Un consulado en París 8 de junio de 1939 #2
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8 de junio de 1939 #2

-           Sí, es de Lilian – respondió mientras doblaba con precisión el folio siguiendo los pliegues originales y lo metía de vuelta al sobre.

-            ¿Qué tal están?

-           Leyeron tu artículo, te mandan recuerdos.

Cuando escribió la carta, el bebé había nacido hacía dos semanas, ahora ya hará casi un mes, el correo cada vez va peor, cuando llegamos apenas tardaba tres días…

. Dice que le han llamado Hugh George, como su padre y su abuelo.

No cuenta mucho más, solo que Londres cada vez está más cerca de parecerse a una ciudad en guerra que a una ciudad normal. ¿Qué haces hoy?

-           Hoy tengo una reunión muy importante. Vamos a tomar unas copas con otros corresponsales extranjeros mientras vemos si podemos sonsacarles algo de información.

-           Uuuuuuuh suena misterioso – dijo Anne con una carcajada – recuerda que hoy voy a casa de los Hart. Volver a dar clase me hace inmensamente feliz. Estas semanas me han hecho recordar lo mucho que me gusta enseñar.

-           No lo había olvidado. Y no sabes cuánto me alegra oír eso – apuró el café y se puso la gabardina y el sombrero – tengo que marcharme ya, que tengas un buen día.

Anne fue a la alacena y cogió la regadera para echarles un poco de agua a las flores del dormitorio.

El tiempo aquel año estaba siendo espléndido y algunos de los capullos que habían abierto en la tardía primavera todavía lucían preciosos.

Quitó las hojas secas y ahuecó la tierra.

Se limpió los dedos manchados ligeramente de barro en el delantal, lo colgó de un clavo de la cocina y se sentó en la mecedora de mimbre relajando el cuerpo y llevándose la mano al vientre.

La última vez que había tenido el periodo había sido ocho semanas atrás.

Sin embargo, no había querido decirle nada a Johann para no alimentar sus ilusiones ni crearle falsas expectativas.

Era aún pronto para que se notara y había decidido no darle la buena notica hasta pasado el tercer mes.

Quizá ese niño, o niña, fuera capaz de unir lo que parecía estar separándose lentamente.

Encendió la radio y deslizó el dial hasta encontrar una emisora donde pusieran música.

Arrastró una pesada caja de madera de debajo de la cama y de dentro sacó las agujas de punto y un pequeño jersey a medio hacer.

Pasó la lana alrededor de las agujas y comenzó a tejer mientras se balanceaba suavemente dándose impulso con la planta del pie.

Tarareaba. Los tablones crujían con cada uno de sus balanceos mientras ella se perdía en sus pensamientos.

Miró su reloj y parecía que el tiempo había volado, se puso un vestido con grandes cuadros estampados de tonos claros, el sombrero calado y los guantes.

Cogió su cartera con los libros y las clases que tenía preparadas para los chicos esta semana y salió a la calle.

El tiempo era suave y cálido, y el aire tibio como una caricia.

Sujetó el maletín con las dos manos y se paró a respirar el olor que traía la brisa de las flores de los árboles de la pequeña placita.

Caminó disfrutando del paseo por el bulevar Haussmann y torció a la izquierda donde se juntaba con otras dos anchas avenidas.

Los Hart vivían en el último piso del número 4 de la calle de Roma, en un edificio elegantísimo de fachada semicircular.

Su apartamento ocupaba toda la planta superior, tenía seis habitaciones, tres cuartos de baño y una terraza con unas vistas inmejorables de los tejados de París.

Estaba decorado con mucho estilo, todo mérito de la señora Hart.

Había lámparas de araña, una sala con espejos como si fuera un pequeño salón de Versalles y una sala de música con un piano para que Violet tocase.

Violet tenía seis años, era la hija pequeña de los Hart y era absolutamente adorable.

Pelirroja como su padre de joven tenía unas graciosas pecas en la nariz y las mejillas.

Siempre estaba contenta y desde el primer día que conoció a Anne, había seguido sus clases con entusiasmo.

Era muy despierta y sin duda alguna su francés mejoraría en pocos meses.

Su hermano Thomas por el contrario, o Tommy como preferían llamarle, era todo lo contrario.

El primogénito de los Hart había sido mimado en exceso y tenía un carácter absolutamente indomable en el peor de los sentidos.

A sus doce años no se dejaba dar órdenes por nadie que no fuera su padre y semana tras semana los deberes quedaban sin hacer.

Su madre siempre encontraba un motivo para excusarle, por lo que no hacía progresos y Anne temía que eso acabara apartándole de sus clases si no era capaz de encontrar una motivación para él.

Saludó al portero y subió. Abrió las verjas de hierro del ascensor, las volvió a cerrar y llamó al timbre. La asistenta de los Hart le abrió la puerta. La pequeña Violet corrió a recibirla y se enredó entre sus piernas.

-            ¡Buenas tardes chérie!

