Capítulo 25 #2
–Pero no puedo dejar que sigas adelante con esto, amor mío. –La suavidad de su voz fue lo que logró detener su frenesí de palabras, y el corazón se le encogió al oírlo–. Si hay forma de evitar que lo haga antes de que sea tarde, tengo que intentarlo.
Por supuesto que aquella iba a ser su reacción. No solo pretendía tratar de impedir que se cometiera el asesinato de una figura pública, sino también detener a su hermano. Quería evitar que llevara a cabo un acto imperdonable, si existía la posibilidad de hacerlo.
«Yo mismo quise creerle –le había dicho–. Una parte de mí no ha dejado nunca de verlo como el niño que fue en el pasado».
El miedo se le aferraba a la garganta y le latía contra los oídos.
«No –quería decirle–. No te vayas, por favor. Te quiero. Quédate».
No obstante, no podía pedirle aquello. No en ese momento.
Georgiana se había puesto entre ambos y había comenzado a buscar algo en su ridículo. Al cabo de unos instantes, sacó una pistola con la empuñadura de nácar y se la colocó a Arthur en la mano.
–Llévatela. Yo volveré a casa de Selina. Podemos presentarnos juntas en la sede del Ministerio del Interior y hablarles de las sospechas de Lydia. –Tenía el rostro firme e inflexible–. Esta vez, les obligaremos a escucharnos.
Él cerro los dedos, cubiertos de marcas de quemaduras, en torno al arma, y el estómago de Lydia se constriñó al verlo.
–Si está en lo cierto –continuó diciendo su amiga–, aún estamos a tiempo de detenerlo. El duque va a la cola del desfile, no lo encabeza; por lo tanto, cuentas aún con una hora, tal vez algo más, para ir hasta la iglesia e intentar pararle los pies a tu hermano.
Él asintió.
Una máscara de gratitud se había esparcido por su rostro, aunque no dijo palabra; lo que hizo fue volverse hacia Lydia, dar un paso adelante y rodearla por la cintura con la mano libre para atraerla hasta su pecho.
Y la besó. La besó como si nunca más fuera a rozar sus labios. Como si así pudiera insuflarle su terquedad y determinación. Como si su boca fuera una promesa, y cada latido de su corazón, un juramento.
Y ella se lo devolvió de la misma manera.
Tras separarse, él le acunó la mejilla –fue solo un instante, muy despacio– antes de dejar car la mano.
–Me reuniré contigo después –le dijo–. Volveré.
–Date prisa –susurró ella.
Y, cuando quiso darse cuenta, la puerta ya se había cerrado tras él y se había marchado. Pasaron varios segundos más antes de que bajara la vista en dirección al escritorio y se percatara de que no se había llevado la pistola.
Solo había podido contar con aquella arma, aquel había sido su único método de defensa, y lo había dejado allí. Se lo había dejado a ella.
Le llevó casi la hora entera llegar a la iglesia de St. Saviour.
El ayuda de cámara que la duquesa había dejado a su disposición en la biblioteca no le había hecho pregunta alguna, ya fuera porque estuviese acostumbrado a que se presentaran ante él con cualquier desventura o porque su feroz intensidad lo hubiera aplacado; se había limitado a ir en busca de un carruaje que pareció salido de la nada, y él, bajo los afilados ojos de su conductor, había comunicado, a toda velocidad y con total desesperación, su necesidad de ponerse en marcha hasta allí.
El hombre se había pasado el pulgar por el bigote mientras echaba un vistazo a la muchedumbre que se acumulaba en las calles y, después, le había indicado que tomara asiento junto a él, en la delantera del vehículo.
Después, se habían puesto en marcha.
Arthur había pasado todo el trayecto con la vista clavada en su antiguo reloj de bolsillo y apretando los dientes. Y, cuando por fin había alcanzado a ver la silueta de la iglesia en la dis tancia, se había bajado y atravesado lo que le quedaba de calle a la carrera.
