Capítulo 24 #3
El deseo puso su vientre en tensión al igual que su erección; sin embargo, ignoró lo que le pedía el cuerpo. Le movió las piernas hacia la cabecera del catre, de manera que sus pies regresaron al suelo, y entonces se puso de rodillas ante ella.
Ni siquiera supo qué era lo que quería. Porque la quería a ella, sí, y la necesidad de volver a sentir su cuerpo contra el suyo era casi insoportable. Y, aun así, por encima de aquello quedaba la necesidad de hacerle entender que, para él, su placer importaba más que el suyo propio.
Quería que creyera que no había cometido un error al acceder a casarse con él.
Y quería creérselo él también.
La miró a los ojos. Y, maldita sea, adoró verla así, desde donde se encontraba.
Se embebió de la visión de sus mejillas arreboladas, de las sombras que sus pestañas de cobre dibujaban sobre ellas, y de la forma en que sus piernas se fueron separando para abrir paso a sus hombros a medida que se colaba entre sus muslos.
Le alzó la falda. No llevaba ni medias ni enagua, solo la tela azul oscuro del vestido y la camisola blanca. Debajo, todo era calor y suavidad, piel desnuda.
Llevó la boca al interior de su pierna.
–¿Quieres que siga?
–Sí. Por favor.
Sonaba casi ahogada, y oír la aspereza de su voz tuvo efecto directo en él: le emborronó la visión, estuvo a punto de hacerle olvidar su objetivo, así que tuvo que obligarse a volver en sí.
Cada vez le costaba más pensar. Cada centímetro de ella lo excitaba: el ritmo de su respiración, el vaivén de su cintura al sentir que se iba acercando más y más a su sexo.
No tardó en encontrar la base de su pelvis y recorrió con la punta de un dedo la fina curva para, después, hacer lo propio con la lengua.
Oyó el gemido. Lydia apretó los hombros y sacudió la cintura con frenesí.
Arthur inclinó el rostro y comenzó a lamer, impregnándose del sabor de su excitación.
Ya estaba empa pada, y el simple hecho de confirmar cuánto le deseaba le envió una bocanada de calor, vibrante y descontrolada, por todo el cuerpo.
Quiso ponerse en pie y hacer que le rodeara la cintura con las piernas.
Por Dios, quería volver a estar dentro de ella.
Sin embargo, de nuevo, quería que fuera ella quien sintiera más placer.
Quería que se corriera con tanta fuerza que dejara incluso de ver, y quería, después, hacer que se volviera a correr.
Siguió lamiéndole y comenzó a introducir los primeros dos dedos. Lydia dejó escapar otro sonido incoherente y guio su cuerpo hacia allí donde su mano la rozaba, como si le estuviera atravesando la misma necesidad por llegar a la culminación que lo recorría a él.
Se echó un poco hacia atrás.
–Dime qué quieres –le pidió en un susurro–. Dímelo.
–No... No sé... Arthur, por favor.
Le temblaban los muslos, así que él se los acarició en un intento por calmarlo. Aunque, con los dos dedos de la mano contraria, se internó aún más en ella. Fue entonces cuando sintió que se constreñía, atrayéndolo hacia sí.
–¿Vas a correrte, amor mío?
–Sí. Arthur... No pares.
Dios. Le encantaba que dijera su nombre. Le apasionaba oírla, con voz ronca, jadeante y cerca de alcanzar el límite, y saber que era capaz de encender aquella llama en su interior; que era capaz de satisfacer sus necesidades con la boca, las manos y el cuerpo.
–Siempre voy a querer más –le dijo–. Más de ti.
Y gimió cuando volvió a llevar la boca a su zona más íntima, sin dejar de mover los dedos y la lengua.
Una de sus manos cayó de pronto sobre su pelo, como si fuera en busca de algo a lo que aferrarse a medida que su cintura se sacudía, desesperada. Arthur la mantuvo en el sitio con la palma en su abdomen y solo entonces sintió las contracciones rítmicas de su cuerpo y el sabor de su clímax.
Lydia, imbuida de placer, se quedó muda, jadeante y ardiente, y él solo se pudo poner en pie cuando le soltó. A continuación, llevó las manos directas a los botones de su vestido y se los desabrochó a toda prisa, tembloroso, liberando sus senos, generosos y de piel pálida.
Le pareció que el catre era demasiado pequeño.
Por ello, la apretó contra sí y le hizo abrir las piernas para que le rodeara la cintura, y los llevó a ambos al suelo. Le oyó dejar escapar un suspiró una vez se encontró sobre él, con las rodillas apoyadas a cada uno de los lados.
Sus temblores habían remitido un poco, pero, en cuanto Arthur capturó uno de sus pezones con los dientes, se duplicaron, y los gemidos que escapaban de sus labios fluctuaron al compás.
Él siguió pasando los labios por los extremos endurecidos y ella se apretó contra él para después buscar a tientas los amarres de sus pantalones. Sin embargo, él no se lo permitió.
Le colocó una mano sobre la suya y, cuando entrelazaron los dedos, los llevó tras sus faldas.
