Capítulo 28 #2
–Supongo que lo he pensado porque no deja de ser tu puesto de trabajo –acabó diciendo.
Y era una respuesta, sí, pero también, en el fondo, se trataba de una pregunta que no se sentía lo bastante valiente como para pronunciar en alto.
De hecho, era la misma que no se había atrevido a hacerle a Lydia.
Era consciente de ello en los extremos de su corazón; su estúpido y solitario corazón–.
Es la razón por la que estás aquí, tanto tú como Huw: por Strathrannoch. Por el condado.
«¿Sí? ¿Es esa la razón por la que he venido?».
«Si tuvieras la libertad de ir a cualquier lugar, de elegir lo que sea... ¿seguirías aquí?».
–Ah, ¿sí? –El tono que empleó Bertie fue cortante, pero no llegó a ocultar el poso dolorido que contenían sus palabras; Arthur lo sintió como un golpe en el pecho–. ¿Solo somos eso? ¿Tus empleados?
–No, no. Claro que no. En absoluto. Para mí no... Pero os contraté. Y os pago por ello. Y entiendo que no debería... Que no puedo esperar nada más de vosotros.
Le vio apoyar una mano en el escritorio y cubrió con sus finos y hábiles dedos los papeles.
–Espéralo.
–No... No sé...
–Espéralo –repitió–. Mereces esperar más en general. ¡Y, maldita sea! ¡Creo que Huw y yo también merecemos algo mejor que esto!
Arthur se echó hacia atrás en la silla, como si buscara alejarse de aquellas palabras, y clavó la vista en la mesa. Aunque, en realidad, no vio nada.
Sí. Claro que merecían más. Merecían algo mejor que quedarse en Strathrannoch. Que estar con él. Llevaba ya tiempo pensándolo.
No obstante, una especie de dolor se aferró a sus huesos, y trató de deshacerse de él; no quería que Bertie lo viera. Si querían irse, no... No iba a obligarlos a quedarse porque se sintieran culpables o porque creyeran que era su obligación.
Ni tampoco iba a dejar que fuera por ver cuánto los necesitaba él.
–Si hay algo que pueda hacer por... –Se cortó.
Su voz había sonado ahogada. Cristo bendito.
Era porque estaba exhausto tras el viaje en diligencia.
Sí. Solo eso. Por eso le ardían los ojos.
Volvió a hacer el intento–: Si deseáis cualquier tipo de cambio en lo referente a vuestro puesto de trabajo, me aseguraré de concedéroslo si está en mi mano. Quiero que... estéis contentos.
Las últimas palabras se le quebraron en la lengua, y lo único que quiso decir entonces fue: «Pero no os vayáis». Sin embargo, no podía decir aquello.
–Y si decidís marcharos a otro sitio –continuó, a duras penas; a veces, era muy difícil hacer lo correcto–, no os preocupéis: escribiré una carta de recomendación para...
Bertie lo detuvo al clavar la mirada en él.
–Escúchame una cosa, Arthur Baird, y escúchame bien, porque no pienso repetirlo. Ni Huw ni yo queremos marcharnos de Strathrannoch; no hemos querido hacerlo nunca, ni siquiera cuando te pones a decir tonterías, tal y como estás haciendo ahora.
Aquello se asentó en su interior, y la bocanada de alivio que lo recorrió fue como si acabaran de derramar agua sobre una barra de hierro al rojo vivo.
No querían marcharse.
–Lo siento –dejó escapar–. Pensaba...
–No he acabado.
Arthur cerró los labios.
–A diferencia de lo que pareces creer –siguió; su tono, afilado–, la razón por la que seguimos aquí no tiene nada que ver con nuestro trabajo.
Si seguimos aquí es por ti. Eres mucho más que un título.
Vales mucho más que el condado. Y puede que seas el heredero de un verdadero sinvergüenza, pero, a pesar de lo mucho que se esforzó por convertirte a ti en uno, resulta que no lo eres.
Tuvo que coger aire. Sentía que los pulmones se le habían atorado.
Había dedicado toda su vida a evitar buscar aprobación ajena.
Se había dicho miles de veces que no necesitaba que lo validaran, que no le hacía falta tener la lealtad ni el cariño de nadie.
Y, aun así, aquellas palabras –las de aquel hombre que había sido más un padre para él que el suyo propio– cayeron sobre él con la gentileza tajante del filo de una espada recién afilada.
No podía seguir mintiéndose a sí mismo.
Había necesitado esas palabras. Había necesitado escucharlas.
La voz de Bertie se había ido suavizando a medida que avanzaba. No obstante, cuando volvió a hablar, se precipitó sobre él con la fuerza de un huracán:
–Puede que tu padre creyera que un hombre solo podía hacerse hombre si arrasaba con otros a su paso. Pero se equivocaba. Su rigidez no era fuerza. Era fragilidad. Era debilidad.
