Un conde en apuros Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

–Por una carta que les hice llegar. Una carta de parte de Hope-Wallace. Me la había enviado hacía tiempo. Estaba comenzando a sospechar que los Thibodeaux dudaban de mí, así que lo hice para intentar recuperar su confianza. ¡Pero lo consulté con él antes de hacerlo, maldita sea!

–¿Y ninguno de vosotros se aseguró antes de informar a la duquesa de ello?

Davis soltó una palabrota entre dientes.

–Se suponía que no íbamos a volver a emplear la biblioteca para pasarnos información; nadie del Ministerio iba a hacerlo. No iba a hacer falta.

–Bueno, pues resulta que sí. Y ahora Lydia está ahí, totalmente expuesta, y todo porque no habéis sabido mantener vuestros malditos secretos a buen recaudo.

Se hizo un largo silencio antes de que él replicara. Aunque, cuando lo hizo, su voz sonó rasgada: –¿Estaba bien? Lydia. ¿Estaba bien la última vez que la viste?

Por alguna razón, aquello le hizo percatarse de que sentía que, en realidad, no había dejado de verla en ningún momento.

Su rostro había seguido ante él, pálido y tenso mientras le decía que se diera prisa, aunque también cubierto de paz mientras dormía en el camastro del despacho.

Y ruborizada y sonriente en aquellos instantes infinitos que habían compartido, y bajo rayos de luz que habían jugueteado entre sus curvas y en los recovecos de su boca, como si no fueran capaces de abandonar el contorno de su felicidad.

–Sí. Estaba bien.

–Lo sabe, entonces. Que... que era yo quien le escribía.

–Sí.

Su caballo quería echar a correr; lo sentía. Alzó las riendas y apretó las rodillas, lo que hizo que adelantara a la montura de su hermano para aproximarse a la de Jasper.

Se encontraban ya en el puente; las calles se estaban despejando.

Iban a llegar a tiempo. Iban a poder salvar a Lydia.

Iba a hacerlo.

–Lo siento –oyó entonces decir a su espalda.

Se volvió para clavar la vista en Davis. Era una silueta tiesa a lomos de su caballo, cubierta de polvo, aunque familiar y, de alguna forma, imbuida de angustia. Y no lo estaba mirando a él; mantenía la vista clavada en un punto en la distancia.

–¿Por qué lo dices?

–Siento haberte robado el visor. No quería que te vieras envuelto en todo esto; no quería que nada de esto pasara.

–No me puede importar menos el maldito visor –le soltó, aunque, para su sorpresa, se dio cuenta de que era cierto. Entendía sus razones. Sabía que sus intenciones habían sido buenas–. Pero no entiendo por qué no me dijiste la verdad. Si lo hubiera sabido...

–No me habrías creído.

–¡Por supuesto que sí!

Solo entonces su hermano clavó los ojos en él, brillantes y vehementes.

–Ah, ¿sí? ¿Habrías confiado en mí si te hubiera dicho que necesitaba el visor pero que no podía decirte para qué? ¿Si te hubiera dicho que he tenido que mentirte, a ti y a todo el mundo, durante casi un lustro pero que, aun así, no podía explicarte el porqué?

Arthur notó que se le comprimía el pecho, y tuvo que apartar la vista. Más allá, Jasper se inclinó sobre su caballo y comenzó a aumentar la velocidad de su avance.

¿Era cierto? ¿Le habría creído?

Le habría encantado poder decir que sí, pero la imagen que había tenido de su hermano hasta entonces había sido el reflejo de una vida entera de rivalidad y de cinco años cargados de mentiras.

Todo lo que había sabido de él –y todo lo que pensaba de sí mismo– había sido una mezcla de equívocos que, sin embargo, hacía ya mucho tiempo que se había calcificado.

Y no sabía qué podría ser capaz de quebrarlo; de romper en pedazos aquella coraza familiar que se había conformado entre ambos.

–No lo sé –acabó respondiendo, y quiso ser sincero–. No sé qué es lo que habría pensado. Pero lo que sí puedo decirte ahora mismo es que entiendo por qué lo hiciste. Aun así... –La mandíbula se le apretó y tuvo que obligarse a continuar–: ¿Por qué decidisteis engañar a Lydia?

Él sacudió la cabeza.

–No puedo darte una respuesta. No sé cómo hemos acabado llegando a ese punto.

.. A ella tampoco pretendíamos meterla en esto en ningún momento.

Tanto Hope-Wallace como yo queríamos que estuviera a salvo, en casa, que no llegara a enterarse de lo que nos traíamos entre manos, y.

.. –Dudó–. Pero pretendía contarle la verdad.

Cuando lográramos ponerle solución, cuando consiguiéramos atrapar a los espías, iba a contárselo todo.

–Sigo sin entender por qué empezasteis siquiera.

–Jamás pensé que acabaríamos así. Lo hice porque estaba tratando de obtener información para el Ministerio.

.. ¡Ni siquiera conocía su identidad al principio!

No supe quién era hasta medio año después, pero entonces sentí que había extendido demasiado la mentira, y ya no supe cómo solucionarlo y, Dios, tampoco cómo. .. Tampoco cómo...

–«Tampoco cómo», ¿qué?

Su caballo avanzó y, de pronto, superó al de Arthur.

–¡Cómo mantenerla en mi vida si se enteraba!

Aquellas palabras le azotaron las costillas; fue un golpe duro y ardiente.

No había sido unidireccional. Ambos, tanto Lydia como él, habían tenido sentimientos por el otro. Aquello no había sido parte de la mentira. Y su hermano no era un traidor. Lydia había confiado en él, y no había cometido ningún error al hacerlo.