-            Bonjour Anne! Comment allez-vous? –respondió la niña con tono risueño.

-            Très bien, merci ¿Dónde está Tommy?

-            No está – Anne arqueó las cejas.

-            ¿Cómo que no está?

-           Papá se lo ha llevado a hacer deberes a casa de William – Anne trató de ocultar su fastidio ¿deberes? una excusa completamente inverosímil – bueno pues entonces algo tendremos que hacer tú y yo ¿verdad que sí?

La clase transcurrió sin incidentes, Violet era una alumna ejemplar, nunca dejaba sin hacer sus tareas y siempre mostraba un enorme interés por todo lo que le contaba Anne. Le gustaba especialmente cuando Anne le hablaba de los mitos griegos, las guerras entre dioses y sus disputas amorosas.

-           Alors, c’est fini ! On continue la semaine prochaine – Anne cerró el libro, y metió todos sus papeles y material en su maletín de cuero. Se lo había regalado Johann cuando empezó las clases y le encantaba.

Salió de la sala de estudio y cuando estaba cogiendo su abrigo del perchero, escuchó la voz de Rose que venía de la salita de estar.

-            Anne querida ¿por qué no te quedas hoy a cenar?

-            Rose eres muy amable, pero Johann me estará esperando.

-           Anne – su voz denotaba fastidio – nunca cenas con nosotros y estaríamos encantados de que alguna vez aceptaras nuestra invitación. Estamos muy agradecidos por tus servicios y, quizá te apetezca relacionarte con más gente que tu esposo.

Anne suspiró, era cierto que no tenía demasiada vida social, pero nunca le había importado estar a solas con sus pensamientos.

-            Hagamos una cosa Rose, llamaré a mi apartamento  y avisaré a Johann de que volveré más tarde.

-           Claro, puedes usar el teléfono que hay en la sala de conferencias, es el pequeño cuarto pasado el despacho de Peter.

Caminó por el pasillo y dobló la esquina hasta llegar al final del mismo, donde estaba el despacho de Peter Hart.

Se asomó curiosa a la puerta. El estudio estaba oscuro y desprendía un fuerte olor a puro.

Se adentró de puntillas y cuando los ojos se le acostumbraron a la oscuridad pudo ver una enorme vitrina de madera y cristal repleta de objetos marineros, eran preciosos, pero no sabía para que servían ni la mitad de ellos.

Era normal pues Peter Hart era el Agregado Naval de la embajada.

En las paredes, colgaban planos ininteligibles llenos de líneas continuas y discontinuas, y algunos mapas del mundo antiguo.

Se hubiera quedado explorando un rato más, pero sabía que no estaba bien husmear.

Encontró la pequeña salita de conferencias. Tan solo tenía una gran mesa donde descansaba el teléfono negro, y unos papeles a su lado, para apuntar cualquier información relevante, supuso.

Marcó el número de su casa, primero el barrio, y después el código.

Le costaba recordarlo pues no estaba acostumbrada a llamar, normalmente era ella quien solía descolgar el teléfono desde el otro lado, y casi siempre para coger recados para Johann de compañeros de la redacción, y en alguna ocasión, mensajes de Londres.

El teléfono sonó varias veces, pero no hubo respuesta.

Pensó que habría marcado mal, de modo que fue a coger su cartera, donde tenía el código apuntado para esta vez no cometer errores.

Marcó de nuevo, pero la respuesta fue la misma, silencio.

Le resultó extraño, pues aunque siempre salía algo tarde de la redacción, a esas horas siempre estaba en casa.

No obstante, decidió no alarmarse, pues algo podría haberle retenido, y resolvió quedarse a cenar. Se dirigió hacia la sala de estar.

-            ¿Y bien? – preguntó Rose por encima de su taza de té.

-            Todo arreglado, será un placer cenar con vosotros – declaró con una amplia sonrisa.

-           Maravilloso, porque lo tenía ya todo organizado ¡Amandine! – la cocinera apareció inmediatamente en el umbral – prepara la mesa en el comedor grande, tenemos invitada.

Amandine asintió levemente con la cabeza y se dispuso a preparlo todo tal y como le había ordenado la señora Hart.

-            Es muy amable por su parte Rose, hace mucho que no ceno con nadie que no sean Johann.

-           Desde la fiesta en casa del embajador – Rose le guiñó un ojo – tengo buena memoria, y especialmente para las ocasiones jugosas.

-            Perdóname Rose, pero me he perdido – preguntó Anne confusa.

Rose cada vez parecía encontrarse más a gusto, le encantaba ser el centro de atención y tenía fama de saberlo todo de todo el mundo.

-           Cuando tu marido y tú os marchasteis, mientras me tomaba la última copa de champán de la noche esperando a que Peter terminase de hablar con el embajador, vi como la mujer del embajador se escabullía hacia el jardín –.

-            ¿Y qué tiene eso de especial? No te sigo Rose – Anne parecía un poco desconcertada.