Un conde en apuros Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Después de sacarlo de la habitación de su hermana, Ned le había hecho saber que la única ropa de su talla que podía con seguirle en tan poco tiempo era la de uno de los lacayos.

Así que, una hora más tarde, se encontraba con la barba completamente afeitada y con un aspecto bastante parecido al de los hombres del servicio gracias al uniforme color carmín que se había puesto.

Aun así, se había negado a llevar la peluca blanca y el tricornio que completaba el atuendo.

Y eso que Ned había dado cientos de argumentos de por qué debía llevarla. No obstante, él lo había contemplado con el ceño fruncido hasta que, por fin, había claudicado.

Al cabo de un rato, lo había guiado al primer piso, y después a una sala muy espaciosa, con un papel de pared que mostraba ilustraciones frutales y de aves, varias alfombras que, pese a lo antiguas que debían de ser, era evidente que tenían un valor incalculable, y un pianoforte tan pulido que bien podría haber sido de cristal.

Lydia ya se encontraba allí cuando llegó, sentada ante él junto a uno de sus innumerables hermanos.

Estaba riéndose –con aquella risa dulce y suave que él tanto adoraba– con los codos apoyados en las rodillas.

Su mirada cayó en ella de inmediato y se mantuvo ahí, como si se tratara de la aguja de una brújula y su campo magnético lo estuviera atrayendo hacia el norte.

Y lo supo: de alguna forma, sin ni siquiera darse cuenta, se había transformado en el punto cardinal que lo guiaba.

Estaba preciosa: cómoda y feliz al lado de su hermano.

Se había cambiado el vestido precario que había llevado antes por uno suyo, que era todo encaje blanco y kilómetros de faldas.

Estaba exquisita, prístina, en perfecta sintonía con aquella casa, sus riquezas y sirvientes.

Y deseó poder llevarla escaleras arriba y atravesar todas aquellas capas de tela para acabar encontrando su cuerpo.

Deseó deshacerle el recogido, revol verle el cabello y besarla hasta que la piel se le erizase, se le sonrojase, y que ambos quedaran aturdidos.

Deseó... Dios santo, cientos de cosas que sabía que no debía desear mientras llevara aquellos pantalones de seda que, encima, le quedaban pequeños.

En ese momento le presentaron al hermano que se encontraba ante el pianoforte. Se trataba de Gabriel, el médico. Era igual de rubio que los demás, aunque lucía una expresión bastante más seria, y la forma en que le estrechó la mano le recordó a una tenaza.

Lydia, por su parte, intercaló varias miradas entre él y Ned; las suyas, cargadas de empatía, y las de su hermano, furiosas, aunque él fingía no percatarse.

Estaba seguro de que se había fijado en el absurdo atuendo que le había dado para que se pusiera, pero era demasiado educada para decir nada al respecto, por si acaso no se había dado cuenta por sí mismo de lo ridículo que estaba.

Tenía que agradecer al cielo no haberse dejado convencer de lo de la peluca.

–Por cierto, Gabe –dijo entonces ella–. Creo que te interesaría saber que Arthur es un gran promotor de las artes mecánicas. –Lo cual contenía bastante más lealtad hacia su persona que verdad–. ¿Por qué no le hablas de tu...?

Claro que él no parecía estar escuchándola.

–¿Suele usted emplear su voto en la Cámara de los Lores, Strathrannoch? –le preguntó de golpe–. Me gustaría proponer una ley de eliminación de residuos en los distritos urbanos, y estaba pensando...

–¡Por Dios! –intervino Ned. Se había dejado caer en un gran sillón y tenía las piernas apoyadas en uno de sus brazos–. No han pasado ni dos minutos, literalmente, y ya estamos hablando de heces.

Su hermano frunció el ceño.

–Es una cuestión de salud pública, como bien sabrás, y aceptaré cualquier tipo de apoyo que pueda encontrar.

–Nadie quiere hablar de tus leyes para mierda, Gabe. Es bastante poco refinado.

–No es una ley para...

–Lord Strathrannoch vota por representación –atajó Lydia, y lo hizo en el momento perfecto, con la precisión de quien está acostumbrado a tener que interrumpir conversaciones.

Ambos se quedaron en silencio, aunque Arthur sintió el peso de sus ojos en él; estaban cargados de consternación.

–Maldita sea –dijo Ned, y bajó los pies de inmediato para sentarse con la espalda recta, lo cual le pareció bastante mala señal–.

Pues no se lo digas a Theo. Cree que deberían abolir el voto por representación, por no sé qué de que potencia los casos de corrupción, los compinches políticos y tal y tal.

–La verdad es que prefiero quedarme en Escocia –replicó él, seco.

