8 de junio de 1939 #3
- Ay querida ¡qué poco estás informada sobre las noticias de sociedad!
¡Tiene un amante! Al embajador le gustan más, otros hombres – casi se atragantó al decirlo y Anne recordó que Johann había mencionado algo similar, aún así, decidió guardar silencio – lo que te decía, que tengo mis sospechas, pero aún no he sido capaz de averiguar quién es.
Anne tomó aire disimuladamente, y decidió revelarle a Rose lo que Johann le había contado, no sabía si lo hacía por ganarse su aprobación y dejar de parecer una aburrida, o si en realidad le apetecía chismorrear un rato.
- Pues parece que yo sí sé quién es – sonrió de lado. Rose abrió los ojos como platos ante la perspectiva de que la mujer del periodista, apenas recién llegada a París pudiera ser una fuente fiable de información.
- ¡Venga Anne, me tienes en ascuas! – Anne hizo una pequeña pausa.
- Tengo información de una fuente fiable de que la esposa del embajador tiene por amante al agregado de defensa – Rose saltó del sofá y soltó una risa triunfal.
- ¡Lo sabía! Era mi candidato número uno querida, te lo aseguro – desató su verborrea y puso al corriente a Anne de la vida del agregado en menos de cinco minutos.
Se había casado con una chica de York, pero ella murió en el parto mientras estaban en Nueva Zelanda, donde le habían destinado un par de años atrás.
Este hecho le dejó absolutamente destrozado, y culpaba al bebé de su desgracia.
Él siempre decía que la vida diplomática no era buena para un niño, pero tener hijos era el gran sueño de su difunta esposa.
El niño tendría ahora unos quince años, y vivía en Yorkshire con los abuelos maternos, por lo que en los últimos años apenas le ha visto una vez cada cuatro años, cuando regresa a Londres para cambiar de destino.
Entonces cogía un tren e iba a visitar a sus suegros y su hijo.
Anne sintió una ola de culpabilidad. En realidad aquel hombre había sido muy desdichado, y sentía que había obrado mal en contar lo que sabía a Rose, al fin y al cabo ella no era quien para juzgar a nadie.
Y menos cuando llevaba un mes tratando de olvidar al misterioso hombre del baile en la embajada y el desagradable encuentro posterior.
Por más que trataba de olvidarlo, su mente siempre volvía a pensar en sus manos, su tacto firme pero suave sobre su espalda, sus pies flotando sobre el suelo al compás de la música…
- Anne, querida, ¿estás bien? parece que has visto un fantasma – Anne se recompuso y resolvió cambiar radicalmente la conversación.
- Perdona Rose, solo estoy hambrienta.
Pasaron al comedor, y pronto se les unieron el señor Hart, que acababa de llegar de la Embajada, así como los niños que ya estaban duchados y cambiados por su institutriz inglesa.
- ¿Qué tal van las clases de los chicos Anne? – preguntó con genuino interés el señor Hart.
- Bien, bien, Violet está haciendo enormes progresos. Con Tommy vamos un poco más lentos ¿verdad? – desde el otro lado de la mesa Thomas hizo un mohín y arrugó la nariz.
- Dale un poco de paciencia y te garantizo que será un alumno ejemplar – dijo el señor Hart con una sonrisa.
Era un hombre afable, y su enorme bigote le daba un aspecto divertido, podría decirse, que se parecía un poco al doctor David Livingstone, el gran explorador británico del siglo XIX.
- ¡Eso espero! Porque creo que tiene mucho potencial y podría ser lo que él quisiera – era una frase manida en el mundo de la enseñanza, pero funcionaba casi siempre.
Rose desvió la conversación hacia temas más frugales, ya que aunque sabía del poco interés de su hijo por los estudios no quería ahondar en el asunto.
Ella se encargaba de que Violet estuviera lista para ser una mujer instruida el día de mañana y que se casara convenientemente, y la carrera militar o universitaria de su hijo quedaba en manos de su marido.
- Anne, cuéntanos qué planes tienes para el resto del verano, ¿os tomaréis Johann y tú un descanso? Nosotros tenemos pensado visitar a unos amigos en la Costa Azul.
- Eso será si las circunstancias lo permiten amor mío – comentó suavemente el señor Hart.
- ¡No pienso dejar que Hitler me fastidie las vacaciones! – respondió la señora Hart airada.
Anne la miró divertida, parecía que vivía en otro planeta. Hitler debía parecerle un problema menor, pues tan solo vivía preocupada por las vacaciones, los cotilleos y la última moda en vestidos y tocados de fiesta.
- A mí me gustaría visitar los castillos del Loira, no están lejos, y sería apenas un día de viaje en caso de que Johann tenga que volver a la redacción – concluyó Anne conciliadora – pensábamos tomarnos unos días de descanso en agosto.
Y a mí me vendrá bien para pintar algo diferente – y de paso, pensó, podré respirar algo de aire puro y caminar antes de que el embarazo esté más avanzado y no pueda ni moverme.
