Un conde en apuros Capítulo 30
98%

Capítulo 30

De entre los papeles de la condesa de Strathrannoch. Encontrado sobre la almohada de su esposo.

S intió los labios de Arthur cálidos contra el oído, en una suave y húmeda caricia.

–Cierra los ojos.

–No... –Su voz sonó como un gritito. Trató de modularla–: ¡No puedo!

–Claro que sí. –Deslizó el brazo sobre su cintura para sostenerla con mayor firmeza–. Venga, cierra los ojos, amor mío.

La simple presión de su sólida y amplia mano sobre la cadera la hipnotizó.

–¡No...! ¡De verdad que no!

Entonces, él susurró en su oreja; fue una profunda vibración que casi contenía una carcajada:

–Puedo taparte los ojos si quieres. ¿Te gustaría que lo hiciera, lady Strathrannoch?

–¿Si...?

Oh, ya estaba temblando de la cabeza a los pies. La piel le ardía.

Tal vez podría... Tal vez ella misma podría...

Parpadeó varias veces en un intento por regresar en sí, y se dio la vuelta de repente para clavarle un dedo en el pecho.

–¡No! ¡Estamos en mitad de la calle! ¡Una que además está hecha con unos adoquines de piedra que deben de llevar aquí desde el siglo xv ! No pienso cerrar los ojos, porque voy a tropezar, y todo el mundo pensará que llevo la mañana entera bebiendo como...

–¿Es que piensas que no te voy a sostener, amor mío?

Lydia desestimó aquello con una nueva punzada con el dedo, directa a su perfecto pectoral izquierdo, justo por encima del corazón.

–Y mucho menos voy a permitir que me tapes los ojos a plena luz del día.

Eso le hizo reír, y el simple sonido la recorrió por dentro en una corriente de placer y cariño.

–¿Y más tarde? ¿En la privacidad de nuestra habitación, quizás?

Despacio, Lydia apartó el dedo y lo acabó dejando reposar en la hendidura de su clavícula. Con un suspiro, se regodeó con la sensación del contacto de su piel expuesta y cálida contra la suya.

–Me lo pensaré.

Arthur rio de nuevo y la tomó de la muñeca para dejarle un beso en la punta de su índice.

–Te tomo la palabra. Vamos, pues, lady Strathrannoch. Aún tengo que llevarte hasta tu regalo de bodas. Aunque, si no te sorprende, es culpa tuya.

Tras su reencuentro en la residencia de los Hope-Wallace, no habían perdido tiempo en ponerse en marcha para regresar a Escocia; Lydia no pretendía, bajo ningún concepto, contarles a su madre y a sus hermanos que aún no estaban casados.

Bastantes noches había pasado ya sin compartir alcoba con él, y no había tenido particular deseo en prolongar su separación.

Era cierto que el viaje habría sido bastante más corto si hubieran ido directos a Gretna Green; en especial, si pretendían celebrar una boda escocesa propiamente dicha.

Sin embargo, Arthur se había empeñado en regresar a la posada que habían encontrado en la Great North Road después de la persecución a los Thibodeaux.

Le había sorprendido su insistencia, desde luego, aunque había supuesto que lo que quería era dejar atrás la aventurilla que se habían visto obligados a vivir; sobre todo, ahora que sabían que iban a ser juzgados por sus crímenes y que su hermano había dejado de trabajar para el Ministerio del Interior.

De hecho, le había escrito una carta y Jasper se la había hecho llegar: «Sé que te gustaría que volviera contigo a Strathrannoch, Arthur –le decía en ella–, pero, por ahora, desearía aprender a abrirme camino por mí solo.

He aceptado un puesto de trabajo en una empresa maderera en el Alto Canadá. Pero te prometo que te escribiré».

Él, tras leerla, había permanecido varios segundos en silencio, pero después había guardado la misiva y se la había metido en el bolsillo del chaquetón.

Le había dado la sensa ción de que estaba.

.. Bueno, no tan dolido como había llegado a creer ella que lo estaría.

Sin duda, aquello le afectaba, pero parecía en paz con la decisión que había tomado.

Y, cuando por fin habían alcanzado la posada en su camino de vuelta a Strathrannoch, la sonrisa había tironeado de las comisuras de sus labios.

Y, dentro de ella, Lydia se había topado con una Selina con el rostro cubierto de picardía junto a su marido y en compañía de Georgiana y Sir Francis Bacon.

Según le habían dicho, habían sido ellos –Arthur, Selina y Georgiana– los encargados de disponerlo todo; Arthur quería que fueran sus testigos.

La simple idea la había iluminado desde dentro, como si un rayo de luz de estrellas se hubiera colado en algún recoveco perdido en las inmediaciones de su corazón.

