Un conde en apuros Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Lydia se deleitó en la ferocidad que emanaba de su abrazo, y se aproximó aún más a él.

Después, trató de dejar escapar su voz con suavidad, pero los sentimientos –el alivio, el placer y el terror que desaparecía cada vez más rápido– se le quedaron atravesados en la garganta: –¿El qué exactamente?

¿Quedarme mirando la próxima vez que te secuestren por accidente?

–Separarte de mí.

Lydia tuvo que tragarse el nudo que se le formó en la garganta.

No quería irse.

La certeza que se escondía en aquel pensamiento la golpeó de lleno.

No quería separarse jamás de él.

Quería... Dios, ¿qué era lo que no quería?

Cada centímetro de su cuerpo parecía germinar al contacto con el suyo; su aroma familiar le llenaba las fosas nasales.

Casi sentía que era a él a quien respiraba mientras la necesidad daba vueltas en su interior y el deseo se transformaba en una bobina que se apretaba y se apretaba.

Alzó el rostro en su dirección y él se movió a la vez, con celeridad y casi desesperación.

Su boca la encontró y hundió una de las manos en su pelo mientras le echaba la cabeza hacia atrás.

Arthur dejó escapar un gruñido bajo y áspero; un sonido incontrolado que escapaba, libre, de su pecho.

Y Lydia fue consciente de que sus labios se separaban y de cómo él le tomaba el inferior entre los dientes y lo succionaba.

Ella le pagó con la misma moneda. Le envolvió la nuca con la mano, se dio impulso hacia él y lo besó con fiereza, pasión y frenesí.

–Por favor –se oyó decir al sentir que se alejaba un tanto de ella–. Arthur, no pares.

Su cabeza había dejado de funcionar cuando la había perdido de vista aquella tarde. Sus pensamientos, incluso cuando los Thibodeaux habían aparecido –cuando se había visto obligado a esconderse en el carruaje–, habían estado dirigidos solo a ella.

¿Qué habría pensado al volver, al descubrir que no estaba?

¿Estaría a salvo? ¿Se encontraría recorriendo sola la Ciudad Vieja de Edimburgo?

Su mente embotada se había rellenado de imágenes de maleantes y había pensado en la brillante tentación que podía llegar a ser su ridículo.

Con cada una de las astillas que había arrancado a las tablas del suelo, con la ayuda del encendedor de acero, había tenido la sensación de que se encontraba a un paso más cerca de ella.

Y, sin embargo, ahora se encontraba allí. Había ido a por él –lo cual hacía que su mente diera vueltas–, y una vez más sus capacidades volvían a fallar. Era incapaz de pensar; lo único que podía hacer era quedarse observando y escuchar y sentirla. A ella.

Su cabello del color del amanecer, su ágil y cálida boca... Jesús bendito, el dulce gemidito que se le formaba en la parte trasera de la garganta. Se había enredado a él, lo estaba conteniendo con su propio cuerpo, sus veloces manos y el susurrar de su nombre.

–Lydia –dejó escapar entre dientes.

La forma en que lo rozaba, en la que sus dedos se deslizaban por su torso desnudo, era suave y devastadora.

Sin la pelliza, Arthur alcanzaba a ver el frenético sube y baja de su aliento mientras sus pechos se apretaban contra el borde de su faja.

Soltó una palabrota y le llevó los labios al hombro para después despegar las manos de su pelo y dejarlas caer contra su cintura.

Entonces, ella se puso de puntillas y su cuerpo hizo presión contra su miembro rígido, lo que le causó una oleada de placer tan intensa que sintió que no sería capaz de soportarla.

Siguió dejándole besos a lo largo de la clavícula, consciente de su boca a apenas unos centímetros de sus senos, e hizo que sus manos ascendieran para recorrer con los pulgares los delicados y a la vez firmes huesos de sus costillas a través de su vestido, ahora empapado.

Quería que se lo quitara. Quería ver cada centímetro de ella y comprobar que estuviera bien de verdad, y a salvo y dispuesta para él. Por Dios, quería hacerla suya.

No supo en qué momento exacto el miedo que había sentido se había transformado en excitación.

