Un consulado en París 20 de febrero de 1939
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20 de febrero de 1939

Viajaron a Londres dos días antes de la fecha de salida del tren que les llevaría a París.

Johann tenía asuntos que tratar en las oficinas del periódico y Anne quería aprovechar para hacer unas compras y para visitar a Lilian en su casa de Belgravia.

Bajó del autobús y caminó por Eaton Place, sin duda un lugar magnífico para vivir, inmejorablemente situado en el centro de Londres disfrutaba sin embargo de una calma inaudita.

Compró unas pastas de camino y llegó justo para la hora del té.

Lilian estaba embarazada de su segundo hijo y lucía radiante.

El ama de llaves le abrió la puerta y le ayudó a quitarse el abrigo.

Se quitó los guantes y el sombrero y los dejó sobre la mesa de la entrada.

-           Anne amiga cuánto tiempo –se dieron dos besos y Lil la cogió del brazo – recibí tu carta y tengo que confesar que fue toda una sorpresa. Así que os mudáis a París.

-           Eso me temo, yo era feliz en Escocia…A Johann le han ofrecido un puesto muy importante y yo no puedo obligarle a renunciar a su carrera. Además, sé que no tampoco sería capaz de hacer algo así – añadió.

-           Lo comprendo perfectamente, yo haría lo mismo por Hugh, pero claro, yo estoy siempre en casa y en el club, así que supongo que para mí es evidente. ¿Más té?

-            Sí, por favor ¿qué tal Sarah?

-           Creciendo muy rápido, ya tiene un año y dos meses – se dirigió a una de las empleadas del servicio – Evelyn, dile a la señorita Harrison que baje a Sarah para que Anne pueda verla.

-            Enseguida, señora –hizo una breve reverencia y desapareció por la puerta del salón.

-            ¿Y tú que vas a hacer en París?

-           Aún no lo sé, Johann me ha prometido que intentará mover unos cuántos hilos. De modo que supongo que me quedaré en casa hasta que encuentre algo útil que hacer – se dejó caer sobre el respaldo del sofá y suspiró.

En ese momento una niña de brazos regordetes y bucles rubios entró a la habitación de la mano de su institutriz.

-           Sarah cariño ven a decirle hola a la tía Anne – se acercó y le dio un beso, dejándole la mejilla llena de babas. Anne rió y se limpió con discreción.

-            Está preciosa Lil, se parece mucho a ti –la sentó en su regazo y le pasó los dedos por el pelo.

-            ¿Seguís Johann y tú intentando tener hijos?

-            Sí, pero me temo que aún no ha habido suerte.

-           Ya llegará, no te preocupes – cogió a Sarah en brazos y se la dio de nuevo a la señorita Harrison – es su hora del baño. Que cene pronto y cuando esté en la cama subiré a darle las buenas noches y a leerle un cuento.

-            Sí señora – tomó a la niña de la mano y salieron juntas del salón – ¡vamos Sarah!

La puerta se cerró y Lilian miró a Anne muy seria, su tono de voz era de enorme preocupación.

-           Anne sabes que Hugh dice que la situación se está poniendo cada vez más fea en Europa.

Los informes que llegan a Whitehall no son nada esperanzadores.

Hitler cada vez está siguiendo una política más agresiva y no hay indicios de que el rumbo vaya a ser diferente.

La política de apaciguamiento de los últimos años no ha servido de nada, pero muchos políticos parecen no querer verlo.

-            Lo sé Lil, yo también leo los periódicos y me preocupa tanto o más que a ti.

-           Ten mucho cuidado en Francia, al menos aquí en Gran Bretaña hay un mar de por medio, pero allí, tan expuesta… - Lilian se mordió el labio.

-            Tranquila. Tendré cuidado, además, estoy con Johann, no me podría pasar nada malo.

-            Eso es cierto, ese hombre está enamorado de ti hasta las trancas. Todo irá bien.

Terminaron el té y Lilian la acompañó hasta la entrada, se abrazaron y se despidieron sin saber cuándo sería la próxima vez que se volverían a ver.

-            Te escribiré en cuanto esté instalada, te lo prometo.

-           ¡Hazlo o mandaré a alguien a buscarte! – el tono era de broma pero después se puso seria. Odiaba las despedidas.

Anne retuvo las lágrimas y rio porque de verdad creía a Lilian capaz de mover cielo y tierra para encontrarla.

-           No estarás aquí para cuando nazca el bebé… –Anne notó como la voz de Lil se quebraba y tomó el rostro de su amiga entre las manos.

-            Estoy segura de que el parto irá igual de bien que con Sarah.