Entonces, ambos habían contraído matrimonio ahí, en el mismísimo comedor de la posada, y no habían tardado en retirarse a su dormitorio, a una hora bastante indecente de la noche.

A la mañana siguiente, Arthur le había hecho saber –con una expresión casi tan radiante como cuando le había quitado la ropa tras cruzar la puerta– que tenía un regalo para ella, para celebrar su unión.

Y que, si quería que se lo diera, debían salir a la calle, cosa que la había alarmado un tanto.

Aun así, él la había acabado guiando hasta un molino que se encontraba a las afueras de la pequeña villa en la que se encontraba la posada.

Al verlos desde dentro, el dueño –un joven de unos veinte años y con cara redondeada– salió corriendo a recibirlos con el rostro radiante.

–¡Pero si está usted de vuelta! –exclamó–. ¡Y viene acompañado de su esposa, nada menos! ¡Ah, ya entiendo! Ha venido para llevársela a casa, ¿no es cierto?

–Exacto –respondió él. Una nueva sonrisa se había asentado en su boca, y Lydia sintió el impulso de posar un beso justo sobre ella–. Venimos a llevárnosla a Strathrannoch con nosotros.

Lydia lo contempló, perdida.

–¿A llevarnos a quién...?

–Sígueme –fue su respuesta–. ¿No quieres ver tu regalo, lady Strathrannoch?

La dirigió hacia la parte trasera de la casita del molinero, donde se encontraban unas pequeñas cuadras en cuyo interior alcanzaban a ver dos caballos de pelaje castaño, uno robusto de color gris y...

La boca se le abrió de inmediato. Sus ojos viajaron de vuelta hasta Arthur.

–¡La yegua de Edimburgo!

Él le estaba dedicando una sonrisita sincera.

–Sí. Sé la pena que te dio tener que separarte de ella.

Lydia se puso en marcha en su dirección, y él la siguió de cerca. Dedicó un largo rato a darle palmaditas y besos antes de girarse para preguntar: –¿Cómo lo has conseguido? Pensé que ya nunca volvería a verla después de que la vendieras.

–Bueno... –Hundió los dedos en su pelaje rojizo–.

En realidad, nunca llegué a venderla. La dejé aquí, a cargo del muchacho.

Le dije que... eh... –De pronto, pareció avergonzarse; la piel de su cuello se le tiñó de un tono rosáceo–.

Que le pertenecía a mi esposa, la condesa de Strathrannoch, y que se asegurara de tratarla como tal.

–Pero no lo entiendo. –La yegua había comenzado a lamerle el cabello y ella alzó una mano para acariciarle el hocico–. Tra jiste dinero cuando regresaste... Dinero suficiente para pagar la diligencia, e incluso más. ¿De dónde lo sacaste?

Vio que ladeaba la boca hasta conformar una sonrisa un tanto asimétrica.

–Vendí otra cosa; una que me importaba bastante menos de lo que te importaba a ti la yegua.

–¿El qué?

Él le recorrió el pómulo con la yema de los dedos.

–El anillo de mi padre.

Aquello hizo que la boca se le abriera aún más si cabía, y él, todavía con aquella sonrisita malvada, le dio un toquecito en el labio inferior.

– Dinna fash . Le hice una réplica al sello del escudo de Strathrannoch hace ya tiempo; no lo necesito para marcar las cartas. Si lo llevé puesto durante tanto tiempo, fue más por una cuestión sentimental. Supongo.

Cuando Lydia logró recomponerse, tomó su mano entre las suyas y la presionó contra su mejilla.

–Arthur... No hacía falta que lo hicieras. Podrías haberla vendido.

–No –dijo él, y su mirada se endureció mientras la contemplaba, tanto a ella como a su propia mano, con la que no había dejado de acunarle el rostro–.

No tenía por qué hacerlo. Pero en ese momento me di cuenta de que.

.. Bueno, lo cierto es que me llevó bastante tiempo verlo, pero fue cuando comencé a pensar que tal vez debía dejar de aferrarme al recuerdo de mi padre; a todas esas mentiras que me permití a mí mismo creer.

Movió un tanto los dedos bajo los suyos, y dejó que el pulgar se deslizara por su pómulo y, después, que le alcanzara los labios.

–Fue la primera vez que lo dije en alto, ¿sabes? Que quería casarme contigo. Que quería formar una familia a tu lado. Hasta entonces no me había permitido creer que fuera posible siquiera.

Lydia sintió cómo la visión se le emborronaba. Y, al parpadear, dos lágrimas ardientes se le desprendieron de entre las pestañas y echaron una carrera por sus mejillas.

–Te quiero –le dijo–. Cada día y siempre. Durante el resto de mi vida.

Él inclinó la cabeza y dejó que su boca quedara a unos centímetros de la suya.

–También te tomaré la palabra en eso.