Un conde en apuros Capítulo 20
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Capítulo 20

Tendría que habértelo dicho: me dejas fascinado. Con tu ingenio, tu coraje, tu inmenso corazón y tu ternura.

Borrador desechado de entre los papeles de Arthur Baird.

C omo solía ocurrir, todo les pareció mucho peor con la llegada de la mañana.

Después de que ambos lograran recuperarse un tanto, habían salido del bosque y se habían dirigido a una posada que Lydia había visto junto a la carretera mientras perseguía a los Thibodeaux.

Al oír sus palabras, él la había rodeado con los brazos de forma casi instintiva.

El miedo que había sentido seguía pendiendo de sus huesos, como si se hubiera quedado plasmado en algún punto de su columna vertebral.

Al entrar en la posada, había pedido que les prepararan una habitación junto con un baño caliente y que les llevaran la cena; claro que entonces había recordado que el poco dinero que llevaba seguía en el interior de su baúl, con Huw y Georgiana.

La sonrisa pícara que le había dedicado Lydia había sido una suerte de retribución ante la caricia cálida que se le había esparcido por la cara.

–Tengo un par de monedas escondidas en el dobladillo del vestido –le había susurrado–, aunque lo más probable es que tengamos que vender la yegua para pagar el resto del viaje a Londres.

Dios. Estaba loco por ella. Por lo inteligente y práctica que era, y por aquella valentía imposible de la que siempre hacía gala. Y la había besado ahí, en mitad de las escaleras, incapaz de contener el impulso.

Después, durante la cena, había comenzado a contarle todo lo que había alcanzado a captar en las conversaciones que los Thibodeaux habían mantenido durante el trayecto.

Apenas habían sido retazos, en realidad, porque había sido todo en francés y teniendo en cuenta que había habido una pared entre ellos.

–Pero sí hablaron de mi hermano. Mencionaron algo de Londres, de un duque y de un espía, y les oí decir unas cuatro o cinco veces el nombre de Joseph Eagermont.

Lydia se había detenido, con su copa de vino a medio camino de sus labios, y había vuelto a tomar asiento en su silla, que estaba decorada con un brocado de color escarlata.

–¿Mencionaron a mi hermano?

–Sí –había respondido–. Creo, ahora más que antes, que debemos encontrarlo lo más rápido posible.

Aunque, Lydia... –Había dudado un instante, dividido entre la necesidad de protegerla y el deseo de contarle la verdad.

Sin embargo, se había recordado a sí mismo que era una mujer fuerte; lo bastante como para ser capaz de soportar cualquier cosa que le dijera.

Así que había tomado aire y continuado–: Llevan armas.

Varias pistolas. Y les oí hablar de nosotros: de ti y de mí, de lord y lady Strathrannoch.

Y una parte de mí no puede evitar pen sar que saben quiénes son Davis y Jasper y que estamos emparentados con ellos.

Y aquello le asustaba. Le asustaba, porque temía sobremanera ponerla en peligro.

Lydia había bajado la copa hasta su regazo, sin llegar a beber, y había comenzado a pasarle los dedos por el borde.

–Ojalá supiéramos qué es lo que andan buscando. Pero sí, debemos encontrar a mi hermano. Aunque he comenzado a preguntarme si es posible que...

Se detuvo. No obstante, siguió marcando un ritmo en staccato contra el cristal.

–¿Si...?

–Si es posible que la biblioteca Belvoir tenga algo que ver en todo esto.

–Había alzado la vista hacia él entonces, con la mandíbula firme y sus ojos del azul de medianoche brillantes de determinación–.

Es lo único que podría explicar que mi hermano supiera que estaba manteniendo correspondencia con Davis.

Además, has dicho que dijeron algo sobre un espía, ¿no es cierto?

–Sí.

« Espion », habían dicho en francés. Y conocía la palabra. De ahí venía «espionaje».

Y aquello, junto a su presencia en Edimburgo, arrojaba una luz inquietante sobre la situación en la que se encontraban. ¿Era posible que estuvieran trabajando para la Corona Francesa? Y, de ser así, ¿qué se traían entre manos?

Porque, si tenía algo que ver con su hermano y el diseño del visor, no podía tratarse de nada bueno.

Una expresión pensativa se había esparcido por el rostro de Lydia; ese ensimismamiento estudiado que tan bien conocía ya.

Estaba repa sando todas las pistas que tenía en su mente, tratando de resolver las incógnitas.

–Belvoir –la había oído susurrar–. Y Jasper.

.. y un espía. –Su mirada, al alzarla de nuevo, había sido afilada, como la punta de una espada–.

El Ministerio del Interior. Claro, no hay mejor sitio para pasar información que una biblioteca que se fundó con el pretexto de preservar la privacidad de sus miembros.

–¿Crees que tu hermano trabaja para el Ministerio del Interior?

–Podría ser. Aunque me gustaría volver y preguntárselo a él directamente.

