Capítulo 29 #2
Lydia hizo el intento de mantenerse inmóvil, pero fue en vano. Le llegaba su aroma a jabón, a sudor y a miel quemada, y era Arthur. Estaba allí, con ella.
Dejó que su mejilla reposara en su hombro y sintió cómo su cuerpo temblaba de alivio. Lo conocía. No había creído en ningún momento que la hubiera abandonado. Y, aun así..., Dios, sentía su calidez, su firmeza, y no podía alegrarse más –se alegraba hasta el infinito– de que estuviera allí.
–Huw le dijo a mi madre que habías tenido que volver a Escocia por un tema de negocios, pero.
.., por supuesto, yo sabía que no era cierto.
Aun así, él me pidió que te diera tiempo.
Que no fuera demasiado dura contigo porque te hubieras ido, y me aseguró que volverías.
–Apoyó el rostro con más fuerza sobre él, sobre el grueso lino que componía su camisa y los duros músculos de su pecho.
Las lágrimas que había contenido durante aquellos nueve largos días comenzaron a escurrírsele y le empaparon la ropa–.
Confié en que sí. Confié en ti en todo momento.
Pero no podía evitar... tener miedo de que. ..
–Dios... –le oyó gruñir, y sus manos le recorrieron los omóplatos, la nuca, y se le enredaron en el pelo–. No te merezco. Lydia... Lo siento muchísimo. Te quiero. Y no hay un solo segundo en el que no me arrepienta de haberme marchado.
Ella se apartó de él y clavó la vista en su hermoso y maltrecho rostro.
–¿Por qué lo hiciste? ¿Cómo llegaste a pensar..., después de todo lo que hemos pasado, que podría...?
Arthur dejó escapar un graznido que bien podría haber sido una risa.
–Amor mío. Mi vida... Llevo días intentando encontrar las palabras exactas para poder explicártelo. Bertie debía de estar ya harto, y por eso me dio un pequeño empujón para traerme hasta aquí.
Terminó de apartarse y desenredó los dedos de su pelo para comenzar a rebuscar en el bolsillo de su chaqueta; no se la había recolocado.
Acabó sacando de él un enorme manojo de papeles: varias notas arrugadas, un trozo de periódico y una sola hoja de tamaño desmesurado, todo ello cubierto de trazos de carboncillo y tinta emborronada.
–Quise escribirte. –Le tendió los papeles–. Échale un vistazo si quieres, pero... Lydia, Dios santo, nunca se me han dado bien las palabras en lo referente a mis sentimientos.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
«Eres verano e invierno. Eres primavera y otoño...».
«Mi cuerpo y mi corazón fueron creados para amarte».
«... Y si hay algo de lo que me arrepienta, es justo de eso: de haber permitido que creyeras, aunque fuera por un instante, que no lo eres todo para mí».
–¿Qué es esto?
–Una disculpa –respondió él; su voz, ronca–. Una promesa. –Sus dedos volvieron a encontrar su rostro y le recorrió con el pulgar la mejilla, la línea de la mandíbula–. Estoy enamorado de ti. Llevo enamorado de ti mucho tiempo, Lydia. Mi valiente y brillante Lydia... Mi corazón. Mi hogar.
Alcanzó entonces su boca y le acarició el labio superior y después el inferior.
Ella tembló.
–Cuando sonríes me iluminas –susurró entonces él–.
Y tu risa es mi refugio. Y si me... –Se detuvo un instante, aunque después cuadró los hombros, como el hombre que se encuentra a punto de enfrentarse a la horca–.
Y si me lo permites, Lydia Hope-Wallace, pasaré el resto de mi vida tratando de ser digno de ti.
No volveré a abandonarte jamás. Me quedaré a tu lado cuando necesites compañía y te rodearé con los brazos cuando necesites un lugar de reposo.
¡Maldita sea! Por ti, estoy dispuesto incluso a regresar a Londres con la llegada de cada temporada y a votar en la Cámara de los Lores. Solo tienes que pedírmelo y...
Se detuvo.
Sus dedos regresaron a su pelo y los presionó, con cuidado, contra su cuero cabelludo, en una especie de súplica a base de enredos.
–Dime que sí –continuó–. Que vas a dejarme intentar arreglar lo que he hecho. Por favor.
Lydia lo contempló, despeinado, magullado y envuelto en incertidumbre, y le colocó una mano en el pecho, donde sintió el latido de su corazón. Acelerado pero estable. Innegable. Y suyo.
