23 de febrero de 1939
Abrió los ojos y se dio la vuelta. Johann ya no estaba. Se envolvió en su chaqueta de lana favorita y fue hacia la cocina. Sobre la mesa encontró una nota:
Buenos días amor mío, he salido pronto. ¿Cenamos fuera esta noche? Te quiero, Johann.
Puso a hervir agua para el té y mientras tanto decidió darse una ducha.
El chorro de agua caliente la hizo sentir mucho mejor y tras esos reconfortantes momentos se puso el albornoz y se sentó en el sofá del salón a beberse la taza mientras observaba como la calle comenzaba a cobrar vida.
Dejó la taza en el fregadero y de la maleta sacó una falda plisada, unas medias tupidas y un jersey de cuello alto.
Ya tendría tiempo para deshacer el resto del equipaje.
Se puso el abrigo de paño azul marino, los guantes y una bufanda, cerró el apartamento y bajó hasta la portería.
- Buenos días, señor Lambert, ¿está su esposa? – preguntó Anne en francés. Lo había estudiado durante años con perseverancia y pensaba utilizarlo todo lo posible.
- Buenos días, señora Adler, llámeme Philippe. Mi esposa salió temprano al mercado. Tardará dos horas más o menos en regresar ¿La necesitaba?
- Muchas gracias, Philippe. No se preocupe, solo necesitaba unas direcciones, pero volveré más tarde.
- Le diré que ha venido, que tenga buen día señora Adler.
- Igualmente Philippe, es usted muy amable – salió por el gran portón de madera e inspiró una bocanada de aire frío.
Recordó entonces que no había cogido la guía de París, pero como no quería volver a pasar por delante de la portería decidió caminar sin rumbo.
Conocía la dirección del apartamento así que en el peor de los casos preguntaría para poder regresar.
París era, sencillamente, charmant, sus callejuelas y sus grandes avenidas respiraban cultura, historia, libertad.
Sus edificios antiguos coronados por bellos tejados de pizarra y sus elegantes fachadas repletas de estrechos balcones en cada ventanal.
Paseaba sin prisa, observando el ir y venir de las gentes.
Los vendedores de periódicos se dejaban la voz anunciando los últimos acontecimientos en Europa y de las panaderías le llegaba el delicioso olor de los cruasanes recién horneados.
Cuando llevaba alrededor de una hora caminando y dobló la esquina las vistas la dejaron casi sin respiración.
Al fondo de la enorme explanada del campo de Marte se alzaba majestuosa la Torre Eiffel.
La había visto en fotos pero nunca se la había imaginado tan grande, tan bonita, tan elegante.
En la vida de las personas hay momentos que recordarán para siempre, algunos recuerdan la primera vez que vieron el mar, otros la nieve, otros el primer amor, pero para ella uno de sus más bellos recuerdos sería sin duda la primera vez que vio la Torre Eiffel.
Cerró los ojos para atesorar para siempre en su memoria esa foto fija.
Siguió caminando por el camino entre los árboles y cuando llegó a los pies de la torre y se sintió muy pequeña, insignificante bajo aquella enorme montaña de hierro.
Cruzó el puente que llevaba hacia el Trocadéro.
Un hombre tocaba el acordeón y la melodía le pareció que venía de un sueño.
Cuando llegó al otro lado del río se sentó junto a las fuentes a observar la Torre Eiffel y supo que jamás se cansaría de aquella vista por mucho que pasaran los años.
Retomó su paseo y llegó hasta el puente de Alejandro III, con sus elegantes farolas negras.
Se paró en medio del puente y apoyó los codos en la barandilla y se entretuvo mirando las grandes barcazas que recorrían el Sena en ambos sentidos.
Los niños saludaban desde la cubierta del barco y ella les devolvía el saludo, haciendo las delicias de los pequeños.
Llegó a los Campos Elíseos y preguntando a unos y a otros por fin logró llegar de nuevo al edificio del apartamento unas cuatro horas después de haber salido.
Cuando estaba a mitad de la escalera, Philippe salió de la garita de la portería:
- Señora Adler, mi mujer ya está aquí.
Entonces Anne cayó en la cuenta de que no había comprado nada para llenar la despensa.
- ¡Cierto! – exclamó – bajo enseguida señor Lambert, digo, Philippe! Subió rápidamente hasta el apartamento y se cambió los zapatos por unos más cómodos, había caminado demasiado y tenía rozaduras en ambos pies. Bajó y tocó con los nudillos.
