Un conde en apuros Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

–Si estamos en lo cierto... Si fueron ellos quienes se colaron en tu dormitorio y si mantienen contacto con mi hermano, no es seguro que estés aquí.

–Dudó un instante en el que su mirada viajó hacia la ventana que dejaba entrever la fila de carruajes de alquiler tras las caballerizas–.

No tendría que estar haciendo esto. Debería llevarte de vuelta con Huw.

Una parte de ella sintió cierto alivio al oírlo.

Podía volver con Georgiana y ponerse a salvo.

Había un diminuto recoveco de su corazón que ansiaba echarse atrás, y no porque tuviera miedo –o, bueno, no solo por ello–, sino porque no sabía si iba a ser capaz de enfrentar la aventura que tendrían que vivir si seguían yendo tras los Thibodeaux.

Hasta el simple hecho de ir en busca de alguien que pudiera llevar el mensaje y explicarle qué quería que hiciera se le antojaba un obstáculo casi imposible de superar.

Ni siquiera sabía con exactitud dónde había dejado a su amiga, ni estaba segura de si iba a poderle indicar a un desconocido el camino que habían seguido hasta allí.

Y, sin embargo...

«Lo inteligente que eres –pensó–. Lo valiente».

–No –dijo–. Tenemos que seguir adelante. Juntos. Sé que vamos a ser capaces de encontrar las respuestas. Es importante.

Le vio pasarse una mano por el pelo.

–Vas a conseguir que me vuelva loco.

Entonces, se inclinó hacia adelante y la besó.

Fue un beso rápido, intenso e inesperado, y un latido después, se separó y la dispuso en dirección al edificio principal de la taberna.

–Envíales el mensaje y vuelve cuanto antes. Echaré un vistazo durante el tiempo que tardes. A ver qué encuentro.

Lydia comenzó a alejarse, aunque de pronto retrocedió. Lo tomó del cuello de la camisa y tiró de él para besarle de nuevo. La curva de su boca se suavizó al contacto con la suya, los labios se le abrieron al compás, y la rodeó con los brazos. Y se sintió removida y a salvo al mismo tiempo.

–Iré todo lo rápido que pueda –murmuró.

–Te espero aquí. No voy a irme a ningún lado.

Le soltó la camisa y, manteniéndose entre las sombras, apretó el paso hacia el patio.

No le resultó complicado encontrar a un mozo que vagueaba ante la puerta principal de la taberna, y le pidió que le llevara el mensaje a Georgiana; le costó bastante más hacerle entender lo que ella necesitaba, entre lo temblorosa que sonó su voz y esa ansiosa bruma que parecía haberle cubierto los pensamientos ahora que ya no se encontraba en mitad de una crisis.

Aun así, a base de fuerza de voluntad, lo logró. Escribió a toda prisa un par de renglones en un recibo antiguo y se lo puso en la mano junto con un puñado de monedas. Antes de que pudiera darse cuenta, ya se había marchado y se alejaba con el sombrero inclinado hacia ella al compás de sus pasos.

Lydia tomó una agitada bocanada de aire y luego otra y más tarde una tercera, y entonces –Dios santo, era como si se hubiera emborrachado con su propio éxito–, en lugar de regresar a los establos, se recolocó el velo alrededor del rostro y se encaminó hacia la entrada de la taberna.

Tras ella, había un comedor público. Y pensó que quizás, si los Thibodeaux se encontraban allí, podría tomar asiento lo bastante cerca de ellos como para escucharlos conversar.

Se toqueteó la parte trasera de la cabeza en un intento por asegurarse de que su pelo quedara oculto por completo.

No creía que, con él cubierto y el velo en su sitio, fueran a ser capaces de reconocerla.

No obstante, tras colarse en el interior, no alcanzó a verlos.

La tabernera, delgada como una sílfide y con un cabello incluso más rojo que el suyo, se le acercó para ofrecerle una mesa; ella sacudió la cabeza.

–Estoy buscando a mis compañeros de viaje.

Maldita sea. Había intentado imitar el acento escocés para disfrazar su voz en caso de que los Thibodeaux se encontraran cerca y pudieran oírla, pero le había salido terrible. Parecía más ruso.

–Son un hombre y una mujer –continuó, aunque tampoco mejoró demasiado. Ahora sonaba galés. O, tal vez, incluso de Newcastle–. Acabo de verlos entrar. Ella iba vestida de azul oscuro con ribetes dorados.

–Ah, sí –dijo ella–, sé a quiénes se refiere. Salieron por la puerta trasera hace apenas unos minutos. Marchaban ya. Nos habían encargado unas empanadas para llevarse por el camino.

«Por el camino».

La sangre se le congeló en las venas.

Arthur. Los carruajes.

Se lanzó de regreso sobre sus pasos, ya sin preocuparse lo más mínimo por el velo ni por las miradas que los patrones de la posada le lanzaron desde los rincones del comedor.

