Un conde en apuros Capítulo 19
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Capítulo 19

No podéis imaginar con qué alegría acogí las esperanzas que se me dieron de volver a ver al elegido de mi corazón.

Fragmento de Fanny Hill .

A l final, su oportunidad de llevar a cabo el rescate no tardó demasiado en llegar.

El tráfico de vehículos en la Great North Road era especialmente denso; en concreto allí, en las inmediaciones de la capital escocesa. Por lo tanto, los Thibodeaux tampoco podrían haberse alejado demasiado.

Lydia se mantuvo lo bastante apartada como para que no pudieran reparar en ella; claro que sí lo hicieron todos aquellos a los que fue dejando atrás.

Al fin y al cabo, era una mujer que cabalgaba de lado sobre un caballo de pelaje rojizo, con una cofia de seda negra en la cabeza y un velo de luto sacudiéndose tras ella como una larguísima y diáfana bandera.

Debía de estar como a unos veinte metros por detrás de ellos, y los rayos del sol a punto de comenzar a dirigirse hacia la línea de árboles que se esparcía en el horizonte, cuando se fijó en los trozos de madera que se esparcían por la carretera.

Los primeros eran pequeños; tal vez del tamaño de su dedo corazón. Eran de un color oscuro, casi negro, potenciado por el paso del tiempo, y era lo que lograba diferenciarlos de la maleza y los escombros que, por lo general, tendían a abrirse paso por cualquier vía de alto tránsito.

Los siguientes iban siendo cada vez más grandes.

A medida que avanzaba y se aseguraba de mantener a la yegua al abrigo de una diligencia de correos, comenzó a verlos cada pocos metros.

Eran fragmentos, como si hubieran quebrado una plancha de madera, y más negros.

Y de pronto tenían el tamaño de uno de sus puños.

Algunos estaban esparcidos por el suelo, aunque otros rodaban y daban tumbos entre los canales que componían el camino, desgastado por el paso de las ruedas.

Un presentimiento repentino se le asentó en el pecho.

Guio a su montura al otro lado de la diligencia, se recolocó el velo sobre el rostro y clavó la vista en el carruaje de los Thibodeaux.

Tras unos segundos, otro trozo de madera surgió de entre sus ruedas traseras y comenzó a dar tumbos a lo largo de la carretera, aunque se detuvo justo antes de golpear los cascos de su yegua.

Apenas un instante más tarde, como si el vehículo hubiera comenzado a vomitar astillas, otra nueva emergió de él.

Porque sí. Era justo lo que estaba ocurriendo, por supuesto. De alguna forma, Arthur estaba desmantelando el suelo del carruaje desde dentro.

No supo si admirar su ingenio o si dejarse llevar por la oleada de terror que la envolvió de repente.

¿Qué narices pretendía hacer una vez hubiera abierto un hueco lo bastante grande?

¿Dejarse caer por él? Porque, si la caída no le causaba el daño suficiente, tenía también las dos ruedas traseras para sumarse a la causa, por no mencionar lo que ocurriría si a los Thibodeaux les diera por echar un vistazo hacia atrás en ese momento y se toparan con un hombre inmenso al que conocían bien rodando tras su estela.

Tal vez lo que tenía en mente era esperar hasta que decidieran detenerse a descansar o a cambiar de caballo.

.., pero no, aquella alternativa le parecía igual de intolerable.

Existía la posibilidad de que no se dieran cuenta de que un gigante barbudo se encontraba escapando de su carruaje durante el trayecto si mantenían los ojos fijos en la carretera; sin embargo, se toparían con él si hacían una parada.

«Oh, Dios mío. Dios santo».

Iba a tener que saltar del vehículo en marcha.

No le quedaba duda de que Arthur había llegado a la misma conclusión que ella.

Deseó que pudiera hacerle algún tipo de seña, algo que le permitiera saber cuándo pretendía llevar a cabo su plan.

No obstante, sabía que no ocurriría; Arthur no tenía ni idea de que iba tras él.

Murmuró una plegaria entre dientes y se mantuvo todo lo cerca del carruaje de los Thibodeaux que se atrevió.

Llevaba ya cerca de un cuarto de hora sin ver caer más trozos de madera para cuando alcanzaron un estrecho puente de piedra que cruzaba un pequeño río de poco caudal.

Todos los vehículos se vieron obligados a ralentizar su avance y a colocarse, decorosos, en una única fila.

Algo nerviosa, Lydia se apresuró a hacerse un hueco tras la diligencia de correos, aunque no dejó de intercalar la vista entre su yegua y el carruaje de los Thibodeaux.

Fue entonces cuando vio emerger las piernas del conde, en un descenso lento y controlado desde la parte trasera.

Maldita sea. ¿Había elegido ese preciso instante para escapar, cuando la carretera estaba plagada de vehículos? ¿En qué narices estaba pensando?

Y, de pronto, lo supo. Tuvo una brillante y eléctrica revelación. Sacudió las riendas para indicar a su montura que se saliera de la fila y la dirigió hacia la ribera, donde, sí... «¡Maldita sea!».

Ante sus ojos, Arthur terminó de descender, cayó contra la piedra que conformaba el puente y rodó de lado para precipitarse hasta el agua.

