Capítulo 22
Eres verano e invierno. Eres primavera y otoño.
Cuando cambias, yo también quiero cambiar a tu lado y descubrir tu nuevo yo cada mañana.
Quiero olvidar cómo es ver el atardecer, excepto si lo veo a través de tus ojos.
De entre los papeles de Arthur Baird, escrito en carboncillo y, después, copiado a tinta. Carta nunca enviada.
L ydia rehízo a la carrera el camino hasta su alcoba, lo cual, en retrospectiva, no fue su mejor idea; en especial, si tenía en cuenta que era la única estancia de la casa a la que Arthur sabía volver.
De hecho, su mano se apoyó en la puerta antes siquiera de que ella pudiera cerrarla.
Antes de que pudiera evitar que entrara.
Se encontraba jadeando tras haber subido a toda velocidad los tres rellanos de escalera. O, al menos, quería creer que era por eso. Sin embargo, lo cierto era que sentía que no había vuelto a ser capaz de respirar con normalidad desde que había comenzado a oírle hablar de su boda.
La forma en que su madre le había pedido detalles de la ceremonia había sido.
.. bueno, muy ella; un gesto que cargaba afecto y desconsideración al mismo tiempo.
No obstante, la respuesta que él le había dado –cada uno de los detalles, cuidados al milímetro, que había ofrecido con su áspera voz– la había colmado de un anhelo inconmensurable que no había sido capaz de contener.
Se había sentido despiadadamente expuesta allí, sentada a la mesa y rodeada por su familia, mientras él conjuraba con sus palabras cada uno de los deseos de su alma bajo la luz de las velas.
¿Acaso había sentido lástima al verla así –perdida y desesperada en medio de aquella conversación, enredada entre los lazos de su propio reparo– y había optado por tratar de rescatarla?
Claro que no le había parecido que fuera ningún tipo de rescate.
No, lo había sentido como un bisturí con el que había ido atravesando cada uno de los retazos de la armadura con la que siempre había mantenido su corazón envuelto.
Y estaba segura de que tendría que haber visto, cuando se habían mirado, lo mucho que anhelaba que aquello hubiera sido real. Todos debían de haberlo visto.
–Lydia –oyó que la llamaba de nuevo mientras se colaba en su dormitorio–, no sabes cuánto lo siento. No pretendía avergonzarte delante de tu familia. Era la única... Estaba tratando de ayudarte.
Cerró a su espalda. Y, con ello, los dejó a ambos solos allí.
Sentía que el cuerpo le ardía, notaba cada estímulo, cada tramo enrojecido, como si su simple mirada fuera capaz de abrirla de par en par. Y pensó que, si la tocaba, aunque fuera el más mínimo roce, le dejaría un cardenal.
–No es por mi familia.
Su voz sonó cruda.
Arthur había avanzado hacia ella, pero, al oírla, dudó.
–Pensaba que, al atraer la atención de todos hacia ti, te habías sentido avergonzada.
–Es mi familia. Con ellos no me sucede. Es...
No sabía cómo explicarle cómo se sentía.
Cuando había acudido a su castillo a pedirle matrimonio a su hermano, había tenido intención de que fuera mera cuestión de conveniencia; que se tratara del intercambio de objetivos políticos del que él mismo había hablado en la posada.
Y había estado dispuesta a ello, pero en aquel momento, tras conocerlo a él –y ser testigo de su corazón siempre atento, de su gentileza y de su capacidad inmensa y serena de querer–, ya no le importaba la conveniencia. Sino todo lo demás.
Necesitaba saber si, incluso si no hubieran compartido aquellas impulsivas palabras en las escaleras de la posada de Haddon Grange, si no hubieran contado con la intervención de los De Younge y de Jasper, habría seguido queriendo estar allí con ella.
Si le habría pedido que se casara con él de todos modos.
Deseaba poder creerlo. Sin embargo, no era la primera vez que se había pasado de ingenua y que había construido castillos en el aire.
Porque... no se le daba bien aquello. No sabía si de verdad algún día sería capaz de creer que pudiera ser cierto, por mucho que ansiara que lo fuese.
Claro que, pensaba, si hubiera alguna forma de saberlo, si fuese él quien se lo dijera, si supiera con certeza que no corría ningún riesgo...
El rostro de Arthur se había paralizado; parecía consternado, y pensó que tal vez se debía a que se había percatado de que se encontraba en estado de negación.
–¿Te arrepientes, entonces?
Lydia se humedeció los labios.
–No entiendo a qué te refieres.
–¿Te arrepientes de lo que ha pasado entre nosotros? –El vórtice azul y verde de sus iris se había transformado en una corriente, en un cataclismo–. ¿Has cambiado de idea después de haber vuelto a casa con tu familia?
La boca se le abrió al oírlo.
Notó cómo sus omóplatos encontraban la pared tras ella.
Por supuesto que no.
Quería el mundo entero con él, aunque le valdría con tomar lo que fuera que quisiera ofrecerle.
Deseaba vivir décadas enteras a su lado, ayudarlo a reconstruir su castillo y devolverle la plenitud a todo el condado de su mano.
