Capítulo 18
G,
Por favor, si llegas a Londres antes que nosotros, ¿podrías asegurarles a mis hermanos que me encuentro perfectamente bien? Miénteles si lo ves necesario.
De Lydia para Georgiana, mensaje escrito a todo correr en el reverso de un recibo de compra que después depositó en las manos del mozo de la posada.
S alieron del callejón una vez que los Thibodeaux hubieron acabado con el regateo, y se abrieron paso a través de los puestos y las tiendas que se extendían por la calle.
Lydia apretó los dientes. Era consciente de que ellos también eran bastante reconocibles: ella, por el pelo, y Arthur, debido a su estatura, apariencia y a lo irresistible que era en general.
No obstante, debían seguirlos. O, al menos, acercarse lo máximo posible para saber qué se traían entre manos.
No creía que fuera una coincidencia que hubieran rebuscado en su dormitorio y que ahora pareciera que los hubieran seguido hacia el sur. De hecho, era posible que supieran dónde se encontraba Davis y que tuvieran intención de reunirse con él.
Y era posible que estuvieran, por alguna razón, yendo tras Arthur.
Aún desconocía el porqué, pero podría hacerlo si se aproximaban a ellos lo suficiente como para escucharlos o descubrir dónde se estaban alojando.
No obstante, si cualquiera de ellos se volvía y reparaba en su presencia, en el hecho de que iban tras ellos, se les acabaría el juego. Sin duda. No podrían obtener información de forma clandestina si los descubrían.
Arthur debía de estar siguiendo la misma línea de pensamiento, porque, de pronto, tras llevar la boca a su oreja, murmuró: –Tengo un poco de pólvora en el bolsillo. Tal vez podría provocar una pequeña explosión para atraerlos y, así, acercarnos algo más.
¿Una explosión? No, lo mejor sería que buscaran darle un enfoque menos agresivo. Algo discreto, que no pudieran detectar. Quizás podrían...
Fue una sombrerería lo que prendió la llama de su inspiración.
–Por aquí –siseó, y tiró de él hasta la tienda.
–¿Qué pretendes que...?
Le situó a la altura del escaparate –ante los cientos de tocados de rosas de seda, frutas artificiales y figuritas de pájaros– y, después, le hizo inclinarse hacia delante.
Arthur se la quedó mirando, pillado por sorpresa, pero ella le tomó de la barbilla y le dirigió el rostro hacia el cristal.
Estaba un tanto deteriorado por el paso del tiempo.
–No me mires a mí –susurró–. Céntrate en los tocados. Mantengámonos fuera de la vista.
Y se colaron en el interior con la intención de, para la sorpresa del propietario, hablar con él.
La ansiedad habitual que le provocaba el simple pensamiento de interactuar con desconocidos le comenzó a trepar por el pecho, como siempre, pero supuso que saberse en aquella situación de emergencia fue suficiente para que su cerebro le permitiera pronunciar palabras audibles: –Discúlpenos, señor –comenzó, con una voz que escapó entusiasta en exceso, como si cada día de su vida se dedicara a llevar a hombres inmensos de un lado a otro.
La sangre le latía con fuerza en las orejas–.
No se preocupe por nosotros. Es que, verá, el conde necesita un. .. sombrero. Estamos de luto.
Sacó su ridículo y tiró de las correas para abrirlo y tomar un buen puñado de monedas.
Se las puso en la palma de la mano. Con aquella cantidad de dinero, al menos si tomaba como referencia lo que sabía de Bond Street, habría podido comprarse una docena de sombreros; imaginaba que el mercado sombrerero de Escocia operaba con una relación de precios más o menos semejante.
El hombre las contempló. Tenía un rostro redondo y alegre y llevaba un enorme sombrero cónico parisino en la cabeza. Y debía de estar familiarizado con los excéntricos deseos de los miembros de la aristocracia, porque no tardó en asentir e hizo un gesto para abarcar toda la tienda.
–Por supuesto, señorita. Elijan a placer.
Lydia le dedicó una sonrisa de agradecimiento mientras se acercaba a tomar una cofia de luto de seda negra. Se la colocó y se extendió el velo por el rostro antes de, con la visión un tanto nublada, dirigirse a Arthur.
–¿Los sigues viendo? –le preguntó.
–Sí –contestó él, que le dirigió una mirada sorprendida antes de devolverla a la calle–. Pero date prisa, Lydia.
Como respuesta, se apresuró a hacerse con un sombrero de paja que se encontraba en el quicio de la ventana, y pensó que tal vez estaba relegado allí porque había pasado de moda.
Lo aplastó contra el suelo y, para asegurarse, lo remató haciendo presión con la mano.
