Un conde en apuros Capítulo 23
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Capítulo 23

Querida amiga,

te hago llegar una copia avanzada de los panfletos de preservativos que tengo intención de publicar en Belvoir. En caso de que no te sean de utilidad, considera esto una petición para que estimes la calidad de las viñetas que los encabezan (¡a mí me parecen realmente ilustrativas!).

De Selina para Lydia.

L ydia estaba sentada con las piernas cruzadas, vestida con su ropa de noche y observando al hombre que reposaba en su cama.

Arthur seguía dormido. Tenía los rizos revueltos y uno de sus musculosos brazos apoyado en el rostro.

Tras las cuatro noches que habían pasado en el carruaje, ambos habían dormido a pierna suelta.

Claro que no sabía si su madre había preparado alguna habitación separada para él, pero tampoco nadie los había interrumpido. Ni siquiera habían llamado a la puerta.

Lo que la había despertado había sido la luz del amanecer; bajo su tenue resplandor, se había cubierto con su chal de muselina y se había puesto a buscar algo con lo que él pudiera vestirse después.

Porque, por supuesto, no iba a volver a llevar el uniforme del servicio.

De hecho, pretendía vengarse de su hermano por aquello (aunque primero tuviera que dejar de soltar risitas al recordarlo).

De pronto, las pestañas de Arthur, acabadas en puntas de oro, se tambalearon un tanto. También tenía regueros dorados en la barba que le cubría las mejillas y la mandíbula, y Lydia se descubrió con el impulso de acariciárselas; de sentir su roce áspero contra los labios.

Pensó que tal vez ahora podía hacerlo. Que lo tenía permitido.

Y tal vez incluso, allí, aquella mañana, a él le agradaría que lo hiciera.

Sintió una especie de esperanza cauta y tentativa en el pecho, que se le esparcía pétalo a pétalo, y pensó que quizás más adelante tendría muchos más despertares como aquel, pintados del color del amanecer, tras haber dormido junto a su calor. Quería tenerlos, todos y cada uno de ellos.

No obstante, aquel no tardó en desvanecerse.

Primero oyó cierto revuelo tras la puerta y, después, la voz de Nora, su doncella: –Disculpe, señorita, ¿puedo entrar?

Arthur abrió los ojos de inmediato y los dirigió a su rostro.

–¿Lydia...?

Después, alzó un brazo, giró sobre sí mismo hacia un lado y le rodeó la cintura. Lo hizo con tanta intensidad que estuvo a punto de caer contra él, pero lo que acabó haciendo fue colocar el rostro sobre la tela de muselina que le cubría el muslo.

Y Lydia no pudo contenerse: enredó los dedos en su cabello.

–Buenos días. –Él, sin embargo, no se movió; se limitó a murmurar algo inaudible contra su regazo y ella soltó una carcajada–. Está mi doncella en la puerta.

Solo entonces, él movió el rostro, lo suficiente como para poder mirarla a regañadientes. Los labios se le curvaron de inmediato. Parecía un chiquillo, con aquellas pestañas largas y la boca en un mohín.

–Mi consejo sería que te abrochases los pantalones. –Y, aunque no sin cierta reticencia, se separó de él–. ¡Ya voy! –exclamó para que la oyese Nora–. ¡Un momento!

Cruzó el dormitorio despacio con intención de darle a Arthur cierto margen para adecentarse y, después, abrió la puerta. Su doncella se encontraba justo al otro lado. Se la veía fresca y radiante, pese a lo temprano que era, y tenía un cúmulo de prendas entre los brazos.

–Bienvenida de vuelta –la saludó–. Veo que ha... podido descansar.

Una caricia ardiente se le esparció por las mejillas.

Lo cierto era que, en perspectiva, lo que había tenido lugar la noche anterior había sido escandaloso cuando menos. No por nada, se habían marchado en mitad de la cena y ya no habían vuelto a aparecer. Claro que..., bueno, se suponía que estaban casados; era aceptable en cierto modo.

Si no le daban mucha importancia al «se suponía».

–Su hermano Ned me ha comentado que estaba buscando a su hermano Jasper –le hizo saber Nora–, y me ha pedido que le trajera también algo de vestir a su esposo.

Lo cierto es que no puedo ayudarle con lo primero, pero lo otro.

.. –Se dispuso a atravesar el dormitorio.

Arthur se había levantado de inmediato, así que se lo tendió–.

Buenos días, lord Strathrannoch. Es lo único que he podido encontrar, al contar con tan poco tiempo, pero le he enviado una carta a la sastrería, a ver si pueden tener algo listo para esta tarde.

–Ah –dijo él; tenía la voz un tanto tomada por el sueño–. Se lo agradezco. Es un placer conocerla, por cierto.

Lydia estaba segura de que debía de estar casi tan roja como el chaleco con el que había bajado él la noche anterior a conocer a su familia, aunque una parte de ella trataba de decirse que, en realidad, debería ir acostumbrándose a que Nora los encontrara a ambos en la cama por la mañana.

