Epílogo
Querido Arthur,
me complace informarte de que, sí, hemos tenido un hijo. Y, ya que te encuentras ausente y, por lo tanto, no tienes la potestad para protestar, he decidido llamarlo Arthur.
Te quiero. Que sepas que es pelirrojo.
Querido Arthur,
¡no sabía yo que las diligencias podían ir tan rápido!
Resulta que acabas de quedarte dormido en tu asiento, y ni siquiera te has percatado de que Maisie te ha manchado la barba entera. Me parece que es crema de limón, pero lo cierto es que no puedo asegurarlo.
Gracias por haber vuelto. Te quiero. Estaba siendo bastante complicado convivir con solo medio corazón, ¿sabes?
Y no es por nada, pero te has quedado dormido antes siquiera de que pudiera contarte que he comenzado a sospechar que tu hermano está cortejando a la señorita Campbell; vi cómo ella le tiraba un huevo a la cabeza.
Creo que es justo esto lo que necesitaba.
Septiembre de 1824
Querida Lydia,
me has dicho que Maisie y tú ibais a ir en busca de bayas de saúco. Y sí, ahora mismo puedo verla desde la ventana de nuestra habitación, a lomos de tu yegua. Imagino que la has dejado ir delante, y estoy seguro de que debes de tener el corazón henchido de orgullo. El mío, desde luego, lo está.
Ahora mismo, Art se encuentra colocándole plumas de loro en la cabecita a Jamie, así que puedo asegurarte que todo va sobre rue das; tengo todo el tiempo del mundo para escribirte largo y tendido.
Te quiero con locura, corazón mío. Jamás imaginé que sería tan feliz.
Febrero de 1825
Querido Arthur,
¿tú sabías que Huw había rescatado a una criatura llamada «alcélafo»? ¿Sabes acaso lo que es?
Te adoro, a ti y esta vida loca y extraordinaria.
Diciembre de 1825
Querida Lydia,
lamento informarte de que he visto salir a mi hermano de la casa de la señorita Campbell justo antes del anochecer, mientras iba de camino a echarle un vistazo al antílope, que sigue con la pata mala: como aún seguimos en 1825, me temo que he ganado la apuesta.
Ve preparando la recompensa que me debes; la espero esta noche en la alcoba (no tiene por qué ser estrictamente monetaria).
Febrero de 1826
Querido Arthur,
¿qué te parecería que acudiéramos a la boda de Davis y Elspeth con un nuevo pequeño Baird entre nosotros? Es una pregunta retórica; algo me dice que llegará para el día de San Miguel Arcángel.
Septiembre de 1826
Querida Lydia,
puede que ya casi haya pasado una década, pero no sabes cuánto me sigo arrepintiendo de haberme perdido el nacimiento de Art. Fue...
Y tú eres...
Dios santo. Eres la mujer más valiente del mundo. Siempre lo has sido.
Eres el aire que respiro, Lydia Baird, y todo mi corazón.
Ojalá fuera capaz de encontrar las palabras exactas para describir hasta dónde se extiende el amor que siento por ti.
Eres mi esposa, mi todo, mi más querida compañera .
La escritora más talentosa, la organizadora experta y la cabeza de nuestra familia.
Nada de esto –ni la aldea, ni el castillo, ni Davis y Elspeth, ni nuestra horda de criaturillas salvajes– sería posible y real sin ti.
Te debo todo lo que soy, y todo lo que tengo es tuyo. Y sé que lo más grande que me ha dado jamás la vida ha sido la oportunidad de despertarme cada día para amarte desde las profundidades de mi alma.
Siento cómo nuestro pequeño se mueve en tu interior. Y si logro calmarlo para que puedas descansar, aunque sea un instante, con la cabeza apoyada en mi hombro, consideraré que toda mi existencia ha valido la pena.