Su deseo no era racional, pero también sentía una necesidad terrible, cargada de urgencia, por cuidarla.

Por asegurarse de que estuviera seca y entrara en calor, de que no tuviera el más mínimo rasguño.

Quería tocarla con más delicadeza de la que sabía que sus manos, grandes y torpes, eran capaces.

Y, al mismo tiempo, quería estar dentro de ella. Quería tenerla retorciéndose debajo de él, con el pelo húmedo del sudor y un grito contenido en los labios. Quería...

«Dios». Quería que follaran como locos, como animales, dejándose llevar por el deseo y por lo que sentía al tocarla.

Se apartó de ella, atónito por la fuerza de su deseo.

–Pídeme que pare –le dijo con voz rasposa.

–Jamás.

La voz le temblaba por la necesidad; por cada brizna de la inmensa valentía y terquedad que se escondía en ella, por pequeña que fuera.

Y él –que Dios lo amparara– lo oía todo.

Le acunó uno de los pechos con la mano y le acarició la cima endurecida con el pulgar.

Ella dejó escapar un gemido –casi un sollozo–, y el eco fue directo a sus testículos.

Pasó a recorrerle la piel con los dientes y le apartó la faja de inmediato.

Sus divinos senos quedaron al aire.

–Ni te imaginas todo lo que quiero hacerte.

–Hazlo –replicó, jadeante–. Todo. No te detengas.

«Joder –pensó–. Ah, joder». Y lo pensó porque de pronto tenía uno de sus pezones en la boca. Ella gimió de nuevo, cargada de deseo y necesidad con cada una de las veces que él pasaba la lengua, y de pronto comenzó a succionar.

Lydia le clavó las uñas en la espalda, y se oyó a sí mismo dejando escapar un bufido desesperado.

Sus caderas se impulsaron hacia adelante, sin necesidad siquiera de que les diera una orden consciente, para presionar su entrepierna contra ella.

La simple sensación hizo que la cabeza le diera vueltas; toda aquella carne blanda era como estar en el cielo.

La palabra «generoso» estaba hecha por y para su cuerpo, para describir la forma en que se adaptaba a él y en cómo les ofrecía placer a ambos.

La sentía removerse, casi contorsionarse, y tenía tanto el rostro como el pecho enrojecidos.

Sus pupilas estaban dilatadas y los extremos de sus pechos estaban húmedos ahí donde su boca los había recorrido.

La simple visión de sus pezones, brillantes bajo la luz moteada que caía sobre ellos, le pareció lo más erótico que había contemplado en la vida. Casi le mareaba.

Se percató de que sus dedos se aferraban a la tela fría de sus pantalones que estaba en contacto con su piel ardiente. Y no estaba teniendo delicadeza en absoluto. Era, de hecho, casi brusca. De pronto, su miembro escapó de ellos y sus dedos...

Oh, Dios santo.

Arthur se los envolvió con la mano, lo que hizo que su palma cayera contra su erección.

Un estallido de pirotecnia se esparció por su mente, pero era consciente de que no podía dejar que lo siguiera tocando.

No podía. Si lo hacía, no duraría dentro de ella más de medio minuto; no podía dejar que sucediera.

Así que le apartó la mano y los lanzó a ambos contra el suelo.

Cargó con su peso y sintió el frío de la tierra, cada piedrecita, con el suyo, pero no dedicó un solo segundo a arrepentirse; se limitó a ponerse encima de ella y la mantuvo fija ante sus ojos.

Sus pechos se sacudieron mientras lo hacía, y el simple hecho de verlo fue como un relámpago que le lanzó una oleada de reclamo de arriba abajo, como una corriente vibrante.

Pasó a levantarle una pierna e hizo que se la rodeara con la mano para alzarle las faldas y dejar al descubierto la cobertura de rizos castaños que se esparcían sobre su sexo. Comenzó a moverse de forma deliberada entre sus muslos.

Lydia dejó escapar un gemido pequeño y lastimoso mientras arqueaba las caderas contra la nada, hasta que de pronto encontraron su boca.

Arthur comenzó a lamer mientras le clavaba las manos en la cintura y la abría ante él.

