Un conde en apuros Capítulo 28
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Capítulo 28

Es ahora cuando veo que debería haber alzado la voz.

Esperé demasiado. Al mantenerme en silencio, dejé que pensaras que no te quería, pero el amor que siento por ti no es sino la médula de mis huesos.

Y si hay algo de lo que me arrepienta, es justo de eso: de haber permitido que creyeras, aunque fuera por un instante, que no lo eres todo para mí.

De entre los papeles de Arthur Baird. Carta jamás enviada.

S e había gastado una fortuna en papel. Arthur se percató de ello mientras contemplaba, ausente, el salón principal de la planta baja de Strathrannoch Castle.

Había empezado a escribir la primera carta apenas unas horas después de haberse pagado el viaje en diligencia.

Se había descubierto rodeado de cientos de ellas; había visto cómo las bolsas de correo se iban llenando y vaciando y llenando de nuevo a medida que lo habían ido entregando, y no había dejado de pensar durante todo ese tiempo: «Sí. Escríbele. Dile cómo te sientes».

Había comenzado con un pequeño fragmento en el reverso de un sobre que una anciana había dejado caer en el asiento de al lado, lo cual le había parecido una desafortunada metáfora del estado de la situación sentimental en la que se encontraba; qué maravilloso regalo para la mujer que amaba por encima de sus posibilidades: un trozo de papel usado y arrugado que una desconocida había acabado tirando.

Y, aun así, lo había acabado recogiendo y había tomado el carboncillo ahí, en plena diligencia, y tratado de encontrar, con cada una de sus fuerzas, las palabras para poder decirle... todo. Unas palabras que no sabía si ella estaría dispuesta a recibir o si las repudiaría.

Una parte de él –por estúpido que fuera– se había descubierto queriendo que tuviera cartas suyas; cartas de verdad, no una copia de sus palabras en manos de su hermano. Y que representara la verdad de su corazón, simple y sin adornos, por dolorosa que fuera.

Sí, había hecho el intento de escribirle; lo había intentado una y otra vez. Había plasmado distintos tipos de disculpas, de confesiones y de declaraciones. Sin embargo, ninguna le había parecido suficiente.

A medida que se había ido alejando, con cada una de las millas que la diligencia había ido disponiendo entre ambos, sus temores habían ido en aumento. Y había pensado... Había pensado que estaba haciendo lo correcto al dejarla ahí, Dios santo. Al apartarse para dejar de ser un impedimento.

Y, aun así, después, mientras se había encontrado más y más próximo al castillo, no había podido evitar pensar que cada giro de las ruedas era incongruente.

Lo que siempre había querido había sido ofrecerle tiempo y libertad; había querido que pudiera tener la oportunidad de comprenderse a sí misma y de decidir si creía que estar con Davis era o no la mejor opción para ella.

Claro que, en realidad, aquella no había sido la verdadera motivación que lo había llevado hasta allí. Debía admitirlo.

Cuando le había oído darle a su hermano su perdón, cuando él le había hecho la proposición, la orden que le había dado su cerebro había sido la de huir.

No había querido escuchar su respuesta, fuera la que fuese.

Lo único que había visto era cómo sus mejillas se habían enrojecido, pero no sabía si había sido por vergüenza o por dicha.

Le había dado miedo descubrirlo.

Sabía lo leal que era Lydia; más allá de lo imaginable.

Y era consciente de que jamás le iba a dar la espalda después de haberle dicho que se casaría con él.

Le había aterrado el simple pensamiento de encontrar, cuando había alzado la mirada para mirarle, su rostro plagado del más puro arrepentimiento. Y además...

Además, que Dios lo tuviera en su seno, una parte de sí mismo también había querido evitar que su hermano sufriera también.

No había sido capaz de desenredar la maraña de sentimientos que lo había recorrido: el remordimiento por todo lo que no había sido capaz de ver en su pasado y el resentimiento que le había acompañado durante años.

Por alguna razón, no había querido que lo rechazara, incluso cuando el simple hecho de pensar en perder a Lydia le hacía sentir que lo quemaban por dentro; que lo habían vaciado y abandonado.

Por eso había salido corriendo.

No obstante, en aquel momento, mientras seguía en busca de palabras que plasmar, había comenzado a pensar que lo que en un principio se le había antojado un gesto noble –alejarse de Lydia, permitirle escapar de cualquier tipo de obligación que pudiera sentir– había sido en realidad una decisión impulsada por la cobardía y no por la generosidad.

La había dejado allí sin explicación alguna, y por ello ahora no sabía cómo disculparse.

No cuando se encontraba a más de ochocientos kilómetros de distancia.

La puerta de la sala principal se abrió justo cuando volvía a introducir la pluma en el tintero. Arthur alzó la vista y parpadeó hasta que logró distinguir la silueta que se recortaba contra el rectángulo de luz que quedó a su espalda.

