5 de mayo de 1939 #2
Anne agarró su copa y encontró un discreto lugar para situarse cerca de la puerta del gran salón azul que daba al jardín.
Desde ahí podía ver el ir y venir de los camareros y observar los corrillos que se iban formando.
Se hacían y deshacían según los invitados se cansaban de una conversación y se deslizaban con extrema habilidad de un lado a otro de la sala integrándose en un nuevo grupo.
Era como un baile y la idea le hizo gracia porque bailar parecía lo último que estuviera en la mente de todas aquellas personas.
Aunque se equivocaba, la velada ofrecería más tarde un tiempo de baile exquisito gracias a una orquesta de cámara.
Johann y el director se perdieron entre la gente y para no faltar a su promesa, Anne decidió buscar un corrillo de mujeres con las que charlar.
Caminó entre los distintos grupos que se habían formado hasta que una conversación captó su atención.
Dos señoras sentadas en unos divanes hablaban acaloradamente.
- El nivel de francés de mis hijos es deficiente – decía una mujer que vestía de forma ostentosa y llevaba un enorme collar de perlas – hace dos años que estamos aquí y no consiguen decir dos palabras seguidas sin parecer estúpidos.
- No seas tan dura con ellos Rosa, pero es cierto que no han tenido suerte con las maestras en casa.
- Todavía recuerdo a mi institutriz, la señorita Smiths, una inglesa de buenos modales criada en Suiza, pero británica, al fin y al cabo – la tal señora Rose parecía muy agitada.
- ¿Has pensado en buscar una sustituta?
- ¡Claro que lo he pensado! Pero cuando quiero hablar con Peter me resulta imposible.
Está obsesionado con la maldita guerra. El otro día durante la cena traté de explicarle que era urgente encontrar una nueva profesora particular para Tommy y Violet ¡y ni siquiera me estaba ni escuchando!
, solo hablaba sobre unos cañones y de la mantequilla ¡Bobadas!
Oliendo como un sabueso una gran oportunidad que no podía desperdiciar, Anne decidió unirse a la conversación en ese preciso momento.
- Buenas noches, señoras, no he podido evitar escucharlas ¿las molesto si me uno a ustedes?
- En absoluto, soy la señora Rose Hart, mi marido trabaja para el departamento de defensa. Y esta es la señora Helen Davenport, su marido trabaja para los canadienses. Nos conocemos del salón de té. ¿Y usted es?
- Soy Anne Adler – dijo extendiéndoles la mano.
- ¿Alemana? – preguntó la señora Hart apretando los labios con gesto de desaprobación – no obstante su acento es puramente británico – observó sorprendida.
- Los padres de mi marido son de origen alemán, pero mi esposo nació en Gran Bretaña, por mi parte yo me crié en Southwold – Anne no vio la necesidad de contar que sus suegros habían abandonado Alemania habiéndolo perdido todo, como muchas otras familias de la antigua nobleza alemana, tras la caída del Káiser Guillermo II y la derrota de Alemania en la Gran Guerra – mi padre luchó en las fuerzas aéreas hasta que derribaron su avión en 1917 – agregó suponiendo que eso facilitaría las cosas.
No le gustaba hablar de aquello pero a veces el fin justificaba los medios.
- Oh querida, eso lo explica todo, y qué valiente fue su padre, esos son los verdaderos héroes de Gran Bretaña – intervino la señora Davenport con tono conciliador –adelante, siéntese. Y díganos, señora Adler ¿a qué se dedica su marido?
Detestaba esa pregunta, pero eran muy pocas o ninguna las mujeres que trabajaban en los círculos diplomáticos, de modo que su estatus social estaba casi siempre marcado por el puesto que ocupaban sus esposos.
- Mi marido es corresponsal del Times, escribe artículos sobre la situación en Francia y después los envía a la redacción en Londres.
- Sin duda un oficio muy interesante el de los periodistas en los tiempos que corren – corroboró la señora Davenport.
- Desde luego que lo es, solo me pesa el poco tiempo que pasamos juntos –se quejó Anne con un suspiro algo teatralizado pues esa era una queja generalizada entre las mujeres que se movían en esos círculos, esposos adictos al trabajo o al pub. Igual daba.
- Peter nunca está en casa, siempre está de reuniones de aquí para allá, siempre estoy sola con los niños y esa horrible profesora de francés – la señora Hart volvió a la carga – no tiene modales. Dicen que las francesas son refinadas ¡Já! A mí me han debido tocar todas las vulgares.
- Señora Hart, perdóneme el atrevimiento, no quiero ponerla en un compromiso – la señora Hart le dirigió una mirada inquisitiva y Anne carraspeó – pero antes de mudarnos a Francia, yo trabajaba como profesora de historia y francés en una escuela primaria a las afueras de Edimburgo.
