5 de mayo de 1939
Mientras se ponía los pendientes frente al tocador vio que Johann la esperaba ya en el recibidor con el abrigo doblado sobre el brazo.
Estaba tremendamente atractivo, el pelo le caía a los lados de la frente, con algún mechón sobre los ojos, vestido con traje de esmoquin y pajarita, y aun así parecía nervioso.
Se acordaba de su primera cita, qué lejos estaban ya de aquellos días.
Sus ojos se encontraron a través del espejo y se sonrieron.
Del joyero sacó un colgante de oro que solo se ponía en ocasiones especiales.
- ¿Estás lista? –preguntó Johann mientras le acercaba el suave abrigo de piel que había comprado el día anterior en una pequeña boutique del centro.
- Lista – dijo tomándole del brazo que le ofrecía.
Bajaron las escaleras y al salir un taxi los esperaba frente al portal con los faros y el motor encendidos.
El chófer les abrió la puerta y se acomodaron en los asientos traseros.
El trayecto fue corto y apenas dos minutos después estaban deteniéndose frente a la puerta del Hôtel de Charost. Sacó la polvera del bolso y se retocó el maquillaje.
- Venga que vamos a llegar tarde – él estaba impaciente por entrar.
- No tengas tanta prisa –y señalando la hora en su reloj de pulsera añadió– de hecho, hemos llegado pronto.
- Sí pero el director del periódico viene de Londres y me gustaría hablar con él en privado.
- ¿Ya me vas a dejar sola? –protestó Anne.
- Será un momento solo, te prometo que volveré a tu lado lo antes posible, pero hay asuntos que tengo que tratar con él antes de que vaya mañana a la oficina.
- ¿Y qué asuntos son esos si puede saberse?
- No me gusta cómo se está gestionando esto –respondió visiblemente incómodo por tener que poner en tela de juicio a sus superiores, Johann nunca había sido un revolucionario – no tenemos acceso a la información del gobierno y sin eso es difícil gestionar la propaganda de guerra.
- Aún no estamos en guerra –replicó Anne con dulzura tratando de rebajar la tensión que se estaba generando.
- Tienes razón, aún no, pero lo estaremos pronto –se quedó callado un instante y cambió de asunto con rapidez – ¿sabías que esta ha sido la residencia del embajador británico durante más de cien años?
- Algo recuerdo haber leído en uno de los libros que compré, ¿no se la compró el duque de Wellington a, la hermana de Napoleón, Pauline…?
- ¡Cuando ganó la batalla de Waterloo!
- Y se convirtió en la primera embajada británica en el extranjero en 1814 combinando oficinas y residencia – la emoción de recordar sus clases dio paso a un leve rictus de melancolía en sus labios – echo mucho de menos a mis alumnos… – suspiró.
- Lo siento mucho Anne, sé cuánto te afecta y muy pronto espero poder compensártelo todo con creces.
Atravesaron las enormes puertas negras que daban paso al patio del palacete y Anne se recogió la falda del vestido para subir las escaleras hasta la entrada.
El mayordomo les hizo pasar y ya no hubo tiempo para seguir hablando pues nada más entrar Anne quedó fascinada.
Una escalera de mármol blanco con su barandilla en hierro forjado y motivos dorados era la indiscutible protagonista de la escena.
Sin dejar de mirar a todos se dejó guiar por Johann hasta el salón principal.
Por el camino, él estrechaba la mano a algunos rostros conocidos mientras con disimulo le iba proporcionando información al oído.
- Ese de ahí es el embajador, el que viste frac y corbata beige. Y esa que ves justo enfrente es su mujer.
- ¿Quién? ¿Aquella que se está comiendo un canapé y tiene una copa de vino en la mano? Parece mucho más joven que él – el embajador rondaba los sesenta años y ella no parecía tener más de cuarenta.
- Exacto – se giró con disimulo – y si miras a las doce en punto, por encima de mi hombro verás a un hombre rubio, que viste una levita gris, apoyado cerca del ventanal más alejado.
- Le veo –dio un sorbito a la copa de champán – ¿y qué tiene de especial?
- A mí particularmente no me gusta, pero parece que a la señora de la casa sí – Anne se tapó la boca con una mano para contener la risa y Johann le guiñó un ojo – lo que sí que sabe todo el mundo es que es el agregado de defensa, el señor Evans.
- Eres idiota – dijo riendo – ¿y tú cómo sabes lo otro?
- Soy periodista ¿recuerdas? Tengo mis fuentes – parecía más relajado, siempre había sido un bromista y además le gustaba ser el centro de atención – bien, ya conoces al embajador, a su mujer, al agregado de defensa, y no tardarán en hacer su aparición el nuevo cónsul y su mujer, no los conozco personalmente, pero dicen que son toda una sensación. Los reconoceremos supongo.