Unos enormes andamios cubrían la fachada, pero no había trabajadores a la vista, solo transeúntes que iban de aquí para allá: vendedores ambulantes, mujeres que llevaban cestas con compra, niños abrigados hasta las cejas para protegerse del frío y muchos de ellos colocados sobre los hombros de sus padres.
El desfile debía de estar ya a punto de terminar, aunque no alcanzaba a ver el carruaje del duque de Wellington; se encontraba todavía demasiado lejos.
Aun así, sabía –lo sabía a la perfección– que poco importaban las distancias si se tenía el visor.
Se coló entre los andamios y, al llegar a la entrada principal de la iglesia, tanteó la puerta.
Parecía que la habían atrancado desde dentro.
Hizo intento de abrirla, pero fue en vano, así que se puso en marcha en dirección al escudo de arbustos que se esparcían a lo largo del transepto.
Varios metros más allá, se topó con una ventana rota medio cubierta por una pila de materiales de construcción y desperdicios.
Se coló por ella y, pese a que su marco metálico le arañó el hombro, él lo ignoró.
Las ventanas del interior de la iglesia estaban encajadas en la sillería, que era un revestimiento de piedra fresco y aireado que, sin embargo, el deterioro del mortero hacía lucir desgastado.
Los restos de los bancos se encontraban apilados junto a cúmulos de ladrillos y cal y escaletas y paletas, lo que evidenciaba que se estaba llevando a cabo la restauración.
El techo se había derrumbado en varias zonas y el sol de la tarde dibujaba regueros de luz a lo largo del suelo de piedra.
Se dirigió hacia la torre, que se encontraba justo en el centro, ahí desde donde se abrían los transeptos.
Y, mientras subía por las escaleras, en mitad de aquella oscuridad potenciada por la falta de ventanas, golpeó con la punta de la bota el borde de un panel de madera del muro, que debía de estar podrido, porque lo arrancó de lleno.
Dios santo. Tenía que encontrar a Davis antes de que la torre entera se cayera a su alrededor.
Aunque, de pronto, dudó. Después, atrapó la plancha de madera.
Sabía que era una potencial arma bastante pobre, pero mejor eso que nada.
Y, aun así, el pensamiento lo removió por dentro.
¿Sería capaz de emplearla –aquella o cualquier arma– contra su hermano? Se le antojaba imposible. No obstante, estaba dispuesto a hacer lo que fuera para detenerlo.
Se la cambió de mano y siguió ascendiendo. El camino era estrecho, sus pulmones trabajaban a toda velocidad y el corazón le latía con fuerza en el pecho. Era por su avance frenético, y también por miedo a lo que pudiera estar esperándole.
Una vez alcanzó la parte superior, se dio de bruces con una puertecilla. Al otro lado debían de encontrarse el tejado, las estrechas almenas que se alcanzaban a ver desde la calle y también su hermano, si las suposiciones de Lydia eran ciertas.
No estaba cerrada. Tomó el pomo, lo accionó para abrir y, durante un instante, los rayos del sol de noviembre y el cristalino azul del cielo lo cegaron.
Cuando su visión se aclaró, alcanzó a ver a Davis, con la cantonera de un fusil apoyada en el hombro y la boca apuntando directa a su pecho.
Jasper Hope-Wallace se encontraba a su lado.
Se quedaron los tres helados al unísono: su hermano con el fusil, él con su plancha de madera y Jasper con la mano apoyada en la pistola que llevaba en la cintura.
Después, Davis bajó el arma.
–¿Arthur? –preguntó, pillado por sorpresa–. ¿Qué diablos haces aquí?
Jasper se puso en movimiento de inmediato: lo apartó con el hombro y se encaminó hacia Arthur, que seguía bajo la puerta.
–¿Has venido solo? ¡Maldita sea! ¿Te ha seguido alguien?
