Un conde en apuros Capítulo 29
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Capítulo 29

Por favor, perdóname. Te quiero. Déjame aclararlo todo.

De entre los papeles de Arthur Bair.

L a respuesta de su madre, como siempre que tenía lugar cualquier tipo de contratiempo, había ido de la mano de un par de sombreros nuevos.

–¿Qué te parece este, querida?

Le estaba mostrando una capota de seda almidonada, cuyo frente, laterales y parte superior estaban decorados con unas brillantes uvas de un color magenta que difícilmente podía encontrarse en la naturaleza.

«Pues sí que debe de estar afectada», pensó Lydia. Su gusto en sombreros siempre era excelente.

Encogió un tanto más las piernas por debajo de ella, en el lugar que ocupaba sobre el diván, y sostuvo su taza de té entre las palmas de las manos.

–Muy bonito, madre.

Georgiana, que se encontraba en el extremo contrario del salón, dejó escapar una risita velada en un carraspeo tan vehemente que Bacon, que no había abandonado su regazo desde que se habían reunido, saltó al suelo de inmediato.

Su madre, entonces, clavó la vista en ella.

–¿Algún problema?

Ella le dirigió una sonrisita acartonada.

–Perdone, señora Hope-Wallace. Tenía algo en la garganta. El sombrero es, eh, curioso. Es la única palabra que se me viene a la cabeza para describirlo.

Molesta, su madre bajó la capota y se puso en pie, lo que hizo que se le cayeran varias de las plumas desechadas que tenía en la falda, como si fuera un pajarillo que estuviera mudando de forma lenta y decorosa.

–Eso es ridículo –dijo, y comenzó a dar vueltas por la estancia con el porte de una paloma indignada. Lydia apartó su taza de té.

–Madre.

Huw Trefor, que se había pasado la mayor parte de los últimos dos días tratando de permanecer fuera de la vista de su madre, se asomó desde el sillón orejero en el que se encontraba y por encima del libro sobre enfermedades de pezuñas de caballo que había encontrado en la biblioteca de la familia, tras el que estaba semiescondido.

Aunque, en cuanto vio que su diminuta figura se encaminaba hacia él –con aquella corona de rosas que se sacudía en lo alto de su coronilla con su avance iracundo–, volvió a introducir las narices entre las páginas.

Lydia admiraba su ecuanimidad.

–¿Cuánto más pretende que sigamos esperándolo? –le preguntó, y extendió uno de sus delicados dedos para hacerle bajar el libro.

–Madre –volvió a llamarla.

No había alzado la voz, pero su tono aquella vez fue más firme.

Una parte de ella, aún, seguía queriendo hacerse diminuta.

De hecho, lo más probable era que siempre le ocurriera; jamás tendría la facilidad de Georgiana, que se sentía como en casa en cualquier circunstancia, para sobrellevar los intercambios sociales.

Al igual que tampoco lograría saber dominar a los ocupantes de una habitación de la manera en que lo hacía Selina.

Sin embargo, ser capaz de hablar –aunque fuera así de suave y hasta en ocasiones de forma temblorosa– le parecía suficiente.

O eso estaba tratando de creer, pese a todo y con todas sus fuerzas.

Estaba intentando reflejar la calma continua que siempre mantenía Huw.

–Ah –le oyó decir entonces–, pues me temo que nadie me ha informado de en qué momento exacto tendrá lugar su regreso, pero le pido que tenga paciencia. Le aseguro que...

La señora Hope-Wallace giró sobre sí misma.

–¡Paciencia! –Alzó ambas manos y una de las rosas sucumbió bajo el peso de sus emociones y se le cayó de la cabeza–. ¡Que tenga paciencia! ¡Ja! Cuando ese... mentecato se decida a hacer acto de presencia en mi casa, me aseguraré de enseñarle por dónde puede meterse su pacien...

Entonces, les llegó desde el pasillo un clamor familiar, repentino y estridente, sumado al de algo al quebrarse, que, a juzgar por cómo sonó, debía de ser algo de porcelana. El eco ahogado de los gritos que se sucedió de aquello vino seguido del golpe sordo de huesos al encontrar carne.

Lydia se alzó de inmediato.

–¡Por encima... de mi cadáver! –Era la voz de su hermano Ned, que parecía haber perdido la cabeza durante el transcurso de la semana–. ¡Pienso... matarte... ahora mismo!

Otro estallido. En aquella ocasión le pareció que se trataba de un mueble.

Y Arthur cruzó la puerta de la sala.

Lydia sintió cómo su mano, que se había encontrado enredada entre la tela de sus faldas, volaba hasta su boca para sofocar un gritito de alarma en absoluto delicado.

Lo contempló. Tenía los rizos alborotados y una herida de un rojo brillante que le cruzaba un pómulo, además de una profusa barba que debía de llevar sin rasurarse, al menos, dos semanas.

La chaqueta se le había caído por uno de los brazos, y justo aferrado a ella se encontraba Ned, como si de un perro atado a su correa se tratara.

Arthur se sacudió para que lo soltara y, en apenas tres zancadas, cruzó la estancia hasta que llegó a ella.

–Lydia. –Levantó las manos como si pretendiera rodearla con los brazos, pero no tardó en dejarlas caer a ambos lados. Le examinó el rostro, y ella se percató de que se le estaba hinchando el ojo izquierdo–. ¿Llego tarde? Dios santo, dime que no llego tarde.