-           Espero que sea un niño. Hugh tiene ganas de un hijo para presumir en el club, pero a mí no me importaría que fuera otra niña.

-            Sea lo que sea será una preciosidad.

Bajó rápidamente las escaleras, le lanzó un beso y se subió al coche.

El chófer de Lilian la llevó hasta el hotel de Battersea donde estaban alojados.

Cuando entró a la habitación Johann se estaba quitando los gemelos y la corbata y fumaba un cigarrillo junto a la ventana mientras las gotas de lluvia resbalaban por los cristales.

-            ¿Qué tal ha ido?

-            Lil te manda recuerdos. No he podido ver a Hugh, estaba aún en el despacho, últimamente tienen muchísimo trabajo.

-            No me sorprende en absoluto. Me hubiera gustado acompañarte, pero tenía muchos asuntos que resolver antes de marcharnos mañana.

-           No te preocupes, Lilian lo ha entendido perfectamente y además así hemos podido tener una tarde de mujeres. Sarah está preciosa… y pensar que acabábamos de casarnos cuando ella nació.

Se quitó el vestido y se puso el camisón. Johann la rodeó con sus brazos por detrás y la llevó a la cama. La besó e hicieron el amor lentamente, con una nota de nostalgia, sabiendo que por primera vez en veinticuatro años ella dejaba su patria y no sabía cuándo volvería.

Al día siguiente el cielo amaneció despejado y aunque el tiempo era gélido aprovecharon para dar un largo paseo juntos y hacer compras de última hora, un nuevo abrigo, un sombrero, unas camisas.

A las seis en punto cenaron en el Duke of Sandringham a modo de despedida.

Alzaron sus copas burbujeantes, se miraron a los ojos y brindaron con champán.

-            Por París.

-            Por París.

Un taxi los llevó hasta Victoria Station a última hora de la tarde.

Johann sacó los billetes del bolsillo del abrigo.

“Night Ferry, Andén 2, London Victoria Station, 9:00 pm”.

Subieron al tren y se instalaron en su compartimento de la primera clase.

Ella sacó una guía de París que habían comprado esa misma tarde y comenzó a ojearla.

Johann se acomodó en su asiento y leyó la prensa del día.

Anne le miró por encima del libro y sonrió.

La ciudad dejó paso a los verdes prados de la campiña inglesa y en unas dos horas llegaron a Dover, donde el tren entró en el ferry que los llevaría hasta Dunkerque.

Allí una locomotora reengancharía los vagones y llegaría a la estación de Paris-Nord.

Anne se durmió poco después de comenzar a navegar.

Soñó con Escocia, con Londres y con la famosa Torre Eiffel.

Durmió tan profundamente que solo despertó cuando pasó el revisor a informarles de que pronto llegarían a París.

Se desperezó y vio que Johann ya estaba despierto y arreglado tomando notas en un cuaderno.

-            ¿Qué escribes? – preguntó entre bostezos.

-            Buenos días, señorita. Nada especial, son solo ideas para el artículo que tengo que enviar a mi llegada.

El tren entró lentamente en la estación, cogieron su equipaje y bajaron al andén.

El resto de las maletas llegarían en unos días, así como algunos de sus muebles.

Fueron hacia el vestíbulo de la estación y allí Johann se acercó a un hombre corpulento que esperaba junto a la salida y le estrechó la mano.

-            Anne, este es Paul Becket, es uno de nuestros editores, trabajaremos juntos aquí en París.

-            Paul, le presento a mi esposa, la señora Anne Adler.

-           Encantado señora Adler, quería recibirles personalmente.

Vengan, he traído el coche para llevarles a su nuevo apartamento.

El periódico lo ha organizado todo. Es una residencia modesta pero muy bonita y está en un buen barrio.

Además, la embajada británica está relativamente cerca así no se sentirán muy lejos de casa.

–subieron al coche y siguió hablando – también hay un club donde las esposas de los diplomáticos y los periodistas británicos toman el té.

Hablan de moda, bebés y esas cosas de mujeres pero estoy seguro de que la señora Adler se sentirá como en casa.

Ante la sorpresa de Anne, Johann rio como si aquello fuera lo más gracioso que hubiera escuchado en su vida. No obstante, ella fingió no haberse percatado del tono de condescendencia usado por el editor y respondió con una fingida sonrisa.

-            Es usted muy amable señor Becket, estoy convencida de que disfrutaré mucho de mi estancia en París.