Y, apenas consciente de lo que hacía, corrió alrededor del edificio, se agachó para colarse tras la puerta de los establos y se apoyó contra la pared.

A través de las contraventanas abiertas, alcanzaba a atisbar la fila de carruajes de alquiler. Tuvo que apartarse el velo para ver con mayor claridad.

Al fondo, a la altura del último, se encontraba Didier Thibodeux.

Discutía con el conductor con ese inglés embebido de su acento francés.

Claudine ya estaba montada en el vehículo, sentada en el asiento delantero con las piernas cruzadas bajo las faldas y una empanada envuelta en papel en las manos.

Y, desde donde se encontraba, Lydia percibió con toda claridad cómo la cortina de cuero de la ventana que daba al interior se cerraba de golpe, como si alguien la hubiera cerrado a toda prisa para ocultarse a ojos ajenos.

El corazón se le detuvo, presa del terror. Había alguien dentro.

Alguien que no quería ser visto.

En ese momento, Didier debió de ganar la discusión, porque él mismo se subió al asiento del conductor, que retrocedió a regañadientes mientras sacudía la cabeza y murmuraba algo que Lydia no llegó a oír.

El carruaje se puso en marcha y, de pronto, ante sus ojos, una de las puertas se abrió y una mano apareció tras ella y dejó caer algo de color pálido que revoloteó hasta el suelo.

Era Arthur. Lo supo incluso a pesar de que volvió a introducirla de nuevo al instante, porque reconocía aquellos fuertes dedos, las quemaduras que se le esparcían como motas y los músculos de su antebrazo.

¿Había sido aquella su idea inicial? No lo creía.

¿Cómo podía haber sabido que los Thibodeaux pretenderían hacerse con ese carruaje en concreto en ese instante en concreto?

Debía de haber estado rastreando en el interior de todos ellos en busca de sus pertenencias y haberse visto obligado a esconderse al percatarse de su llegada.

Se quedó paralizada por el miedo y la indecisión a medida que los veía alejarse, aunque fue entonces cuando su vista regresó a la silueta de color pálido de lo que había dejado caer, y de pronto, justo cuando las ruedas traseras del carruaje la dejaron atrás, comprendió de qué se trataba.

Era el sombrero de paja que habían comprado. Una de las mitades de su disfraz. Supuso que lo había lanzado allí para que ella lo encontrara y supiera lo que había sucedido; para que, al regresar, tuviera algún tipo de noción que explicara por qué no se encontraba allí.

Fue consciente de que lo que querría era que fuera en busca de Georgiana y Huw. Que corriera a ponerse a salvo, como un ratoncillo que vuelve su madriguera. Sin embargo, una especie de valentía embravecida comenzó a abrirse paso por su pecho mientras contemplaba el sombrero. Y se puso en pie.

Arthur estaba en peligro; no importaba el miedo que pudiera tener.

Al diablo con los ratoncillos y las madrigueras. No iba a marcharse.

Apretó el paso de vuelta al patio, en el que había una yegua de pelaje rojizo, ya ensillada y embridada y cerca de un escalón de montar. Junto a ella, que paladeaba parte del heno que se esparcía entre los escalones, había un hombre que le sostenía las riendas.

Lydia se alzó las faldas, se subió al escalón y se las arrebató.

–¡Eh! –le oyó gritar, pillado por sorpresa–. Pero ¡¿qué demonios...?!

Claro que ella ya estaba abriendo su ridículo y lo detuvo.

–¿Cuánto pide por ella? –le pregunto, casi sin aliento–.

¿Cuarenta libras? –El hombre se quedó boquiabierto.

Tenía unas cejas bien pobladas, entre las cuales se abría paso una nariz muy prominente–.

¿Cincuenta? –Se apresuró a levantar un pie y lo colocó en uno de los estribos para después darse impulso y encaramarse a la silla de montar.

El ridículo se le tambaleó entre los dedos, y dedicó un instante a preguntarse si tal vez dejar caer toda una cascada de monedas recién acuñadas la harían más persuasiva–.

Tengo mucha prisa y preferiría no tener que regatear.

Solo entonces apretó los labios, con los ojos clavados en el bolsito.

–Doscientas libras.

«¡Por Dios bendito!».

Aquello era una barrabasada. No tendría que haber dicho nada.

–Cien –replicó–. Es todo lo que tengo.

En realidad, un poco menos, después de la visita a la sombrerería, pero por ahí debía de andar. Sostuvo el ridículo en alto, dejándolo colgar ante sus cejas negras, como si así pudiera terminar de tentarle.

De pronto, él alzó una mano y lo tomó con un asentimiento.

El alivio le arrebató la tensión a sus extremidades; apenas sentía los dedos ahí donde aferraba las riendas.

Aun así, clavo las rodillas a cada uno de los flancos de la yegua, agachó la barbilla y la instó a avanzar todo lo rápido que se atrevió a lo largo de la calle, tras el carruaje de los Thibodeaux.