Un consulado en París 5 de mayo de 1939 #3
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5 de mayo de 1939 #3

Satisfecho, el desconocido la tomó de la mano y la llevó al centro de la pista de nuevo.

Sus manos estaban suaves, tibias al tacto.

Colocó la mano sobre la piel que el vestido dejaba al descubierto en la espalda.

Empezó a sonar un segundo vals, Anne lo reconoció de inmediato en sus primeros acordes, era el vals del emperador, uno de sus favoritos.

Él la tomó entre sus brazos y sus cuerpos se amoldaron el uno al otro con sorprendente facilidad.

De repente, todos sus miedos se desvanecieron y se relajó.

Bailar con él era como flotar por las nubes, el movimiento fluía como si tuvieran alas, un paso adelante, un paso hacia atrás, un paso en diagonal y se juntan los pies.

Otro paso hacia delante, otro hacia atrás, otra diagonal y de nuevo sus pies frente a frente.

Eran uno, un bloque que giraba y se movía con soltura, haciendo desaparecer todo a su alrededor.

Solo existían ellos dos. El vals sonaba con fuerza, la música de los violines inundaba por completo la sala.

Anne, amante de la historia y especialmente de las historias de amor, dejó volar su imaginación y pensó en Sissi y el emperador Francisco José, ¿se habría sentido ella así al bailar con él la primera vez, siendo mucho más joven?

Él se movía con soltura y la conducía con enorme maestría entre el resto de parejas, haciendo que casi levitara.

Pensó que volar debía ser una sensación muy parecida.

No intercambiaron ni una palabra desde que él la sacara a bailar, pero durante todo el tiempo que sonó la música no dejaron de mirarse a los ojos ni un solo segundo.

Se estudiaban con curiosidad, casi con inocencia infantil.

La piel de él parecía de porcelana, clara, suave, y en la nariz de ella, pequeñas pecas que solo vería alguien que observara de cerca.

La música paró, a su alrededor todo comenzaba a tomar forma de nuevo, las otras parejas, los curiosos que observaban a los bailarines, y el resto de invitados que ocupaban el enorme salón.

Anne sintió que le ardían las mejillas, soltó la mano de él como si le quemara, y sin despedirse siquiera se dio la vuelta para escabullirse entre la multitud.

Se sentía como aquella chica del cuento de Charles Perrault, un nudo en el estómago y el mundo dando vueltas a su alrededor.

Hacía mucho tiempo que había dejado de creer en los cuentos de hadas y no era el mejor momento para despertar ilusiones infantiles y a todas luces imposibles.

A empujones consiguió abrirse paso hacia el fondo de la sala, donde estaba el acceso a la terraza.

Cruzó el umbral y caminó hasta una esquina donde no pudieran verla.

Apoyó las manos en la balaustrada, dando la espalda al edificio y respiró tan fuerte que casi se le rompen los pulmones.

Quiso gritar de rabia, pero no lo consiguió.

Una punzada de frustración le atravesó el estómago.

No se dio cuenta de que unos ojos rasgados la observaban entre las sombras del jardín.

Cuando recobró la compostura volvió al gran salón, y buscó a un camarero para ver si en la cocina podrían prepararle una tisana que le ayudara a calmar los nervios.

Se retiró discretamente a una sala contigua con bonitos sofás verdes aguamarina al estilo Versalles y se acomodó.

Podía ver el ir y venir de gente en el salón principal sin ser molestada.

Allí estaría a salvo de miradas indiscretas.

Cuando llegase la hora de marcharse Johann daría con ella, regresarían a casa y cuando despertara a la mañana siguiente todo habría sido un mal sueño.

Sin embargo, sus planes de estar sola se desbarataron en el mismo instante en el que notó como alguien se sentaba a su lado.

-            Señora Adler, buenas noches – Anne miró hacia la figura y descubrió a una mujer bellísima de rasgos asiáticos.

-           Mi nombre es Mei Ling – no era una belleza apacible, sino más bien poseía un atractivo peligroso y tal vez letal. Su piel parecía de alabastro y su pelo negro brillaba como una piedra de jade – ¿está disfrutando de la velada?

-            Mucho, la residencia del embajador es preciosa – decidió orientar la conversación hacia temas banales – ¿de dónde es usted?

-            Nací en Guangzhou, pero mis padres emigraron a Inglaterra cuando era pequeña. Negocios, ya sabe.

-            Ah – Anne respondía con monosílabos. Todavía sentía el pecho subir y bajar arrítmicamente tras el baile con aquel hombre.

-           Su marido es muy apuesto ¿sabe?

– la mujer parecía estar disfrutando con su incomodidad.

¿A qué venía aquello? No recordaba que Johann se la hubiera presentado ¿La conocería?

Le preguntaría más tarde y saldría de dudas.

Se limitó a asentir y a responder de nuevo con un escueto “ajam”.

Anne no quiso ser maleducada, por muy incómoda que la situación la hiciera sentir así que trató de desviar de nuevo la conversación hacia el tiempo o la primavera en París.

Era británica, y en eso, era sin duda una experta.

Tras hablar de banalidades durante unos minutos ambas dieron por terminada la conversación al ver aparecer al camarero que traía la tisana de Anne.

Mei Ling descruzó sensualmente sus largas piernas y se levantó para irse, le dio la espalda un momento, pero antes de volver al salón, se giró sobre sus altos tacones y le dijo:

-           En China existe un proverbio, muchos dicen que es más bien una maldición – Anne esperó paciente pues intuyó que ella no había terminado de hablar – dice, ojalá te toque vivir tiempos interesantes – pausó de nuevo – presiento que está usted viviendo unos tiempos más que interesantes señora Adler, y que aún no han hecho más que empezar – Se marchó dejando a Anne con un nuevo nudo en la garganta y una estremecedora sensación de vulnerabilidad.

Cuando la velada hubo terminado Johann y Anne caminaron en silencio hasta casa.

Anne quiso preguntar a Johann por aquella mujer, pero en el último momento, sin saber por qué, tuvo miedo de su respuesta.

Se mordió la lengua y prefirió callar. Si le hubiera preguntado es posible que Johann tampoco hubiera despejado sus dudas.

Sin embargo, el miedo le hizo decidir que no necesita otra fuente de inestabilidad en su vida y fuera quien fuera prefería permanecer en la más profunda ignorancia.

Johann nunca le había dado motivos para desconfiar.

El hecho de que hubiera días que no dormía en el apartamento no quería decir nada.

Decidió olvidar el incidente, y se convenció a sí misma de que ella era una solo mujer que estaba aburrida, bien informada ciertamente, pero aburrida al fin y al cabo.

Dos calles más allá, un hombre y una mujer también regresaban a su lujosa residencia.

En cuanto hubieron entrado por la puerta él se llevó la mano al cuello para quitarse la pajarita.

Parecía que le ahogase. Prácticamente se la arrancó y a continuación desbrochó con rabia los dos primeros botones de la camisa.

Dejó escapar entonces un breve suspiro de alivio, como si antes no hubiera podido respirar, que no pasó inadvertido para su mujer.

Ella lo miró por el rabillo del ojo, no dijo nada.

Si él se hubiera girado en ese instante, habría descubierto que en los ojos de ella aparecía un destello de duda.