–Espera... –la oyó jadear–. No voy a poder...
–Sí. Claro que puedes. –Jugueteó con su pezón con la boca y luego con los dedos de la mano libre–. No hay prisa. Deja que siga un poco más.
Ella gimoteó y se aferró a su cintura.
Arthur comenzó a alzarla sobre él poco a poco, sin dejar de darle placer a un ritmo estable.
Tuvo cuidado y paciencia todo el tiempo.
En todo momento controló la apremiante necesidad que crecía en su interior cada vez que veía los regueros húmedos que había dejado su boca en sus pezones y que sentía sus caderas en torno a las suyas.
Guio una de sus manos y le pidió, en un suave susurro, que se tocara ella también. Aquello hizo que Lydia echara la cabeza hacia atrás y que su garganta quedara expuesta mientras sus pechos se arqueaban.
Quiso poder rozar con la boca cada centímetro de ella, quiso besarla de parte a parte. Jesús bendito, quería hasta lamer el trazo de sudor que le centelleaba entre los pechos y, después, deslizar su entrepierna también por el hueco que conformaban, como si de un valle se tratara.
La sentía temblar a medida que sus dedos se movían al unísono: los suyos en el interior de su cuerpo, y los de ella, a la altura del clítoris. La satisfacción se le esparcía por la piel. Sí. Quería que se corriera otra vez. Quería que... Quería que...
–Di mi nombre –le pidió con voz ronca.
–Arthur... –murmuró.
Oírlo de sus labios fue casi como alcanzar el clímax en sí; le provocó placer físico, una palpitación de necesidad. Entonces, sacó los dedos de su cuerpo y ella gimoteó en protesta, separando los párpados para buscar su rostro con aquellos ojos azules cubiertos de bruma.
–Dilo de nuevo –le ordenó él.
–Arthur.
Volvió a hundir los dedos en su interior y llegó el jadeo, tal vez suyo, tal vez de ella.
No lo sabía. Le daba la sensación de que la voz de Lydia era palpable, un pulso de dicha que le trepaba por la entrepierna mientras ambos movían sus manos al mismo tiempo.
Se sentía hasta mareado por el placer que le había causado que pronunciara su nombre en alto.
Había querido mostrarle, demostrarle, que podía darle lo que necesitaba; que podía controlar sus propios instintos para dedicarse a ella por completo, una y otra vez, hasta que se quedara exhausta y sin fuerza.
Y, aun así, lo muchísimo que deseaba su cuerpo no se parecía en absoluto a cuánto anhelaba su corazón.
Le parecía increíble cuánto se había afilado aquella necesidad, lo rápido que había sido. Y no sabía cómo controlarla. No podía.
Se fijó en que había vuelto a bajar las pestañas y en que ahora le rozaban las mejillas.
–Abre los ojos –le pidió–. Mírame. –Ella lo hizo. Tenía los labios separados y el pelo aún húmedo por la lluvia–. Quiero que te corras otra vez. Para mí.
«Para mí». Dos palabras que no había podido decir cuando estaba solo; dos palabras que se le habían clavado en el pecho.
Quería satisfacerla. Y, Dios santo, lo había hecho.
Adoraba la forma en la que había conseguido ruborizarla y deshacerla.
.., pero no todo era por ella. Quería unirlos a ambos a base de placer, quería que viera que pretendía quebrarla una y otra vez, y que nunca volviera a necesitar nada excepto aquello. Excepto a él.
Se sentía desarticulado, carente de todo control a causa del deseo, avergonzado por su propio egoísmo, pero también desesperado por ver de nuevo cómo alcanzaba el clímax ante él.
–Pero quiero que tú lo hagas conmigo –le dijo ella con la voz rota–. Quiero que lo hagamos juntos esta vez. Por favor, Arthur.
Y supo que nunca le diría que no.
Que le daría todo lo que quisiera, costara lo que costase.
Se desabrochó los pantalones de inmediato y la tomó por las nalgas para impulsarla hacia arriba.
–Apoya las manos en mí. –Le tembló la voz–. Deja que vaya entrando.
Y eso hizo ella. Sus dedos temblaban de puro placer y, cuando comenzó a penetrarla, el simple deslizar, lento y eufórico, creyó estar a punto de derrumbarse.
Sin embargo, ella dejó caer la cabeza contra su hombro, apoyando los pechos contra su piel, y aferró con fuerza la tela de su camisa mientras sus muslos empezaban a sacudirse.
Él la alzó, acercándola a sí, y se balanceó contra ella, en movimientos cortos y profundos que lo llevaron al borde del orgasmo. Casi.
Lydia gritó cuando alcanzó el clímax, y lo que pronunciaron sus labios fue de nuevo su nombre.
«Te quiero –pensó mientras se separaba de ella y derramaba su semilla, con un gemido desesperado, en la cuna que conformaban sus piernas–. Ahora y siempre».
Aun así, no lo dijo en alto. Se quedó aquellas palabras en el pecho, tan frágiles e infinitas como una llama.