Todas aquellas cartas... La correspondencia que habían mantenido... Los había unido de verdad, no había sido parte de la farsa; Davis había sido el hombre por el que ella había acudido a Escocia. Y él había estado equivocado todo el tiempo.

–No habría podido hacerlo si le hubiera dicho la verdad –siguió su hermano, con voz seca–. ¿Cómo iba a perdonarme si se enteraba de que la había estado usando?

–Davis...

Su caballo se había impulsado también hacia el frente, pero de pronto él clavo las rodillas en el pelaje color avellana del suyo y se le adelantó.

–¡No! Maldita sea. Durante todo este tiempo he querido que me eligiera, que me quisiera, pero ella creía que eras tú con quien hablaba. ¿Tienes idea de lo que es eso?

–Pues claro que sí.

De repente, su montura comenzó a avanzar a medio galope y no tardaron en alcanzar a Jasper, que se encontraba cruzando una callejuela muy estrecha; los tres se descubrieron apretujados en su intento por avanzar.

–Strathrannoch –lo reprendió él, pero Arthur lo desestimó con un gesto de la mano.

–Recuerdo el camino. Sé perfectamente cómo llegar.

Sin embargo, no tardó en sentir la sacudida en el pie cuando Davis impulsó el estribo de la silla de su caballo para golpear el suyo.

Después, cuando habló, redujo su voz varios tonos, en una clara imitación del antiguo conde: –«Eres todo fachada, chico; te falta esencia».

Eso era lo que padre siempre me decía. Tú eras en quien confiaba, el pilar principal del castillo y del condado.

Para lo único que valía yo era para las cenas y las fiestas, y con Lydia.

.. Con Lydia igual. Fue tu nombre, tu maldita forma de hablar, siempre perfecta y honorable, de lo que terminó prendándose.

Se quedó absorto.

¿Que había sido en él en quien confiaba su padre?

No. Su favorito había sido siempre Davis.

Era a él a quien había tenido en un altar; al que había enviado a Eton, al que había presentado a sus colegas.

Se había asegurado de mostrarle –una y otra vez, tanto con sus palabras como con sus actos– que era a él a quien más en estima tenía; el que tendría que haber sido su heredero.

Aunque...

La revelación se asentó despacio, pero lo zarandeó de arriba abajo; fue una ola que se derramó sobre cada una de las certezas que había tenido de su pasado.

Su padre había tratado de ponerlos el uno contra el otro toda la vida; le había repetido sin descanso que valía mucho menos que su hermano, sí, pero...

¿Qué era lo que le habría dicho a él?

Siempre había dado por hecho que, cuando ellos dos se encontraban juntos, cuando él no estaba, se había deshecho en cumplidos hacia su hermano, tal y como hacía en su presencia.

No obstante, en realidad aquello era algo que no podía saber con certeza.

No había sido testigo de lo que hablaban en privado.

«Todo fachada –había dicho su hermano–. Te falta esencia».

Casi creía ser capaz de replicarlo en su cabeza con la voz de su padre; la forma exacta en la que habría pronunciado aquellas palabras y, después, soltado una carcajada.

Y él no había estado presente. Aquello –todo lo que habría tenido que sufrir su hermano y que él no había llegado a pre senciar– cayó aún con más fuerza, y de manera más repentina, sobre sus hombros.

Había estado equivocado con él. Lo había tratado injustamente y no... Jamás había podido protegerlo del influjo de su padre. Ni siquiera había sabido que necesitara que lo protegieran.

Su voz tembló al escapar:

–Un segundo. Espera.

Claro que Davis se encontraba inclinado sobre las crines de su caballo para impulsarlo hacia delante.

–Da igual. Jamás os he necesitado a ninguno. Ni a padre, ni a ti, ni al condado. He sabido salir adelante yo solo.

El resentimiento que se le esparcía por el rostro le era tan familiar como sus propias manos; él mismo lo había sentido en cada hueso, en cada tendón. Había formado parte de cientos de sus recuerdos.

Sin embargo, no en todos.

En ese instante, si alzaba la mirada y la clavaba en la cabellera negra de su hermano, en la forma en que la alzaba sobre su montura, alcanzaba a ver al chiquillo que había devuelto las truchas que habían pescado al agua, una por una.

Claro que fue entonces cuando lo vio volverse hacia él.

Los puños, aferrados en torno a las riendas, se le habían coloreado de blanco.

–Pero... Maldita sea, Arthur. Esto sí que no puedo hacerlo yo solo. Tenemos que llegar a la biblioteca antes de que sea demasiado tarde, y yo... Tengo que...

La voz se le quebró y sus palabras quedaron en el aire.

No obstante, Arthur no necesitó que las pronunciara.

Sabía a la perfección qué había querido decir.

–Sí –asintió, y su propia voz fue áspera. Apenas logró oírla por encima del repicar de los cascos de su caballo contra la piedra del suelo.

Sabía a la perfección lo difícil que era pedir ayuda cuando no creías merecerla; cuando pensabas que nadie te la ofrecería sin recibir algo a cambio.

Aun así, ni el miedo ni la rabia ni el arrepentimiento importaban ya, en ese momento; tenían que asegurarse de que Lydia estaba a salvo.

–Ya estamos cerca –añadió.

Davis no lo miró cuando habló de nuevo: –No puedo dejar que le hagan daño por mi culpa.

–Llegaremos a tiempo –le aseguró Arthur–. Te lo prometo.