–He venido solo. –La sangre había comenzado a bombearle en los oídos. Cada centímetro de su cuerpo estaba en tensión. Los músculos de los brazos se le contraían mientras aferraba la plancha–. ¿Qué significa esto, Hope-Wallace? ¿Qué haces con mi hermano?
Davis intercaló la mirada entre ambos.
–¿Os conocéis?
–Sí –respondió Jasper, seco–, pero tu hermano tendría que estar en Escocia ahora mismo.
–Apartó la vista del punto a su espalda, más allá de la entrada, en el que la había fijado y se giró hacia su hermano, que continuaba inmóvil entre las aperturas de la torre.
El fusil pendía de su mano–. El desfile está a punto de acabar; sinceramente, Baird, ya no creo que vayan a venir.
–¿Quiénes no crees que vayan a venir? –preguntó Arthur.
Aunque, al mismo tiempo, Davis replicó:
–¿De qué narices os conocéis?
Jasper cerró de un portazo.
–Lo conocí en Kilbride House, y lo cierto es que la razón por la que no sigue en Escocia, tal y como le dije específicamente que hiciera, se me escapa por completo.
Aunque toda la atención de Davis estaba puesta en su hermano, y parpadeaba como si fuera un muñeco mecanizado que no funcionara bien.
–¿Estuviste en Kilbride House? ¿Por qué?
–¡Te estaba buscando, maldita sea! ¿De verdad creías que iba a dejar que te llevaras el visor sin más? ¿Que no iría detrás de ti? No iba a... –Su mirada viajó a sus manos, pero no había ni rastro del visor–. No podía dejar que...
Jasper se volvió a él, con la barbilla alzada para mirarle a los ojos.
–Yo le ordené a tu hermano que te robara el visor. Él no pretendía usarlo para nada.
–¿Que se lo ordenaste tú...? ¿Mi hermano está trabajando para ti?
Davis se había quedado mirándolos, sin dejar de apretar la mandíbula y con el rostro en tensión. De aquella forma, mientras sus ojos verdes centelleaban a la luz del sol, lucía atormentado.
–Sí –respondió Jasper–. Lleva trabajando para mí, para el Ministerio del Interior, casi un lustro.
Aquello lo dejó absorto.
Casi cinco años. Justo. Hacía casi cinco años que su hermano había dejado apartado todo aquello en lo que había creído.
Era el tiempo que llevaba rodeándose de los miembros de la nobleza escocesa, aquellos a los que tanto había detestado en el pasado.
Hasta había mostrado su apoyo a los... No.
Había estado fingiendo que apoyaba los Desalojos.
Todo había sido una mentira.
–Y llevamos ocho meses tras la pista de un grupo de bonapartistas que planean asesinar al duque de Wellington –continuó Jasper–.
Conseguimos detener el primer intento que llevaron a cabo en París gracias a la fuerza de los espías de tu hermano, pero al cabo de un tiempo se enteró de que pretendían repetirlo a su regreso a Londres.
La idea era emplear el visor para conseguir que confiaran en él; pretendíamos usarlo como cebo para que revelaran sus verdaderas intenciones.
Davis trabajaba para el Ministerio del Interior. No estaba formando parte de una conspiración para cometer un asesinato. Estaba tratando de detener uno.
No tenía intención de hacer daño a nadie.
El alivio se esparció en su pecho como una explosión, una tan rápida y arrasadora que lo dejó aturdido unos segundos. Su voz escapó áspera: –¿Como un cebo...? O sea, que todo esto era...
–Una trampa –completó Jasper–. Una trampa que llevamos meses orquestando. –De pronto, golpeó el muro de la torre con toda la fuerza de su frustración–. Pero no ha funcionado.
Davis había comenzado a sacudir la cabeza, y los rizos le caían sobre la frente.
–¿Cómo has conseguido localizarnos? –le preguntó a Arthur.
