Capítulo 20 #2
Aun así, ella ni siquiera parecía estar interiorizando sus palabras.
Una sombra se le había esparcido por los ojos, y relucían en un azul muy oscuro.
Y, cuando habló, su voz escapó temblorosa: –¿Esto es.
..? ¿Me lo estás pidiendo por lo que pasó ayer?
¿Porque hayamos pasado la noche juntos? Porque no hicimos nada irrevocable, Arthur.
No estás obligado ni por culpa ni por honor.
No tienes por qué proponerme matrimonio. Nada te obliga a ello.
–¿Obligado por...?
Se descubrió incapaz de disponer la frase en un orden lógico, y tampoco entendió a qué se refería.
No obstante, de entre todo lo que se le arremolinaba en el corazón mientras contemplaba su rostro cubierto de preocupación, la culpa era un leve susurro bajo el peso del coro de admiración, anhelo y, sí. .., del amor que sentía por ella.
Vio que le temblaba el labio inferior. Esa frágil curva que él ya había tocado, sobre la que había posado la boca.
–Jamás aceptaría una unión que no hubiera sido tomada libremente por ambas partes –murmuró Lydia–. Y jamás...
Se cortó, y Arthur contempló su boca, siempre tan dulce y expresiva, pero que ahora estaba rígida por la ansiedad y la duda. No era la primera vez que veía una expresión como aquella en su rostro; lo había hecho durante los desayunos en Kilbride House y cada vez que se había visto rodeada de gente.
Era consciente de que dudaba muchísimo de sí misma, y recordaba con una perfección casi dolorosa lo que le había dicho en el carruaje: «Siento que lo voy a dejar en evidencia si tengo que fingir ser su esposa».
¿Y si no dudaba por él, sino por sí misma?
¿Cómo era posible que fuera incapaz de verse de la manera en la que él lo hacía? Como la mujer más deseable del universo, tan gloriosa y brillante como el amanecer; tanto que resultaba imposible apartar la mirada de ella.
Por eso, le tomó las manos, la alzó de su sitio y le rodeó la cintura.
–No eres una obligación para mí –susurró–. Quiero estar contigo, Lydia Hope-Wallace. Quiero que vengas conmigo a casa. Quiero que seas mi esposa.
Ella le contempló el rostro y, mientras, él alzó su brazo por los dedos y le depositó un beso en el interior de la muñeca. Sentía su propio pulso latir al contacto con el suyo. El patrón que seguía su corazón estaba repleto de deseo. De «por favor» y «sé mía».
–Cásate conmigo –dijo una vez más–. Dime que sí.
–Sí –murmuró–. Sí.
Y si hubo algo en él que se removió al percibir el matiz ronco de su voz y el temblor de sus dedos, no tardó en ser arrastrado por la fuerza del alivio que lo inundó. Se inclinó hacia delante y la besó, y ella le devolvió el beso.
En respuesta. En reciprocidad. En una promesa.
Iban a estar juntos. Era lo único en lo que pudo pensar mientras le rodeaba el cuerpo con más fuerza y mientras la caricia fría de sus dedos se le esparcía por la nuca. Estaban juntos. Ante aquello, el resto del mundo perdía importancia.
Lydia estaba segura de que jamás en su vida había tenido un aspecto tan desastroso como el que mostraba cuando por fin llegaron a la residencia de los Hope-Wallace en Londres; ni siquiera después de haber estado a punto de ser arrasada por la horda de cebras.
Habían dormido cada día en la diligencia de correos, con intención de agilizar el viaje hasta allí, y apenas habían parado para poco más que comer.
Necesitaba un baño urgente. Además, no había visto un espejo, ni mucho menos comprobado el estado de su pelo, durante casi una semana.
Arthur, sin embargo, con la camisa semiabierta y su barba de nuevo repleta de rizos, le parecía cada vez más apuesto y atractivo.
Su cuerpo tendía a ajustarse al suyo mientras dormían, y cada vez que se había despertado por los vaivenes, se había descubierto entre sus brazos y con el imperioso deseo de rozarle la piel con los labios.
Cosa que habría sido inadmisible en la diligencia, teniendo en cuenta que había una docena de pasajeros aparte de ellos, y que todos se encontraban pegados los unos a los otros.
Sí era cierto que habían tenido un par de instantes de privacidad muy pequeños cuando detenían el trayecto para comer y beber algo, y en cada uno de ellos había tenido todo tipo de. ..
Deseos carnales salvajes. Y miedos irracionales.
Había querido arrancarle la ropa, tal y como lo había hecho en el bosque. Había deseado recorrerle los músculos del pecho con las manos y fusionar cada centímetro de su piel con la suya. Había sentido la necesidad de tenerlo sobre ella, de ponderar su peso y la irresistible gravedad de su cuerpo.
Había querido que el tiempo entre los dos fuera indeleble.
Y había temido que se arrepintiera.
Cielos... Tenía los sentimientos tan revolucionados que apenas era capaz de pensar con claridad.
Lo repentina que había sido su proposición la había pillado totalmente desprevenida.
Hasta ese momento, apenas se había atrevido a pensar siquiera en que hubiera una posibilidad de que lo que había pasado entre los dos fuera a ser algo a lo que él podría querer aferrarse.