- ¿También pintas Anne? ¡Cuántos talentos ocultos! – exclamó Rose aliviada por haber evitado la confrontación con su marido.
- Me gusta dibujar lo que veo, sobre todo me gusta hacer retratos, las líneas de expresión de la cara dicen tanto de las personas… – se paró y esbozó una débil sonrisa.
- Bueno, bueno, tengo una amiga que trabaja en una galería de arte cerca, un día vamos juntas a verla y le enseñas tus bocetos.
- Oh no, no es para tanto – balbuceó Anne, esta mujer tenía amigos en todas partes, pensó – solo lo hago por placer, para entretenerme. Empecé a dibujar cuando llegué a París, y todavía me falta mucho para poder enseñarle nada a nadie, ¡ni siquiera a Johann!
- En cualquier caso, iremos a verla aunque solo sea para tomarnos unas viennoiseries – zanjó Rose.
Terminaron de cenar, y los Hart enviaron a los niños a la cama. Pasaron a la salita de estar para tomar una copa. Anne declinó el alcohol, pero aceptó de buen grado una limonada. El tiempo pasó deprisa y cuando se quiso dar cuenta era bien entrada la noche.
- ¡Madre mía, se ha hecho tardísimo!
– exclamó Anne mirando el reloj – tengo que irme ya, Johann estará preocupado.
Ha sido una velada preciosa, señor Hart, Rose.
Muchas gracias de verdad. Lo he pasado muy bien – recogió sus cosas rápidamente, se puso el sombrero y el abrigo que había dejado de vuelta en el perchero de la entrada.
- ¿Necesitas que pidamos un coche Anne? – ofreció el señor Hart – también nuestro chófer puede llevarte. Si quieres le llamamos.
- No, no, es todo un detalle, pero vivo muy cerca, y me vendrá bien algo de aire fresco.
- Está bien ¡cuídate mucho! Nos vemos la semana que viene – la despidió Rose.
Salió del portal y tomó una bocanada de aire. La noche había caído como un manto sobre París, el bulevar estaba desierto y hacía un poco más de frío de lo que había imaginado. Se abrochó los botones del abrigo hasta el cuello, y con las manos en los bolsillos echó a andar con paso ligero.
Caminaba bajo las farolas, pero decidió acortar por el pasaje de los jardines. Aunque no estaba muy bien iluminado le ahorraba diez minutos, quería llegar a casa lo antes posible y darse un baño caliente antes de que fuera todavía más tarde.
Dobló la esquina y se paró en seco, dos figuras masculinas hablaban en voz baja a pocos metros de la entrada del pasaje.
A juzgar por sus airados movimientos, se deducía que estaban teniendo un enfrentamiento.
Asustada, pensó en dar la vuelta, pero bloqueada por el pánico se quedó paralizada hasta que su instinto le hizo abrir la verja de hierro de uno de los jardines y colarse dentro.
Se agachó y gateó por detrás del seto hasta que estuvo lo suficientemente cerca para entender fragmentos de la conversación.
Apartó las ramas de los arbustos para ver mejor.
Ambos llevaban sombrero y era imposible ver sus rostros.
El corazón le latía a toda velocidad y la adrenalina hacía que le retumbasen los oídos.
Cerró los ojos y se concentró en tratar de escuchar lo que los hombres estaban diciendo.
Hablaban en una mezcla de francés y alemán.
Ella solo conocía algunas palabras de alemán, no había tomado clases, de modo que solo tenía nociones que le había oído a Johann.
- ¿Cómo puedes decirme que no tienes noticias, keine Neuigkeiten ? – espetaba el que parecía a simple vista más corpulento.
- No sé nada nuevo, no tengo noticias.
- Estamos en julio, el Führer quiere actuar cuanto antes – dijo entre dientes con tono agresivo – antes de que el idiota de Chamberlain se dé cuenta de que su política de apaciguamiento no es más que una pantomima.
- Lo sé, pero no podemos precipitarnos…
. – bajó la voz, imposible para Anne escuchar lo que decía – el gobierno británico sigue en su línea, convencido de que no habrá guerra.
Aunque es cierto que cada vez hay más voces que abogan por la inclusión de Churchill en el gobierno, el primer ministro se niega a admitirle…
- Hazlo como quieras, pero hazlo, el gobierno británico sabe que habrá guerra, lo que necesita son socios y nosotros que no los tenga – exclamó el otro visiblemente exaltado.
- Necesito más tiempo para convencer al primer ministro de que Francia debe abandonar el lado de Gran Bretaña y mantenerse neutral – el segundo tartamudeaba, tenía claro acento francés.
Anne dejó escapar un jadeo, y rápidamente se llevó las manos a la cara para taparse la boca.
- Halt! – el hombre más corpulento se dio la vuelta para mirar a su alrededor y su cara quedó al descubierto gracias a la luz de la luna.
Tenía una cicatriz que le recorría toda la mejilla derecha y le confería un aspecto aterrador.
Anne se estremeció y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.