Un consulado en París 3 de febrero de 1939
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3 de febrero de 1939

Tocaron a la puerta de la salita y Johann se levantó a abrir. Una ráfaga de aire gélido se coló en el pequeño apartamento y la casera le entregó un sobre:

-            Telegrama para usted señor – el joven tomó el papel.

-            Gracias Helen, ¿acaba de llegar?

-            Lo ha traído ahora mismo el cartero, viene de Londres.

-            Gracias Helen, muy amable –abrió el sobre y lo leyó varias veces antes de dejarlo sobre la mesa.

-            ¿De quién es? –preguntó la joven que desayunaba frente a él del otro lado de la mesa

-            El director de mi periódico –parecía muy serio.

-            ¿Y qué quiere?

-           Dice que la situación en Francia cada vez es más convulsa y quieren que viaje como corresponsal para cubrir los últimos acontecimientos por todo el país – hizo una pausa y añadió – ayer se llevó a cabo el primer ejercicio defensivo en París y han comenzado a cavar trincheras en plazas y parques.

Según nuestros informantes son apenas veinte kilómetros.

No supondría una gran diferencia en caso de que país fuera ocupado.

Lo relevante aquí es que se trata del primer movimiento bélico por parte de los franceses desde la Gran Guerra.

Ella se limpió los labios despacio con la servilleta y la volvió a dejar sobre sus rodillas. Miró a su marido muy seria con sus expresivos ojos color miel.

-           Pero hace apenas unos meses que estamos en Escocia, te dijeron que estaríamos aquí al menos durante los dos próximos años –Anne se sentía profundamente contrariada.

-            Ven conmigo entonces, estoy seguro de que encontraremos algo para ti.

-           ¿Y qué iba a hacer yo allí? Aquí al menos tengo la escuela y mis clases. Allí no tendría nada – la sensación de agobio por el cambio tan brusco de vida que se avecinaba le atenazó el alma.

-            No lo sé, pero me gustaría que vinieras conmigo. No podría dejarte ahora que acabamos de casarnos.

-            No vas a rechazar el puesto ¿verdad? Está decidido – afirmó sin dejar de mirarle – ¿o acaso me equivoco?

Él no contestó inmediatamente, aunque ella pudo atisbar un sentimiento de culpa en sus ojos.

Hijo de unos ricos alemanes que habían emigrado a Inglaterra tras la Gran Guerra, había estudiado periodismo en Cambridge y apenas terminados sus estudios había encontrado trabajo como asistente del director en The Times.

Sus habilidades lingüísticas, y su carácter abierto y afable le habían granjeado muchas amistades.

En apenas tres años su carrera se había catapultado y le habían dado como primer destino nacional la corresponsalía en Escocia.

Él y Anne se habían conocido un año antes en una cafetería en el centro de Londres, él tomaba una copa con unos compañeros después del trabajo y ella esperaba a su mejor amiga sentada junto a los grandes ventanales. Él se acercó a ella:

-            ¿Está libre?

-            Estoy esperando a alguien – respondió de forma  cortante.

-            No la entretendré mucho – tomó asiento frente a ella – me llamo Johann Adler, ¿Y usted es?

-            Señorita Anne Collins – él le cogió la mano y se la besó.

-            ¿A qué se dedica usted señorita Collins?

-           Estoy cursando el último año de Historia. Estudio en Oxford, pero me han dado una beca de cuatro meses para venir al King’s College. ¿A qué se dedica usted?

-            Trabajo como periodista para un periódico muy importante.

-            ¿Y no me va a decir cuál es?

-           Depende de si accede usted o no a cenar conmigo una noche – Anne se sonrojó ante el descaro de aquel joven. No estaba acostumbrada a flirtear y no se consideraba especialmente atractiva por lo que tampoco se molestaba en arreglarse excesivamente cuando salía con sus amigas.

En ese momento Lilian entró por la puerta del local, localizó a Anne y se dirigió hacia su mesa. Miró a Johann y le preguntó sin rodeos:

-            ¿Quién es usted y qué hace sentado en mi sitio?

-           Te presento al señor Johann Adler, al parecer trabaja en un periódico muy importante pero no va a decírmelo – las dos amigas intercambiaron una mirada de complicidad.

-            Encantada, soy la señorita Lilian Keynes –y le estrechó la mano – su mejor amiga.

Johann se levantó despacio y la miró por última vez antes de volver con su grupo de amigos:

-            El jueves que viene la estaré esperando en el Sandringham, está en el 30 de Strand.

-            ¿Y si no voy? – él se limitó a encogerse de hombros.

-            Pues entonces se quedará sin saber para qué periódico trabajo.

Lilian se sentó descaradamente entre ambos, le dedicó una pícara sonrisa a Johann y le dio un codazo a Anne.

-            Veo que no soy la única que tiene noticias ¿De dónde has sacado a ese ejemplar tan alto y guapo?

-           ¡Lil no es un caballo! Y si te digo la verdad no lo sé. Estaba tomándome un té mientras te esperaba y ha salido de la nada. Se ha sentado ahí y dos minutos después has aparecido tú. Fin de la historia.

-            ¿Vas a ir?

-            Supongo, no tengo nada que perder.

-           Tendremos que mirar si ese sitio es respetable, Strand no está lejos así que podremos ir caminando para ver qué aspecto tiene.