–Encontramos unos papeles en la habitación de la posada de Haddon Grange en la que te hospedaste y, gracias a ellos, Lydia supo dónde podías estar. Pensábamos... Creímos que pretendías aprovechar el desfile para acabar con el duque.
Por Dios. Tenía un cúmulo de emociones entrelazadas que le daban tumbos en el pecho: culpa, por haber creído que podía formar parte de la conspiración; consuelo, tras haberse enterado de que no, y también enfado –aún–, por la forma en la que había tratado de engañar a Lydia.
Sin embargo... ¿No había sido también parte del plan del Ministerio del Interior?
¿No había formado parte de la búsqueda de información que había llevado a cabo para poder tender aquella trampa?
«Lo siento –había escrito en aquella carta que nunca llegó a enviar–. No sabía cómo decírtelo».
Y, de hecho, en aquel momento, parecía que acabaran de abofetearle de lleno.
–¿Lydia? –preguntó–. ¿Mi Lydia? ¿Sabe lo del visor? ¿Creía que... que yo...?
–Ya basta –lo detuvo Jasper. Su voz carecía tanto de las florituras del tono que había empleado mientras fingía ser Joseph Eagermont como del afecto manchado de frustración de hermano mayor con el que hablaba a Lydia; sonaba rígido, autoritario–. Tenemos que irnos. No va a venir nadie.
–¿A quién esperabais? –quiso saber de nuevo Arthur–. ¿A quién creíais que encontraríais aquí? ¿A los Thibodeaux?
El silencio que siguió a aquellas palabras fue tan denso que casi fue capaz de distinguir uno a uno los sonidos que atravesaron entonces el desfile: el repicar de los cascos de los caballos que recorrían las calles, un grito, el graznar de una gaviota.
–¿Qué sabéis exactamente de los Thibodeaux? –le preguntó Jasper, despacio.
–Sabemos que iban en busca de Joseph Eagermont, de ti, y que creían haber descubierto un espía en Kilbride House.
Decidimos volver a Londres para advertirte e intentamos po nernos en contacto contigo a través de la biblioteca Belvoir.
–La furia atravesó la culpa y el alivio que se entrelazaban en su interior y las hizo arder–.
¡Por Dios! ¡Si nos hubierais dicho qué os traíais entre manos.
..! ¡¿Eres consciente de hasta qué punto has puesto a tu hermana en peligro?
! Podrían haber ido tras ella si se hubieran enterado de que estaba relacionada contigo.
Con los dos. Era totalmente ajena al riesgo que estaba corriendo.
Al oírlo, su rostro tomó un tono pálido casi enfermizo.
–Le dije... Le dije que regresara a Strathrannoch Castle contigo.
–Estaba preocupada por ti. Si de verdad creías que leería el mensaje que le dejaste y que se quedaría quietecita y de brazos cruzados, pensando que estabas en peligro, es que no la conoces tan bien como crees.
–Arthur. –La voz de Davis había adquirido de repente un matiz sosegado que le resultó extraño. Que incluso le erizó el vello de la nuca–. ¿Dónde está Lydia ahora mismo?
–En la biblioteca –respondió–, esperando que su hermano dé señales de vida de una maldita vez para poder contarle que tiene a dos espías franceses tras él, ¡cosa que ambos ya sabíais! La duquesa de Stanhope se encargó de dejarte el libro ese en la ventana, y tu hermana ha estado allí desde ayer.
–¿El libro? ¿El libro rojo?
–Sí.
Davis alzó el fusil de inmediato. Jasper abrió la puerta de golpe.
–Tenemos que irnos –soltó mientras se colaba por el hueco de las escaleras–. Ahora mismo.
–¿Qué? ¿Qué narices...?
Su hermano se adelantó a la carrera, y sus rizos negros desaparecieron tras la cabeza rubia de Jasper; su voz, sin embargo, siguió su estela: –Los Thibodeaux están al tanto de la señal. Saben cómo encontrarla.