Capítulo 17
Horatia escurrió su manita de la de su madre con la agilidad propia de una niña. Acto seguido, salió disparada hacia la larga mesa donde las porciones de pastel desaparecían tan rápido como se cortaban.
Grace no hizo ademán de seguirla. Permaneció al borde de la reunión, donde las sombras se alargaban contra la lona de la carpa y el aire se volvía más fresco, más ajeno a las risas.
Tras librarse de la incesante atención del señor Cross, se apartó de la multitud, pero aquella libertad le trajo poca paz. No podía quitarse de la cabeza la imagen de lady Trowbridge hablando con lord Blackmere.
Aquella imagen aún la atravesaba con una punzada irracional.
¡Qué necia había sido, qué desprevenida!
Imaginar siquiera por un momento que sus atenciones, sus palabras serenas, su amabilidad con su hija, significaban algo más que cortesía.
Creer que él buscaba en ella una compañera de espíritu, una igual en pensamiento, era la vanidad más peligrosa… todo había sido mera insensatez.
Grace entrelazó las manos con fuerza, ocultando el temblor entre los pliegues del vestido. No estaba enfadada con lady Trowbridge. El mundo siempre ofrecería mujeres ansiosas por reclamar cuanto su capricho deseara. No… su ira ardía hacia dentro, contra sí misma, y contra él .
Porque él le había permitido creer que querían lo mismo, que la veía como algo más que una viuda digna de lástima, más que una madre que libraba batallas en nombre de su hija.
Grace había creído estar a salvo en las sombras. Sin embargo, lo percibió antes de que hablara, como si el aire mismo se alterase a su paso. Lord Blackmere se acercó con paso firme, y aunque el corazón le dio un vuelco, el orgullo la mantuvo inmóvil.
—Señora Hutcher —dijo él con voz suave—, esperaba…
Ella lo atajó con una mirada. Las palabras, al llegar, escaparon antes de que la cautela pudiera contenerlas.
—Milord, no logro entender su proceder. Profesa simpatía y…
afecto, pero me mantiene en la ignorancia.
He sido franca con usted, dolorosamente franca, se lo aseguro, sobre las dificultades que soporto.
Y sin embargo, debo enterarme por otros de asuntos que deberían haber salido de su boca.
Lady Trowbridge no es ninguna desconocida para usted, eso es evidente.
Entonces, ¿por qué no supe de esto antes?
Sus palabras lo sorprendieron. Lo vio en el cambio de su mirada. Pero en lugar de dar explicaciones, respondió con aspereza.
—Y sin embargo, usted no parece rehuir las atenciones de los desconocidos. De hecho, las acepta con notable facilidad.
Alzó una ceja, incrédula.
—¿Habla del señor Cross?
—Sí —dijo él, la palabra afilada como una daga—. Quienquiera que sea ese caballero tan solícito. Habla mucho de juicio, señora. Sería de esperar que lo ejerciera con mayor cautela.
Grace sintió el aguijonazo de inmediato, como si él hubiera cuestionado no su discreción, sino su integridad misma. La ira dio fuerza a su voz.
—¿Cómo se atreve a juzgarme así? Usted, que no me cuenta nada, que guarda sus secretos bajo siete llaves, ¿se planta aquí a acusarme de descuido? Si yerro, es por confiar en lo que usted parecía prometer: que la honestidad sería correspondida con honestidad.
—Nunca he sido deshonesto con usted —afirmó él.
—¿Quizás limitándose a guardarse ciertas cosas?
—sugirió ella con un resoplido—. Como si eso no fuera mentir.
Y en cuanto al señor Cross, confunde cortesía con aliento.
Le hablé como cualquier mujer debe hacerlo en sociedad.
¿Acaso debo rechazar a todo caballero para satisfacer su noción de prudencia?
Quizá había sido demasiado dura, pero Grace ya no podía retractarse.
Él se sonrojó, aunque ella no supo distinguir si de ira o de vergüenza.
—Solo le pido que sopese el carácter de los hombres con la misma severidad que reserva para el mío.
Se le cortó la respiración.
—¿Severidad? Milord, no es severidad, sino decepción. Usted parecía demasiado… íntimo con lady Trowbridge, lo cual me confirma que ustedes dos se conocen de antes.
Pero el señor Cross es un simple conocido reciente.
Lo conozco desde hace apenas unos días, y no me parece digno de mención.
Pero el modo en que lady Trowbridge le posó la mano en el brazo, el modo en que lo miraba…
ella no es una simple conocida suya, lord Blackmere.
Pensé que usted era… diferente. Creí que era capaz de inspirar confianza.
Él la miró entonces, de verdad la miró, y en sus ojos ella vio no desdén, sino dolor. Aquello la perturbó más de lo que la ira habría podido hacerlo.
—Quizá —dijo él, en voz más baja— me haya equivocado. No respecto a usted, sino a mí mismo. He aprendido demasiado bien el precio de la confianza mal depositada. Usted exige franqueza, y yo la niego por costumbre. Eso no significa que dude de su valía.
Su indignación flaqueó. Apretó las manos, luchando contra la marea de sus sentimientos.
—Entonces no hable como si lo hiciera. Puedo soportar muchas cosas, milord, pero no un reproche injusto.
Un silencio se instaló entre ellos, tenso al principio, que fue cediendo a medida que la expresión de él se suavizaba.
—¿Ha terminado el libro del que hablamos el otro día en la librería?