La primera reacción de su cuerpo había sido la de siempre: enviarle una bocanada de ansiedad y de miedo ante la simple noción de que fuera su conciencia la que lo hubiera llevado a hacerlo.
Que sus palabras hubieran estado motivadas por la obligación y no por la voluntad.
Sin embargo, él le había dicho que no era así, que quería que fuera su esposa, y ella estaba intentado creérselo.
Confiaba en él. Sabía que era un buen hombre, que siempre hacía las cosas con sumo cuidado. Era su falta de confianza en sí misma, su tendencia a preocuparse y agobiarse, lo que la tenía en aquel bucle. No dudaba de él. Y no iba a permitirse hacerlo.
Había pasado a enfocarse en la misión de regresar a Londres.
Quería enviarle a Georgiana una carta para asegurarse de que había llegado sana y salva, porque imaginaba que debía de estar preocupada sobremanera por Sir Francis Bacon y preguntándose cuál iba a ser la forma exacta en la que iban a traérselo de vuelta desde Escocia.
Además, por supuesto, debía encontrar a Jasper.
Pretendía buscarle primero en casa y, después –si no lo encontraba allí–, acudir a Belvoir a hablar con Selina.
Casi había logrado mantener a un lado la preocupación para cuando alcanzaron su calle. Casi.
Arthur se aclaró la garganta justo en el instante en que se situaron ante la puerta. Su rostro se había cubierto con una delicada máscara rosácea.
–¿Quieres que te ayude con tu... eh...?
Hizo un gesto torpe hacia ella con una mano, aunque después se la introdujo en el bolsillo.
Lydia bajó la vista. Llevaba un vestido que le había comprado a una de las camareras de la posada en la que se habían quedado y, a pesar de que había tratado de seleccionar a una con una complexión parecida a la suya, lo cierto era que no le había ido demasiado bien.
Las faldas le arrastraban por el suelo y, al mismo tiempo, no llegaba a sostenerle el pecho.
El pelo le caía en mechones largos sobre los hombros y tenía una mancha de mermelada de frutos rojos a la altura de la muñeca.
Además, el pañuelo que se había guardado en el escote en un vago intento de mostrar cierta decencia se le había movido hacia un lado, y estaba casi segura de que el pecho izquierdo se le saldría por completo si tomaba aire de forma demasiado profunda.
Lo más probable era que a su madre le diera una apoplejía al verlo.
–Ah, eh... Tal vez podríamos colarnos en mi dormitorio y así, eh..., puedo cambiarme de ropa antes. Y ya luego salimos de nuevo y fingimos que acabamos de llegar.
Le dirigió una mirada cargada de duda.
Arthur se encontraba contemplando con el ceño fruncido los ladrillos de color beis que componían la fachada de su casa de tal forma que casi parecía que se le estaba antojando como un insulto a su persona. Y lo cierto era que Lydia no creía que fuera a caber en su armario.
–Ven –le dijo–, por aquí.
Comenzó a guiarle en dirección a la entrada de servicio, que se encontraba en la parte trasera.
Él la siguió en silencio. Tras las escaleras se encontraron con un buen número de criados, aunque la mayoría de ellos estaban acostumbrados a su tendencia a salir y entrar a placer.
Si tenían algún tipo de pregunta sobre su aparición estelar junto a aquel gigante barbudo, dudaba mucho que fueran a formularla en voz alta.
Una vez que alcanzaron el tercer piso, Lydia abrió la puerta que conducía al pasillo y tiró de él hacia su alcoba.
A medio camino, sin embargo, se detuvo para mirarle.
No logró interpretar su expresión. Parecía angustiado por algo, a juzgar por su ceño fruncido, y de pronto le vio colocar una mano en la pared, justo por encima de su cabeza.
–¿Está todo bien? –le preguntó.
Él la atrapó por la cintura con la otra mano.
–Sí. No. No lo... Dios, Lydia...
Dejó caer la cabeza. Su boca estuvo a punto de rozar la suya, y el deseo que la envolvió consiguió ganarle la batalla a la necesidad de extremar la precaución.
Lydia se alzó de puntillas y lo besó. Él dejó escapar un gruñido leve e incontrolado contra sus labios y se lo devolvió con mayor fuerza.
Entonces, una de las puertas colindantes se abrió y golpeó la pared.
Se separaron de inmediato y, cuando Lydia echó un vistazo por debajo del brazo del conde, se descubrió a sí misma observando la expresión absorta de su hermano Ned.
–Ah –dijo–. Buenas tardes, Ned.
Ni siquiera sabía si era por la tarde. En algún punto del viaje, los días y las noches habían comenzado a entremezclarse.
Se quedó mirando cómo su hermano abría y cerraba la boca sin llegar a decir nada, aunque de pronto pareció reparar en su aspecto ruinoso, y después en el pañuelo que descansaba en precario equilibrio y, por último, en Arthur.
–¿Es usted Strathrannoch? –preguntó con voz ronca.
«Bueno», pensó. Al menos eso significaba que Jasper había tenido tiempo de informarles de su supuesto matrimonio.
–Sí –respondió Arthur–. Y...
No llegó a terminar.
Porque, de pronto, para su absoluto asombro, Ned se lanzó contra él como si fuera un gato salvaje y lo arrojó consigo al suelo.