4 de mayo de 1939
Aquella mañana de primavera, se sentó a escribir a Lil.
Hacía semanas que no lo hacía y aunque tenían teléfono, la magia de las cartas y lo especial de abrir un sobre no tenía precio para ellas.
Así, seguían en contacto por correspondencia como cuando eran niñas y apenas sabían escribir sus nombres.
Mi querida Lilian:
Siento haber tardado tanto en escribirte.
He tratado de adaptarme a París dejando atrás cualquier sentimentalismo por mi vida en Escocia pero me temo que no lo he conseguido del todo.
Mi rutina es agradable, pero casi siempre es la misma.
Por las mañanas doy largos paseos, visito museos, especialmente el Louvre donde empiezan a tratarme con cálida familiaridad.
Otros días, si no hace demasiado frío me siento a tomar un café a la orilla del Sena.
Si por el contrario llueve, me gusta sentarme dentro de la cafetería y ver cómo las gotas resbalan por el cristal para ver cuál de las dos llegará antes al suelo para pasar a formar parte de los charcos.
Por las tardes vuelvo a casa y me siento junto a la chimenea hasta que llega Johann.
El otro día quise hacer algo diferente y me acerqué a un salón de té no muy lejos de nuestra casa donde al parecer van las esposas de diplomáticos y periodistas británicos. Podría haber entrado, pero me dio vergüenza ir sola. Ojalá estuvieras aquí, todo sería mucho más fácil…
Johann y yo somos todo lo felices que su trabajo nos permite. Cada vez pasa más tiempo fuera de casa y yo le echo de menos. Cenamos de vez en cuando en pequeños bistrots y hace poco hicimos un crucero por el Sena para ver París desde el río. Fue absolutamente maravilloso.
¿Y tú amiga mía, qué tal te encuentras? Creo recordar que el bebé está a punto de nacer, aunque quizá cuando llegue esta carta ya tengas una nueva vida entre tus brazos. Os tengo siempre en mis oraciones y estoy segura de que todo va a ir bien.
¡Escríbeme pronto!
Mil besos,
Anne
Cerró el sobre, escribió la dirección de Lil y bajó a la oficina de correos.
El cielo estaba muy cubierto pero estaba cerca y no tardaría demasiado en volver así que cogió la carta y salió sin paraguas.
Cuando llegó a la poste había mucha más gente que de habitual.
Espero durante un rato y cuando estaba entregando su carta a la mujer de la ventanilla, un trueno hizo vibrar los cristales.
Volvió rápidamente a casa pero la tormenta ya había empezado.
Se disponía a entrar para ponerse a cubierto cuando escuchó unos maullidos muy tristes que venían del callejón de al lado.
Entró al callejón y no vio nada, solo unos cuantos cubos de basura, pero seguía oyendo los maullidos.
Las gotas de lluvia le resbalaban por la cara y no le dejaban ver nada, se retiró el pelo mojado y comenzó a mover cajas de cartón.
Y por fin lo vio, acurrucado y muy sucio, un gatito no más grande que su mano.
Le dio tanta pena que quiso cogerlo, pero el gatito retrocedía, lo que hacía muy difícil atraparlo.
Cuando por fin lo alcanzó, lo tomó entre sus brazos y lo metió bajo la gabardina para darle calor.
Un relámpago iluminó el cielo y un trueno retumbó sobre sus cabezas.
Anne se estremeció. Estrechó aquella bola de pelo contra su pecho y entró al portal.
Subió las escaleras y no le dio tiempo a sacar las llaves del bolsillo porque Johann, que había oído como subía corriendo las escaleras ya estaba esperándola en el descansillo.
- ¿Pero qué? – le quitó rápidamente el abrigo lo colgó en el perchero y mientras iba a por una toalla gritaba por el pasillo – ¿Estás loca Anne, cómo se te ocurre salir sin un paraguas con la que está cayendo?
- Fui un momento a llevar una carta y había mucha cola, y después cuando salí escuché unos ruidos y… la cosa se lio un poco – cuando Johann llegó con la toalla para envolverla vio la bolita de pelo que tiritaba entre los brazos de ella – ¿has visto qué pequeño es? No podía dejarlo solo.
- Dios mío Anne, ¡por un gato casi coges una pulmonía! – decía mientras la abrazaba – anda vamos quítate toda esa ropa mojada, voy a avivar el fuego de la chimenea.
- ¿Nos lo quedamos vale? – le miró desde abajo con ojos suplicantes y Johann esbozó una sonrisa.
- Está bien, pero mañana lo llevamos a que lo vea un veterinario porque estoy seguro de que este bicho está lleno de pulgas – cogió al minino mientras ella se iba a dar una ducha caliente.
Salió envuelta en el albornoz y vio a Johann sentado en la alfombra junto a la chimenea y al gatito acurrucado.
Estaba ya seco y dormía profundamente. Se sentó junto a su marido, apoyó su cabeza en el pecho de él, puso una mano sobre el suave pelaje del animal y cerró los ojos.
Solo se oía el crepitar del fuego y las gotas de lluvia golpeando los cristales.
Johann los llevo a ambos a la cama, tapó a Anne con el edredón y al gatito con una toalla a los pies de ella.
Se quitó los zapatos y se sentó mientras se fumaba un cigarrillo, sabía que Anne detestaba que fumase en la cama pero ella había traído un gato sin preguntar así que supuso que estaban en paz.
El día siguiente amaneció despejado y sin una sola nube en el cielo.