–Lo sé –respondió, tembloroso–. Es algo que he aprendido... gracias a vosotros.
Sí. Gracias a Bertie y Huw había aprendido cómo debía ser un hombre: cercano y firme, leal y cariñoso. Eran el patrón al que había tratado de amoldarse; el tipo de persona en el que quería convertirse.
Su vista recayó en los regueros de tinta que se dispersaban por el papel y trató de recuperar la estabilidad antes de volver a alzar la voz:
–No quería hacerte sentir así; siento muchísimo haberte hecho pensar que estaba diciendo que no sois más que simples empleados para mí. Siempre habéis sido mucho más. Desde que os conocí.
–Entonces, deja de actuar como si no tuvieras una familia. Porque la tienes.
Fue un susurro que se le deslizó por la piel.
Y pensó en lo que él mismo le había dicho, semanas atrás, poco después de que Lydia llegara a Strathrannoch Castle. Que no necesitaba ni amor ni una familia y que tampoco lo quería.
Había sido porque había tenido miedo. Porque el simple hecho de desear algo era peligroso.
Porque había necesitado reci bir mucho más de su padre; porque había querido mucho más de su hermano.
Y no haberlo obtenido le había hecho daño.
Había sido mucho más sencillo fingir que se conformaba con la soledad.
Que sentirse a salvo no se diferenciaba de lo que se sentía al tener miedo.
Sin embargo, en ningún momento había estado solo.
Sí. Tenía una familia. Tenía a Bertie y a Huw, y a Fern y a Rupert, y los quería.
No entendía cómo había sido tan estúpido como para negar lo mucho que significaban para él.
No sabía cómo podía haber llegado hasta ese punto, en el que se encontraba rodeado de palabras cargadas de impotencia y aterrado de abrirse a las personas que le importaban.
Alzó los ojos y los clavó en Bertie, y vio en él la seguridad, la preocupación y la devoción sin límites que iba de la mano de ser familia. Había sido un verdadero estúpido al fingir que era algo que no quería.
–Necesito ayuda –dejó escapar–. Por favor. He estado intentando arreglar las cosas, pero no he dejado de meter la pata una y otra vez y ya no sé qué más hacer.
La mirada de Bertie recayó en los papeles del escritorio antes de que volviera a alzarla y la fijara en él, con las manos entrelazadas. Después, asintió.
–Por supuesto –dijo, en total calma–. Cuéntame qué ha sucedido.
Las palabras le resultaron tan cercanas –tan reconfortantes– que se descubrió con la atención fija en la mesa durante varios segundos hasta que logró hacer acopio de toda su entereza para hablar por fin:
–Lydia –comenzó–. La he dejado en Londres.
Davis no... No es el villano que creíamos que era, Bertie.
Estábamos equi vocados. Pero... también está enamorado de ella.
Lleva siglos enamorado de ella. Y pensé que lo mejor que podía hacer era dejar que fuera ella quien tomara la decisión, que fuera libre de quedarse con quien quisiera. ..
Sus palabras sonaron temblorosas.
Y la certeza de lo imbécil que había sido con aquello se abrió ante él como si de un inmenso abismo se tratara; uno al que se había arrojado de cabeza sin siquiera detenerse a pensárselo dos veces.
–Joder –continuó, y sonó ahogado–. No debería haberme ido. Soy consciente. Pero, no sé, estaba aterrorizado. Me aterrorizó el simple hecho de pensar pedirle...
–¿El qué?
–Que me eligiera a mí.
No sabía cómo habría seguido adelante si le hubiera dicho que no.
Bertie se encontraba contemplándole desde el otro lado, aunque su rostro estaba carente de toda emoción. Y, cuando alzó la voz, ni siquiera pareció haber sido testigo de su incoherente confesión:
–¿Alguna vez te he contado por qué Huw y yo nos fuimos de Londres?
Arthur dudó.
–Dijiste que os era más fácil estar juntos si os encontrabais fuera de la capital.
Él asintió.
–Sí, es cierto. La razón por la que nos marchamos de allí, de mi ciudad natal, la ciudad donde nos conocimos, fue porque el padre de uno de nuestros amigos nos acusó de haberle llevado por el camino de la depravación, y nos amenazó con presentar cargos en contra de nuestra relación.
Arthur apretó los labios. Sí sabía –por supuesto que lo sabía– que las cosas nunca habían sido fáciles para ellos, pero detestó sentirse así, tan impotente, ante ello.
–Tras marcharnos de Londres –continuó–, perdimos el contacto con nuestra comunidad.
