Capítulo 24
Quería decirte
Me gustaría poder hablar contigo de
Si decidieras volver a casa
De Arthur Baird para Davis Baird, en una carta que terminó arrugada y arrojada al fuego.
E n mitad de la penumbra que cubría el despacho de la biblioteca Belvoir, Arthur contempló los regueros que dibujaba la lluvia en las ventanas de vidrio emplomado.
La duquesa, que había demostrado ser el doble de competente de lo que ya había inferido por la forma en que Lydia hablaba de ella, había sacado de un armario un catre plegable de estilo militar y lo había dispuesto para que pudiera dormir.
Además, le había hecho llegar algo de cena, un decantador de brandy, y le había dicho que el ayuda de cámara de su esposo se encargaría de atenderlo a la mañana siguiente; una cantidad de lujos a los que no estaba en absoluto acostumbrado y que seguía sin saber cómo tomarse.
No sabía cómo gestionar nada de lo que estaba ocurriendo en general.
Había llevado el catre hasta la pared del fondo, contra la que había acabado apoyando la espalda tras tomar asiento en él. Desde donde se encontraba, alcanzaba a ver a través del cristal el callejón por el que Selina había dicho que era posible que apareciera Jasper y dejara una nota.
Una parte de él sabía que no iba a ser capaz de permanecer despierto durante cuarenta y ocho horas, pero suponía que al menos merecía la pena intentarlo.
Merecía la pena intentar lo que fuera. Se sentía incómodo, repleto de dudas, y casi desesperado por lo mucho que necesitaba que funcionara aquello.
Además, había odiado tener que separarse de Lydia. El simple hecho de verla marchar por la puerta trasera y ser testigo de la vacilación en su rostro pálido en la distancia le había parecido un agravio contra sí mismo.
Y, sin embargo, era consciente de que tenía que hacerlo. Eran muchísimas las personas –ella, Huw, Georgiana, y ahora sus amigas– que habían hecho el intento de ayudarle, y su disposición genuina no había hecho sino agudizar el miedo en su interior como si del filo de una cuchilla se tratara.
No sabía cómo reaccionar ante toda aquella generosidad. Bastante le había costado ya –hasta un punto casi doloroso– pedirle a Lydia que lo ayudara, y eso que había sido ella quien había acudido a él, y pedírselo a ellas, que eran unas completas desconocidas, no había sido menos. Al contrario.
Porque, por su culpa, existía la posibilidad de que estuvieran poniéndose en peligro.
Porque, por su culpa, Lydia había ido tras el carruaje de los Thibodeaux, y bien podrían haberle hecho daño con las armas que llevaban.
Y todo porque no había sido capaz de anticipar las intenciones de su hermano; porque no había podido evitar que tomara aquel camino indefendible. Porque él solo no era suficiente.
Ver la ilustración de la iglesia de St. Saviour en aquellos regueros amarronados había sido como si le pasaran un fragmento de cristal por la piel.
No se había percatado hasta ese momento de cuánto deseaba que todo aquello fuera algún tipo de malentendido; hasta entonces, había creído que se había evaporado hasta la última gota de esperanza que había sentido por su hermano y, sin embargo, había visto que seguía allí, afianzada en su interior.
Tener esperanza era peligroso. Tener esperanza hacía que el rango de decepción aumentara hasta límites insospechados, y era consciente de ello.
Y era la razón por la que, con Lydia, parecía que su miedo aumentaba en consonancia con los deseos de su corazón.
La quería, y tenía miedo de no ser capaz de ser suficiente para ella.
Las diferencias entre sus familias se le hacían ahora incluso más evidentes: ella con sus hermanos siempre tempestuosos, pero que la adoraban, y él, ansioso por evitar que el suyo pudiera hacer daño a los demás. Que pudiera perder un trozo de su alma.
Y, pese a todo, no podía evitarlo.
La quería y estaba dispuesto a hacer lo que fuera si...
Se puso en pie de inmediato.
Había alguien en el callejón, con una capa con capucha que le protegía de la lluvia.
En cuestión de unos segundos, cruzó el despacho y se descubrió bajando las escaleras; avanzó todo lo rápido que pudo hasta que alcanzó la parte de atrás del edificio, encontró la puerta trasera y la abrió.
Ante él, con el puño alzado como si estuviera a punto de llamar, se encontraba Lydia.
Ni siquiera fue capaz de pensar; tan solo actuó. La tomó por la cintura –y, por Dios, estaba empapada; aquella noche de mediados de noviembre estaba siendo heladora– y la arrastró al interior. Después, cerró la puerta a su espalda.
–¿Está todo bien? –quiso saber.
La capucha cayó tras su nuca. Varios regueros de agua le caían por el pelo y hacían que la capa se le pegara al pelo.
–Madre de Dios. Sí, todo está perfectamente. Le he pedido a Nora que estuviera atenta por si Jasper volvía a casa.
De pronto, Arthur tenía ambas manos en su cintura.
–¿Y qué estás haciendo aquí?
–He venido a verte. Estaba... preocupada por ti. Te he visto raro antes, cuando me he ido.
