Capítulo 24 #2
Él soltó una carcajada, y ella se contagió, pero acabó enterrando el rostro contra el vaso para darle un sorbo.
A continuación, y para su sorpresa, alzó las piernas para doblarlas sobre la cama y se juntó un poco más a él.
De inmediato, su brazo viajó hasta su cintura para rodearla y la oyó suspirar mientras se apoyaba contra su cuerpo.
Dios santo. Jamás había imaginado que podía sentir algo como aquello, algo así de sencillo y cálido y cercano; era como si la hubieran hecho para que encajara bajo la curva de su cuerpo.
Empezó a acariciarle el antebrazo, deleitándose en la suavidad de su piel.
¿De verdad iba a poder tener aquello cada noche?
¿A ella entre los brazos, siempre tan luminosa y vibrante de ingenio y valiente y, por ello, capaz de quebrarle el corazón?
Aun así, era lo que deseaba. Nunca antes había querido algo de esa forma, con tanta intensidad, por mucho que fuera consciente de que el simple hecho de desearlo suponía un riesgo inmenso.
Lydia comenzó a hacer rodar el vaso entre las palmas, despacio. Y después alzó la voz: –Siento mucho lo de antes. Lo de tu hermano.
La mano con la que la acariciaba se le tensó de inmediato, aunque logró calmarse casi al instante.
–¿Que lo sientes...? ¿Por qué?
–Imagino lo difícil que ha debido de ser para ti descubrir todo eso... Que pretende emplear el visor para hacer daño.
Entonces tomó aire; lo sintió hundirse en su pecho.
–No, no ha sido fácil. Aunque, en realidad, me culpo a mí mismo casi tanto como a él. No puedo evitar pensar que, si no hubiera creado el visor, nada de esto habría pasado. Es más: si hubiera sido capaz de anteponerme a sus intenciones, ni siquiera se lo habría mostrado.
Lydia alzó el rostro y su boca quedó muy cerca de la suya.
–No digas tonterías. Tú no has hecho nada malo. No puedes culparte por los pecados de tu hermano, Arthur.
–Te aseguro que sí: puedo y mucho.
–¿Y por qué exactamente?
Sintió que los labios se le torcían, pero se aseguró de tragarse la amargura antes de responder: –Porque tendría que haberlo sabido. Porque no debería haberme dejado cegar por la necesidad de creer que había vuelto de verdad y no haber sido capaz de ver lo que era evidente.
–¿A qué te refieres?
Su pregunta fue un susurro suave en mitad de las sombras del despacho.
Las brasas de la chimenea se habían ido consumiendo, pero no se levantó para avivarlas; se limitó a sostener a Lydia –su Lydia, su amor– entre los brazos, y de pronto le vinieron a la mente su familia y la sobreprotección a la que la sometían, todos sus malentendidos, y también el cariño que se profesaban.
Sabía que ella le entendería.
–Cuando Davis nació, yo tenía cinco años y creía que me pertenecía.
Nuestra madre siempre decía que los primeros meses le tuve miedo, aunque yo de eso no me acuerdo.
Pero lo que sí recuerdo era lo gordito que era y que quería llevármelo conmigo allá donde fuera: a nuestra salita, a la cocina, al arroyo.
.. Le encantaban las tartas de mermelada, y los peces le asustaban siempre.
Aquello, por alguna razón, seguía haciéndole gracia.
Lo recordaba así: con aquel brillo pícaro en los ojos y la forma en la que siempre se escapaba de sus lecciones con la institutriz e iba a buscarle.
No obstante, las veces que había tratado de enseñarle a pescar truchas había acabado llorando a lágrima viva y lanzándolas de nuevo, una por una, de vuelta al agua.
–Mi padre decidió mandarlo a Eton con nueve años. Era muy joven, más que la mayoría de los chicos que iban allí, y...
Había estado aterrorizado. Sabía que su madre, si hubiera estado viva, se habría negado, pero por aquel entonces llevaba ya casi un año muerta y el frío autoritarismo de su padre había acabado primando.
–Lloraba a mares –continuó–. Mientras nuestro padre lo obligaba a subir a la diligencia, comenzó a decir que se porta ría bien, que dejaría de molestar a los corderos.
Creo que se pensaba que lo estábamos mandando allí como castigo.
Debía de creer que ese era el peor acto que había cometido jamás: molestar a los corderos.
Lydia se acurrucó contra él, colocando la cabeza contra su cuello. Su dulce aroma le llenó los pulmones mientras la rodeaba con ambos brazos.
–Le pedí a mi padre que me permitiera ir con él, pero no me dejó. Me dijo que era una tontería pagar todo el dinero que le supondría que fuera; que era mi hermano quien tenía verdadero potencial, y yo... –Se detuvo. Tragó saliva–. Era un niño estúpido y me quedé callado.
–No –susurró ella–. Eras un niño, Arthur, y él era tu padre. No fue culpa tuya.
Dejó el vaso de brandy en el suelo. Él lo apartó del catre con la punta del zapato.
–Tal vez no, pero podría haber hecho algo más.
Después, cuando murió, pensé que las cosas podrían cambiar.
