8 de junio de 1939 #6
La mujer soltó el pasador del pelo y dejó caer su larga y lisa melena negra.
Entrecerró sus ojos rasgados hasta no ser más que una fina línea y le agarró de la corbata.
Acercó sus labios a los de él y le besó con fervor.
Sabía a alcohol y olía a perfume caro. Sin duda, Mei Ling Campbell era una mujer tan atractiva como temible.
Anne permanecía callada en el asiento trasero. Rowlings miraba por el retrovisor de vez en cuando para asegurarse de que estuviera bien.
- Pare aquí por favor – pidió Anne.
- Pero aún no hemos llegado– replicó el chófer, quien tenía órdenes estrictas de dejarla en la puerta de casa, sana y salva.
- Lo sé, pero prefiero caminar hasta allí – lo último que quería era tener que dar explicaciones por haber vuelto a casa en un coche diplomático.
Rowlings cedió y estacionó dos calles más allá. Anne le dio las gracias y se apeó. Caminó el par de manzanas que restaban y llegó al portal. La puerta principal estaba abierta, rebuscó en el bolso hasta que encontró sus llaves para entrar en casa. Entró y se quitó los zapatos en el descansillo.
Johann la esperaba en el salón. Anne no quería discutir y se temía lo peor. Sin embargo, él no hizo ningún gesto que diera pie a la pelea.
- ¿Todo bien? – preguntó - ¿Qué tal has pasado con…?
- Claire – añadió Anne rápidamente – muy bien, he hecho algunos bocetos, pero se han quedado en su casa.
- ¿Qué tal tus reuniones? – preguntó mientras se servía un vaso de agua en la cocina.
- Bien, todo bien, seguimos muy pendientes de cualquier movimiento sospechoso que pueda haber, pero Geof está convencido de que la situación está controlada y que todo quedará en un susto.
- ¿Geoffrey tu editor en Londres? – inquirió Anne - ¿Un susto? Johann creo que estáis subestimando a Hitler – Johann resopló, pero no dijo nada, como si no mereciera la pena el esfuerzo.
Geoffrey Dawson, era el editor jefe del Times desde hacía unos tres años.
Era bien conocida su estrecha relación con el primer ministro Chamberlain y anteriormente con Stanley Baldwin.
Miembro de la asociación anglo-alemana, era una firme convencido y promotor de las políticas de apaciguamiento, así que se habían encargado de promoverlas y darles visibilidad en el periódico, convertido ahora en el brazo propagandístico del gobierno para influir en la opinión pública.
Además, y aunque nunca se puso por escrito, Johann le había contado que Dawson había prohibido cualquier mención del antisemitismo alemán desde que Hitler llegara al poder hacía seis años.
Anne decidió no tensar más la situación. Quería que el día terminase lo antes posible y dormir.
- Me meto a la ducha, estoy muy cansada.
Johann quiso ir tras ella, pero ella se lo impidió. No era el momento, todavía le duraba el susto y el dolor por la pérdida de su hijo no nato era demasiado desgarrador como para desear sentir siquiera el roce de las yemas de los dedos.
- Me ducharé rápidamente y haré la cena para los dos – zanjó con suavidad. Él retrocedió y levantó las manos en señal de rendición, por el momento.
Se acercó a la licorera y se sirvió un vaso de whisky.
Sacó la caja de fósforos para encenderse un cigarrillo.
Aspiró el humo y dio un trago. Todo parecía estar en orden.
Se había asustado al no encontrar a Anne en casa pero al verla entrar aquella tarde no vio nada que le hiciera sospechar que ella estuviera mal.
Envuelta en su albornoz y con una toalla enrollada en el pelo Anne salió de la ducha. Se puso el camisón y preparó sopa. Cenaron en silencio.
Anne se metió en la cama nada más terminar, y dejó que las lágrimas brotasen libres. Johann escuchó sus sollozos, pero no sabía muy bien qué hacer y ella insistía en que solo estaba cansada. La acunó hasta que se durmió rendida por el cansancio.
Al día siguiente, a primera hora de la mañana, apenas había salido el sol, un hombre llamó discretamente al timbre de los Lambert.
- J'arrive ! - se escuchó desde dentro una voz de Elise.
Abrió la puerta y al verlo supo que era alguien importante. Alto y atractivo, vestía un traje tweed gris. No se presentó. Se quitó el abrigo, que colgó en su brazo izquierdo.
- Buenos días, señora Lambert ¿se puede?
Se limpió las manos de harina en el mandil y lo invitó a pasar.
No parecía amenazador y quizá tuviera algo que decirles.
El desconocido aceptó, y se sentó en la mesita de la cocina.
Su acento era claramente británico, pero hablaba francés casi a la perfección.
No se anduvo con rodeos y le tendió un sobre con dinero.
¡Había suficiente para vivir todo un año!
Sólo había una condición. Debía recoger todo el correo de los Adler y facilitárselo a él.
Sintió una ola de culpabilidad y aunque la nueva inquilina le caía bien, no eran amigos y la comida empezaba a escasear.
Ese dinero les vendría bien, por si acaso, pensó.
El desconocido se bebió el café que la señora Lambert le había servido y se despidió educadamente dejando a la pobre Elise con una sensación extraña en el corazón. Sabía que no era ético, pero ¿qué lo era? El fin había justificado siempre los medios y eso no iba a cambiar ahora.