Al oír aquello la actitud de aquella mujer cambió radicalmente. Su expresión se suavizó y se mostró mucho más interesada en escuchar lo que Anne tuviera que decir.
- ¿Ha estudiado usted en la universidad? – había captado completamente su atención – siga hablando querida.
- Verá, añoro mi trabajo como maestra, y creo ser sincera cuando digo que se me daba muy bien lo que hacía. Cierto es que París ofrece mil entretenimientos, pero yo me siento muy sola…
- No siga, está decidido – Rose dio una sonora palmada y tomó a Anne de las manos – si usted está de acuerdo empezaremos mañana mismo.
- Será un placer señora Hart – respondió Anne sin ocultar su enorme satisfacción. Era una pequeña victoria que pensaba saborear lentamente.
- Llámeme Rose. Venga a mi casa mañana por la tarde a las cuatro en punto.
Le presentaré a los niños y podremos discutir todos los detalles con una taza de té, me lo envían desde la India – guiñó un ojo cómplice – espere un momento, que le anoto la dirección – pidió papel y pluma a alguien del personal de servicio del embajador y le tendió la nota.
- Suena maravilloso – en ese instante Johann apareció de la nada con dos copas de champán – mil gracias, señora Hart…. Rose.
- Querida – le tendió una copa a Anne, quien no estaba segura de querer beber nada más, a continuación, él se dirigió a las damas – buenas noches, señoras.
- Rose, señora Davenport, les presento a mi marido, el señor Johann Adler.
- Encantadas – respondieran al unísono.
- El placer es mío, ¿les importa que les robe a mi esposa? La orquesta va a empezar a tocar y no me perdonaría no bailar con ella – tendió la mano a Anne que se levantó del sofá.
- Me alegra mucho haberla conocido señora Davenport, espero que volvamos a coincidir. Hasta mañana por la tarde Rose – se despidió agitando la mano y se giró hacia su marido mientras cruzaban el salón:
- Eres un adulador – fingió pudor, aunque en realidad le gustaba que Johann se fijara en ella.
Cada vez estaba más distante y a veces lo sentía muy lejos de allí, muy lejos de ella.
Había aprendido a disfrutar de los momentos que él le regalaba.
No pedía mucho más y tenía la sensación de haberse vuelto conformista pero ¿qué podía hacer?
En el centro del salón se abrió un gran círculo y las parejas se dispusieron frente a frente.
La orquesta anunció que tocarían un vals.
Johann y Anne, como tantos otros, habían tomado algunas clases de baile previas a la boda, pero finalmente su baile de recién casados fue una mezcla de estilos poco ortodoxa, pero enormemente divertida.
Johann tomó con su mano izquierda la mano derecha de Anne, y su mano derecha en la espalda de ella, a la altura de su omóplato.
Finalmente, ella apoyó su mano izquierda sobre el hombro derecho de Johann.
La música empezó a sonar, se sentían como dos adolescentes, bailaban torpemente, pisándose los pies, estaban nerviosos y se sentían observados, aunque realmente nadie les prestaba especial atención.
El tiempo transcurrió lento, como si el baile no fuera a terminar nunca.
La incomodidad crecía. Cuando cesó la música se retiraron discretamente hacia un lado de la sala, la sensación de ilusión inicial se había convertido en angustia, y cuando la orquesta tocó la última nota ambos sintieron un enorme alivio.
No dijeron nada, pero era evidente que algo no estaba bien.
Ni siquiera habían disfrutado de estar en brazos el uno del otro, no se habían divertido en absoluto.
Johann tenía el semblante muy serio y Anne clavaba la mirada en el suelo buscando algo ingenioso que decir para tratar de disipar las brumas.
- ¿Me permite? – Anne elevó los párpados y descubrió una figura masculina frente a ella.
Era alto y atractivo, rodeado de un aura de misterio que no dejaba indiferente a nadie.
Y entonces, se fijó en sus ojos azul cielo, el corazón le empezó a latir a toda velocidad.
No se lo había imaginado. Sintió de nuevo esa sensación de electricidad recorriéndole el cuerpo – si a su esposo no le importa claro.
- Adelante, yo iré a por un brandy – Johann había tomado una actitud de completa indiferencia.
Anne miró a su marido en busca de ayuda.
Una cosa era que hubieran bailado torpemente y otra muy diferente era que la arrojara en brazos de un completo desconocido a la primera ocasión que tuvo para irse a por alcohol, lo que luego tendría consecuencias. Una sensación de pánico la invadió.