8 de junio de 1939 #4
Oculta tras los arbustos, sintió que le faltaba el aire.
Pudo oír cómo los hombres se despedían. En la lejanía los pasos se amortiguaban en direcciones opuestas.
Con las piernas temblando salió de su escondite a tientas.
Alemania estaba jugando con todos ellos, y dentro del gobierno francés había topos, tenía que avisar a alguien ¿pero a quién?
De repente todo se volvió borroso, notó que algo caliente resbalaba por su pierna, trastabilló y cayó al suelo pesadamente.
Le dolía mucho la cabeza. Con un gran esfuerzo abrió lentamente los ojos.
No reconoció el lugar donde estaba. Fue tomando poco a poco conciencia del habitáculo.
Estaba en una superficie firme pero agradable, una cama.
En un principio solo vio manchas, tonos marrones, beige, azules, amarillos, se sentía muy débil.
Trató de incorporarse, pero le fallaban las fuerzas.
Sin saber de dónde salieron, unas manos ágiles la ayudaron a acomodarse mientras colocaban unos cojines en su espalda.
- Gracias – murmuró – ¿dónde estoy?
- Vous êtes…. safe…. mademoiselle – respondió la muchacha en francés.
- ¿Qué ha pasado? – estaba confundida, no sabía dónde estaba ni cómo había llegado allí.
- Avisaré inmediatamente al señor – le dijo la servicial chica y salió por la puerta.
- ¿Qué? ¿Quién? – no obtuvo respuesta pues estaba sola otra vez.
Observó la habitación donde se encontraba, y escudriñó con la mirada cada rincón en busca de algún detalle que le resultara familiar.
Gruesas cortinas amarillas llenas de flores azules caían en cascada desde el techo cubriendo los ventanales.
A su derecha un viejo armario de caoba, una mesilla con papeles y una pluma.
Y en el techo una lámpara de araña, cuyos cristales reflejaban los haces de luz que se colaban por las ventanas, llenando de arcoiris las paredes.
Aunque no podía recordar cómo había llegado allí, no tenía la sensación de sentirse amenazada o insegura, de modo que se relajó hundiéndose en los mullidos cojines.
Toc, toc, unos nudillos golpearon suavemente el marco de madera y la sacaron de su ensimismamiento.
- Adelante – dijo con la voz más firme que pudo encontrar- supongo…
Entró, cerró la puerta a su espalda, y posó su mirada en ella. Se quedó helada, no podía ser, aquellos ojos azules, otra vez.
- ¿Buenos días? – le saludó Anne.
- Buenas tardes – corrigió él – creo que no nos presentamos la última vez.
Al menos no formalmente – su voz era suave – se marchó usted corriendo antes de que pudiera hacerlo – hizo una pausa, Anne, que no esperaba esa puntualización no pudo evitar sonrojarse ligeramente apartando la mirada.
- Lo lamento mucho – balbuceó.
- Simon Campbell, cónsul general del Reino Unido en Francia – respondió con una sonrisa.
- Anne Adler – le tendió la mano para presentarse, él la estrechó con firmeza pero sin apretar demasiado.
Se miraron durante unos segundos que parecieron una eternidad, como aquella noche, solo que entonces había durado varios minutos. Así que él era el cónsul del que Johann le había hablado. Y ella que pensaba que se había ido de la fiesta sin conocerlo.
- Encantado de conocerla, formalmente, ¿cómo se encuentra?
- Muy cansada, no recuerdo cómo llegué aquí, y en mi cabeza todo está muy confuso.
Simon Campbell se sentó en el butacón que había cerca de la ventana y cruzó el pie sobre la rodilla izquierda.
- De modo que no recuerda nada – preguntó inquisitivo.
- Era de noche, salí de dar clase a los hijos de los Hart, pero está claro que no llegué a mi casa.
- El personal de la residencia la encontró pasada la medianoche desmayada en medio de un callejón cerca de los bulevares.
No llevaba bolso, ni cartera, apenas unas llaves – Anne sintió una punzada de dolor en la sien y cerró fuertemente los ojos.
Este gesto no pasó desadvertido por Simon Campbell – ¿se encuentra bien?
- Perfectamente sí, solo ha sido un pequeño pinchazo. Me duele un poco la cabeza – había tenido un flashback, la niebla, dos hombres. No estaba segura.
Él asintió, y continuó despacio, tenía una voz serena, hechizante, que todo lo envolvía.
- Al no saber dónde vivía el personal decidió traerla hasta aquí.
La joven que ha visto al despertarse es Mathilde, se ha quedado toda la noche velándola – Anne se sintió terriblemente avergonzada – le insistimos en que se fuera a casa pero estaba preocupada por usted y no quería dejarla sola hasta que despertara.