–Una parte de él había tenido la esperanza de que, una vez que el culpable de que existiera aquella rivalidad entre ambos no estuviera, su relación comenzaría a ser diferente–.
Pensé que querría volver a Strathrannoch.
Pero había comenzado a pedirle demasiadas cosas: le había insistido para que regresara de Londres, que era donde había comenzado a vivir tras acabar sus estudios en Eton, con sus amigos.
Y, cada vez que él se había negado, había persistido con mayor ahínco.
Se recordaba a sí mismo, con la pluma fija en el papel mientras miraba a su alrededor, a los estantes del despacho, vacíos después de que hubiera tenido que vender todos los libros para seguir costeando su educación.
Siempre le había querido, pero también le había envidiado tanto desde que tenía memoria que había dejado de pensar con claridad.
–No conseguí que regresara a casa. La culpa y la vergüenza que sentía me llevaron a culparlo a él del estado el castillo, y con eso solo logré alejarlo más de mí. Llevaba años viéndole cambiar, viendo cómo nuestro padre nos...
Se detuvo porque, de pronto, no supo cómo continuar.
Porque, de pronto, no quiso continuar. No quería decirlo en alto.
No quería contárselo a ella. Aunque tal vez fuera una tontería.
.. ¿No se encontraba junto a él en ese instante?
Era ella quien había decidido estar con él, al fin y al cabo.
Y, aun así, no quería decirle que sabía que su padre siempre había preferido a su hermano.
–Os comparaba –supuso entonces ella; fue un susurro.
–Sí. Por decirlo de alguna forma.
Aunque no había llegado haber una competición por su afecto como tal en ningún momento; él la había perdido antes incluso de que empezara.
Apoyó la mejilla contra su cabello.
–Creo que... Dios. Creo que una parte de mí no ha dejado nunca de verlo como el niño que fue en el pasado.
El chiquillo que prometía que se portaría bien; el chiquillo que quería hacerlo de verdad y que quería quedarse a mi lado.
Y, cuando volvió al castillo, no necesitó nada para hacerme creer que pretendía quedarse; yo mismo quise creerlo.
–Pero eso no te hace ser culpable de nada. No cometiste ningún error. Le quieres, Arthur, y no vas a dejar de quererle por mucho daño que te haya podido hacer.
–No –murmuró–. Se ve que no.
Había muchas cosas que había creído tener enterradas –bien hundidas en el pasado junto a sus heridas de la infancia– que habían comenzado a resurgir a la superficie desde que ella había llegado a Strathrannoch Castle: el deseo –dulce y doloroso– de formar una familia; la necesidad de que lo eligieran por ser quien era.
No alcanzaba a encontrar las palabras para expresar lo que quería decirle; para hablar a la mujer que iba a convertirse en su esposa. No sabía cómo decirle que quería mucho más que unirse a ella en matrimonio. Que quería más que solo su cuerpo.
Quería su corazón, su amor y un futuro a su lado. Lo quería todo.
Aunque quizás... Era posible que ya fuese consciente de ello, incluso sin que fuera necesario que lo dijera en voz alta. Había ido hasta allí, al fin y al cabo. Se encontraba junto a él, no lo había dejado solo, y ni siquiera había tenido que pedírselo.
–Gracias –susurró. Sus pulgares se habían topado con los delicados huesos de sus muñecas. Comenzó a recorrérselos y, mientras lo hacía, sintió la gratitud como una ola fiera y arrasadora que fue creciendo en su interior de la misma forma repentina en que lo hacía el deseo–. Gracias por todo.
–Oh. –Lydia dio la vuelta a sus manos para que sus palmas se encontraran y poder entrelazar los dedos con los suyos–. Pero... no ha sido cosa mía; ha sido Selina quien lo ha dispuesto todo.
Él la aferró con más fuerza.
–No, Lydia. Fuiste tú quien descubrió lo de Haddon Grange y por quien fuimos hasta allí.
Al igual que con Kilbride House. Has sido tú quien nos ha conducido hasta las personas que podían darnos las respuestas que necesitábamos gracias a que recopilaste las cartas de mi hermano y a sus papeles.
Y también... –Tragó saliva, en un intento por llevarse también el ardiente e incómodo nudo que se le había formado en la garganta–.
Estás aquí. Y no sabes... No sabes cuánto me alegro de que estés aquí.
Ella se volvió y alzó el rostro.
Y besarla, se percató, fue de pronto tan urgente como respirar. Más, incluso.
Sintió su calidez, el sabor a brandy en su boca.
Su boca... Dios, jamás iba a ser capaz de dejar de pensar en su boca.
Ni de desear tenerla contra la suya. Se recreó en la curva de su labio inferior y recorrió con la lengua el arco que conformaba el superior.
Oyó que dejaba escapar un sonidito cargado de necesidad desde la parte trasera de la garganta y notó que se inclinaba hacia él.
Sus pechos encontraron la fina tela de su camisa.
Arthur la tomó por la cintura, aunque le aferró un pecho con la mano al mismo tiempo. Ella se retorció al contacto y, a través de su vestido, sintió su pezón endurecido. Jugueteó con él despacio, con el pulgar y el índice, lo que le arrancó otro gemido, esta vez más fuerte.