De hecho, en parte era porque no podía permitirse tener que viajar a Londres y alojarse allí durante el tiempo que se extendieran las sesiones del Parlamento. Aun así, habría preferido que le arrancaran el brazo que revelárselo.

–Ah, ¿sí? –inquirió Ned, curioso–. ¿Y mi hermana también?

La mirada que le dirigió a Lydia al oír aquello brilló de alarma. Una parte de él pensaba que sí; tenía la esperanza de que fuese lo que quería, por muy estúpido que le pareciera de pronto, teniendo en cuenta las riquezas entre las que se encontraban.

–Sí –se encargó de quebrar el silencio ella, con tiento.

Y Arthur sintió que el corazón le daba un vuelco.

Quiso abrazarla. Quiso hundir los dedos en su pelo y preguntarse si estaba segura, si realmente lo estaba. Y quiso...

Para su alivio y a la vez desgracia, en ese momento la llegada de dos Hope-Wallace más interrumpió el contacto visual que estaban manteniendo. Y tuvo que girarse casi a regañadientes.

El hermano que le faltaba por conocer era un tipo de aspecto discreto, pelo castaño y de la misma altura que Jasper y Gabriel.

Aun así, le pareció que debía de tener varios años más que él.

La mujer que lo acompañaba, por otro lado, aferrada a su brazo, era bastante más mayor.

Era pequeña, como un hada del bosque, y debía de tener unos cincuenta años, a juzgar por los regueros blancos que se dispersaban por su cabello rubio.

Sus ojos azules le eran familiares.

Antes de que pudiera darse cuenta, Lydia ya se había puesto en pie y rodeado a su hermano con los brazos.

–¡Theo! –suspiró contra su chaqueta–. ¡Te he echado tanto de menos...!

Tras un par de segundos, él la separó de sí y la recorrió con la mirada.

–Yo también te he extrañado –le dijo, sobrio–, lady Strathrannoch.

Lydia se puso roja hasta las raíces del pelo, y solo entonces comenzó a virar, muy despacio –como una mujer que se encamina hacia su horca–, hacia la mujer que se encontraba al lado de él.

–Madre.

Con un sollozo, ella la tomó entre los brazos y enterró el rostro en su cabello.

–Mi niña, mi pequeña... No te imaginas lo preocupada que he estado.

Sus hermanos intercambiaron varios bufidos y quejidos.

–No exagere, madre –se quejó Ned–. Pensaba que estaba en Sussex, al igual que todos.

–No –replicó ella por encima del llanto–. Sabía que no era cierto. Lo sentía aquí, en el pecho. Sabía que se había marchado de Inglaterra. Una madre siempre sabe estas cosas.

Lydia solo logró separarse después de entregarse a sus atenciones durante más tiempo del que Arthur habría considerado posible.

–Estoy bien, madre. –Y entonces se volvió hacia él. Sin embargo, no recortó la distancia que los separaba–. Y, bueno... Deje que... Quiero decir, permítame que le...

Parecía que se le resistían las palabras.

–El gigante este es su esposo, madre –completó Ned por ella–. Y ahora su «pequeña» la supera en título.

El rostro de Lydia empalideció ante todos.

–Y, pese a lo que pueda parecer –intervino Gabe–, puedo asegurar con conocimiento de causa que no es uno de nuestros lacayos.

–No seas ridículo –le espetó Ned–. Es evidente: no lleva peluca.

–Madre –se esforzó por retomar la palabra su hermana–, le presento a Arthur, conde Strathrannoch y... mi esposo.

La señora Hope-Wallace se había apoyado una mano en el esternón, pero de repente la dejó caer, dio un paso adelante y, para estupefacción de Arthur, le rodeó la cintura. Lo abrazó.

–Bienvenido a la familia, querido –suspiró–. Puedes llamarme «madre».

Se sucedió una ronda de protestas a voces que, sin embargo, solo duró un instante.

Y, aun así, él sintió... que se encontraba al borde de un precipicio, balanceándose sobre una caída de cien metros de altura y sin saber hacia dónde dirigirse. Le asustaba dar hasta el más mínimo paso. Allí donde mirara, le auguraba una larguísima y brutal caída.

¿Cuántas veces se había repetido a sí mismo que no quería justo aquello?

Una familia. Formar un hogar. Amor en cualquiera de sus formas: pesado y abrumador, incondicional y bondadoso.

Si hasta casi había dejado de querer que Davis regresara a su lado; de desear todo aquello que sabía que jamás sucedería. Tenía Strathrannoch Castle, tenía a sus ocupantes y tenía la barbacana; y se había dicho miles de veces que con eso le bastaba.

Sin embargo, ¿le bastaría también a Lydia?

