Un consulado en París París, febrero de 1939
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Un consulado en París

Un consulado en París

Por Andrea Nevado

© inepub.com

París, febrero de 1939

Aspiraba lentamente el tercer cigarrillo.

Cuando se encendió este último aún humeaban sobre el cenicero las dos colillas anteriores.

El despacho estaba impregnado  de humo como si la niebla más sucia del Támesis de su Londres natal hubiera venido para hacerle compañía.

La semana había sido frenética y los informes se acumulaban sobre su mesa esperando revisión y firma antes de enviarlos a Whitehall.

El trabajo en París se había tornado extremadamente tedioso.

Muchísimo papeleo y prácticamente nada de trabajo de campo.

Estaba tan acostumbrado a pasar los días pateando las calles, observando, que no se había parado a pensar lo aburrido que podría llegar a ser estar encerrado en un despacho prácticamente todo el día.

París había supuesto un ascenso, la oportunidad de tener un equipo bajo su dirección, o mejor dicho, dos.

Y sin embargo, sabía que si no salía de la oficina se volvería completamente loco.

Dos décadas de actividad frenética no se olvidaban de la noche a la mañana.

Unos golpes en la puerta lo sacaron de su ensimismamiento. Su asistente bajó el picaporte con cuidado y le anunció que tenía una llamada por la línea uno.

-           Muchas gracias, puede irse ya, márchese a casa, es tarde – despidió a la mujer y descolgó con desgana, otra llamada más – ¿Dígame? – preguntó sin mostrar demasiado entusiasmo.

-           ¿Qué tal se vive por Francia?

¿Es cómoda tu silla de despacho? – quién llamaba no era otro que Eric Parker, su jefe en Londres.

Sin su generosa mediación nunca habría obtenido aquel puesto.

No se quitaba ningún mérito, pero aquel mundo era así, y una recomendación valía más que mil buenas acciones.

-           El sillón es demasiado cómodo me temo, no me levanto en todo el día y no es por falta de ganas. Creo que sobrevaloré disfrutar de un despacho para mí solo.

-           ¡Pero bueno cuánta amargura amigo mío!

– su interlocutor parecía estar divirtiéndose – creo entonces que no podría haber llamado en mejor momento.

Lo que te voy a contar, estoy seguro, te levantará un poco el ánimo.

Quizá te interese tanto que tengas que levantarte del sillón de vez en cuando.

Al otro lado de la línea Simon se enderezó y se inclinó hacia delante, vivamente interesado por lo que fuera que Parker tenía que contarle.

Era un hombre extremadamente ocupado y nunca llamaba sin un motivo justificado.

No interrumpió a su jefe ni un solo momento mientras este desgranaba con pelos y señales la información prometida.

-           Fantástico, estoy deseando empezar – colgó con un gesto de satisfacción dibujado en su rostro y aspiró una última vez su cigarrillo antes de enlazar las manos por detrás de la nuca y reclinarse de nuevo hacia detrás poniendo los pies sobre la mesa.