Un conde en apuros Capítulo 21
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Capítulo 21

He recibido cuatro cartas de Lydia desde Sussex, y en las cuatro me asegura que se encuentra bien. ¿No te parece que es un poco... exagerado?

De Theo Hope-Wallace para Jasper Hope-Wallace.

–¡A h! ¡Maldita s...! ¡Joder!

Arthur logró escapar a base de manotazos de debajo de aquel tipo rubio y bajito que, sin duda, debía de ser uno de los quinientos hermanos de Lydia.

Y lo cierto era que, pese a su significante desventaja tanto en altura como en cuestión de alcance, debía admitir que ese Hope-Wallace en particular peleaba como un tigre trastornado.

Le había parecido hasta notar dientes, por Dios.

Le apoyó la bota a la altura del pecho e hizo presión. Oyó un rasguido.

Y sintió una corriente de aire contra el hombro.

–¡Ned! –La voz de Lydia escapó en un susurro, pero parecía estar gritando–. ¡No seas idiota! ¡Ya está bien! ¡Cálmate!

Él se detuvo, jadeante.

–Voy a... matarlo... Por ti..., Lyddie.

–Pero ¿qué diantres? ¿Por qué?

No obstante, incluso teniendo en cuenta el hecho de que su trasero estaba pegado al suelo, se le veía más que dispuesto a comenzar otro asalto.

–¡¿Pero tú te has visto?! Dime, ¿qué te ha hecho? ¡Estás sangrando, Lyddie! Jasper nos dijo que te habías casado con él, pero Theo se estuvo informando... ¡Es un maldito cazafortunas que no tiene un penique en el bolsillo!

–¡No estoy sangrando, no seas estúpido! ¿Puedes pararte a oír más allá del viento que te sacude en las orejas mientras hablas?

Los ojos de Arthur habían recaído en ella al oír a su hermano. ¿Estaba sangrando? ¿Por dónde? ¿Cómo podía no haberse dado cuenta?

Claro que al final resultó ser que no, no estaba sangrando, aunque sí se había comenzado a extender la mancha de mermelada que tenía en el brazo porque no dejaba de frotársela de forma algo frenética.

No obstante, la sensación de culpabilidad que lo había recorrido de arriba abajo como un torrente no había desaparecido.

Un cazafortunas sin un penique en el bolsillo. Eso le había llamado.

Y quiso defenderse. Alegar que él nunca había querido aprovecharse de ella.

Que jamás le quitaría nada y... Y, aun así, Dios.

Había sentido una oleada de vergüenza inmensa al llegar a la residencia de los Hope-Wallace, una especie de corazonada que le había susurrado que estaba cometiendo un error.

Aquella casa –si es que se podía describir siquiera así– era casi un palacio.

Lydia se había criado allí, en aquella elegante calle, flanqueada por jardines con abundantes arbustos recortados a la perfección.

Él, sin embargo, lo único que podía ofrecerle era un castillo casi en ruinas y un apellido y un título que no se enorgullecía de ostentar. Sí, su fortuna iba a ayudarle; tanto a él como a la gente de Strathrannoch y a los aldeanos. No podía fingir lo contrario.

Aparte, había odiado tener que entrar a escondidas, exhaustos por el viaje y sin hacer ruido.

Lo que quería... Ni siquiera lo sabía. Eran cosas ridículas.

Había querido entrar por la puerta principal, con ella aferrada del brazo, y declararla su esposa ante su familia.

Y, aun así, no sabía qué decir en aquel instante, entre aquellas hermosas paredes.

No sabía cómo confesar que sentía que lo había hecho todo al revés, pero que su corazón ahora le pertenecía, y que podía quedárselo o pisotearlo, y que la quería. La quería de todas las maneras posibles y para siempre.

«Un cazafortunas». ¿Cómo iba a hacerle creer a Lydia que no lo era?

Vio que le hacía un gesto a su hermano para que se encaminara hacia una de las habitaciones que se esparcían por el pasillo, y luego otro con la cabeza a él, para indicarle que los siguiera.

Los tres se internaron en ella. Arthur supuso que se trataba de su dormitorio; veía rastros de ella por todas partes, como los libros de política e historia que se repartían en una estantería o el escritorio, que estaba a rebosar de notas y panfletos.

En la segunda balda que había sobre él podían verse tres o cuatro elementos decorativos extrañísimos pero que se parecían a las cosas que de vez en cuando se ponía en el pelo.

Junto a la cama reposaban un par de pantuflas abullonadas de color rosa anaranjado, que debían de haber confeccionado con intención de que se asemejaran a las nubes que poblaban el cielo al amanecer.

Lydia llevó a su hermano a empujones a la cama y, pese al barullo de sentimientos que se le arremolinaban en el pecho, Arthur se descubrió con ganas de reír al ver que el recato que llevaba por bandera se había evaporado por completo al reencontrarse con él.

–Siéntate y escucha –le oyó sisear–. Como te he dicho, he venido con Arthur Baird, conde de Strathrannoch y...

–Tu marido –intervino él–. El hombre con el que te has fugado.

–No me he... No fue...

Su mirada viajó hacia Arthur; sus ojos azules estaban cargados de reparo.

–Sí –se adelantó él–. Ahora Lydia es lady Strathrannoch.