De la tormenta de la noche anterior solo quedaban los enormes charcos sobre el pavimento empedrado.
Anne despertó, Johann y su nuevo amigo aún dormían.
Se acurrucó en el pecho de su marido y despacio le acarició la cara, el cuello, el pecho, los brazos…
parecía tranquilo así que decidió aventurarse un poco más y entonces Johann abrió los ojos, le sujetó las manos y empezó a hacerle cosquillas.
- ¡Para, para, para! ¡Me haces cosquillas!
- ¿Crees que no lo sé? – Anne pataleaba mientras lágrimas de risa resbalaban por sus mejillas. En ese momento el gato que dormía plácidamente hasta ese momento, se despertó sobresaltado y con un bufido bajó de la cama.
- Pobrecito –dijo Anne riendo ya sin sufrir las cosquillas de Johann – le hemos asustado. Tenemos que buscarle un nombre.
- ¿Qué te parece… Trash ? –sugirió Johann.
- ¿ Trash ? – Anne enarcó las cejas – ¿quieres llamar basura a un gato que encontré entre contenedores? Sabía que eras un cínico, pero esto es demasiado.
- Está bien, ¿qué tal François? Suena muy francés.
- Se llamaría igual que el frutero, no me convence. Déjame pensar. Tiene que ser algo que vaya con su personalidad o con sus características físicas.
- Entonces Adolph.
- Johann, no tiene ninguna gracia – le miró con los ojos entornados fingiendo estar enfadada – no puedes llamar al gato igual que Hitler.
- Es que también tiene bigotes negros – respondió Johann muy serio mientras levantaba las manos en señal de inocencia.
- Ya, y el primer ministro Chamberlain también y no se te ha ocurrido llamarle así.
- Whiskers ? – esbozó una enorme sonrisa infantil.
- Hmmmm suena bien, Whiskers entonces. Anda vamos a buscarlo y a ponerle algo de comida.
Fueron a la cocina y buscó un cuenco donde poderle echar un poco de leche con galletas. Whiskers llegó corriendo y se lo comió todo sin dejar ni una gota. Escuchó caer el periódico por la rendija de la puerta de la entrada y se acercó para recogerlo. Desayunaron y charlaron animadamente.
- ¿Qué planes tienes para el jueves por la noche? –preguntó Johann desde detrás del periódico.
- Pues lo mismo de todas las tardes: leer, escribir… y seguir tricotando una bufanda nueva para cuando llegue el próximo invierno. El otro día compré una lana muy suave en uno de los pasajes comerciales cerca de Les Halles .
- Quizá yo tenga algo más interesante que proponerte – dejó caer con voz interesante mientras plegaba el ejemplar de Le Figaro que estaba leyendo y lo dejaba en una esquina de la mesa.
- ¿Y de qué se trata si puede saberse? – preguntó Anne con sincera curiosidad.
- El embajador británico da una fiesta para celebrar que pronto llegará el verano.
- ¿La llegada del verano? – Anne enarcó una ceja con extrañeza – ¿no es un asunto demasiado frugal con la situación de tensión actual? – Johann prosiguió, no parecía haberla escuchado.
- Están invitados los miembros de la prensa británica, algunos medios alemanes para no ofender a nadie y miembros destacados de otras embajadas de países de la Commonwealth. Han hecho extensiva la invitación a nuestras esposas y yo sería el hombre más feliz del mundo si me acompañaras.
- Oh vaya, esto sí que es una novedad – Anne no pudo ocultar su sorpresa, se quedó pensativa un instante y añadió risueña – ¡pero no tengo nada que ponerme!
- No te preocupes por eso, estoy seguro de que encontrarás algo en el armario y si no siempre puedes comprarte un vestido nuevo –a continuación se levantó de la mesa y le tendió la mano – hace meses que no bailamos así que podría ser la ocasión perfecta.
- Está bien, acepto, pero con una condición, que no me dejes sola mientras hablas con tus aburridos compañeros – dijo con un mohín.
- No te puedo prometer nada, pero haré todo lo que esté en mi mano para que sea una velada memorable.
Apoyó sus manos en los hombros de él y con alegría le agarró de los tirantes a la altura del pecho para darle un sonoro beso.
Al fin algo de emoción en París. Le gustaba mucho ir al Louvre y había entablado una gran amistad con Bernard, uno de los encargados de sala, a la vez que restaurador, pero sus conversaciones se limitaban a hablar de arte y botánica.
No quería que se malinterpretara, adoraba a Bernard, pero echaba de menos charlar de política y de historia.
Quizá una recepción en la embajada no era el lugar más adecuado para una disertación sobre la actuación del gobierno británico, pero podría ser una buena ocasión para escuchar qué se comentaba por esas esferas.
- Por cierto, habrá que llevar al gato a que lo examinen – comentó él distraídamente cambiando de tema.
- Anda vete ya, vas a llegar tarde –dijo mientras le empujaba suavemente hacia la puerta – no te preocupes que yo me encargo de buscar un veterinario al que llevar a Whiskers .
El gato maulló como si supiera que estaban hablando de él y se enredó entre las piernas de ambos. Johann se agachó para acariciarlo y a continuación cogió el sombrero del perchero.
- Hasta esta noche entonces – y cerró tras de sí.
Cuando se quedó sola Anne lanzó un gritito de alegría y dio varios saltos por la casa.
- ¡Nos vamos de fiesta! ¿Has oído Whiskers? – este levantó las orejas.