Capítulo 26
... se sentía llena de coraje...
Del ejemplar de Fanny Hill de Lydia.
– E spera un momento –insistió Lydia–. Solo un poco más.
Georgiana se encontraba de pie bajo la puerta por la que Arthur había salido hacía un cuarto de hora; estaba deseosa de marcharse para poder informar a Selina de sus sospechas y, después, dirigirse a la sede del Ministerio del Interior.
Sin embargo, ella no quería que se fuera, no aún; no hasta que tuviera alguna prueba tangible que pudieran llevar al Ministerio. Sin rastro de su hermano, lo único que tenían eran sus conjeturas, y se temía que no iban a ser suficientes.
Aun así, estaba segura de que podía hacer algo para convencerlos de que les creyeran. Debía haber algo entre los papeles de Selina y las cartas de Davis que pudiera servirles... Aunque habría agradecido que sus malditos dedos dejaran de temblar.
Dejó escapar un suspiro lleno de frustración.
–Creo que con esto podría valer... –acabó diciendo por fin.
Remojó la punta de la pluma, hizo una rápida anotación entre los registros de Selina y, después, marcó con un círculo el pa saje similar escrito con la letra de Davis–.
Llévalo junto con la ilustración de la iglesia de St. Saviour que reveló la tintura de Iris.
Y también un periódico con el itinerario de la ruta del desfile. Tal vez sirva.
Su amiga asintió y cruzó la estancia para recoger los documentos. No obstante, en el trayecto, pasó junto a la ventana que daba al callejón y se detuvo, pillada por sorpresa, con los ojos clavados en el cristal.
Lydia alcanzó a ver su reflejo en él, su expresión congelada.
Había reconocimiento en ella, y también alarma.
–Lydia –la llamó, despacio–, hay alguien abajo.
Ella se alzó y se dirigió hacia la ventana para echar un vistazo. El corazón se le había encogido en el pecho al pensar que podía ser Jasper, que había vuelto con refuerzos de parte del Ministerio del Interior, y que así, quizás, Arthur no iba a tener que enfrentarse a su hermano él solo.
Pero no se trataba de él.
Era una pareja. Una mujer ataviada con un vestido de paseo de color granate y un hombre corpulento, de cabeza calva bajo el sombrero que llevaba.
Claudine y Didier Thibodeaux.
Una docena de pensamientos le cruzaron la mente, las emociones se le comprimieron y sintió que el aliento se le cortaba en el pecho.
Si estaban allí, significaba que no se encontraban en St. Saviour. Lo cual significaba que Arthur estaba a salvo. O, al menos, todo lo a salvo posible.
No obstante..., ¿qué hacían allí? ¿Qué los había llevado hasta Belvoir?
Una parte lejana de su mente se preguntó si existía la posibilidad de que estuvieran con Jasper y no en su contra.
Si era posible que se hubiera equivocado.
Que no fueran bonapartistas. Pero entonces, a través de la ventana, vio cómo Didier se sacaba una barra de hierro del abrigo y comenzaba a intentar forzar la puerta trasera.
Además, le pareció percibir el brillo metálico de la cobertura de un arma de fuego en el interior de su chaqueta.
No. No eran aliados de su hermano.
El corazón comenzó a latirle con mucha más fuerza, el doble de rápido; sentía cómo le golpeaba las costillas desde dentro.
–Tenemos que irnos –dijo Georgiana, aunque su voz se mantuvo en total calma–. Ahora mismo. Podemos bajar por las escaleras, salir por la puerta trasera y fundirnos con los asistentes del desfile. Les perderíamos la pista.
Sí. Tenía razón. Las calles estaban a rebosar de gente, de caballos, carruajes y cientos de viandantes cubiertos de flores. Si salían a toda prisa en ese mismo instante, los Thibodeaux no las encontrarían. Pero si lo hacían, si abandonaban la biblioteca con ellos dentro, ¿qué podían llegar a hacer?
Su cerebro repasó cada una de las posibilidades como si de las viñetas de un libro se tratara: la pareja, el despacho vacío, la iglesia de St. Savior y la torre...
Arthur.
Se humedeció los labios y obligó a su voz a atravesar el nudo que se le había formado en la garganta: –Ve... Vete tú.
Georgiana giró de golpe junto a la ventana, a través de la que seguía viendo cómo Didier Thibodeaux trataba de desencajar la puerta.
–¿Qué?
Sentía la boca seca; sus dedos habían perdido fuerza.
–Si entran y no hay nadie, se darán cuenta de que algo va mal.
–¡Pues que lo hagan! Lo importante es que no estemos aquí para no tener que acarrear con las consecuencias.
–Pero entonces... Entonces se marcharán y.
.. –Tragó saliva, aunque lo cierto fue que no sirvió de demasiado–.
Es posible que decidan ir a la iglesia de St. Saviour, y descubrirán a Arthur; pero si me quedo aquí, puedo intentar distraerlos.
Selina y tú podéis ir en busca de ayuda para que los atrapen, y Arthur no. .. No le pasará nada.
Incluso mientras dejaba escapar aquellas palabras era consciente de que aquel plan no era más que fruto de un impulso irracional.
