Capítulo 25
Me hicieron a medida para ti, Lydia Hope-Wallace. Mi cuerpo y mi corazón fueron creados para amarte.
De entre los papeles de Arthur Baird. Carta no enviada.
T enía que irse a casa. Era lo que pensaba Lydia mientras le daba un sorbo a su taza de té. Y, sin embargo, no quería.
Arthur había permanecido despierto el resto de la noche, sentado en el escritorio y con la vista clavada en el callejón que se extendía bajo la ventana, y ella, hecha un ovillo en el catre.
Cuando el amanecer había quebrado el cielo, lo había obligado a base de amenazas y tretas eróticas varias a intercambiarse el puesto con ella para que descansara un poco.
El té había aparecido casi por arte de magia, junto con un carrito que había contenido desayuno suficiente para ambos.
No le cabía duda de que había sido cosa de Selina, por supuesto, y estaba segura de que había sabido que se presentaría en Belvoir antes incluso que él.
Era ya media mañana, y Arthur se acababa de levantar y de acercarse al lavabo que su amiga tenía en la habitación de al lado para tratar de asearse lo mejor posible.
Lo cierto era que estaba bastante desaliñado –ambos lo estaban– y la barba había vuelto a crecerle bastante.
Aunque a ella le gustaba; le gustaba la forma en que aquello atraía sus dedos a su rostro.
Sentía mucho más su tacto, y a él, más suyo.
Mientras estuvo fuera, Lydia mantuvo los ojos fijos en el callejón, que ahora relucía bajo la luz acuosa de aquella mañana tras la tormenta, y desde allí le llegaba el barullo de las calles: el traqueteo de las ruedas y los gritos de los vendedores que ofrecían sus productos.
Arthur estaba nervioso; era consciente de ello.
Pese a que la había mantenido un largo rato entre sus brazos antes de levantarse, había sentido una especie de tensión en sus músculos al estar dispuesta de esa manera.
Y se había dicho a sí misma que se debía al tema de su hermano, que no tenía nada que ver con su matrimonio, y que, una vez lo encontraran, tanto a él como a Jasper, las cosas irían bien.
No estaba en absoluto acostumbrada al optimismo. Sin embargo, sí creía en Arthur, en su paciencia, en su sensatez y su ternura. Y también –más que nunca en su vida– creía en sí misma.
De pronto, le dio la sensación de que el tumulto del exterior había comenzado a aumentar. Claro que no alcanzaba a ver qué podía estar ocurriendo en Regent Street, ya que la ventana daba al callejón. Aun así, se puso en pie de todos modos, guiada por la curiosidad.
Y fue entonces cuando Arthur cruzó la puerta contigua.
Tenía la camisa desabrochada y el rastro del agua hacía que la piel de su cuello centelleara. Se quedó mirando, absorta, cómo una gota soltaba un destello justo antes de comenzar a descender hacia sus clavículas.
Quiso seguir el sendero con la lengua. Quiso...
Hubo un golpeteo contra la puerta del despacho.
–¿Lydia? ¿Arthur? ¿Estáis ahí?
Era la voz de Georgiana. Ambos intercambiaron una mirada cargada de asombro antes de que él se le adelantara para abrir y dar paso a su amiga, que se encontraba al otro lado, con los brazos a rebosar de papeles y los rizos, que siempre llevaba a la perfección, húmedos de sudor y enredados bajo la capota.
La vieron internarse en el despacho y soltar los papeles sobre el escritorio, para después descubrirse la cabeza con un suspiro de alivio.
–Por Dios. He tenido que recorrer a pie las últimas diez calles. Tienen todo el tráfico detenido por el desfile.
El desfile... Sí, eso explicaba que hubiera tanto ruido en la calle, si se paraba a pensarlo.
El día anterior había leído en el periódico que habían organizado uno con el objetivo de darle la bienvenida al duque de Wellington.
Se había enterado de ello tras buscar información de los acontecimientos que habían tenido lugar durante el mes que había pasado fuera en el despacho de Theo, y se había percatado de que iba a necesitar días enteros para ponerse al día de todas las intrigas políticas.
Cuando se mudara a Escocia, iba a tener que sobornar a Ned para que la mantuviera informada.
Georgiana le acercó los papeles por encima de la mesa.
–Estos son para ti, Lydia. De parte de Selina.
Tenía que pasar por su casa de camino aquí, al fin y al cabo.
Esto es todo lo que ha podido recopilar de tu hermano, del espionaje francés y del Ministerio del Interior.
–Un hilillo de diversión se coló en su tono–.
Aunque, después de que le acabaran cerrando la puerta en las narices ayer en King Charles Street, estoy segura de que toda su lealtad al gobierno británico ha ido directita a ti.
Lydia tomó asiento ante el escritorio y comenzó a hojear los papeles mientras trataba de contener la sonrisita pícara que amenazaba con dibujársele en el rostro; la simple imagen de su amiga intentando sacar algo de parte del Ministerio del Interior y de que la despacharan tras ello era...
En fin, sentía hasta lástima del secretario que la hubiera atendido.