Estaba húmeda. Cristo bendito, estaba muy húmeda y caliente.

Casi sentía el sabor de su excitación; su tacto, mientras acariciaba con los dedos el interior de sus piernas.

Y todo pareció fundirse a su alrededor a excepción de su cuerpo y los suplicantes gemidos guturales que dejaba escapar mientras él chupaba y succionaba.

Entonces, llevó los dedos hacia su entrada y se la rodeó un instante antes de introducir dos dedos en ella.

Dios..., su cabeza volvió a dar una sacudida ante la tensión de su cuerpo, ante la presión que le envolvió los dedos.

Sentía que la entrepierna le palpitaba. Le acarició el clítoris con la lengua, consciente de cómo le temblaban los muslos; de cómo su cuerpo se encontraba cada vez más cerca de claudicar.

Era lo que quería. Quería que se corriera sobre sus dedos y en su boca y bajo su miembro. Dios, lo deseaba tanto que le resultaba abrumador.

Y, no obstante, lo que quería más que nada era a ella.

Quería que fuera suya, y no solo su cuerpo, sino toda ella.

Su mente. Su corazón. Quería que se deshiciera contra él cada día de su vida, cientos de miles de veces, y quería oír cómo la voz se le quebraba al pronunciar su nombre hasta que su vida llegara a su fin.

Estaba dispuesto a esperarla. Para poder tener aquello.

Tenía que hacerlo.

Llevó la mano que tenía libre a uno de sus pezones en una suave caricia, y fue lo único que necesitó. Lydia dejó escapar un jadeo mientras llegaba al clímax y su cuerpo comenzó a apretarse en torno a sus dedos en una bocanada de placer infinito.

Cuando dejó de temblar, lo tomó del brazo y lo empujó contra ella.

Después, lo rodeó por la cintura con las piernas.

Arthur notó cómo su miembro se deslizaba contra sus pliegues húmedos, y fue una sensación tan intensa, tan embriagadora, que le arrebató el aliento.

La visión se le pintó de gris, luego de blanco, y algo encajó en su cerebro como quien cierra de golpe una mirilla.

Era suya. Suya.

No había manera de que se equivocase con ello.

Así que se echó hacia atrás para ponerse de rodillas y la alzó junto a él, haciendo que llevara una mano hasta su envergadura.

Dejó escapar un jadeo frenético y cargado de «hazlo» y «por favor», y de repente sus dedos le estaban rodeando su erección y bajaban por ella.

El placer lo envolvió sin remedio y se sacudió con el vaivén de sus dedos mientras cada parte de él se endurecía y dejaba llevar por la necesidad. Se sentía en un delirio.

El rostro de Lydia estaba arrebolado; sus labios, separados. Sus dedos lo recorrían y tenía la faja bajada, y él alcanzó el clímax en un frenesí. Su semilla se esparció sobre sus pechos al compás de los latidos enloquecidos de su corazón.

En cuanto se sintió capaz, la sostuvo contra sus brazos.

Su cabeza encajó a la perfección bajo su barbilla mientras sus cuerpos se entrelazaban como si los hubieran diseñado justo para aquel instante, para que los llevaran a aquel lugar, hasta aquel día en concreto. Empezó a acariciarle la nuca, deleitándose con la suavidad de su piel.

Cuando pudo volver a hablar, las palabras que se deslizaron de sus labios no conformaban ninguna pregunta, sino una petición que era al mismo tiempo un juramento: –Prométeme que no volverás a separarte de mí –susurró–. Dilo.

Y ella lo hizo.

Y esa opresión que había sentido en el pecho se aflojó.

Sabía que debía ponerse en pie y ayudarse de la camisa que se había quitado para limpiarla.

Sabía que debían hacer regresar a la yegua e ir en busca de una posada y descubrir la forma de llegar a Londres desde allí.

No obstante, mantuvo a Lydia apretada contra sí durante un largo rato, sin moverse, con la vista clavada en los patrones de luces y sombras que se le esparcían por el pelo.

Y marcó cada subida y bajada que dio su pecho al respirar, aquel ritmo lento y estable que replicaba el suyo propio.