Tenía la posibilidad de huir. Tenía que huir. Era la opción más segura sin duda.
Y, sin embargo, no podía hacerlo. Tenía que intentar protegerle. No había alternativa. Jamás –jamás– saldría corriendo si el simple hecho de hacerlo conllevaba poner en peligro al hombre al que amaba.
Se había considerado una marginada durante gran parte de su vida; alguien que se escondía de los demás, que se mantenía en las sombras, y sí, era posible que, en cierta manera, fuera verdad. Aun así, no la definía. No por completo.
Se había quedado junto a sus amigas cada vez que habían estado envueltas en un escándalo. Había seguido escribiendo los panfletos, a pesar del riesgo. Y se había esforzado a su manera, aunque fuera desde un rincón, para intentar conseguir que el mundo fuera un lugar mejor.
Era consciente de cuándo merecía la pena arriesgarse a la llegada de un potencial desastre, y sacrificarse para proteger a Arthur lo hacía con creces.
Podía detener a los Thibodeaux. Sabía que sí.
–Lydia. –La voz de Georgiana se quebró al pronunciar su nombre y, cuando sus ojos se encontraron, descubrió que estaban cubiertos de angustia–. No puedo dejarte aquí sola.
–Sí. –Didier acababa de conseguir desencajar la puerta; alcanzaron a oír el crac de la madera al astillarse incluso al otro lado de la ventana–.
De hecho, necesito que lo hagas. El lacayo de Selina sigue abajo, y estoy segura de que intentará detener a los Thibodeaux si los descubre.
Así que necesito que bajes a por él y que ambos os dirijáis a casa de los Stanhope y que le pidáis a Selina que envíe al Ministerio del Interior aquí. Mientras, yo los entretendré.
–¡No pienso dejarte atrás!
Lydia dio un paso adelante y la tomó de la mano.
–Necesito que lo hagas. No estaremos a salvo hasta que detengan a los Thibodeaux y hagamos desaparecer el visor. No podemos dejarlos escapar. Es nuestra oportunidad de pararles los pies; tenemos que aprovecharla, y... No puedo dejar que vayan tras Arthur. No si puedo evitarlo.
–Lo que hay que soportar –bufó Georgiana y, aun así, se encaminó hacia la puerta, con las faldas atrapadas en el puño y una expresión furibunda–.
Bien. Estaré de vuelta con la caballería, pero no te olvides de que llevan una maldita pistola, así que, como te atrevas a permitir que sean ellos los primeros en disparar, te aseguro que volveré y te mataré yo con mis propias manos.
–Prometo que no.
La voz le tembló, aunque solo un poco, pero tampoco le importó.
Se quedó contemplando la última mirada lacerante que le lanzó su amiga antes de atravesar la puerta del despacho. Sin más, la cerró a su espalda.
Entonces, tomó una bocanada de aire y se obligó a dirigirse al escritorio de Selina para tomar asiento.
Era enorme, y se fijó en que las paredes de madera que lo componían llegaban hasta el suelo; los Thibodeaux no alcanzarían a ver la parte baja de su cuerpo, a menos que la obligaran a ponerse en pie.
Extendió la mano y tomó la pistola, que seguía en el lugar en el que Arthur la había dejado. Entre sus palmas, húmedas y pegajosas, se le antojó muy pequeña y sólida. La recorrió con los dedos y se la colocó en el regazo, a buen recaudo entre los pliegues de la falda de su vestido.
Y se encontraba así, sentada y con las manos fijas en ella, cuando la puerta se abrió de golpe.
Los flancos del caballo daban tumbos contra sus muslos mientras Arthur trataba de –y de verdad que le estaba suponiendo un importante esfuerzo físico– no hacerlo galopar.
Jasper había ordenado a tres hombres uniformados que formaban parte del desfile que les entregaran sus monturas, y no había necesitado más que un puñado de susurros y un par de insultos bien escogidos.
De hecho, el más joven de ellos prácticamente le había arrojado sus riendas en un ferviente despliegue de subordinación.
Una vez que todos se habían dispuesto a lomos de sus caballos, habían comenzado a seguir el recorrido del desfile guiados por él, y habían ido atravesando la muchedumbre mientras le oían vociferar órdenes cada vez que daba la impresión de que el ritmo de la marcha se ralentizaba.
Y, durante todo el trayecto, Arthur había sentido el impulso de espolear a su montura, por mucho que supiera que sería en vano: estaban yendo todo lo rápido que podían.
Y, sin embargo, se le estaba haciendo eterno.
Lydia. Lo único en lo que podía pensar era en ella y en el hecho de que los Thibodeaux sabían dónde encontrarla.
–¿Por qué lo saben? –le preguntó a Davis, que avanzaba a su lado. La voz le escapó diminuta y seca, y sentía las manos temblorosas mientras aferraba las riendas–. ¿Cómo se enteraron de cuál era la señal?
Él dudó un instante antes de responder. El caballo que llevaba tenía el pelaje color avellana y era huesudo y enorme; tanto que, sobre él, ambos quedaban a la misma altura.