Cuando ha venido a avisarme de que había despertado le he pedido que se tome el día libre – suspiró aliviada, al menos aquella chica podría descansar –.
- Han sido muy amables señor Campbell, ya me encuentro mucho mejor – tenía que salir de allí cuanto antes, necesitaba poner sus ideas en orden y tenía que volver a casa. ¡Johann!
Parecía agitada, y cuando se disponía a retirarse el edredón para salir corriendo, él le habló con tal firmeza que se quedó como clavada en la cama.
- No – determinó con autoridad – debería descansar, no está en condiciones de ir a ningún lado. Y llámeme Simon por favor, no soporto los formalismos fuera del trabajo. Los considero completamente innecesarios. Y si no le importa la llamaré a usted por su nombre de pila.
- Está bien, Simon, pero tengo que irme – le lanzó una mirada desafiante, pero Simon Campbell no pareció dejarse amilanar por ello. Se levantó de la butaca y se apoyó en el armario. Le habló despacio.
- Anne, ha sufrido una conmoción y está muy débil. En su estado no le recomiendo, ni le voy a permitir salir de aquí. Al menos no hasta que la vea un médico.
- ¿Mi estado? – preguntó confusa. Y entonces recordó, la sangre se le heló en las venas, se puso pálida y se llevó la mano derecha al vientre. Los ojos se le anegaron. Tomó aire y se volvió hacia Simon.
- Lo he perdido – no era una pregunta, tuvo la certeza más absoluta. Igual que sabes cuando llevas una vida dentro, también sabes cuándo la pierdes.
Simon no sabía qué decir, era un hombre, y claramente no estaba acostumbrado a ese tipo de conversaciones.
Asintió, guardó silencio, y Anne comprendió que estaba en lo cierto.
Bajó los párpados y dos gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas.
Se recompuso y resolvió que tenía que llamar a Johann.
- Está bien, llame, haré que le traigan un batín para que pueda usar el teléfono del pasillo – cuando iba a salir de la estancia se giró – pero no deberías marcharte todavía.
- De acuerdo gracias – bajó la vista y arrugó las sábanas con rabia.
- Avisaré a nuestro doctor, él vendrá a verte y entonces decidirá si estás bien para volver a su casa.
Antes de que pudiera replicar, se había marchado y pocos minutos después aparecía una de las asistentas de la residencia. Se presentó con el nombre de Marie, y le tendió un batín color crema de satén. Lo más probable es que fuera de su mujer. Se lo puso, el tacto era suave y eso la reconfortó.
Descalza, y con ayuda de Marie, salió al pasillo. Marcó el teléfono de su casa por segunda vez en apenas veinticuatro horas, y esta vez sí.
- ¿Diga?
- ¡Johann! Soy Anne.
- ¿Dónde estás? ¿Dónde te has metido? ¡Me he pasado toda la noche despierto y preocupado! ¡He estado a punto de llamar a la policía! – Johann gritaba como un loco. El auricular le temblaba en las manos, tiritaba. Se apoyó en la mesa de mármol para no caerse. Se mordió el labio inferior.
- Lo siento mucho, salí de casa de los Hart tras la cena, y a medio camino me encontré un poco indispuesta.
- ¡¿Y puedo saber dónde has pasado la noche?! Son las cuatro de la tarde por el amor de Dios, Anne – parecía fuera de sí, pero ella sabía que no colgaría el teléfono hasta tener toda la información.
- Al encontrarme mal, vi que no habría llegado a casa y me paré en casa de Claire, vive a medio camino – mintió.
- ¿Claire? – preguntó extrañado.
- Es amiga del museo del Louvre – sabía que Johann no preguntaría nada más.
- Está bien, y por qué no has vuelto a casa todavía – aún percibía su enfado, pero su voz sonaba más calmada.
- Fui directamente al Louvre con ella – mintió de nuevo – me sentía inspirada y quería hacer algunos dibujos.
- ¿Y dónde estás ahora?
- He vuelto a casa de Claire, le prometí que le ayudaría a poner en orden ropa que quiere donar a la iglesia.
- Iré a buscarte – Anne se sobresaltó, pero no lo dejó traslucir.
- ¡No! – suavizó la voz – no hace falta, estoy bien cariño. Volveré a casa tan pronto me sea posible – Johann se rindió.
- Está bien, pero no vuelvas tarde – se oyó una profunda respiración al otro lado de la línea – yo tengo que acercarme al periódico para unos asuntos, pero espero encontrarte en casa al llegar – el tono no fue duro, pero fue cortante. No había más que hablar.
Colgó. La doncella, quien se había mantenido a una distancia prudencial, concediéndole toda la intimidad que pudo mientras hablaba, se acercó a ella para ayudarla a caminar de vuelta a la habitación.
- Le traeré un té señora, a ustedes los ingleses les gusta mucho – resolvió la regordeta mujer satisfecha.