¿Qué hora sería? Había llegado al castillo cerca de medianoche y se había dirigido directo allí en su intento por acabar.

.. ¿O comenzar? No, por acabar la carta.

Lo cierto era que no había creído que hubieran pasado tantas horas desde entonces, pero la fuerza de los rayos del sol que se colaban por el umbral sugería justo lo contrario.

La vista se le fue a las cortinas de los ventanales, que debían de estar, aparte de devoradas por las polillas, conteniendo la luz invernal. ¿Habrían alcanzado ya el mediodía? O no, ¿el día siguiente?

Fue en ese instante cuando clavó su atención de nuevo en Bertie.

Se había apoyado, con mucho dramatismo, en una de las jambas de la puerta.

–Pasa, sí.

Él cruzó la estancia hasta el escritorio y tomó asiento.

–No sabía que necesitaba que me dieras permiso para entrar.

Arthur se llevó el dorso de la mano a un ojo, ahí donde llevaba ya varios días sintiendo el comienzo de una jaqueca, e hizo presión.

–No. No, claro que no. Esta es tu casa tanto como la mía.

Bertie pasó a contemplar los papeles que se esparcían sin ton ni son por la mesa, repletos de frases escritas y reescritas, con cientos de tachones que precedían nuevos comienzos.

«A lo largo de la vida he cometido muchos errores nacidos de la desesperación, del miedo o del deseo de evitar el sufrimiento...».

«... me dejas fascinado».

«Jamás debí haberme marchado».

Arthur dejó caer la mano con la intención de disponerse a recogerlo todo en una pila, pero de pronto se percató de que sería en vano, así que apoyó la palma, con los dedos estirados, sobre aquellas palabras manchadas de tinta.

–Strathrannoch –lo llamó Bertie, con tono firme–, ¿se puede saber qué ha pasado?

Al oírlo, la mano se le cerró en un puño, pero no tardó en abrirla de nuevo.

–No sé por dónde empezar siquiera, lo...

–¿Cuándo has llegado?

Sonó seco, casi distante, y un reguero de incomodidad se le asentó en el estómago.

–Anoche. Llevo aquí desde entonces. Quería... Quería acabar una cosa que había comenzado y...

–¿Y no pensaste en avisarme de tu regreso?

Sí. Claro que sí. Pero se había sentido paralizado; la necesidad de terminar la carta lo había colmado, y de lo único de lo que había tenido constancia había sido del miedo –tal y como lo sentía en ese momento– por tener que poner sus sentimientos en palabras.

Sí, de alguna forma se había olvidado, en mitad del torbellino que habían conformado sus tormentos y deseos, de que seguía siendo el conde de Strathrannoch y de que no podía abandonar a todas las personas que dependían de él.

Llevaba casi un mes fuera, y tendría que haber pensado en ellas. No solo en sí mismo.

–Lo siento muchísimo, Bertie. No me había dado cuenta de cuánto tiempo llevaba aquí.

–Aquellas palabras sonaron inadecuadas incluso en sus propios oídos, poco convincentes.

Su vista viajó por encima de los papeles que se esparcían bajo sus dedos–.

Pero de verdad que tenía intención de buscarte.

Ahora por la mañana. Sé que tendría que haberlo hecho de inmediato, porque estoy seguro de que debes de tener cientos de cuestiones que comentarme, tanto del castillo como de los trabajadores.

–Tendría montañas de papeles que firmar y estampar tras su ausencia, y algún que otro contratiempo que solventar.

.. De hecho, se había perdido la boda de Polly Murray.

Iba a tener que hacer algo al respecto–.

No debería haber eludido mis responsabilidades para con el condado ni hacia ti.

–Arthur.

Alzó la vista, pillado por sorpresa. Bertie, incluso cuando llevaba ya una década allí, rara vez se dirigía a él por su nombre de pila. Se había quitado los anteojos y había comenzado a limpiarles los cristales en silencio, aunque con cierta brusquedad.

–¿Acaso he hecho algo alguna vez que te haga pensar que mi primera forma de proceder ante tu llegada sería recriminarte fallos en lugar de darte la bienvenida?

No fue capaz de darle respuesta. Ni siquiera se le vino a la cabeza cómo hacerlo. Se quedó en blanco, como si sus pensamientos fueran incapaces de seguirle el ritmo a la forma re pentina en que habían empezado a acelerarse los latidos de su corazón.

Ni siquiera entendía por qué había reaccionado así.

Bertie tampoco solía criticarle, y mucho menos por su falta de dedicación en lo referente al condado.

Aun así, sí, aquel había sido su primer pensamiento al verlo ahí: que estaba enfadado, y lo único que había sido capaz de inferir de aquello era que había vuelto a fracasar, una vez más, como heredero.

Que seguía sin ser suficiente. Que jamás llegaría a serlo.