Un consulado en París 8 de junio de 1939 #5
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8 de junio de 1939 #5

Anne se metió bajo las sábanas y lloró amargamente.

No sabía qué hacer, empezaba a recordar que había visto a aquellos hombres la noche anterior, hablaba con otro hombre de Francia y de Alemania, de la guerra que iba a estallar inevitablemente y de los juegos de espías.

Deseaba no haber escuchado nada, aquello no era para ella.

Prefería estudiar y enseñar la historia a vivirla.

Estaba muy asustada y no sabía a quién acudir.

Parecía que Simon Campbell no sospechaba nada, y que sus evasivas tras su reciente recuperación de memoria habían servido.

Se sentía muy desdichada, no tenía a nadie en quien confiar, estaba sola.

-            Ya estoy aquí señora Adler. No llore, seguro que cuando se beba el té se sentirá mucho mejor.

Lo dudaba mucho, no había infusión que pudiera calmar el dolor que sentía, pero aun así le dio las gracias, y tomó la taza entre sus manos.

Sopló para enfriar el líquido y dio el primer sorbo.

Notó la bebida caliente bajar por su garganta hasta llegar a su estómago.

Cuando estaba a punto de terminárselo, llamaron de nuevo a la puerta, esta vez con mucha más firmeza.

Un hombre alto, con bigote y barba canosos entró a la habitación.

-            Soy el doctor Bontemps, y usted debe ser la señora Adler.

-            En efecto, muchas gracias por venir. No quiero ser una molestia para usted.

Sacó un estetoscopio del maletín y le pidió que se recostara en la cama. La auscultó por encima de la blusa el pecho y la espalda. Verificó la visión y la movilidad del cuello. “Hmmm” asintió. Le palpó el vientre en busca de cualquier signo de dolor, pero Anne no se movió, no sentía nada.

-           Señora Adler parece que está todo en orden – Anne le miró esperando más información.

El doctor comprendió y prosiguió – es cierto que ha perdido el bebé, pero usted se encuentra bien de salud y eso es lo más importante.

Habrá otros – dijo convencido – por el momento le recomiendo mucho reposo.

-            Gracias doctor. ¿Podré volver a mi casa esta tarde?

-            No le conviene hacer esfuerzos – negó el doctor con la cabeza.

-           Doctor, no se lo pediría si no fuera importante – Anne miró al doctor con mirada suplicante – necesito estar en mi casa esta noche.

-            ¿Sabe si alguien podría llevarla en coche?

-           Se lo pediré a Rowlings – la voz de Simon Campbell llegó clara mientras entraba en la habitación – él te dejará en casa.

El doctor afirmó con la cabeza, y acordó que la vería en dos semanas en su consulta para ver si la evolución era positiva.

Anne estuvo de acuerdo. Simon acompañó al doctor Bontemps a la puerta principal, se dieron un apretón de manos y el facultativo se marchó caminando bajo los olmos de la avenida.

Regresó a la habitación para asegurarse de que ella estaba bien.

-            Simon, he recordado algo – mencionó con voz trémula, necesitaba quitarse un peso de encima.

-            Adelante – hizo un gesto invitándola a hablar.

-           Anoche, en el callejón, había dos hombres. Hablaban mezclando el francés y el alemán y era todo muy confuso – hizo una pausa y dio un sorbo a su té, estaba casi frío pero no le importó – mencionaron la guerra y alejar a Francia del lado de Gran Bretaña.

Simon Campbell asintió con la cabeza, procesando la información que acababa de recibir, aunque no parecía sorprendido. Quizá ya lo sabía o quizá había sospechado que era posible que aquella situación se produjera.

-           Anne, ¿estás segura de que no te vieron?

Si tienes la más mínima sospecha de que te hubieran visto deberías decírmelo, es peligroso – Anne negó con la cabeza – si recuerdas algo más no dudes en contármelo.

Pero tenlo en cuenta, no debes hablar de esto con nadie – hizo una pausa y añadió – ni siquiera con tu marido.

Ya se marchaba cuando Anne recordó algo más.

-           ¡Espera! Uno de los hombres, tenía una enorme cicatriz en la mejilla – Simon Campbell permaneció en apariencia impasible. Anotó mentalmente el detalle e hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

-            Volveremos a vernos Anne Adler – y girando sobre sus talones se marchó por donde había llegado.

Marie ayudó a Anne a arreglarse el pelo y maquillarse. Rowlings la recogió en la entrada de la residencia. Se acomodó en los asientos en la parte de atrás del Bentley negro y dirigió una última mirada a la casa.

Mientras, en la sala de billar de la casa, Simon y su mujer bebían dos vasos de whisky. Tras las cortinas, observaron como el coche que llevaba a Anne de vuelta a su casa se alejaba y doblaba la esquina hasta desaparecer de su campo de visión.

-            ¿Te fías de ella? – preguntó ella con una voz que recordaba a un ronroneo.

-           No lo sé – respondió él tranquilo – estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, y eso la hace tan sospechosa como a la que más, pero aún así parecía sincera.

-           ¿Sabes quién es su marido verdad? – ella le pasaba las manos por el cuello sensualmente, sus uñas rojas y brillantes dejaban un leve rastro blanco por la piel de él.

-           Claro que lo sé. Es mi trabajo saberlo. No hace más que meter sus narices en los asuntos del gobierno. Se dedica a alimentar y defender la política de apaciguamiento del gobierno. Ha escrito un par de veces al servicio de prensa de la embajada para solicitar información.

-           También sabes que puede no ser del todo de fiar – ella sonrió con malicia y dio un sorbo a su vaso antes de hablar de nuevo – es un periodista, son como sabuesos, huelen la carroña y se lanzan a ella.

Hasta de lo más sórdido son capaces de hacer un artículo.

Son maestros de la pluma, pueden arrojar luz sobre la más grande de las verdades o contar la más impía de las mentiras.

-           Lo sé. Pero yo necesito trabajar en paz y llegar hasta el fondo del asunto. En Francia están pasando cosas muy raras. Lo último que necesito es a un periodista fisgón y a su mujer rondando por lugares poco recomendables.

-            Él es más que un periodista fisgón. Podría estar metido en asuntos más turbios que un puñado de artículos.

-           Estoy trabajando en ello, no me presiones más. Esta misión no es tuya y soy perfectamente capaz de llevarla a término sin mancharme las manos.

-           Simon querido, a mí no me mientas.

Vi como la mirabas cuando la trajeron hecha un trapo anoche.

Sientes compasión y no estoy segura de si algo más.

Si realmente te interesa déjame a mí encargarme de ello porque no vas a ser objetivo.

No juegues demasiado con ella si no quieres romperle el corazón.

Una cosa es seducirla para sacarle información y otra cosa que se enamore de ti.

-           Por amor de Dios, estás exagerándolo todo me parece a mí. No juego con nadie – se desembarazó del abrazo de ella – tampoco siento compasión. Solo quiero saber qué se traen entre manos esos dos.

-           Vi cómo te miraba. También vi como la mirabas tú durante el vals en la embajada. Tengo ojos en la cara. Pero de lo advierto, esa mujer es solo un ratón asustado. Tenías que haber visto cómo se sonrojó. Parecía una colegiala en su primer baile de fin de curso.

-           Y tú eres más guapa y mucho más inteligente – la miró fingiendo no dar importancia a su última apreciación – y eso te hace mucho más interesante.

-            Entonces no tenemos nada más que hablar por ahora.