Un conde en apuros Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

–Sé que esto puede parecer un poco fuera de lugar –se adelantó Selina–, pero he pensado que sería interesante incluir a Iris en nuestra reunión.

Si estamos los cinco, mayor es la probabilidad de descubrir cuáles son las intenciones o el paradero del hermano del conde gracias a sus papeles.

–Dirigió la vista a Arthur–. Le aseguro, lord Strathrannoch, que puede confiar en que todo lo que se trate entre estas paredes quedará en total confidencialidad.

Tanto Lydia, como Iris, como Georgiana llevan años confiándome sus secretos; su implicación en este cometido. ..

–No –replicó él.

Hubo un instante de silencio.

–No –repitió–. No voy a permitir que las transgresiones de mi familia se sigan extendiendo, maldita sea. Preferiría evitar tener que poner a más gente en peligro. Bastante tengo ya con haber tenido que implicarte a ti, Lydia.

Georgiana arqueó una ceja.

–Me parece que yo también lo estoy, al menos hasta donde yo sé.

–Arthur –Lydia entrelazó los dedos sobre su regazo–, Selina tiene razón: encontrar a nuestros hermanos debería primar por encima de la posibilidad de poner a alguien más en peligro. Es bastante poco probable que...

–¿«Poco probable»? –La piel del cuello había comenzado a ponérsele roja–. ¿Acaso has olvidado que dos personas que creemos que pueden ser espías franceses se colaron en tu dormitorio de Kilbride House para rebuscar entre tus cosas?

–En realidad, Selina también está implicada –terció Georgiana–. De hecho, creo que, llegado a este punto, la gran mayoría de las mujeres que nos encontramos en este despacho lo estamos.

Lydia hizo caso omiso a su comentario. Separó los dedos, hizo acopio de toda su entereza y los apoyó en el brazo de Arthur.

–Lo sé. Sé que todo esto te preocupa y...

–Por Dios, Lydia. Decir que «me preocupa» se queda corto.

–... Pero los Thibodeaux podrían encontrarse tras la pista de mi hermano en este mismo instante. Tenemos que encontrarlo. Y también a Davis. Si Selina cree que esta es la mejor opción que tenemos para conseguirlo, yo confío en ella.

Él se la quedó mirando. De pronto, le acarició el dorso de la mano con el pulgar.

–No me gusta la idea de seguir sumando gente a mis intentos de solucionar los problemas que va causando mi familia. Ya detesté tener que pedirte a ti que lo hicieras.

–Si sirve de algo –intervino entonces Iris–, nadie me ha informado de nada. Lo único que sabíamos era que debíamos presentarnos aquí a esta hora. Y la verdad es que estoy comenzando a preguntarme qué pinto yo en todo esto.

–No te preocupes –le dijo Georgiana–. Para Strathrannoch, el resto del mundo se vuelve invisible cuando Lydia está cerca. Una se acaba acostumbrando.

Al oír aquello, algo revoloteó en su estómago, pero optó por alzar la vista y volver a clavarla en Arthur para ignorarlo.

–Por favor –le pidió–. De verdad creo que esto es lo correcto.

Él se pasó la mano por la nuca, sin apartar la atención de ella; sus ojos habían tomado cientos de tonos de preocupación en verde y dorado.

–De acuerdo –claudicó–. Adelante. Si confías en ellas, confío en ti, Lydia.

Ella le apretó los dedos y él correspondió. Y permanecieron así durante los siguientes minutos, mientras Lydia le explicaba la situación a Iris y Georgiana sacaba las cartas y los papeles de Davis. Ninguno se separó.

–En fin –dijo Selina cuando ella terminó y todo se encontró dispuesto ante sus miradas–-. Cuando me dijiste que lo que ponía aquí no era demasiado legible, lo último a lo que esperaba que te refirieras era a que es invisible.

–No es invisible –replicó ella–. Lo que ocurre es que... cuesta leerlo. –Tomó uno de los papeles y lo dispuso a la luz para comenzar a moverlo e inclinarlo hasta que las sombras recayeran sobre las marcas que habían quedado bajo el paso de la pluma–. Se ve si te esfuerzas un poco.

–A mí todo esto me parece emocionantísimo –opinó Iris–.

Llevaba siglos deseando poner en práctica el estudio de palimpsestos arqueológicos de Niebuhr-Savigny.

Claro que supongo que es bastante probable que emplear ácido gálico sobre papel, en lugar de en vitela, pueda acabar rompiéndolo.

Sería contraproducente. –Se pasó el pulgar por los labios–.

Tal vez podríamos optar por un baño de tinta ferrogálica.

Se hizo un nuevo silencio.

–¿Sabes qué...? –comenzó a preguntar Arthur.

Lydia negó con la cabeza.

–No tengo ni la menor idea.

Aunque Iris no pareció escucharlos; se apartó el pelo negro del rostro y, con aire distraído, se lo recogió con una pluma manchada de tinta que había en el escritorio de Selina. Después, se dispuso a extender los papeles ante ella. Tomó el tintero y una pequeña jarra que reposaba en un aparador.

A continuación, pidió que le trajeran una taza de té y, una vez la hubo obtenido, se mordió el labio y comenzó a llevar a cabo una especie de experimento químico en el interior de la jarra.

Al acabar, se quitó el recogido y, tras poner una mueca mientras el pelo le volvía a caer sobre los hombros, introdujo la pluma en el líquido resultante.

Con mano firme, la pasó por encima de una de las hojas y dejó a su paso un reguero amarronado que, bajo las miradas atentas, se fue introduciendo en las marcas plasmadas en el papel.

Después, sopló un poco, pero lo cierto es que no fue necesario que se secara.

