Capítulo 27
Para mi querido her... J...
Fragmento de una nota encontrada en Belvoir, manchada de tinta e ilegible.
L ydia estaba comenzando a sospechar que Claudine Thibodeaux no llevaba un arma consigo.
De haberlo hecho, estaba casi segura de que ya la habría sacado y de que le habría disparado la tercera vez que había derramado el tintero.
Para su desgracia, la pistola de su marido continuada apoyada en su pecho, y había sido así desde que ambos habían cruzado la puerta del despacho.
Habían esperado encontrar a Jasper allí, aunque toparse con ella tampoco los había decepcionado.
La confusión que se había derivado de aquello, sin embargo, le había permitido darse cuenta de que, pese a que no parecían conocer el verdadero nombre de su hermano, debían de haber descubierto su parentesco gracias a la nota que le había dejado en su alcoba de Kilbride House.
«Lyd –le había puesto–. Me reclaman en Londres. Tengo intención de contarle a madre la noticia de tu boda, pero quédate en Escocia con Strathrannoch».
Sabían que era su hermano. Y también un espía.
Aunque la mayor revelación que había tenido había sido el hecho de que Davis no había estado trabajando para ellos, como había creído hasta entonces, sino para el Ministerio del Interior, al igual que Jasper.
« Traitre », lo había llamado Claudine.
«Traidor».
Había sentido tal alivio al enterarse que había estado a punto de caerse de la silla.
Y había pensado en... lo feliz que aquello iba a hacer a Arthur.
No pretendía usar su visor con fines violentos; su hermano –su hermano pequeño, al que tanto quería– no tenía intención de hacer daño a nadie.
No obstante, el consuelo había durado poco.
Había estado equivocada, tanto ella como los demás, en lo referente a los planes de los Thibodeaux.
Habían cambiado su método de actuación principal al percatarse, mediante las cartas que habían encontrado en su dormitorio, de que tanto Davis como Jasper estaban confabulados.
Y ahora, al parecer, pretendían atacar directamente al Ministerio.
Y usarla a ella como cebo.
Sin apartar la pistola de su pecho, Didier le había indicado –sin ningún tipo de rodeos– que debía escribirle una carta a su hermano y hacérsela llegar a través del Ministerio; querían que le pidiera que se reuniera con ella allí, en la biblioteca, atraerlo hasta allí y después...
Bueno, en realidad lo siguiente no lo habían especificado exactamente, pero lo cierto era que podía hacerse una idea, y no creía que fuese nada bueno.
Por su parte, se había asegurado de titubear y vacilar, de hacer que su voz temblara al hablar y, por primera vez, no había sentido las lágrimas que con tanta facilidad acudían a sus ojos como una vulnerabilidad, sino como una de sus fortalezas.
Quería que pensaran que estaba indefensa y desesperada, que no les suponía ningún tipo de amenaza. Y, durante todo ese tiempo, había mantenido la pistola de Georgiana a buen recaudo sobre sus piernas.
Llegados a cierto punto, aun así, había visto que poco más podía hacer para distraerlos, así que había procedido a escribir la nota según sus designios y, a pesar de que se había dedicado a escribir mal una de cada tres palabras a propósito, o Didier era un completo analfabeto en lo que a ortografía inglesa se refería o debía de pensarse que lo era ella, porque no hizo mención alguna.
–¿Cómo desea que la firme? –le preguntó con tono angustiado.
Aunque su paciencia parecía estar a punto de llegar a su límite:
–En la forma en la que puedas terminar la maldita carta con la menor cantidad de palabras posible.
–Oh, bueno... Por lo general, cuando le escribo cartas siempre firmo como «Tu querida hermana, Lydia», pero como esta pretende ir dirigida a su lugar trabajo, creo que tal vez no sea lo más apropia...
De pronto, hubo un golpe contra la puerta del despacho, como un estallido de astillas. Didier se dio la vuelta. Claudine sacó una pistola y apuntó a Lydia con ella desde el otro extremo de la estancia.
El cerrojo no cedió. La puerta se mantuvo cerrada.
–¡Lydia!
Era Arthur; su voz, ronca y familiar.
Una bocanada de alivio la recorrió, junto con gratitud y cariño, y miedo también.
Miedo, sobre todo.
Estaba ahí, tras la puerta, y la madera era un escudo bastante pobre frente a un arma.
–¡Aléjate! –le gritó–. ¡Apártate de la puerta! ¡Los Thibodeaux están aquí y llevan pistolas y...!
Claudine alzó la suya. Y, al verlo, Lydia gritó y se lanzó al suelo, junto al escritorio, justo a tiempo para oír un disparo.
«Dios, no. Dios».
No veía nada. Los paneles del escritorio llegaban al suelo, así que se encontraba flanqueada a cada lado. Maldita sea, ¿de quién había sido el disparo? ¿Qué había causado?
Tenía que saberlo. Desenredó la pistola de entre los pliegues de su falda y comenzó a avanzar a gatas hacia uno de los lados y, ahí, se encontró con que el sombrero de Didier Thibodeaux se encontraba tirado en el suelo.
Una vez que hubo avanzado lo suficiente como para alcanzar a ver el perímetro del despacho, se detuvo de golpe.
