Un conde en apuros Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Los ojos de Didier revolotearon por el despacho: primero cayeron en su mujer; después, en Jasper y en Arthur, y por fin, en el último de los presentes: un joven esbelto y de cabello negro que debía de ser Davis Baird.

Después, muy muy despacio, giró sobre sí mismo hasta que la puerta quedó a sus espaldas; en ningún momento dejó de apuntar a Lydia con el arma.

Hizo un gesto con la cabeza hacia su esposa.

–Sal tú primero –le ordenó en francés–. Ve por las escaleras. Yo iré detrás.

Ella, con el rostro contraído por la rabia, obedeció.

No obstante, el joven de cabello negro –Davis– había comenzado a deslizarse en dirección a Lydia; la punta de la pistola que sostenía Didier la abandonó para clavarse en él un instante antes de regresar a ella.

–¿Qué se cree que está haciendo, Baird?

–Caminar –replicó. Su acento era idéntico al de su hermano, aunque su voz era más aguda; un tenor suave. Volvió a dar un paso hacia adelante, hasta que su cuerpo quedó entre Lydia y el cañón del arma–. No estoy entorpeciéndole el camino, Thibodeaux. La puerta se encuentra justo detrás de usted.

Pese a que acabó asintiendo, tampoco entonces bajó el arma. Echó a andar de espaldas hasta que abandonó el despacho y se encaminó hacia las escaleras con cautela.

–Cerrad la puerta –dejó escapar Lydia.

Arthur era quien más cerca se encontraba y se encargó de hacerlo, aunque tuvo que encajonar los restos rotos y mantenerlos fijos a presión.

Durante el proceso, se sintió incapaz de apartar los ojos de su rostro.

Se le veía demacrado. El miedo había oscurecido sus ojos color avellana, y tampoco los había apartado de ella.

Tuvo que contener el impulso de lanzarse contra él, de suplicarle que se alejara de ahí, del sitio por el que los Thibodeaux se habían marchado.

Quería agarrarlo y llevarlo bajo el escritorio y dejarse rodear por sus firmes brazos hasta sentirse a salvo y no salir jamás.

–Lydia –la llamó su hermano, sin embargo–. ¿Se puede saber en qué...?

–Asómate a la ventana –susurró, aunque no apartó la atención de Arthur–. Echa un vistazo a la calle.

De pronto, oyeron un grito, un disparo y el estallido del caos.

Solo entonces se volvió hacia su hermano, que cruzó la estancia en apenas dos zancadas y, en cuanto se inclinó sobre el cristal, se le separaron los labios del asombro.

–¿Qué demonios...?

Fue cuando Lydia se percató de que le caían lágrimas de puro alivio; las sentía calientes en las mejillas, pero también liberadoras.

–Le pedí a Georgiana que fuera en busca de ayuda a la sede del Ministerio del Interior. Comencé a oír voces en el callejón justo antes de que derribarais la puerta. Pensé... Creí que... Tenía la esperanza de que fueran ellos. No pensaba dejar que los Thibodeaux se salieran con la suya.

Aunque, en realidad, no había estado segura de que hubieran llegado refuerzos.

No lo había sabido. Y, aun así, Jasper había confiado en ella.

–Sí, son ellos –le oyó decir–. Mis agentes.

Y los han detenido. –Su voz había perdido de golpe su severo deje de autoridad, los hombros se le habían relajado, y todo su cuerpo parecía haber dejado escapar gran parte de aquel indefinible porte repleto de tensión y de responsabilidad.

De hecho, la mano, cuando bajó el arma, le temblaba un tanto–.

Ya está. Ya está, Lyddie. Todo ha terminado.

Al oírlo, se dejó caer en la silla del escritorio. Estaba cubierta de polvo, y se fijó en el que el agujero que había quedado en la pared no se encontraba muy por encima del punto exacto en el que había estado su cabeza antes de arrojarse al suelo.

Aunque, de repente, para su sorpresa, el joven que solo podía ser Davis Baird se puso de rodillas ante ella. Después, alzó una mano para tomar las suyas.

Ella se le quedó mirando, de pronto afligida.

Era él, no le quedaba duda. Su pelo era mucho más oscuro que el de Arthur y su complexión, su cuerpo fino y compacto, estaba hecha a menor escala, pero tenía sus mismos rizos, los mismos pómulos, y hasta compartían la forma en la que se les curvaba la boca.

–Lydia –dijo con voz áspera–. No sabes cuánto lo siento.

Ella parpadeó. Le pareció distinguir que tenía un rasguño abierto en la mejilla, y su propio vestido estaba manchado de polvo a la altura de las rodillas. Ambos mantenían las manos unidas en su regazo.

Hacía seis semanas –o cien años, ya ni lo sabía– había creído que, la primera vez que viera en persona al hombre con el que había mantenido correspondencia desde 1815, ambos se reconocerían de inmediato y, sin más, se verían envueltos en el hábito conversacional que habían construido durante aquellos tres años.

Y el caso era que había estado en lo cierto.

Lo reconocía. Y sentía que lo conocía. Era Davis Baird.

Y la había engañado, la había usado con el objetivo de obtener información, pero, aun así, era consciente de que no había pretendido hacerle daño en ningún momento.

Y sabía que había querido decirle la verdad, pero, por fuerza mayor, por razones que se escapaban a sus propios designios, no había podido hacerlo.

E iba a poder perdonarlo. Iba a poder perdonarle por haber guardado tantos secretos, al igual que había podido perdonar a su propio hermano.

–No te preocupes –susurró–. De verdad, Davis. Está todo bien.

–No, no lo está. –Alzó la vista. Estaba pálido y su mirada, aquellos ojos verdes, fieros y envolventes, se clavaba en ella con toda su intensidad–. Y sé que no tengo el más mínimo derecho a pedírtelo –continuó–, pero... ¿querrías casarte conmigo?

Aquello provocó un silencio eterno.

Fue como si su cerebro se negara a absorber sus palabras; como si se encontrara a kilómetros de distancia y se le hubiera olvidado hablar inglés. Hasta creyó que, tal vez, el disparo había llegado a quebrar algo en su interior por el simple hecho de haberse encontrado cerca.

–P-perdona, ¿qué? –alcanzó a decir.

Davis la miraba y su expresión estaba llena de esperanza. De ternura.

–Cásate conmigo, Lydia Hope-Wallace –le pidió–. Hazme el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra.

Hubo un nuevo segundo de total quietud, en el que se esforzó por encontrar algo con lo que responder a aquello. Y, entonces, sus ojos volaron hasta la puerta que Arthur seguía sosteniendo.

Pero él ya no se encontraba allí.

El umbral estaba vacío, la hoja de madera se balanceaba sobre la nada y las bisagras rotas soltaban chirridos en su pobre intento de mantenerla.

Y alcanzaba a ver el larguísimo pasillo al otro lado, las escaleras, y todo se encontraba en silencio, en total quietud, como si se tratara del interior de una tumba.

Arthur se había ido.