Quería regresar a casa con él y no volver a utilizar jamás los aposentos de la condesa, porque pretendía dormir en su cama cada noche.
Y soñaba con tener hijos en cuyos ojos brillaran los colores de Escocia.
Sin embargo, él no parecía haberse percatado de ello. Se le veía incómodo, e incluso dolido por sus dudas, y pensó que, tal vez, de alguna forma, no había sido tan transparente como pensaba que lo era. Tal vez no sabía cuánto anhelaba estar a su lado.
El simple hecho de pensar en ser la primera en hablar, en deshacerse de su armadura, era aterrador. Y, aun así...
Él la había llamado «valiente».
Y supo que, si alguna vez había un instante de su vida en el que de verdad debía hacer acopio de todo su coraje, era aquel. No quería hacerle daño. No quería que sufriera por culpa de sus dudas y su cobardía.
–No me arrepiento –susurró–-. Y jamás me voy a arrepentir, Arthur. Quiero tener todas las cosas que has dicho antes: estar en Strathrannoch Castle y ponerme una corona de reina de los prados. Y quiero tomarte de la mano. Te quiero a ti. Me importas muchísimo y...
Entonces, él dio un paso adelante y la mantuvo contra la pared.
Lydia dejó escapar un jadeo. Su cuerpo era firme y amplio, y sus manos viajaron hasta su cadera, para impulsarla hacia arriba mientras se abría paso entre sus piernas con la rodilla.
–Gracias a Dios –le oyó jadear–. Y que me tenga en su fe, Lydia, pero dejarte ir me habría matado.
–En algún momento, sus manos se habían posado en su pecho, y se detuvo a deleitarse con la calidez que desprendían sus músculos antes de tomar las solapas de su chaqueta y tirar de él–.
Mi Lydia... No sé cómo hacer que te lo creas, pero te juro que no quiero casarme contigo por tu fortuna.
No puedo decirte que no necesite dinero para mantener el castillo, pero te desearía igual con los pies descalzos y sin un solo penique.
Lydia apoyó la cabeza en la pared y dejó que sus dedos se le hundieran bajo la chaqueta, en busca de su piel. La voz de Arthur bajando de volumen poco a poco, mientras su cálido aliento le acariciaba el oído: –¿Sabes qué es lo que se me ha pasado por la cabeza nada más verte con este vestido?
–¿El qué?
–Que me encantaría hacerte el amor con él puesto. –Sus manos cayeron entonces contra sus nalgas, y se las apretó con fuerza, atrayéndoselas hacia su erección–. Así. Contra la pared y con tus piernas alrededor de mi cintura, tras soltarte el pelo.
–Arthur...
Pero él le pasó la lengua por el cuello y le dejó un reguero húmedo. Después, se apretó contra ella mientras le mordía el lóbulo de la oreja con suavidad. Y se descubrió incapaz de controlar el gemido que se le escapó entre los labios.
Quería más. Por Dios, lo quería a él. Y el deseo que le hacía sentir, ese que siempre se encontraba tan próximo a la superficie, le recorrió la piel y se esparció entre sus muslos. Los sentía cada vez más mojados, temblorosos y flojos. No sabía cuándo se había puesto de puntillas.
–Nada de esto tiene que ver con que quiera llevarte a la cama –le dijo de pronto–.
Dios bendito, Lydia, es por todo. Por tu corazón, tu mente y tu risa.
Me haces perder la cabeza. Cuando estás a mi lado, te imagino entre mis manos, y cuando lo estás, lo que pienso es en cómo hacerte sonreír.
Y quiero... Quiero leer todas tus cartas y tus panfletos.
Quiero oírte hablar hasta quedarme dormido para después soñar con tu voz.
Y la besó. Su boca era un ruego hambriento, una súplica desesperada.
Lydia sentía que, mientras le devolvía los besos, la cabeza le daba vueltas al compás de cada uno de los días que había suplicado en fantasías «tómame» y «ahora» y «por favor».
Dejó que todo aquello que le preocupaba se volatilizara y que, en su lugar, fuera el deseo quien se hiciera hueco en su interior como un torrente inevitable y absoluto.
Le abrió de un tirón la chaqueta, se la pasó por los hombros y, cuando él apartó las manos de ella para terminar de quitársela, le rodeó la cintura con las piernas.
De pronto, sus dedos encontraron los botones de la espalda de su vestido.
–¿Me permites quitártelo? Quiero verte... Quier...
–Sí –respondió ella–. Sí.
Llevaba puesta una faja de color escarlata que, de repente, se le antojó absurda. Y sus manos habían vuelto a colarse bajo su camisa; sentía los rebordes de sus músculos, que se le tensaban contra los dedos a medida que su corazón latía contra sus palmas.
De alguna forma había logrado desabrocharle el vestido, y su camisola ya se encontraba alrededor de su cintura. Arthur le tomó los pechos y acarició la punta endurecida de sus pezones con los pulgares. Ella gimió ante el placer brillante y extenuante que la azotó.
–Me encanta... –le dijo él con voz áspera–. Me encanta oírte responder cuando te toco.