Arthur se había inclinado hacia delante y le había tomado los dedos para después llevárselos a los labios.

–Bien. Pero intenta descansar esta noche. Nos iremos mañana mismo. Podemos salir con la diligencia de correos.

Después de aquello, había llegado el baño que había solicitado.

Las tiras de la pelliza de Lydia se habían secado, pero estaban rígidas y formaban nudos; se los había deshecho y, después, había hecho lo propio con los botones de su vestido, y le había quitado las medias. Y entonces, le había ayudado a lavarse el pelo y...

Bueno. Ni el suelo de la habitación ni el brocado escarlata de la silla se habían mantenido secos, porque la había llevado hasta allí, se había arrodillado entre sus muslos enrojecidos por el agua caliente y la había mirado mientras le daba placer.

La espalda se le había arqueado. Había extendido los dedos de los pies, que se le habían sacudido por la necesidad hasta que le había rodeado el cuello con ellos, y había dejado marcas de uñas con forma de medialuna al clavarlas en los brazos de la silla; marcas que no habían terminado de desaparecer hasta un largo rato después de que incluso ella lo hubiera hecho culminar a él también.

Le encantaba aquella maldita silla. Quería llevársela consigo.

Quería ponerla en exposición en un museo.

No obstante, ya por la mañana, Lydia se encontraba tumbada bocabajo en la cama, con las rodillas dobladas y balanceando a su espalda los pies descalzos, unidos a la altura de los tobillos.

Se mantenía apoyada en los codos mientras examinaba el recibo escrito a mano que había acompañado la bandeja de té y contaba las monedas que había llevado ocultas en el dobladillo del vestido.

Lo único que llevaba puesto era su larga ropa interior y la faja. El reborde de sus faldas estaba deshecho y tenía el vestido repleto de manchas después del encuentro en el bosque, debido a que había sido allí donde él... Donde él...

Jesús bendito. Había eyaculado sobre sus pechos.

Jamás... Nunca... Ni siquiera había llegado a imaginar...

No tenía ni idea de qué le resultaba más mortificante: si el hecho de haberlo hecho como tal, o el hecho de que, en ese instante, ante la frondosidad de sus pechos semicubiertos, era lo único en lo que se descubría capaz de pensar.

Y, desde luego, era consciente de que podría haber planificado aquello de forma mucho más estratégica. ¿De verdad pretendía declararse –Lydia Hope-Wallace, la mujer más inteligente y excitante del mundo– menos de veinticuatro horas después de haberle estropeado su único atuendo?

¡Menuda manera de demostrarle el inquebrantable respeto y el afecto que le guardaba! «Y es que beso el suelo por el que pisas, amor mío, por si no era evidente ya por la forma en la que me corrí sobre tus pechos. ¿Aceptarías casarte conmigo?».

Dios santo.

Entonces ella, desde el lugar que ocupaba sobre la cama, comenzó a amontonar las monedas y murmuró: –El precio de todo esto es absurdo. Deben de haberse pensado que eres un lord o algo así.

–Lydia –dijo él, sin embargo. Y sonó ronco.

Ella alzó el rostro y esbozó una sonrisa que contenía cierta picardía.

–Me da que vas a tener que ser tú el que venda la yegua; no me veo capaz de lidiar con el regateo, ni siquiera en situaciones extremas. Y lo cierto es que me da mucha pena. Le he cogido cariño.

Tenía las mejillas enrojecidas. El pelo se le esparcía en dulces mechones desordenados a ambos lados del rostro y la sonrisa que esbozaba se le colaba en el corazón.

De pronto, Arthur sintió un pinchazo en el estómago.

Se le había olvidado cómo formar palabras.

–Cásate conmigo –acabó diciendo, ahogado.

Una libra rodó desde la cama y cayó al suelo.

Lydia separó los labios, pero no llegó a escapar ningún ruido de ellos.

«Oh, Dios. Maldita sea».

–Cásate conmigo –repitió–. Cuando volvamos de Londres. Una vez hayamos solucionado este entuerto. Vuelve a Strathrannoch conmigo.

–¿Perdón?

Una oleada de desesperación, de pánico creciente, comenzó a recorrerlo de arriba abajo ante su aparente estupefacción.

Lo estaba abordando de forma pésima, era consciente, y pensó que tendría que haber buscado un momento más oportuno y unas palabras que resultaran más convincentes.

Tendría que haberlo hecho en un entorno más romántico; tal vez a la luz de unas velas.

Las manos le temblaban. La lengua le pesaba.

Una vez más –como siempre– volvía a ser el hermano Baird equivocado.

–Podrías seguir escribiendo tus panfletos –se forzó a añadir, en un intento fortuito por recurrir a su persuasión–. Y tendrías mi voto en la Cámara de los Lores. Podrías seguir ejerciendo tu labor política. Creo que sería bueno que... los dos estuviéramos juntos.