La pregunta la desarmó. No había esperado un cambio de tema tan rápido y delicado.
—No del todo —admitió mientras bajaba la mirada—. Estoy a pocas páginas del final.
Una leve sonrisa le asomó a los labios.
—Sabe, tengo otras colecciones en mi biblioteca que creo que podrían interesarle igualmente. Si alguna vez le apeteciera examinarlas, sería un honor recibirla en Blackmere Hall, naturalmente, acompañada de su doncella. Y podríamos concertarlo cuando le convenga a usted o a las mariposas de Horatia.
La mención de su hija la desarmó aún más, pero no quería mostrarle que podía usar a Horatia para ablandarla.
—Es usted muy amable, milord —dijo ella en tono frío y deliberado—. Aceptaré la oferta. Los libros son demasiado escasos para rechazarlos.
Sus palabras eran formales, pero los ojos la traicionaron. Brillaban con una chispa que no lograba contener del todo, y temía que él lo advirtiera. Él inclinó ligeramente la cabeza, como satisfecho con su respuesta, aunque algo receloso persistía en su actitud.
Entre ellos había ahora una tregua, aunque no exenta de sombras.
Grace la sintió presionarla como el peso de una tormenta contenida solo por la voluntad.
Inclinó la cabeza, decidida a mantener la dignidad, aunque el corazón le diera un vuelco, sin que ella lo quisiera, ante la idea de entrar en su biblioteca y de estar en aquel espacio íntimo donde la mente y el corazón de él hallaban expresión.
***
Noah apenas había recobrado el aliento tras la respuesta de ella cuando otra figura irrumpió en su incómoda tregua. El hombre se acercó a ellos con una sonrisa demasiado pulida para ser sincera e hizo una reverencia con soltura ensayada.
—Lord Blackmere, supongo. Qué honor. Acabo de establecerme en esta parte del condado, aunque me atrevería a decir que no ha oído hablar de mí. Damien Cross, a su servicio.
Noah inclinó la cabeza con la cortesía de rigor. —En efecto, señor. Sea bienvenido a este rincón de Inglaterra.
—Su amabilidad le honra —respondió Cross, cuyos ojos se demoraron un instante de más en Grace antes de volverse con una muestra de cordialidad—. Justo le comentaba a la Señora Hutcher lo agradable que resulta esta reunión. Uno debe agradecer semejante acogida en un lugar nuevo.
Noah se obligó a responder con compostura, aunque todo su ser se resistía. —Es cierto. La familia del magistrado no ha escatimado esfuerzos.
Cross volvió a sonreír, todo encanto y suavidad. —Así es. Espero, con el tiempo, llegar a conocer mejor a mis vecinos. Al fin y al cabo, un hombre no puede prosperar en soledad.
Noah cerró los puños a la espalda. Se recordó con severidad que su antipatía hacia aquel hombre era irracional.
No había crimen en la cortesía, ni deshonra en la admiración, pero cada palabra de Cross le irritaba como si hubiera sido calculada para provocarle.
Se dijo que era solo porque Cross había fijado sus atenciones en Grace.
Y Grace... no la insultaría imaginando que las recibía con agrado.
—Su finca debe de ser magnífica, lord Blackmere —continuó Cross en tono suave, como si la conversación fuera un juego que ganar—. He oído hablar de ella en términos muy elogiosos. La biblioteca, según me han dicho, es especialmente distinguida.
Noah inclinó la cabeza con cautela. —Me complace que mi hogar goce de tan buena consideración.
—Y la Señora Hutcher —añadió Cross con ligereza— me ha confesado su afición por los libros. Imagino que se sentiría muy a gusto entre sus estanterías.
Las palabras eran hábiles, pronunciadas como si fueran mera cortesía, pero rozaban demasiado la invitación que el propio Noah había formulado momentos antes. Sintió el aguijón bajo el cumplido.
—Mi biblioteca está siempre a disposición de quienes la valoran —respondió Noah con ecuanimidad—. Aunque procuro admitir solo a quienes buscan algo más que mero entretenimiento.
Cross rio, como si la observación fuera una broma destinada solo a él. —Entonces debo esforzarme por demostrarme digno, ¿no es cierto? Pues no puedo pretender rivalizar con los intereses literarios de la Señora Hutcher, pero jamás rechazaría la oportunidad de mejorar bajo tan superior guía.
Su mirada hacia Grace, aunque fugaz, fue demasiado elocuente. Noah apretó la mandíbula, aunque mantuvo la sonrisa.
—La superación personal es siempre encomiable —dijo en un tono tan medido como su respiración—. Aunque considero la sinceridad una virtud más rara y, quizá, más valiosa.
Cross inclinó la cabeza con fingida humildad. —Entonces estamos de acuerdo, milord. Todos debemos esforzarnos por ser sinceros y dignos a la vez.
Las palabras, pronunciadas con tanta ligereza, cayeron sobre Noah con un peso incómodo.
No podía demostrar la falta de sinceridad en ellas, ni acusar al hombre de una descortesía manifiesta.
Sin embargo, todo su instinto le decía que había cálculo bajo aquel exterior pulido, una suavidad que ocultaba demasiado.
Permaneció en silencio un momento, estudiando a Cross como se estudia un retrato: buscando en las líneas de su rostro lo que el pincel pudiera haber ocultado.
Lo que vio no alivió en absoluto la inquietud que sentía en el pecho.