Sobre todo, teniendo en cuenta que sí pretendían casarse.

«Cielo santo».

Se aclaró la garganta y se forzó a ignorar el calor que emanaba de su piel.

–Nora –la llamó–. Me gustaría acercarme esta mañana a la residencia de los Stanhope; querría hacerle una visita a Selina. ¿Le importaría...?

–Por supuesto. –De hecho, eficiente como nadie, ya había comenzado a disponer a un lado un recambio de ropa interior para ella, además de un vestido de día–. Ahora mismo solicito que le preparen el carruaje. ¿Le gustaría tomar algo de desayuno antes?

–No será necesario, muchas gracias –respondió. Aunque entonces dudó. Se volvió a Arthur–. A menos que... Quiero decir, ¿quieres quedarte aquí mientras estoy fuera?

Se percató de que tenía la mandíbula apretada y de que su expresión se había oscurecido un tanto. Sin embargo, cuando sus ojos color avellana encontraron los suyos, estaban plagados de ternura.

–No –dijo–. No querría que tuvieras que ir tú sola.

Hacia mitad de la tarde, el grupo había pasado de estar compuesto por dos personas a estar compuesto por cinco, que se encontraron a sí mismos no entre los muros de la residencia de los Stanhope, sino en la mismísima biblioteca Belvoir.

Habían llegado a las puertas de su casa tan pronto que los habían pillado en mitad del desayuno y en compañía de los hermanos del duque, ambos adolescentes.

Lydia se había encargado de presentarles a Arthur –como «su marido», por Dios Santo; ¿es que nunca iba a dejar de parecerle una fantasía pasajera?

– y, después, se había llevado a Selina a una salita cercana, donde habían compartido una conferencia entera y en susurros sobre Davis Baird, Jasper y la cuestión del visor de fusil.

Las cejas oscuras de su amiga, en contraste con el tono miel de su cabello, habían ido arqueándose más y más a medida que ella le había ido relatando los sucesos de las semanas anteriores.

–Por Dios –había suspirado una vez que hubo acabado–. ¿Y estás segura de que es el hermano de Strathrannoch quien tiene ahora ese artefacto..., el telescopio ese, o lo que sea, y que pretende vendérselo a esos franceses que creéis que son... espías?

–Estar no estoy segura de nada –había respondido Lydia–, pero parecen conocerle bien.

Y, además, estaban buscando a mi hermano.

No creo que se trate de una coincidencia.

Así que te necesitamos. Si sabes algo...

, si te has enterado, gracias a los intercambios de Belvoir, de alguna noticia o de alguna gestión del Ministerio del Interior que pudiera sernos de utilidad. ..

Selina tamborileaba con los dedos sobre el brazo del sillón en el que estaba.

–No estoy tan informada de las cuestiones del Ministerio del Interior como pareces creer, pero.

.. –Había dudado un ins tante, y lo había dedicado a recolocarse el guante antes de retomar la palabra–: Pero tus sospechas sobre tu hermano son ciertas.

Está trabajando para ellos y mantienen correspondencia a través de la biblioteca.

Podría intentar ponerme en contacto con él de tu parte.

–Sí. Sí, por favor. Si hay alguna forma en la que podamos ponern...

–Creo que la tengo –había dicho ella–. Y también...

Pero se había detenido. Sus ojos de color ámbar se habían afilado y le habían conferido una expresión que no le había costado reconocer; era una expresión que muchas veces antes había llegado a asustarla y, sin embargo, en aquel momento en concreto le había enviado una bocanada de optimismo que la había recorrido por dentro.

Tenía un plan.

–Has dicho que seguías teniendo las notas del hermano de Strathrannoch, ¿verdad? –le había preguntado–. Y también los papeles que encontrasteis.

–Sí, llevaba parte de ellos conmigo cuando Georgiana y yo nos separamos; el resto lo debe de tener ella en mi baúl. El problema es que no son especialmente legibles.

Selina había hecho un gesto con la mano para quitarle importancia.

–Tanto da. Bien, reunámonos esta tarde en Belvoir. Yo me encargo de traer a Georgina; tú, los papeles. Nos encargaremos de encontrar respuesta a todas estas incógnitas.

Lydia no había dudado ni un instante de ella; confiaba en su ingenio.

Así pues, apenas unas seis horas más tarde, Arthur y ella habían sido guiados por uno de los trabajadores de la biblio teca hasta su despacho, que se encontraba en el piso más alto del edificio.

Ella ya se encontraba allí, sentada en su escritorio y flanqueada tanto por Georgiana como por otra de sus amigas: Iris Duggleby, que era una joven de cabello negro y curvas amplias que tenía la mente siempre perdida en antigüedades históricas.

–Oh, eh... –comenzó Lydia–. Buenas tardes.