Era un grupo de hombre y mujeres que se amaban tal y como nosotros lo hacíamos, todos ellos inmigrantes jamaicanos.
No imaginas cuánto me recordaban sus voces a las de mis propios padres.
Fue una gran pérdida, una pérdida devastadora.
.. Nos llevó años encontrar un nuevo hogar y comenzar a reconstruir nuestras vidas.
Se detuvo un instante, en el que alcanzó a percibir cómo la nostalgia y el dolor se entrelazaban en sus finas facciones. Después, fijó la vista en él.
–Sin embargo, ni siquiera aquella pérdida, por inmensa que fuera, fue suficiente para separarnos. Lo habría dejado todo, el mundo entero si hubiese sido necesario, si con ello hubiera podido permanecer a su lado.
Lo pronunció con delicadeza, y las palabras flotaron hasta su pecho, donde acabaron haciéndose un hueco. Sabía a la perfección a qué se refería; conocía aquel sentimiento tal y como conocía el tono exacto del color del pelo de Lydia y hasta la textura de su risa.
No había nada en el mundo que no estuviera dispuesto a hacer, ni ningún sacrificio que no supiera que llevaría a cabo, si con ello pudiera permanecer a su lado; incluso si debía desprenderse de cada una de las capas protectoras que había ido colocándose alrededor del corazón, cada una de las piezas de la armadura que se había confeccionado durante toda la vida.
La dulzura de la expresión de Bertie se había desvanecido por completo.
–Siempre supe que te ocurriría lo mismo. Cuando te enamoraras.
–Sí –respondió él–. Es así como me siento.
Entonces, le vio inclinarse hacia adelante y, con un solo movimiento, comenzó a apilar los papeles que se extendían ante ellos.
–¿Sabes acaso dónde se encuentra Huw ahora mismo?
Arthur se echó un tanto hacia atrás, sorprendido.
–Pensaba que estaba aquí, contigo.
Bertie negó con la cabeza mientras, con un taco de hojas entre los dedos, lo golpeaba por la base para igualarlo.
–Está de camino a Londres. Recibimos una carta de.
.. Bueno, resulta que nos llegó aviso de una boda inminente allí.
La de la señorita Hope-Wallace, de hecho.
Y lo cierto es que dimos por hecho que sería contigo.
Me dio muchísima pena tener que quedarme aquí, cuidando del castillo, y no poder asistir.
Su voz había comenzado a llegarle de lejos, como si se encontrara a kilómetros de él.
–¿Una boda...? –El estómago comenzó a encogérsele de forma lenta y envolvente–. ¿La boda de Lydia?
–Ajá. –Hizo un gesto con la barbilla hacia los papeles–.
Así que supongo que puedes seguir intentando terminar la carta que estabas escribiéndole.
O... –Se cortó; Arthur se había puesto en pie con tanta premura que había acabado derribando la silla contra el suelo–.
Bueno, puedes considerar regresar para hablar con ella cara a cara.
–¿Cuándo decía que tendría lugar? –consiguió preguntar–. La boda.
La de Lydia. ¿Con su hermano? Sí, no quedaba otra.
Su mente le devolvió la imagen de él arrodillado en el suelo mientras la tomaba de las manos con total claridad, como si hubieran pasado apenas unos segundos de aquello y no días enteros.
Cada brizna de su ser se revolvió contra el simple pensamiento.
No podía permitir que ocurriera; no sin haber hablado antes con ella.
Debía intentarlo al menos.
¡Dios...! No le había dicho en ningún momento cómo se sentía; se había marchado de Londres sin mediar palabra. ¿Y si había decidido casarse con su hermano porque pensaba que la había abandonado?
«¡Es que es justo lo que hiciste, pedazo de idiota!», le gritaba una parte de su mente, aunque la oía a medias bajo el ritmo atronador de los latidos de su corazón.
–Dentro de unos días –respondió Bertie, y la calma con la que lo hizo le pareció enloquecedora–. Así que supongo que aún tienes tiempo, si te das prisa.
Arthur se percató de que había cruzado ya la mitad del salón.
Ni siquiera había recolocado la silla. Se volvió –absorto, aturdido– y lo contempló ahí: sentado, con el manojo de papeles apretado entre las manos.
–Dime, muchacho –le oyó murmurar–, ¿qué estarías dispuesto a arriesgar por amor? ¿Tu orgullo? ¿Tu corazón?
«Todo».
No supo si llegó a decirlo en alto, solo que él asintió, como si le hubiera oído.
Después, sin ser consciente siquiera de cómo había pasado, se descubrió a lomos de Luath, galopando en dirección a Dunkel en busca de una diligencia de correo. Desde allí –había perdido la cabeza–, partiría a Londres para tratar de detener una boda.