–Sí –dijo–. Yo también estoy enamorada de ti.
Entonces, cerró el puño en torno a su camisa y tiró de él hacia su boca.
–Oh, Dios –gruñó él contra sus labios–. Maldita sea. Lydia.
Pero ya la estaba besando, con hambre y ansia, y con mucha más brusquedad de lo que, con toda probabilidad, debería, si se tenía en cuenta el estado de sus heridas.
Ella profirió un jadeo, y él, un sonido desesperado contra su boca, aunque la besó con mayor intensidad mientras tiraba de su cuerpo hacia sí. Sus manos se encontraban por todas partes: primero en su pelo, su espalda y bajo la pierna que en algún momento había alzado para rodearle la cintura.
Arthur la alzó y cargó con ella hasta que, de pronto, su espalda encontró el revestimiento de madera de una de las pare des, y no fue capaz de contener una risita carente de aliento. Entonces, él apoyó la frente contra la suya.
–Adoro tu risa. Me aterraba pensar que jamás volvería a oírla.
Lydia dejó que las cartas se deslizaran hasta la alfombra antes de hundir los dedos en su pelo.
–Sigo enfadada contigo, que lo sepas.
Cerró las piernas con más fuerza en torno a sus caderas como para enfatizar sus palabras, lo que hizo que él gimiera –solo que de forma distinta aquella vez, con mayor rudeza, con mayor aspereza– y que se impulsara contra ella.
Comenzó a sentir que la cabeza se le embotaba, y pensó que tal vez no había elegido la mejor forma de reforzar el mensaje.
–Lo sé –murmuró él, aunque a continuación llevó la boca a su cuello–. Y me alegro. Puedes seguir enfadada; nada me gustaría más que pasar la siguiente década entera intentando resarcirte.
Atrapó el lóbulo de su oreja entre los dientes y le mordió. Lydia dejó escapar un gemido y sintió cómo apretaba el agarre en torno a su cintura para sostenerla en alto mientras le acariciaba la piel con la lengua y los dientes.
Se limitó a echar la cabeza hacia un lado y permitir que siguiera.
–¿Qué quieres de mí? –le oyó preguntar–.
Pídeme lo que quieras, amor mío. Tengo un centenar de cartas sin sentido.
Tengo un castillo que puedes quedarte, si quieres, aunque me temo que cuenta con pocos muebles y varias ventanas que necesitan un reemplazo.
También tengo dieciséis cebras. –Su voz, a sus siguientes palabras, sonó mucho más baja, casi inaudible, pero ella alcanzó a captarlas de todos modos–: Y tengo una familia que te adora.
Solo entonces se separó; tomó su rostro entre las manos y le apartó de ella para poderme mirarle a los ojos.
–Lamento informarte, Arthur Baird, de que no quiero nada aparte de... –Se cortó sin querer, por el simple hecho de verlo ante ella, cargado de esperanza. Lo adoraba–. Aparte de estar con el hombre al que amo. Aunque últimamente haya estado algo ausente.
–Pero ya nunca más –le juró, e inclinó el rostro para volver a posar su boca en la suya.
Se sucedieron varios minutos más, durante los cuales Lydia fue consciente de poca cosa a excepción de él y de sus manos y de cómo le susurraba «Silencio, amor mío» y «¿Sabes qué? Que no me importa. Que tus hermanos me maten si quieren; moriré de júbilo».
Aún se encontraba jadeante cuando alzó el rostro:
–Lydia, ¿te importaría...?
Aunque se cortó. Sus ojos centelleaban en azul de puro anhelo, de dorada devoción y del verde de la esperanza.
–Dime, Arthur. Pídeme lo que quieras.
Distraído, conformó un círculo con el pulgar sobre su cintura.
–¿Te importaría decírmelo de nuevo?
Mientras lo miraba, Lydia arqueó los labios.
Ya no sentía su amor por él como un pétalo que se abría con cuidado en el interior de su pecho, sino como un jardín entero; todo un despliegue de gloriosos brotes que se esparcían por doquier.
–¿El qué?
–Todo. Todo lo que sientes.
–Que te quiero. Que te elijo a ti. Que estoy enamorada de ti, sin límite y sin duda, y que, si deseas que te lo repita cada día hasta el fin de nuestras vidas, lo haré sin reparo.
–Dios santo... Nada me gustaría más que eso.
–Así será, entonces –le dijo–. Te lo prometo.