Si existía la más mínima posibilidad –la que fuera– de que pensara de verdad que dudaba de si quería convertirla en su esposa, estaba más que dispuesto a quitársela de cuajo.

Si necesitaba certezas, él le daría las que fueran.

Si lo que necesitaba era apoyarse en él, entonces juraba que jamás se apartaría de su lado.

La cara de su hermano había tomado cierto tono rojizo. Al parecer, tenía la misma facilidad para ello que Lydia.

–¿Y por qué parece que le ha pasado un carro por encima, Strathrannoch?

–Porque es justo lo que ha ocurrido –replicó ella–. O sea, bueno..., tuvimos un accidente con la diligencia de camino aquí. Y además, eh..., nos asaltaron. Unos bandidos. Arthur consiguió ahuyentarlos. Fue un acto bastante heroico.

Y, aunque él quiso darle un par de correcciones a su descripción de los eventos, no le pareció el momento más oportuno.

–Cristo bendito. –Ned se punzó el puente de la nariz–. Cristo bendito, Lydia. ¿Y cómo ha sido que...? ¿Cuándo...?

Se detuvo; era evidente que estaba confundido.

Lydia se humedeció los labios y le echó un vistazo a Arthur.

–Todo empezó porque leí... Leí un texto que había escrito. Sobre la cuestión de los Desalojos. Y... Y entonces decidí ir hasta su castillo y nos conocimos allí, y después... nos dimos cuenta de que nos convenía la unión.

Ned posó la mirada en él y, después, se la devolvió a su hermana.

–Dios santo. Siempre he pensado que, si te enamorabas de alguien, lo harías por encima de sus opiniones políticas.

Arthur no pudo evitar la sensación de incomodidad que se le esparció por la boca del estómago. Porque sí, era justo eso lo que había hecho.

Solo que no había sido de él.

Lydia puso una mueca.

–Preferiría que dedicáramos otro momento a diseccionar mis defectos personales, si no te importa. En fin, ¿está Jasper aquí? Tenemos que hablar con él cuanto antes.

Su hermano negó con la cabeza.

–Estuvo solo un día; luego, se fue otra vez. Ya sabes cómo es: siempre yendo de aquí para allá, con sus amigotes y las chiquillas que le interesan, entre vacaciones en Venecia... y lo que sea que haga aparte de eso.

Cuando respondió, su tono contenía calma bien medida: –Sí. Sé muy bien cómo es.

–Madre ha estado como loca desde que llegó y nos contó lo que habías hecho.

Ella se dejó caer en la cama, justo a su lado, y suspiró.

–Ya imaginaba.

–Pero ¿te has dado cuenta de que ahora eres condesa? –Parecía que la rabia de su hermano había desaparecido de pronto y había sido sustituida por un tono que derrochaba un buen humor inconmensurable–. Porque es de lo que hablan todos. Todo el tiempo.

Lydia se pasó las manos por el pelo enredado en un movimiento que resaltó ciertos detalles de su escote, y eso que Arthur estaba esforzándose con desesperación para no pensar en esa parte de su cuerpo mientras estuviera allí, en su alcoba, junto a su hermano.

–¿Existe alguna posibilidad de que Jasper aparezca por aquí esta noche?

–No tengo ni idea. Lo cierto es que no suelo seguir su calendario social.

Al oír aquello, dejó escapar un sonido que estaba a medio camino entre un suspiro y un bufido.

–No, claro. En fin, ya veremos si aparece. Si no, tengo un par de ideas para descubrir dónde puede estar.

La mirada de su hermano se clavó en ella, incisiva.

–Pero ¿para qué lo necesitas tanto? No tendrá que ver con el tema de tus panfletos, ¿no?

–Pues lo cierto es que sí. Ya te lo contaré una vez consiga hablar con él.

Durante un instante, no pareció demasiado convencido. Sin embargo, acabó asintiendo. Entonces, Lydia intercaló la mirada entre él y Arthur antes de regresar a su hermano:

–Escucha. ¿Te importaría llevarte a Arthur mientras me cambio y...? –Hizo un gesto para abarcarle por completo–. ¿Ayudarlo a arreglarse? Agradeceríamos mucho si le ofrecieras algo de ropa limpia. Lo perdimos todo durante el..., eh, atraco.

Aquello pareció contrariarlo.

–No sé yo si tengo algo que le pueda valer. Es gigantesco.

–Usa tu ingenio –replicó ella, y le dio unas palmaditas en la mejilla–. Que por algo eres mi hermano favorito. Aunque, Ned...

Él detuvo la ojeada cargada de recelo que le estaba lanzando a Arthur.

–¿Sí...?

–¿Vas a parar de asesinarle con la mirada? Es mi esposo.

Era posible que no fuera la primera vez que se refería a él así, pero no estaba seguro; solo sabía que su ánimo dio un vuelco tan colosal que ni siquiera la fiereza de la expresión de su hermano podría habérselo puesto del revés de nuevo.

–No puedo prometerlo.

Para cuando llegó la hora de la cena, Arthur había conocido ya a todos los hermanos Hope-Wallace restantes y llegado a la conclusión de que sería conveniente que alguien los mantuviera alejados a los unos de los otros si se deseaba mantener la seguridad general de las islas británicas.

Y, a poder ser, mediante encarcelamiento.