El coche recorrió las calles de París durante unos veinte minutos y llegó a una plaza de forma triangular, Anne acertó a leer en una de las placas Place des Saussaies, 8éme arrondissement. El coche estacionó frente a la enorme puerta de un precioso edificio de arquitectura haussmaniana.

-           Es aquí, yo me tengo que marchar, pero el conserje ya está avisado de su llegada. Él les ayudará con el equipaje y les entregará las llaves. Es la primera planta, no hay más que un apartamento por planta, no tiene pérdida.

Llamaron al timbre y el portero salió a recibirles. Era un hombre poco corpulento, aspecto afable y cabello cano. Debía rondar los sesenta años y les dio la bienvenida con una cálida sonrisa.

-           Bienvenidos señores Adler, les estábamos esperando –dijo en un inglés rudimentario con marcado acento francés – mi mujer ha limpiado el apartamento esta mañana. Esperamos que todo esté a su gusto. Les ayudo con las maletas.

-            Muy amable señor…. –dijo Anne.

-            Lambert, Philippe Lambert – respondió el portero.

-            ¿Tiene las llaves? –preguntó Johann.

-            Bien sür Monsieur, voilà – y les entregó un juego de llaves a cada uno.

Subieron la escalera de madera hasta el primer piso.

Johann introdujo la llave en la cerradura y la puerta cedió con un leve chirrido.

En la entrada había una mesa delante de un espejo y un jarrón con flores.

Los techos eran altos, unos tres metros pensó Anne, y las grandes ventanas del salón iban desde el suelo hasta el techo dejando pasar los últimos rayos sol de la tarde que iluminaban las motas de polvo en suspensión, confiriéndole al piso un aspecto casi mágico.

El apartamento se componía de una cocina, dos cuartos de baño, un cuarto de invitados, una biblioteca y el dormitorio principal.

Tenía cinco enormes ventanales que daban a la plaza, tres pertenecían al salón y dos a la habitación de matrimonio.

Las tres ventanas centrales estaban conectadas por un estrecho balcón de hierro pintado de verde pálido que inmediatamente hizo las delicias de Anne.

-            Johann mira esto, has visto qué balcón ¡Es ideal para desayunar!

-            Es muy, muy bonito cielo, me alegro de que te guste –dijo mientras se encendía un cigarrillo.

-           Cuando tu amigo Paul dijo un apartamento modesto no me esperaba esto, es mucho más grande que nuestro piso en Edimburgo.

-            El periódico ha hecho un gran trabajo sin duda alguna, mañana llamaré a Londres para agradecérselo personalmente.

-            ¿Y yo qué voy a hacer mañana?

-            No lo sé, sal a pasear, entretente, cómprate algún libro.

-            Dijiste que me buscarías algo –dijo molesta bajando la vista y mirándose los zapatos.

-            Y lo haré cariño, pero dame un poco de tiempo para adaptarme ¿vale? – ella asintió con la cabeza.

Cenaron unos sándwiches que habían traído desde Londres y Anne preparó té.

-           Mañana preguntaré a la señora Lambert dónde se pueden comprar frutas y verduras frescas –comentó Anne mientras servía un poco más del reconfortante líquido en ambas tazas.

-           Eso estaría muy bien –dijo Johann mientras sostenía su taza– ahora que ya no tienes que ir a la escuela tendrás mucho más tiempo para perfeccionar tus habilidades como cocinera.

-            ¿Y desde cuándo te ha importado a ti que yo no sepa cocinar? –preguntó Anne dolida.

-           ¡Y no me importa! – rio a mandíbula batiente quitándole importancia – pero no estaría mal aprender algo de cocina francesa mientras estamos aquí. Anda no te enfades, no lo dije con intención de disgustarte.

Comprendiendo que la conversación había tocado a su fin, no dijo nada más, apuró su taza.

-            Estoy agotada del viaje, me voy a la cama.

-            Yo aún tardaré un poco más.

-            Vale, no hagas ruido al acostarte.

Dio muchas vueltas antes de poder conciliar el sueño.

Nunca Johann se había quejado de cosas como aquella y si ya bastante malo era que no pudieran tener hijos, ahora además no tenía trabajo y él se quejaba porque no sabía cocinar como las esposas de sus compañeros que pasaban todo el día en casa.

Quizá el comentario no había sido con mala intención, se había reído y pero ella estaba igualmente dolida.

Quizá era ella quien estaba más susceptible.

La mudanza no había sido su plan favorito y pensó que tendría que darse un tiempo para adaptarse.

Trató de borrar cualquier pensamiento negativo de su mente y al final se quedó profundamente dormida.

No se enteró de cuando Johann se metió a la cama, bien entrada la madrugada.