-            Perfecto. Bueno, cuéntame tú, ¿Qué es eso tan importante que tenías que contarme?

-            Hugh y yo vamos a casarnos –y le mostró el anillo de compromiso en su mano izquierda.

-            ¡Es fantástico! Madre mía ese pedrusco ha debido costar una fortuna.

-           Bueno, ya sabes que el dinero no es un problema para la familia de Hugh – en apenas dos meses seré la señora Owen, Lilian Owen. ¿Suena bien verdad?

-            Suena de maravilla –dijo mientras sostenía las manos de su amiga – aquí llega el té.

La camarera les sirvió dos tazas de Earl Grey y les dejó unas galletas de mantequilla para comer.

-            ¿Desean ustedes algo más?

-            Nada más muchas gracias.

Lilian sonreía como una niña, Hugh y ella se conocían desde la infancia porque sus padres eran amigos.

La amistad entre los Owen y los Keynes se remontaba varias generaciones atrás y sus residencias veraniegas en Cornualles no distaban mucho la una de la otra.

Hugh y Lilian habían crecido juntos, pero no fue hasta unos veranos atrás cuando en uno de sus paseos a caballo algo cambió entre ellos.

Lilian tenía dieciocho años y Hugh veinte.

Era casi el final del verano y Hugh volvía a la escuela militar.

Hugh le declaró su amor y Lilian aceptó la propuesta de mantenerlo en secreto hasta Navidad Estuvieron enviándose cartas durante cuatro meses y en diciembre, en la fiesta que los Owen organizaban el día después de Navidad hicieron pública su relación.

De aquello habían pasado casi cinco años.

Anne había visto aquel romance florecer pues también ella pasaba los veranos en casa de Lilian y saber que se habían comprometido le hizo enormemente feliz.

-            Hugh por fin ha terminado su formación militar y le han ofrecido un puesto en Whitehall. Es un puesto político.

-            Cómo me alegro por ti amiga.

-            Estamos pensando en tener hijos pronto, en cuanto se celebre la boda. Siempre quise una gran familia y Hugh también.

Pagaron la cuenta y salieron agarradas del brazo. Lilian se dirigió al chófer que esperaba dentro del coche.

-            Thomas vamos a dar un paseo, por favor recógeme en una hora en el muelle de Strand.

-            Si señora –y volvió a abrir el periódico que estaba leyendo momentos antes.

Pasearon por la rivera del Támesis. El frío de noviembre les heló las manos. Por fin llegaron a la puerta del Duke of Sandringham.

-           No está nada mal, para ser un periodista debe de cobrar un buen sueldo si no te conoce de nada y quiere invitarte a cenar aquí – dijo Lilian con tono burlón – quizá acabemos celebrando una boda doble.

-            ¡Calla Lil! ¡Qué cosas tiene!

-           Tienes que venir, nunca se sabe – miró su reloj – Thomas debe estar ya esperándome, espero tu llamada la semana que viene. ¿Quieres que te acerquemos a algún lado?

-            No, está bien, cojo el autobús aquí al lado y ya después tomaré el tren de vuelta a Richmond.

Le dio un beso en la mejilla y subió al coche mientras le decía adiós con la mano por la ventana.

El jueves llegó antes de que pudiera darse cuenta.

Anne y Johann se encontraron en el Duke of Sandringham.

Él la esperaba en la barra tomando un whisky, y ella se acercó tímidamente.

Los ojos de él se iluminaron y ella tomó el brazo que él le ofreció para ir hacia la mesa que había reservado.

Cenaron, charlaron, rieron, bebieron y al final de la noche él la besó suavemente.

Cerró los ojos y se dejó llevar. Esa cena dio lugar a muchas más, paseos por el parque de Richmond cuando Anne salía de la universidad.

Cuando ella regresó a Oxford él iba todos los fines de semana a verla en tren.

Apenas un año después celebraban su matrimonio en la iglesia de Southwold, la pequeña localidad costera en el canal de la Mancha donde vivía la madre de Anne.

Unos meses más tarde se mudaron a Edimburgo a raíz del nuevo puesto de Johann.

Todo había ido muy deprisa pero Lilian decía que si había amor todo era posible y que nunca se era demasiado rápido para enamorarse.

Anne se levantó de la mesa y se encerró en la sala de estar.

Se sentó en la mecedora y miró por la ventana.

Había acompañado a Johann a Escocia con una enorme ilusión, pero Francia no era Escocia y sabía que si él aceptaba el puesto en París ella también tendría que hacer las maletas.

Le dolía dejar la escuela, apenas llevaba un año, pero le quería demasiado como para dejar que emprendiera el viaje solo.

El ruido de unos nudillos tocando a la puerta la sacó de su ensimismamiento.

-           Adelante, pasa –él se acercó por detrás y apoyó sus manos sobre sus hombros, le acarició el cuello – ¿cuándo quieren que te incorpores?

-            En un mes como máximo, en tres semanas sería lo ideal.

-            Bien – apretó los labios y miró por la ventana – entonces voy contigo.

-           Siento que tengamos que mudarnos tan pronto, sé que te gustaba tu escuela, pero es un puesto muy importante, una gran oportunidad, no puedo desperdiciarla, tienes que entenderlo.

No le contestó. Él se agachó para darle un beso en la mejilla y salió de la habitación sin hacer ruido.