- ¿Qué tienen de especial?
- Por lo que sé llegaron hace un par de meses. Han causado una enorme impresión porque son jóvenes. Quien dice jóvenes dice que rondarán los cuarenta años, quizá alguno menos, toda una novedad en el panorama diplomático donde los cónsules y embajadores son auténticos dinosaurios.
- Ajam – Anne asentía distraída.
Estaba muy ilusionada con ir a aquella fiesta pero de pronto se sentía completamente fuera de lugar.
No conocía a nadie y le daba exactamente igual que el cónsul y su mujer fueran más jóvenes o más viejos que la media.
Le resultaba completamente irrelevante en aquellos momentos.
- Al parecer él ha hecho muchos méritos con el Foreign Office y París es una recompensa a sus servicios en las colonias – Johann proseguía desplegando sus conocimientos sobre el personal de la embajada.
Anne pensó que según estaba la situación en Europa, París era cuanto menos un castigo, pero no dijo nada.
- ¿Crees que Hugh lo conocerá? – a modo de respuesta él se encogió de hombros – como ambos vienen del Foreign Office…
Johann la rodeó con el brazo por la espalda para seguir con las presentaciones.
Anne se volvió hacia atrás instintivamente, y sus ojos se encontraron con unos ojos azules que le devolvieron una mirada electrizante.
La piel se le erizó desde la parte baja de la espalda hasta la nuca.
Parpadeó dos veces, pero quien fuera ya no estaba allí, había desaparecido tan rápido que parecía que se lo hubiera imaginado.
En ese momento el tintinear de una copa de cristal al ser golpeada con una cucharilla la devolvió a la fiesta y atrajo la atención de todos los allí presentes.
El embajador, subido a una pequeña tarima estaba a punto de pronunciar su discurso.
El silencio se hizo en la sala y el ponente se aclaró la voz.
- Queridos amigos, bienvenidos a mi humilde morada – los invitados rieron – sé que están todos muy ocupados y como máximo representante del gobierno de Gran Bretaña quería agradecerles que estén aquí hoy celebrando con nosotros el inicio del verano.
No están siendo tiempos fáciles para ninguno de nosotros, pero confío en que todos nuestros aliados estén siempre a nuestro lado, porque eso hacen los amigos, en lo bueno y en lo malo –río socarronamente y alzó su copa– ¡Por los amigos!
- Es un cretino. Los llama amigos en público y en privado sabe que no iría con ellos ni a la vuelta de la esquina – murmuró Johann a su oído.
- ¿Y se puede saber por qué? –preguntó Anne ajena a toda sospecha.
- El embajador lleva meses enviando informes muy negativos al gabinete del primer ministro sobre la escasa voluntad de Francia para entrar en guerra, lo que inevitablemente ha hecho que nuestro gobierno vea a los galos como un socio no fiable – Anne asintió y concluyó:
- Lo cual beneficia a Alemania porque los dos países que podrían hacerle frente en Europa no se fían el uno del otro.
- Correcto.
- Esta velada empieza a ponerse interesante…
La conversación fue interrumpida por un hombre de formas prominentes, sin pelo, ojos pequeños y hundidos y un enorme bigote gris que se acercó y estrechó la mano de Johann efusivamente.
- ¡Johann muchacho! Cómo me alegro de verte finalmente ¿Y esta encantadora joven es tu mujer?
- En efecto, Anne, este es el señor White, director del periódico – tomó la mano de Anne entre las suyas y con los ojillos brillantes por el alcohol, se agachó y con un gesto exagerado la besó.
- ¡No nos habías dicho que fuera tan guapa! Si sigues trabajando tanto no me extrañaría nada que alguien intentara robártela. – Anne rio halagada pero a Johann aquel chiste no le hizo ninguna gracia.
- Es usted muy amable señor White. Está siendo una velada muy agradable.
- Me alegro de que estén disfrutando, pero ahora voy a tener que robarle a su marido porque los periodistas tenemos asuntos que atender – y bonachón le guiñó un ojo.
- ¿Más champán antes de que me vaya? – preguntó Johann.
- Tomaré otra copa encantada. Quizá cuando vuelvas esté ya completamente borracha – respondió ella con sorna.
- Ni se te ocurra – fingió ponerse serio, aunque en realidad le alegraba ver que París no había matado a la Anne divertida.
Sabía que la dejaba sola demasiado a menudo, pero no podía ser diferente por el momento, tenía mucho que hacer, y veía que el tiempo se le acababa – Volveré enseguida. ¿Crees que te las arreglarás?
- Sin problema, ve a hacer cosas de hombres mientras yo busco a alguna señora que quiera hablar de pañuelos de cachemir y la última moda en sombreros – le animó poniendo los ojos en blanco en una divertida mueca.