La simple idea le parecía imposible, una mera fantasía. ¿Cómo ella, que había nacido en aquella familia, rodeada de cariño, riquezas y ruido –que era la pequeña, a la que siempre habían mimado–, iba a querer algo así?

¿Y cómo iba él a dejar de querer tenerlo también?

Pasaron un rato bastante largo allí, esperando a que llegara Jasper, pero la señora Hope-Wallace se rindió al ver que no aparecía, y se dirigieron entonces al comedor.

Allí, unos lacayos perfectamente idénticos les comenzaron a servir tandas de platos perfectamente idénticos, uno tras otro. Apenas supo qué pensar de todo aquello.

Los hermanos siguieron intercambiando todo tipo de comentarios, aunque cada vez le fueron pareciendo menos ingeniosos; su madre presidió la cena con ese aire absurdo que, a la vez, se le antojó entrañable, y al menos ninguno trató a Lydia con brusquedad.

Y eso que él se había preparado para llevársela adonde fuera si comenzaba a verla incómoda o ansiosa, tal y como había hecho en Kilbride House.

No obstante, allí, en el seno de su familia, no parecía necesitarle.

Hasta que lo hizo; en un único momento.

Tuvo lugar en medio de una odisea conversacional entre Gabe y Ned, que había ido variando entre criticar la crema de grosellas hasta no sé qué de Catulo, que había hecho que su hermano Theo se pusiera más tenso a cada bocado que le daba a su apio asado; de pronto, su madre alzó la voz: –Lydia, cariño, ¿por qué no nos hablas de cómo fue vuestra boda?

¡No puedo creerme que hayas sido la primera de mis hijos en casarse y habérmelo perdido!

Ni siquiera tuviste la oportunidad de ponerte mi chal de encaje.

–Durante un instante, dio la sensación de que tuvo que contener otro aluvión de lágrimas–.

Dime que al menos fuiste vestida de azul.

Ya sabes lo bien que te queda... Y que no llevaste prímulas.

¿Tuviste flores, cielo? ¿Y alguna asistente que te ayudara a vestirte?

–De pronto, una ligera máscara de alarma le cubrió los rasgos–. No serás ahora papista, ¿verdad?

–He aquí –murmuró Gabe entre dientes– la razón por la que los demás seguimos sin casarnos.

–Oh –dijo su hermana; comenzó a parpadear sin parar–. Pues fue bonita. Muy adorable. La celebramos en... Escocia.

–Qué específico –dijo Ned.

–En octubre –logró añadir.

Tenía la vista clavada en su plato de apio asado, como si esperase encontrar inspiración en él, y Arthur se percató de que cada centímetro de piel que sobresalía de su escote había empezado a tornarse rosáceo.

–Nos casamos en mi castillo –se oyó decir a sí mismo.

Los cinco Hope-Wallace se volvieron en su dirección, así que se explicó–: En Escocia no hay ningún tipo de requerimiento en lo referente a manifestaciones y licencias para contraer matrimonio; lo único que se necesita es contar con un trozo de tela de tartán y dos testigos. No nos hizo falta nada más.

Hasta ese instante no se había percatado de con cuánta claridad se había imaginado a los dos en esas mismas circunstancias: tomando la mano de Lydia y entrelazando sus elegantes dedos con los suyos, repletos de cicatrices, bajo un trozo de tela de cuadros azules y verdes.

–Nos dispusimos en lo alto de las murallas, al sol –continuó–.

Lydia llevaba una corona de reina de los prados.

–Ya la había visto allí antes; la había llevado a la parte más alta del castillo, y ya en ese instante había deseado tenerla, tener todo de ella–.

Y un vestido blanco. –Era cierto: era lo que había llevado ese día.

Se acordaba a la perfección–. Además de unos zapatos con brillantes que reflejaban la luz de la mañana. Era como si... como si...

Aunque, de pronto, las imágenes de su mente se evaporaron.

No lo sabía. No sabía cómo lo miraría si acababa convirtiéndose en su esposa.

Sus ojos se encontraron al otro lado de la mesa. Lo estaba mirando, con el rostro pálido, y sus dedos se encontraban cerrados en torno al mango de su tenedor de plata pulida. Lo apretaba como si fuera su último salvavidas.

–Lydia –la llamó.

Sin embargo, ella de pronto echó la silla hacia atrás y se puso en pie.

La servilleta de lino con la que se cubría se cayó al suelo.

–Ruego que me disculpéis. Eh... Discúlpeme, madre. Tengo que... Debería ir...

Entonces cerró la boca, se dio la vuelta y se marchó de allí.

Y él, haciendo caso omiso a los miembros de su familia, a las reglas de cortesía social y al soniquete ahogado y jocoso que dejó escapar uno de sus hermanos, se levantó al instante y salió tras su estela.