–¿Que estabas preocupada por mí?
Al oírle, sus mejillas adquirieron todo un amanecer de color.
–No me parece que sea algo tan absurdo.
–No, no –se apresuró a decir; no pensaba dejar que se avergonzara por su culpa–.
No es absurdo; es que... –No lo esperaba.
No recordaba cuándo había sido la última vez que alguien le había dicho aquello.
Sacudió la cabeza para apartar el pensamiento y retomó la palabra–: Estamos en mitad de la noche y está diluviando. ¿Cómo has venido hasta aquí?
Ella alzó la barbilla.
–Le pedí a uno de los mozos de cuadra y a un lacayo que me prepararan un carruaje. No es la primera vez que vengo hasta aquí yo sola, ¿sabes? Ni la décima. Además... –Dudó–. No podía dormir.
–Dios mío... –La abrazó contra él, apoyando la barbilla en la parte superior de su cabeza–. Estás empapada.
La sintió retorcerse, y su cuerpo –su estúpido cuerpo– reaccionó al instante y con vehemencia.
–Suéltame antes de que te empape a ti –le ordenó contra el pecho de su camisa–. Vayamos al despacho. He pensado que quizás... Que quizás podría acompañarte mientras esperas y echarte una mano.
Tuvo que obligarse a dejarla ir.
Por Dios, no sabía por qué razón, cada vez que le ofrecía ayuda –siempre tan dispuesta, tan generosa–, le dolía el pecho como si alguien le estuviera presionando una herida abierta.
Dejó que ella encabezara la marcha hacia arriba y, cuando por fin se internó en el despacho, él avanzó tras ella y cerró la puerta a sus espaldas.
–Está siendo una noche digna de Escocia, con esta lluvia –comentó, y se dirigió hacia el aparador para servirle brandy en un vaso–. De hecho, dudo bastante que tu hermano aparezca. Lo más probable es que no se acerque hasta mañana.
Cuando se dio la vuelta, la encontró con las manos entre sus faldas. Se había quitado la capa y las botas y, bajo su mirada, se deshizo también de sus medias empapadas. Estuvo a punto de caérsele el vaso.
Lydia alzó la mirada. Tenía las mejillas sonrosadas.
–A mí me gusta este tiempo. Aunque me haya destrozado las medias.
–Ya –dijo. Se fijó en que el color del pelo se le había oscurecido y en que la curva de su boca era pura dulzura–. A mí también me gusta.
Se dirigió hacia el catre, con el vaso envuelto entre las manos, mientras ella colgaba las medias ante el fuego de la chimenea.
Después, se encaminó hacia él y pasó por delante del escritorio.
De repente, su mirada revoloteó por encima de los cientos de papeles que se acumulaban sobre la superficie y se detuvo, sorprendida.
–¿Te has leído mis panfletos?
Arthur siguió la dirección de su mirada.
Se había topado con ellos mientras daba vueltas por el despacho: Reflexiones sobre el matrimonio , La igualdad entre ambos sexos , Comentario sobre los inconmensurables daños derivados del encarcelamiento de deudores , todos ellos bajo el pseudónimo que sabía que empleaba: «H».
Sí, se los había leído. Y había sentido una inmensa bocanada de admiración mientras lo hacía.
Le había embargado el orgullo al ser testigo de cómo lograba hacerse escuchar, a pesar del esfuerzo que le suponía cada día; a pesar del peso de aquella sociedad, que se aseguraba de apartar hacia los márgenes las voces de las mujeres.
Había sentido que la oía a ella en cada párrafo, obstinada y persistente y fiel defensora de las causas en las que creía.
Sin embargo, la experiencia no había sido placentera todo el tiempo porque, a medida que había ido leyendo, había ido percibiendo ecos de las conversaciones que había compartido con su hermano a lo largo de los años de correspondencia que habían mantenido, y una parte de él había comenzado a sentir miedo de. ..
De todo tipo de cosas que sabía que eran estúpidas pero que, aun así, no podían serle más familiares. De ser demasiado torpe e ignorante. De no ser capaz de igualar su inteligencia, su ingenio y amplitud de miras. De saberse conocedor de su incapacidad de darle lo que necesitaba de verdad.
Se había obligado a apartar el miedo a un lado.
–Sí, los he leído. Y tus ideas radicales no me han hecho querer huir despavorido. Así pues, dinna fash .
Cuando sus miradas se encontraron, se dio cuenta de que una de las comisuras de sus labios se había alzado.
–Eso es porque no has leído los peores; hay muchos que aún no se han publicado.
–Algo me dice que encontraré la manera de soportarlo.
Aquello hizo que se le extendiera la sonrisa. Después, terminó de recorrer el camino hasta él y se sentó a su lado, sobre el fino colchón del catre. Arthur le tendió el vaso de brandy, y sus dedos se rozaron mientras lo tomaba.
–Aunque tal vez debas reconsiderar tu deseo de abolir la aristocracia –caviló–, por eso de que ahora vas a convertirte en condesa.
Lydia alzó la barbilla con cierta altanería regia.
–Si crees que no pretendo socavar el sistema desde dentro, estás muy equivocado.