Un conde en apuros Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Siguió jugueteando con sus pechos, acariciándole los extremos y pellizcándoselos con cuidado. Lydia sentía que el vientre se le tensaba, y la sensación se le esparció entre los muslos, así que se presionó contra él, casi desesperada, mientras arqueaba la espalda.

La boca de Arthur cayó de nuevo contra la suya y trazó con la lengua el contorno de sus labios, y ella jadeó al sentirlo.

Le recorrió un escalofrío. Sentía cada centímetro de su ser constreñido; la necesidad tiraba de ella hacia abajo y se contraía: lo notaba, ardiente y urgente, en el abdomen, en la columna vertebral.

Era una tortura que él mismo llevaba de un lado a otro con los dedos.

–Dios –le oyó murmurar–. No sabes la de veces que puedo llegar a pensar en la forma en la que gimes cuando te corres.

Lydia se balanceó en su dirección para apretar su sexo con descaro contra su excitación; se sintió como un punto certero, un puño apretado, una estrella. Necesitaba que... Necesitaba que...

De pronto, Arthur le desenredó las piernas y deslizó su cuerpo contra el suyo, con cuidado, hasta que la posó en el suelo.

–No –le dijo, y no le importó cómo pudiera sonar; no le importaba tener que suplicar si debía hacerlo–. Arthur, por favor...

–Quiero que te quites esto.

Su voz fue de nuevo hosca, y entonces tiró de su vestido y de su ropa interior hacia abajo, hasta que cayeron al suelo, y después dedicó unos instantes a deshacerse de la camisa, de los zapatos y a quitarle a ella los suyos.

Después, la tomó en volandas, la dirigió a la cama y se la colocó en el regazo mientras tomaba asiento.

Y fue consciente de que, tal vez, podría haberse sentido avergonzada –al fin y al cabo, se encontraba desnuda a excepción de las medias–, y lo habría hecho, tal vez, si no hubiera sido tan evidente lo excitado que él se encontraba.

La piel de su cuello había tomado cierto tono rosáceo y sus manos recorrían su cuerpo con vehemencia.

Se detenían en sus curvas, en los puntos más blandos y allí en los que el calor se acumulaba.

Le acarició los muslos, las caderas y el contorno abultado de sus pechos.

–He soñado cientos de veces con esto –le hizo saber, con tono suave–.

Con tenerte desnuda ante mí, con los ojos cubiertos de deseo, ensombrecidos y borrosos.

–Volvió a recorrerle el pezón y ella tembló–.

Pero tenerte aquí –continuó–, poder tocarte, contemplar tu rostro bajo la luz.

.. Dios, Lydia. Ningún sueño podría haberse siquiera acercado a este momento.

Los temblores la siguieron recorriendo, pero esta vez se colaron en su corazón.

Le quería. Y jamás se culparía por hacerlo.

Arthur le pasó la palma de la mano por encima del pezón y Lydia contuvo el aliento.

Le oyó murmurar palabras cargadas de dulzura y suavidad; las sintió contra el cuello y cómo su aliento le cosquilleaba sobre la oreja, y le enredó los dedos en los rizos, que se iban pintando de la oscuridad del crepúsculo.

–Ven aquí –le pidió él en un susurro, y la guio junto a él a medida que se tumbaba de espaldas en la cama.

De pronto, no hubo nada en el mundo que pudiera parecer imposible.

Colocar la boca contra la suya fue tan sencillo como respirar.

Sus labios se abrieron al contacto con los suyos, y fue consciente de cómo sus manos se le deslizaban por la cintura, el hueso de su cadera y la parte trasera de sus muslos.

Le oyó gemir con suavidad contra ella; un gemido que sintió como una pregunta al contacto de sus labios.

–Sí –respondió. Sí.

Arthur hizo fuerza para alzarla sobre él y su boca encontró uno de sus pezones.

Lo comenzó a succionar con tanto ímpetu que sintió que se le derretían las caderas.

Y supo que tenía que haberse percatado, mientras se encontraba sentada a horcajadas sobre él, de lo húmeda que estaba, que debía haber oído cada uno de los sonidos que se le acumulaban ahora en la garganta –ese gemido que era casi un sollozo–, pero no sintió pudor alguno.

Lo único que sentía era placer; un placer dulce y arrasador que la presionaba y sacudía de arriba abajo.

Entonces, él apartó el rostro de sus senos y apoyó la cabeza en el colchón. Hundió una de las manos bajó sus piernas y la alzó aún más; los músculos de los brazos se le tensaron mientras lo hacía, aunque apenas fue más que un rápido deslizar, como si no pesara nada.

Dudó un instante al ver que ya sobrepasaba la altura de sus hombros.

«¿Qué pretendía...?».

Entonces, Arthur llevó sus rodillas a cada lado de su rostro.

–Dios mío –dijo, ronco–. Eres tan preciosa... Inclínate más. Hacia mí. Agárrate al cabecero.

Fue en ese instante, mientras obedecía, mientras él hacía presión hacia abajo y su piel resbaladiza quedó sobre su rostro, que lo comprendió.

Alzó las manos y apretó las palmas contra los remolinos tallados de la madera.

Sintió su aliento entre las piernas. Era cálido y fluctuante. Le clavaba los dedos en los muslos, y de pronto comenzó a separárselos para después impulsarla contra la humedad de su boca.