De pronto, alcanzaban a ver a la perfección cada una de las líneas.

Selina dejó escapar un sonidito ahogado tras los dedos.

–Venga, sí –bufó Lydia–, dilo.

–No voy a decir nada.

–Pero ha sido cosa tuya. Dijiste que nos sería útil contar con Iris.

–Sería muy engreído por mi parte.

–Ya lo está siendo. Tienes la cara que pondría un gato tras haber logrado zamparse el pavo de la comida de Navidad entero.

Ella soltó una carcajada.

Los demás, a medida que Iris siguió revelando más frases ocultas a base de pinceladas cautelosas y manchas de té, fueron revisando las cartas y los papeles que Georgiana había traído.

Sus especulaciones eran bastante similares a las de Arthur y ella: se trataba de bocetos del diseño del visor, y las cifras debían de representar el rango de disparo.

Lydia apretó los dientes mientras revisaba una de las cartas que le acababa de tender Selina.

–¿Has visto algo que se me pudiera haber pasado a mí? Aquí habla de Piccadilly. Hay más cartas en las que me pregunta sobre distintos lugares de Londres, pero no recuerdo cuáles eran exactamente.

Su amiga negó. La frustración fue casi palpable a la altura de su mandíbula cuando, con movimientos rápidos y eficientes, tomó un taco de hojas y lo enderezó.

–Ni idea. Da la sensación de que sí pretende darle uso a los visores, a juzgar por los diagramas, pero en ningún momento dice cuándo ni dónde. Puede que ni siquiera tuviera intención de hacerlo aquí.

–Sé dónde es esto –dijo de pronto Georgiana. Se encontraba examinando uno de los papeles que había bañado Iris–. He estado aquí.

Arthur se dirigió al escritorito para echar un vistazo.

Lydia sintió que se quedaba helada en la silla.

–¿Dónde es? ¿Qué es?

–Es la iglesia de St. Saviour –respondió ella, sin apartar la vista de la hoja–.

Ambienté una de mis novelas en ella. Por dentro está prácticamente en ruinas.

Todo está cubierto de telarañas y la mayor parte de los muebles se han podrido.

Son de la época medieval. Estuve en ella varias veces el año pasado mientras me documentaba.

Tuve que colarme: tiene dos puertas, y ambas estaban cerradas con candado.

Selina también se había puesto en pie.

–Pero ahora se encuentra en restauración. Recibimos una petición de donación para el proyecto.

–Sí –asintió ella–. Intenté volver hace unos meses y ya no pude entrar. Están reconstruyendo la torre central desde cero y pretenden demoler la capilla entera.

–Pero –atajó Lydia– ¿por qué estaría Davis interesado en ella?

Arthur se había detenido junto a Georgiana y tenía la vista clavada en el papel.

–La torre –dijo, despacio–. ¿Se alcanza a ver la ciudad desde arriba?

Selina se llevó una mano a las clavículas.

–Más o menos; da al Támesis y al puente de Londres.

–Pero tendría un excelente rango de alcance desde allí. Casi tanto como desde las murallas de Strathrannoch Castle.

Lydia sintió que se le helaba la sangre.

El visor... Las murallas... Aquel pino que apenas había alcanzado a distinguir en la distancia. Y, de pronto, aquella ilustración de la iglesia de St. Saviour.

Por alguna razón, en ningún momento había llegado a creer que de verdad Davis pretendiera hacer daño mediante el uso del visor.

A una parte de ella le parecía imposible que él, aquel joven encantador e irrefrenable con el que había mantenido correspondencia durante aquellos tres años, estuviera organizando algún tipo de ataque.

Y, sin embargo, la iglesia... Las notas con el rango de alcance de las armas...

Las pruebas, por circunstanciales que fueran, resultaban inquietantes. Aun así, le costaba relacionarlas con la persona que creía haber conocido.

–Tenemos que contárselo a Jasper –dijo–. Tenemos que ponernos en contacto con él cuanto antes.

–Sí –asintió Selina–. Lo que suelo hacer cuando le llega algún mensaje es dejar un libro de encuadernación roja junto a la ventana del despacho, para que le sirva de señal y pueda verlo desde la calle.

Normalmente, recibo una nota de su parte en cuestión de uno o dos días, y me propone una hora para que me reúna con él y se lo entregue.

Una oleada de alivio la recorrió de arriba abajo.

–Bien. Mientras, puedo esperar en casa a que vuelva. Cabe la posibilidad de que sea allí donde vaya primero, y así, en caso de que lo haga, podría alertarle de inmediato.

Selina asintió varias veces antes de volverse hacia Arthur: –Strathrannoch, si a usted le parece bien, mientras esperamos a que aparezca, me gustaría hacerle llegar toda esta información sobre el visor y la iglesia de St. Saviour al Ministerio del Interior.

–Sí, por supuesto. –Aunque dudó. Sus ojos, cuyos colores habían quedados sumidos en sombras, viajaron de ella a Lydia, y después de vuelta–. Aunque me gustaría pedirle que me dejara quedarme en su biblioteca.

–¿Aquí? ¿Por qué?

–Porque si Jasper aparece, podría tratar de hablar con él. Debo... –Su voz tembló un tanto–. Me gustaría preguntarle un par de cosas sobre mi hermano. Descubrir si sabe algo de él.

–Ah. –Su rostro se relajó–. Sí, le entiendo. Aunque le aseguro, Strathrannoch, que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarle a encontrarlo antes de que pueda llegar a emplear cualquier tipo de arma.

Él mantuvo la mandíbula firme y su expresión implacable. Después, volvió a contemplar los papeles que reposaban en el escritorio y asintió.

Sin embargo, ya no dijo palabra.