- Pase, pase. Señora Adler esta es mi mujer, Élise.
- Encantada de conocerla señora.
- Bueno yo tengo trabajo que hacer, tengo que comprobar la caída del agua y otros asuntos de fontanería, las dejo que hablen de sus cosas – y salió de la portería con su caja de herramientas en la mano.
- Señora Adler un placer, espero que el señor Adler y usted hayan encontrado el apartamento a su gusto.
- Llámeme Anne por favor. El apartamento es maravilloso, está lleno de luz, y aunque necesita que lo decoren un poco creo que nos va a resultar muy fácil acostumbrarnos a que sea nuestro hogar los próximos años.
- Me alegro mucho, no siempre es fácil contentar a los extranjeros que vienen a París, muchos vienen llenos de pretensiones y no acierta una.
- Oh no se preocupe, Johann y yo somos dos personas de gustos sencillos, no le daremos ninguna guerra, se lo aseguro.
- No serán ustedes quien nos den una guerra hija mía, serán estos malditos alemanes…
- No llegarán tan lejos ya verá – comentó en tono conciliador.
- ¡Dios te oiga pero me temo que esta vieja tiene razón!
Recuerde que soy vieja y yo ya he vivido una guerra, nadie pensaba que estallaría pero vaya si estalló – parecía sofocada y Anne se ofreció para ir a buscar un vaso de agua – sí por favor, la cocina es la primera puerta a la derecha, coja un vaso del aparador encima del fregadero.
Anne volvió con el vaso de agua fría y la señora Lambert se lo bebió casi sin respirar. Suspiró profundamente y la miró.
- Usted quería verme para algo – comentó entonces cambiando de tema.
- Sí, acabamos de llegar y solo hemos traído con nosotros un poco de té y unos sándwiches que nos tomamos anoche. Querría saber dónde podía ir a hacer las compras.
- Puede ir al mercado de la rue Saint Honoré, está a unos veinte minutos andando, y allí encontrará todo lo que necesita.
- Muchas gracias, también me avergüenza decirlo pero ni mi marido no se acordado de dejarme francos ni yo de pedírselos, solo tengo libras esterlinas – se moría de vergüenza de estar pidiéndole dinero indirectamente la buena de la señora Lambert pero no le quedaba otro remedio si quería evitar una discusión a la mañana siguiente, aunque no fuera culpa suya.
- No se preocupe hija mía, yo le dejo unos francos y una cesta. Es más, espere un momento solo que me pongo el pañuelo y la acompaño.
- No hace falta de verdad, estoy segura de que puedo llegar sola – replicó abrumada ante tanta amabilidad.
- Ni hablar, ya estoy lista – y tomándola del brazo salieron de la portería. Se paró a los pies de la escalera y gritó - ¡Philippe! La chica y yo nos vamos al mercado, volveré para la hora de la cena.
- ¡No tardes mujer que ya tengo hambre! –se escuchó la voz del portero.
Elise masculló algo en francés que Anne no pudo entender. Aun así los gestos y las muecas en el rostro de Elise la hicieron reír.
- Vámonos antes de que ese viejo loco quiera prepararse solo la comida y me queme la casa entera –Anne notó que había un gran cariño en sus palabras.
Callejearon hacia el este y entraron por uno de las decenas de pasajes comerciales que París tenía.
- Aquí es, el mercado de Saint Honoré –dijo Elise satisfecha de haber sido de ayuda a la nueva inquilina. Tanto ella como su marido parecían realmente simpáticos. A ver si estos duraban más en el apartamento, pensó.
Anne miraba a todos lados fascinada, el mercado rebosaba de vitalidad y de actividad. Nadie diría que los cimientos de Europa se tambaleaban viendo aquella escena.
- Muchísimas gracias Elise, creo que podré hacer una gran compra.
- ¡Ya lo creo! Vamos a mi frutería –siguieron avanzando entre mujeres con sus cestas – François, esta chiquilla es la señora Adler, acaba de llegar a París con su marido y necesita de tus mejores frutas y verduras.
- Mais bien-sûr ma chérie ! – exclamó el rollizo tendero con una amplia sonrisa – Tengo de todo, o al menos de todo lo que se puede – guiñó un ojo.
- Póngame unas manzanas por favor, las haré en el horno con un poco de canela y crema inglesa. Unas patatas y un brócoli también por favor – pagó, el tendero lo puso todo en la cesta y le dio las gracias – À la prochaine !