No pudo evitar chillar. Fue una súplica incoherente que le arrancó al recorrerla con la lengua, mientras la tentaba y jugaba con ella, y Lydia sintió que se sacudía, que se retorcía contra sus manos, contra su boca.

Sus caderas –una y otra vez– se tambaleaban hacia él.

Se aferró al cabecero con todas sus fuerzas, consciente de que, al día siguiente, tendría el patrón de la madera impreso en la piel.

De pronto, oyó que Arthur dejaba escapar un murmullo suave aunque lleno de apreciación, y entonces sus dedos se colaron en ella.

Primero uno y después otro, y notó cómo las paredes de su sexo se tensaban a su alrededor, como si trataran de impulsarlo hacia el interior.

Sus movimientos, tanto los de sus dedos como la fricción incansable de su lengua, eran firmes y rítmicos.

Lydia cerró los ojos y el gemido escapó en el instante en el que el clímax la alcanzó. Fue tan intenso que la sacudió, con un temblor que comenzó en su entrepierna y que después se le esparció por todo el cuerpo en un latido que le recorrió el abdomen, las extremidades y las puntas de los dedos.

Se llevó las manos al rostro, cerradas en puños, y gimoteó al deshacerse.

Una vez que se le aflojaron los muslos, Arthur tiró de ella hacia su cuerpo para colocarla contra su pecho, y fue como si sus manos se negaran a abandonar el cabecero; tuvo que alzar las manos y desengancharle los dedos.

Después, sus bocas volvieron a encontrarse. Y Lydia se percató de que sentía su sabor, el de su propia excitación, en sus labios, pero él la siguió besando –besos largos, ardientes y exigentes– hasta que por fin se separó.

–Quiero hacértelo –le dijo, jadeante–. Quiero con todas mis fuerzas, pero no hace falta que... Puedo esperar. Puedo...

Ella dejó caer la palma de la mano en su pecho.

Sintió el latir de su corazón, que acompasaba el del suyo.

–Sí –murmuró. Él se quedó helado. Tenía una mano enredada en su pelo y la otra a medio camino por debajo de sus medias–. Quiero decir, no –se apresuró a añadir–. No pares. No quiero que pares.

Arthur le dio la vuelta hacia el otro lado de la cama.

Lydia rio y jadeó, y él introdujo el rostro en la curva de su cuello mientras dejaba escapar un sonido crudo y suplicante. Alcanzaba a notar su erección tras los pantalones, caliente y dura contra ella.

–Te prometo que no te vas a arrepentir.

Aunque ella lo oyó a duras penas, pues lo había susurrado contra su piel.

Y, aun así, supo que sería cierto. De pronto, no había rastro de ansiedad ni de miedo a que pudiera querer más de lo que ella pudiera darle; habían desaparecido en aquel mundo de ensueño hecho a base de luz del crepúsculo y sábanas de lino.

Así que no lo apartó.

Sintió cómo se introducía en su interior despacio, con total tiento y paciencia, como si el deseo ya no lo estuviera volviendo loco de necesidad. Se hizo hueco con pequeños impulsos, y ella fue consciente de cómo sus caderas se arqueaban para abrirle paso.

Entonces, le oyó dejar escapar un gemido casi desesperado.

–Está todo bien –le susurró ella–. Estoy bien.

–Oh, Lydia... –Su voz parecía haberse quebrado; apenas era más que un gruñido–. Amor mío. Jamás, por nada del mundo, te haría daño.

Aunque sí lo hacía, un poco; sobrepasaba ligeramente la línea de confort.

Sin embargo, en ese momento, Arthur dirigió una mano entre sus cuerpos y la tocó.

Fue una caricia leve, nada más que un roce, mientras le susurraba en el oído palabras cargadas de ternura, y ella presionó con las piernas, en busca de más.

Notaba su boca en el cuello, cómo sus dedos se seguían moviendo en contacto con ella, y se oyó gimotear cuando una bocanada de necesidad la recorrió por dentro a medida que el dolor se esparcía un poco de nuevo, con otra sacudida con la que se introdujo incluso más. Y con mayor fuerza.

–Sí... Por favor, sí. Sí.

Alzó las rodillas y la curva de sus vaivenes conjuntos varió un tanto, lo que le causó una oleada de placer repentino que hizo sacudir el universo.

Lydia gritó, consciente de cómo su cuerpo se tensaba alrededor de él y de cómo los dedos de los pies se le apretaban contra el colchón.

Solo entonces la mano de Arthur encontró la suya y se la sujetó contra el lino que se extendía tras su nuca.

Le pareció que su clímax, al llegar, no alcanzaba a tener final. Como tampoco las palabras que siguió tiñendo de cariño con su voz.

«Preciosa –la llamó–. Amor mío. Mi todo».

Hubo cuidado en cada uno de sus movimientos.

Se hundía despacio, con cierta languidez, y se mantuvo así casi hasta que acabó; hasta que el ritmo de su cuerpo se volvió errático y la aferró con fuerza entre los dedos.

Entonces, llevó su entrepierna entre ambos y se deshizo sobre su vientre, aunque sin dejar de sostenerle las caderas.

Lydia disfrutó de su amarre cargado de urgencia, de la forma en la que sus manos parecían reclamarla para sí. Y le pareció que no había nada en aquel instante que fuera tan real como sus cuerpos y el placer que los había unido.

En mitad de la oscuridad creciente, rozarle fue un juramento.