No respondió de inmediato. Se quedó unos instantes valorando su respuesta, con el corazón en la garganta, hasta que acabó dejando escapar:

–No. No llegas tarde.

Le oyó soltar un gemido desgarrado, carente de palabras. Aunque, en lugar de tirar de ella hacia sí, alzó los dedos para acariciarle con las yemas la mejilla, y fue cuidadoso, temeroso, en plena búsqueda.

–Lydia...

Su madre, cuyas rosas restantes se encontraban haciendo equilibrios a un lado de su cabeza, se coló entre ambos y le clavó un dedo en el pecho.

–¿Cómo? –le espetó–. ¿Cómo se atreve?

–Lo... –comenzó, e intercaló la mirada, desesperado entre ambas–. Lo siento muchísimo. No...

Sin embargo, ella le cortó:

–¡Más le vale! Porque si el señor Trefor, aquí presente, no se hubiera asegurado de repetirnos una y otra vez que se había tenido que marchar a causa de una situación de extrema urgencia, habría llegado a pensar que había abandonado a mi hija tras una de las experiencias más aterradoras que se ha visto obligada a vivir jamás.

–Apretó los labios y lo recorrió con la mirada–.

¡¿Cómo se le ocurre?! ¡Dejar sola a su esposa durante tanto tiempo, sin ni siquiera dignarse a hacerle saber cuándo regresaría.

..! Estoy enormemente disgustada con usted, Strathrannoch.

A partir de ahora, y hasta nuevo aviso, se dirigirá a mi persona como «señora Hope-Wallace».

Por cómo Arthur retrocedió, parecía que le acabaran de golpear en la cabeza. Desorientado, comenzó a buscar con la mirada a Huw, que no había abandonado su sitio en el sillón, justo en la esquina de la sala.

–Huw les aseguró... –Sus ojos, en aquellos cientos de tonos de verde y azul y dorado, recayeron en el rostro de Lydia–. No te has...

–Madre –alzó la voz ella–, Ned. Y, bueno, todos los demás. Creo que Strathrannoch y yo deberíamos tener un momento a solas.

Y, para su absoluta sorpresa, todos ellos, incluso Sir Francis Bacon, fueron saliendo de la estancia sin la más mínima queja.

No obstante, Huw, al pasar por su lado, le dio un pequeño apretón en el brazo y le dedicó un murmullo entre dientes a Arthur en el que le pareció entender algo semejante a «arrastrarse». Claro que tal vez no alcanzara a oírle bien.

Antes siquiera de que la puerta se cerrara a espaldas de su familia, las manos de Arthur ya se encontraban alrededor de las suyas, y repitió:

–Lydia.

Fue como si su nombre fuera lo único que supiera decir, lo único real y consistente en aquel mundo que no dejaba de girar y de girar. Y su corazón, al oírlo, dio un pequeño vuelco en el interior de su pecho.

Durante todo ese tiempo, había tenido la esperanza de que...

De todo. Cielo santo, había esperado tantas cosas...

Arthur apretó su agarre y recorrió el espacio entre sus dedos con los pulgares.

–No sabes cuánto lo siento. Dios mío, me arrepiento tanto de haberme marchado.

.. No debí hacerlo. Lo supe en cuanto lo hice; era un completo error, pero, aun así, no.

.. Aun así, no supe... –Bajó la vista hasta sus manos entrelazadas, a sus largos dedos de piel pálida, que se fundían con los suyos, mucho más largos–.

Bertie me dijo que ibas a casarte. Dijo que Huw se encontraba de camino a Londres para asistir a la boda. ¿No estás...? ¿No estás casada?

–¿Que te dijo qué? –Lo estaba contemplando con genuina estupefacción–.

Huw vino a Londres para devolverle el perro a Georgiana, no para asistir a mi.

.. –Una oleada de rabia la atravesó por dentro, y apartó las manos de inmediato–.

¿A mi boda? ¿Has venido hasta aquí porque pensabas que iba a casarme con tu hermano?

Se dio la vuelta y comenzó a alejarse; sentía el pulso acelerado y las mejillas ardientes. Arthur no tardó en avanzar tras ella y la tomó del brazo para hacerle dar la vuelta y enfrentarlo.

–¿Le dijiste que no? ¿Rechazaste la propuesta de mi hermano?

–¡Pues claro que sí! ¡Tenía entendido que eras tú con quien iba a casarme!

Él la tomó por los hombros y la sostuvo con firmeza, como si no supiera si acercarla hacia sí o alejarla por completo.

–Pero antes... Fuiste a Escocia para casarte con él. Por eso pensé... Pensé que, al enterarte de que no era un traidor, cuando supimos que sus intenciones habían sido buenas...

–¿Qué? ¿Creíste que me pasaría de tu cama a la suya? ¿Que me iría con el hermano Baird que tuviera más a mano?

Mantuvo la barbilla en alto y, por primera vez, le molestó la diferencia de altura entre ambos. Le habría encantado alzarse por encima de él, y también no tener en ese instante –como siempre– el deseo de inclinarse hacia delante y sentirlo contra su cuerpo.

–¡No! –respondió y, entonces sí, tiró de ella en su dirección para hundir el rostro en su cuello mientras la rodeaba entre sus brazos–. No... Dios, Lydia, no he tenido un solo pensamiento racional desde entonces. No, en semanas enteras. Tal vez incluso desde que apareciste en Strathrannoch.