Fueron a la carnicería y compró una pierna de cordero, y en la pescadería un trozo de salmón. En la boulangerie compró unos cruasanes para el desayuno del día siguiente y se sintió satisfecha.
- Creo que ya tengo suficiente Elise, muchísimas gracias por acompañarme.
- No ha sido nada ma chérie , un placer.
Llegaron a casa casi de noche, era febrero y el sol se ponía muy pronto, aunque no era tan pronto como en Edimburgo así que el cambio comenzaba a resultar ciertamente agradable. Las mujeres se despidieron y quedaron en dar un nuevo paseo juntas la semana siguiente.
Cuando entró en el apartamento Johann aún no había llegado. Se descalzó y caminó por el suelo de madera que crujía levemente a su paso. Fue hacia la biblioteca y sacó de su maleta un papel y un sobre. Mojó la pluma en el tintero y comenzó a escribir:
París, 23 de febrero de 1939
Mi querida Lilian,
Apenas hace un día que llegamos y ya te echo de menos.
Johann aún no ha vuelto y yo he salido a conocer París.
He visto la Torre Eiffel por primera vez y he sentido cómo se me paraba el corazón.
¿A ti también te pasó durante vuestra luna de miel por Europa?
Espero acostumbrarme pronto a la vida aquí, es ciertamente precioso como ciudad.
He caminado muchísimo y me duelen los pies.
Puede que haya hecho una amiga, bueno, es pronto para llamarla amiga pero se ha portado muy bien conmigo. Se llama Elise y es la mujer del conserje de nuestro edificio. Hoy me ha acompañado al mercado y me ha prestado unos francos.
Oigo la puerta, creo que es Johann. Te tengo que dejar querida amiga, pero te prometo que te volveré a escribir pronto
Tuya,
Anne
Dobló la carta con cuidado y la metió en un sobre. Despacio escribió “Sra. Lilian Owen, 80 Eaton Square, Londres, SW1W 9AP, Inglaterra”.
- ¿Estás en casa? – preguntó la voz de Johann desde el vestíbulo.
- Sí, estoy en la biblioteca, voy enseguida. ¿Qué tal ha ido el día?
- No te muevas, ya voy yo.
Johann entró en la biblioteca y se quitó la chaqueta. Le dio un beso en la frente y siguió hablando.
- Todo el mundo ha sido muy amable aunque no tenían mucho tiempo para hablar y me he pasado el día persiguiendo a unos y a otros – se sentó a su lado y Anne le puso las manos sobre las suyas – el piso donde están las oficinas es un hervidero y tengo la sensación de que no voy a parar demasiado tiempo por casa.
Las cosas en Europa están peor de lo que pensamos en Gran Bretaña.
- Lo comprendo perfectamente. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
- Ahora mismo solo perdonarme por hacer comentarios de mal gusto.
Era un broma pero te sentó mal, y no quería herir tus sentimientos.
Siempre nos las hemos apañado muy bien los dos y no quiero que eso cambie.
–Anne se sintió aliviada y besó a Johann tiernamente, – sé que te escribí esta mañana que saldríamos a cenar pero estoy agotado ¿te importa si lo dejamos para mañana?
- En absoluto, hay verduras que he comprado en el mercado. Podemos ponerlas a cocer y haré unas manzanas con crema inglesa.
- Suena delicioso, voy a darme una ducha.
- ¡Ah por cierto! – exclamó Anne
- ¿Pasa algo? – preguntó asomándose al pasillo desde el baño.
- No, no es nada, pero esta mañana la mujer de Philippe, el portero, me ha prestado francos para la compra y quería devolvérselos.
- Por supuesto que sí, ha sido muy amable por su parte, no caí en la cuenta. Mañana mismo podrás bajárselos, todo el dinero está en una caja caoba en la mesa del despacho.
- Fantástico gracias – exhaló aliviada de no demorarse en el pago de la deuda con Elise. Presentía que podía ser una gran aliada en la capital francesa y no quería empezar con mal pie la relación.
Cenaron en el salón a la luz de las velas, hojearon la guía y el mapa de París que habían comprado en Hatchards antes de marcharse y hablaron de los sitios que les gustaría conocer cuando Johann tuviera ratos libres.
Quizá al final París no fuera tan malo para los dos.
Aires nuevos, aunque fueran tan agitados como todo parecía indicar.