La puerta estaba abierta pero destrozada tras lo que parecía un intento por tirarla abajo; el disparo debía de haber amortiguado el ruido.
Desde donde se encontraba, le llegaba la imagen de la espalda de Didier y la forma en que mantenía el arma alzada entre los brazos.
Más allá, se encontraba su hermano Jasper y.
.. ya. No conseguía distinguir a nadie más en aquel pedazo diminuto de estancia que ocupaba su rango de visión.
Y, sin embargo..., sabía que había oído la voz de Arthur. Lo sabía.
Los oídos le rugían y el olor a pólvora se le colaba en la nariz y en los ojos. La atmósfera estaba cubierta de polvo.
Pensó en la bala. ¿Dónde habría ido a parar?
Torció el cuello en un intento por localizarla y, pese a que desde aquella perspectiva no podría haberlo dicho con seguridad, le dio la sensación de que debía de haber alcanzado la pared que se alzaba tras el escritorio.
Despacio, comenzó a mover los dedos de las manos y los pies, por si acaso, y después se llevó la mano libre –con la que no estaba sosteniendo la pistola– al rostro; no encontró rastro de sangre. Todo parecía en orden.
No había logrado acertarla.
–Caballeros –oyó decir a Didier–, ¿por qué tanta prisa?
No se estaba dirigiendo a ella. De hecho, ni siquiera sabía si debía de haberla visto moverse. Apretó los dedos en torno al arma. ¿Sería capaz de dispararle si se veía en la necesidad de hacerlo? Aunque... Dios, ¿y si fallaba? ¿Y si la bala rebotaba y le daba a otra persona?
Le pareció oír un sonido ahogado, una suerte de movimiento que, aun así, no alcanzó a ver.
–Deténganse –ordenó entonces Didier–. No dé un paso más, Strathrannoch, o no me temblará el pulso.
–Solo tiene un arma –replicó él–. Se encuentra en clara desventaja. Si me dispara, mis acompañantes tendrán vía libre para dispararles tanto a usted como a su esposa.
–Tal vez. Pero usted estará muerto. No subestime la satisfacción que me provocará hacerlo.
–¿Cómo de satisfecho cree que se sentirá cuando se encuentre a tres metros bajo tierra, Thibodeaux?
–Aquella era la voz de Jasper, sí. Aunque.
.. le costaba reconocer su cariz siempre jocoso y a la vez elegante en el tono helador que impregnaba sus palabras–.
Atrévase a disparar a Strathrannoch, y me aseguraré de matarle yo mismo.
No sé por qué algo me dice que hasta me darían una medalla por hacerlo.
–Bien –dijo él–. Parece que hemos alcanzado un punto muerto, entonces.
Lydia vio cómo se contraían sus amplios hombros bajo la chaqueta que llevaba. Y la pistola... Había comenzado a moverla, en busca de la trayectoria perfecta para accionar el gatillo.
«Es ahora –pensó–. Tengo que hacer algo».
Y se puso en pie.
Todos y cada uno de los ocupantes del despacho se volvieron en su dirección.
Todos los ojos se clavaron en ella. Reparó en el rostro de Arthur, ese que tanto adoraba pero que ahora se encontraba tenso y pálido.
En la forma en que su hermano separaba los labios para soltar un grito.
En cómo el arma de Didier volvía a encontrarse apuntando hacia su cuerpo.
El terror la sacudió como un vahído. Apenas sentía la pistola entre los dedos.
Sin embargo, sabía que tenía que hacer algo. E iba a hacerlo.
Comenzó a alzar el arma con manos temblorosas, aunque permitió que vacilara un tanto en su agarre.
–Dejad que se marchen –jadeó–. Jasper, por favor... Dejadlo estar. No permitáis que esto acabe convirtiéndose en un baño de sangre.
–Lydia...
Su hermano mantenía su propia pistola aferrada ante él como si fuera algo que hiciera cada día de su vida; sin embargo, no había nada en su postura que denotara que estuviera cómodo.
Dios. Tal vez estaba cometiendo un error. Tal vez no debería estar haciendo eso. Pero... una parte de ella pensaba, y estaba casi segura de que...
–Por favor –repitió, sin apartar la vista de él, en un intento de hacerle ver, gracias a la fuerza de la intensidad de su expresión, que de verdad creía que era lo correcto–. Dejadlo, por favor.
Le vio echar un vistazo hacia atrás; tenía el pelo húmedo por el sudor y su boca conformaba una línea tersa.
«Confía en mí –estaba tratando de decirle–. Necesito que lo hagas».
Y entonces, muy despacio, él se apartó hacia un lado para permitir que los Thibodeaux salieran por la puerta, que seguía desencajada e inclinada a un lado, además de que el marco estaba hecho trizas.
Una oleada de gratitud bulló en su interior, incluso cuando, ante sus ojos, la expresión airada de su hermano se potenció aún más, si cabía.
Con cuidado, depositó la pistola en el escritorio, ante ella.
–Márchense –ordenó tras devolverle la mirada a Didier–. Están dándoles la oportunidad de salir ilesos de aquí. Aprovéchenla y salgan corriendo.