Un consulado en París 19 de marzo de 1939
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19 de marzo de 1939

El día amaneció más frío que el anterior, y un fino manto de nieve cubría las aceras y los tejados de París.

Johann trabajaba en su estudio y ella decidió salir a dar un paseo hacia el museo del Louvre.

Tenía muchas ganas de conocerlo pero el mal tiempo de los últimos días no invitaba demasiado a abandonar el calor de la chimenea del salón.

Salió del portal y exhaló una bocanada de aire que se condensó en el momento formando una nube de vapor de agua.

Apenas había caminado un par de calles cuando se dio cuenta de que en cada esquina, en cada intersección, había carteles que indicaban el camino y la distancia al refugio antiaéreo más cercano.

Lentamente, la ciudad se preparaba para una guerra.

No se habían producido movimientos agresivos ni de corte beligerante, pero la necesidad de defenderse ante una amenaza, por el momento, invisible, era palpable.

Estos carteles se sumaban al hecho de que la semana anterior el ayuntamiento hubiera distribuido máscaras antigás para proteger a la población de posibles ataques químicos.

El recuerdo del gas mostaza utilizado por Alemania durante la Gran Guerra todavía estaba muy vivo en las mentes y en los cuerpos de los supervivientes de la batalla de Ypres y sucesivas.

Los efectos físicos, pero sobre todo morales, habían sido devastadores, y el miedo a que volvieran a utilizarse, esta vez sobre la población civil, era evidente

Contrastaba todo aquello con la vida cotidiana, pues París, a pesar de todo, parecía no tener intención alguna de detener su bulliciosa y ajetreada rutina.

Los viandantes seguían paseando, los artistas pintaban a la orilla del Sena y los comerciantes abrían sus puestos sin desviarse de sus costumbres.

Los libreros del muelle vendían sus antigüedades, había muchos objetos que no eran tan antiguos como afirmaban sus vendedores, pero si sabías mirar, podías encontrar auténticos tesoros.

Fue entre esos tesoros donde Anne encontró un grabado original del globo aerostático de los hermanos Mongolfier fechado en 1783.

Le fascinaba el cielo desde que era niña, y siempre había querido volar, aunque todavía no había tenido ocasión.

Johann y ella tenían previsto visitar Nueva York el año anterior, pero la agitación en Europa y el nuevo trabajo de Johann, les obligaron a posponerlo hasta quién sabe cuándo.

Pagó el grabado y un portaláminas, y lo estrechó fuertemente contra su pecho.

Acompañada de un sentimiento de extrañeza, prosiguió su paseo por la ribera y llegó al museo del Louvre.

Tenía mucho interés en ver las esculturas que allí se guardaban.

La historia de Grecia y especialmente su mitología le fascinaban, le gustaba leer sobre los mitos porque se desarrollaban en la fina línea que separaba la realidad de la ficción.

La realidad se difuminaba por la intervención de los dioses en los hechos históricos y eso la hacía, en su opinión, mucho más interesante.

El museo estaba casi vacío, apenas un puñado de curiosos recorría los pasillos, otros observaban en silencio los cuadros, y otros leían en los grandes bancos de las salas de exposición.

Después de un largo rato recorriendo galerías y pasillos, unos más anchos, otros más angostos, Anne encontró por fin lo que buscaba.

En el centro de una pequeña sala, de difícil acceso y a salvo de miradas indiscretas, se alzaba bella y orgullosa la Venus de Milo.

Un rayo de sol entraba por un pequeño tragaluz e iluminaba el pecho y el torso de la estatua.

Anne se quitó el abrigo, lo dobló con cuidado y tomó asiento para observarla.

Era bellísima, en su rostro se percibía la pureza, la fuerza, la armonía, pero también había en él algo de melancolía ¿a quién habría amado esta Venus sin ser correspondida?

Quien la esculpiera sabía lo que quería transmitir, pero lamentablemente no se conocía su autor.

Era una obra maestra, Anne posaba sus ojos en cada detalle las curvas de su cuerpo, la postura, el manto drapeado que caía suavemente, sin dejar casi a nada a la imaginación.

Transmitía una naturalidad y una sensualidad exquisitas que podían apreciarse desde cualquier ángulo.

Extrajo una carpeta de su bolso, tiró del lazo negro que unía las tapas y sacó papel.

De un pequeño estuche metálico tomó su lápiz de carboncillo y empezó a delinear el contorno, primero en bloques, círculos, y óvalos, y después, poco a poco, comenzó a redondear los nexos entre las formas geométricas.

Un codo, la cadera, la forma de los senos, el cuello, formando una espiral perfecta de los pies a la cabeza.

Pasaron las horas sin que se diera cuenta, y cuando miró su reloj ya eran cerca de las cinco.

Guardó con cuidado sus carboncillos y el dibujo.

Estaba casi terminado, aunque no estaba satisfecha del todo, tendría que volver.

Se puso de nuevo el abrigo, los guantes y la boina y se dirigió a la salida.

Las calles estaban oscuras y no se cruzó con una sola alma en el camino de vuelta a casa.

En los siguientes dos meses volvió al museo casi a diario.

El fin de semana lo reservaba para Johann, aunque no siempre salían de casa.

A veces solo necesitaba estar con él, sentir su presencia.

La rutina dio lugar a una confortable sensación de familiaridad en el museo.

Entraba y salía como si de una trabajadora más se tratase, los guardias de seguridad la saludaban amigablemente quitándose la gorra del uniforme, y las mujeres encargadas de sala le acercaban cariñosamente la mejilla o la tomaban del brazo.

Allí se sentía en paz, alejada del ruido de unos cañones que no sonaban, pero que se temía no tardarían en despertarse.