–¿Dónde pretende seguir buscando información? –le preguntó sin alzar la vista a medida que seguía pasando páginas.
Lo cierto era que nada le estaba resultando especialmente revelador. Había varias fechas que marcaban cuándo había recibido su hermano correspondencia en Belvoir y alguna que otra nota sobre la represión, tanto real como imaginaria, que ejercía el Ministerio contra los bonapartistas.
–Me pareció oírle decir que iba a acercarse a la casa de los Duggleby para hacerle una visita a Iris. Claro que, teniendo en cuenta que ni siquiera ella podría detener el desfile del duque, lo más seguro es que tenga que quedarse en tierra hasta que despejen el puente.
Al oír aquello, se quedó helada, con una hoja marcada con la caligrafía de Selina atrapada entre el pulgar y el índice. Lo que acababa de decir... Los papeles que tenía ante ella... Las cartas de Davis...
Cientos de fragmentos comenzaron a sortearse ante ella, como confeti de colores, para después reunificarse en una imagen completa en su mente.
El duque de Wellington.
Los bonapartistas.
El puente.
–Ya sé dónde está –susurró–. Davis. Y el visor.
Sus ojos viajaron hasta Arthur. Él había dado un paso en su dirección, pero de pronto se había detenido de golpe y tenía las manos aferradas en torno al respaldo de la silla; tanto que los nudillos se le estaban poniendo blancos.
–¿Dónde?
–En el desfile. –La voz le tembló–. Vi el itinerario ayer, en el periódico: cruza el puente de Londres y pasa justo por delante de la iglesia de St. Saviour.
–¿Crees que se encuentra allí, en el desfile?
–No, no. –Aunque... Dios, ojalá estuviera equivocándose. Deseaba estar equivocándose. Sin embargo, no. Dudaba que fuera el caso–. Creo que está en la iglesia. Creo que tiene intención de disparar desde allí.
Pese a que el rostro de Arthur había empalidecido, no rechazó la idea ni le pidió que explicara sus razones para creer en ello. Lo único fue...
–Pero ¿por qué? –preguntó con voz ronca–. ¿Por qué va a hacerlo?
–Dijiste que escuchaste a los Thibodeaux mencionar a un duque, ¿no es cierto?
Tenía que ser el duque de Wellington. Acaba de terminar la ocupación de Francia y ha vuelto a Inglaterra.
El desfile es en su honor, para darle la bienvenida tras su marcha, y él cerrará la comitiva, vestido con su uniforme militar y en un carruaje abierto.
–Volvió a alzar la vista hacia él, que clavaba sus ojos con intensidad en ella–.
No ha vuelto a vérsele en público sin la compañía de guardias armados desde el intento de asesinato que sufrió en París en febrero, pero, si tu hermano tiene el visor, bien podría tener a la mitad del cuerpo de los Bow Street a su disposición si quisiera; seguiría estando completamente expuesto.
–¿Pero por qué querría atacarlo?
Lydia sentía un nudo en la garganta.
Tendría que haberlo visto venir antes. Las pruebas estaban ahí: todo lo que sabía de Davis, la aparición de los Thibodeaux, cada brizna de conocimiento político que se interconectaba en su cerebro en una red interminable... Tendría que haber sabido unir los puntos.
–Uno de los primeros temas de los que hablamos en nuestras cartas fue la participación de las tropas escocesas en las guerras napoleónicas.
Tu hermano sostenía que Wellington y sus hombres los habían persuadido a base de promesas falsas.
Que no habían recibido una compensación justa por sus esfuerzos.
Y... –Entrelazó los dedos ante sí–. Y aunque nunca mencionó el tema, estos últimos meses ha habido un gran número de bonapartistas, los que organizaron el intento de asesinato del duque en febrero, que han sido exiliados de Francia.
Es posible que los Thibodeaux fueran parte de ellos.
Y también es posible que hayan logrado sumar a tu hermano a su causa.
La mirada de Arthur se había clavado en su rostro, y era evidente, por su expresión hermética, que se encontraba tratando de reprimir cualquier tipo de emoción.
Pero la creía.
El simple hecho de que lo hiciera se abrió hueco en algún punto de su pecho, y logró atravesar la ansiedad que se le acumulaba en la garganta. Confiaba en ella a ciegas.
De pronto, vio que sus párpados se cerraban.
–Muy bien. Iré a la iglesia. Tengo que tratar de detenerlo.
Se dirigió a la puerta, y Lydia se percató de que ya se había puesto en pie.
–Voy contigo.
Él se volvió para mirarla de nuevo y dio un paso hacia ella. Después, otro. Y sus ojos, cada uno de los aros azules, verdes y dorados que se los componían, recayeron en los suyos.
–No. No, Lydia. Necesito que te quedes aquí y que esperes a que vuelva tu hermano.
Ella negó con la cabeza, casi desesperada.
Sentía que le ardían los ojos. Había dejado de verle con claridad.
–No puedes ir solo. Estarías indefenso. Puede que no sea solo tu hermano quien se encuentre allí; podrían estar también los Thibodeaux y...