cada mañana seguía el mismo guion. Pero era como respirar, como un ritual, tan simple, pero a la vez tan necesario. Eran unos minutos íntimos que solo ellos compartían, y que no se repetirían hasta veinticuatro horas después.

Si por el contrario llegaba unos minutos más tarde de lo habitual y la puerta se abría al bajar el picaporte, se daba prisa para encontrar los pasaportes y visados que debían ser aprobados aquella mañana para asegurarse de que ningún otro compañero de administración se los llevara en su lugar.

Caminaba hasta su despacho, y a través de la cristalera lateral de la puerta comprobaba con disimulo si estaba en su mesa, atisbaba primero sus manos, sus brazos.

Entonces se alisaba la falda, se ahuecaba el pelo y llamaba suavemente con los nudillos.

“Buenos días”, “buenos días”, “Simon”, “Anne”.

Le gustaba cuando no había muchos pasaportes que aprobar, dos, tres, cuatro, porque entonces él lo hacía en el momento y ella se sentaba frente a él mientras charlaban de todo y de nada.

La oficina estaba a menudo vacía a esa hora, así, solo estaban él con su humeante taza de café recién hecho, y ella con una amplia sonrisa y las mejillas sonrojadas.

No recordaba haber sido tan feliz en mucho tiempo y a veces se sentía culpable por sentirse tan afortunada.