Lydia dejó escapar una palabrota al aire antes de inclinarse sobre la cruz de su yegua, que arrastró con los cascos la fronda que rodeaba el río cuando la hizo detenerse de golpe. Arthur se puso en pie, escupiendo agua, y reparó en ella.

O... No, claro. Seguía cubierta con el velo. No alcanzó a verla.

Se lo apartó y contempló con mayor claridad la expresión de asombro en su rostro.

–Ven, rápido –le siseó–. Sal de ahí y súbete al caballo.

–¿Lydia? ¿Qué diablos...?

Sin embargo, ya estaba obedeciendo. El agua caía de su cuerpo a raudales mientras que un puñado de plantas acuáticas escocesas quedaban aplastadas bajo sus botas.

Lydia apartó el pie de uno de los estribos justo a tiempo de que él lo reemplazara con el suyo y que se alzara sobre el lomo de la yegua, a su espalda.

Y pensó que, sí, valía las cien libras que había pagado por ella.

Soportó sin ningún problema el peso añadido del conde y la repentina caricia del agua helada que se le escurrió por las manchas blancas que se le esparcían a cada flanco.

Los brazos de Arthur le rodearon la cintura, y fue quien se encargó de hacer que su montura diera la vuelta y los condujera hacia la arboleda que flanqueaba la carretera.

–Tenemos que salir de aquí si no queremos que nos vean –murmuró–. Nos internaremos en el bosque todo lo que podamos. –Lydia asintió y él tomó las riendas con una mano mientras con la otra la apretó contra sí–. Dios... –añadió contra su pelo–. Cielo santo, no sabes cómo me alegro de verte de nuevo.

Su voz había tomado un cariz áspero y la mano con la que aferraba las riendas le temblaba un poco; era la expresión física del alivio que sentía.

Los condujo al amparo de las sombras de los robles, ahí donde la luz de la última hora de la tarde dibujaba patrones diversos sobre el suelo cubierto de hoja secas.

Y cuando por fin se detuvo y desmontó, Lydia estuvo a punto de caer y él la sostuvo con fuerza contra su silueta empapada.

Sus brazos eran duros como barras de acero; su pecho, una sólida y firme pared.

Y se permitió dejarse derretir contra él, que cargara con su peso.

Todo el miedo que la había embargado desde que había visto su mano salir por la puerta del carruaje se fundió de inmediato al simple contacto de sus cuerpos.

Arthur estaba a salvo. Los dos lo estaban: a salvo y juntos.

En un rápido y decisivo movimiento, él le arrebató la cofia y le dio un beso en lo alto de la cabeza.

–Dios... –suspiró–. Dios, he creído que me volvía loco de preocupación. Oh, joder... –Se puso rígido y la apartó un tanto de él, con los ojos en llamas–. Tu ropa. Te la estoy empapando.

–No pasa nada. Es todo de lana. Sigo seca. Aunque tú... –Se detuvo al ver que tenía la zona de los nudillos de la mano derecha en carne viva–. ¡Arthur! ¿Te has hecho esto al destrozar el suelo del carruaje?

Se la tomó entre las palmas de las manos y se la llevó al rostro. Sus labios encontraron la punta de sus dedos. Los sintió fríos y se los presionó contra el pómulo en un intento por proporcionarle algo de calor.

–No te preocupes –murmuró él, y le acunó la mejilla con la otra mano–. No es más que un rasguño. Me lo he hecho con el encendedor que llevo en el yesquero. Lo he utilizado como palanca para arrancar las tablas del suelo. Pensé que hacerlo estallar sería demasiado escandaloso.

–Lo que hay que oír.

Alejó su mano con tiento y volvió a echarle un vistazo a sus nudillos. No obstante, él le rodeó los dedos con los suyos.

–Apenas lo siento, mi amor.

–Pues claro que no. Estás frío como un muerto.

–De verdad, no estoy tan mal como parece. –Aunque entonces bajó la vista hacia sus ropas–. Aunque supongo que preferiría que no siguiéramos cabalgando hasta que me seque.

Tenía los labios casi blancos, y el tacto de su mano era helado.

Lydia sintió una ardiente oleada de emoción, una corriente de decisión mezclada con ternura y fiereza. ¿No había ido hasta allí para rescatarle? Aún necesitaba que lo ayudara.

–Quítate la ropa –le ordenó.

Arthur dejó escapar un gruñido de protesta, pero ella ya se estaba deshaciendo de su chaqueta e instándole a hacer lo propio con la camisa.

Cuando ya se encontraba semidesnudo, se desabrochó la pelliza y se hizo un hueco contra su pecho, para tratar de compartir el calor de su cuerpo con él, que, en cuanto sintió que sus senos lo rozaban, tomó una bocanada lenta y temblorosa de aire.

Después, la rodeó con los brazos y la acercó contra sí con más fuerza.

–Cielo santo –masculló. Comenzó a acariciarle el pelo y la nuca, y más tarde le recorrió el cuello y descendió hasta que sus dedos le alcanzaron la muñeca–. Maldita sea, no vuelvas a hacerlo.