A su espalda, el sombrerero dejó escapar un gemido indignado, pero ella lo ignoró mientras se lo colocaba al conde en la cabeza.
Pero no era suficiente. Se volvió a toda prisa en dirección al escaparate y tiró del cortinaje de lana que lo cubría.
Una bocanada de pétalos de rosa del color del otoño voló por todas partes y una pera –que estaba hecha de.
.., lo cierto fue que no lo sabía; de algo sorprendentemente blando– cayó contra sus botas y después rodó por el suelo.
Tomó el cortinaje y se lo colocó a Arthur alrededor del cuello, como si se tratara de una bufada muy larga. Le quedaba... original, por decir algo. Lo importante era que, gracias a ella y el sombrero, su rostro quedaba bien oculto.
El propietario dejó escapar otro ruidito, esta vez un grito algo más fuerte.
–¡Mis disculpas! –exclamó Lydia con una vocecita muy aguda–. Es por el duelo. Ya sabe... Puede llegar a hacerte reaccionar de formas extrañas.
Y, sin más, tomó al conde del brazo y tiró de él hacia la puerta abierta.
–Ahora soy una mujer viuda –le informó en un siseo en cuanto se encontraron de vuelta en la calle–. Y tú eres mi lacayo. Encógete un poco y camina un par de pasos por detrás de mí y... Sí, así.
Era reseñable el aspecto tan desaliñado que lograba adquirir con solo dejar a la vista sus ojos y sus cejas.
Mantuvo la barbilla gacha, se reajustó mejor el sombrero y.
.. De acuerdo, pensó ella, tal vez no estaba perfecto, y la única explicación que había tras aquella idea era que se había vuelto loca, porque la pelliza que llevaba puesta era de color gris oscuro y no negro, cosa que cualquier ser con dos ojos en la cara alcanzaría a ver.
Aun así, al menos les serviría para ocultar su identidad mientras los Thibodeaux no se les acercaran demasiado.
El murmullo de Arthur escapó apresurado de sus labios: –Acaban de doblar la esquina algo más adelante. A dos calles a la izquierda desde aquí. Intenta ir todo lo rápido que puedas sin llamar demasiado la atención.
Lydia apretó el paso, aunque de pronto lo sintió pegado a ella.
Y con la mano en su hombro.
–Espera –le pidió–. El pelo.
Fue consciente de cómo su mano le acariciaba la nuca y no fue capaz de contener el escalofrío que la recorrió. Después, le recolocó varios mechones para que quedaran ocultos bajo la malla de la cofia y le extendió el velo por los hombros.
Cuando quiso darse cuenta, se encontraban avanzando de nuevo en pos de los Thibodeaux. No tardaron en doblar la esquina que Arthur había indicado ni en localizarlos un poco más adelante. Y, tras sortear un par de calles más, sus pasos comenzaron a decelerar.
Se dirigían a una taberna.
–Vayamos a los establos.
La voz de Arthur fue apenas un susurro tras ella, pero asintió y se abrió camino hacia las caballerizas de paredes blancas que se encontraban en la parte trasera. Él avanzó pegado a ella y lograron colarse en el interior sin que los viera ninguno de los mozos ni de los propietarios de los animales.
Una vez allí, Arthur abrió la puerta de un compartimento vacío y le hizo un gesto para que entrara antes que él.
Después, colocó su cuerpo junto al suyo para protegerla entre las sombras.
El olor característico de los caballos se mezclaba con el dulce y ligero aroma del heno.
Entonces, Lydia notó que le apartaba la fina tela del velo del rostro y que se lo recogía sobre el ala de la cofia.
–Parece que ha funcionado –se oyó decir, aunque no supo si estaba tratando de consolarle a él o a sí misma.
–Sí. –Le había apoyado de nuevo una mano en el hombro, y era un peso firme y cálido que lograba colarse por debajo de su pelliza–. Ha funcionado, sí. Es increíble lo inteligente que eres, Lydia Hope-Wallace. Además de valiente, claro.
«Valiente». Ella jamás se había considera como tal. Sin embargo, alcanzaba a sentir en su mirada la fuerza de su honestidad, el poderoso impulso de la percepción que tenía de ella, y pensó que tal vez sí lo había sido.
Que tal vez podía creerle.
–Deberíamos registrar los carruajes de la parte de atrás –le dijo entonces él–, aprovechando que están dentro.
Lydia tuvo que obligar a su cerebro a regresar al mundo real.
–Sí –dejó escapar a la par que el aliento–. Sí. No deben de llevar mucho tiempo aquí si se fueron de Kilbride House poco después que nosotros. Quizás alquilaron uno y siguen teniendo el equipaje dentro. Podríamos buscar cartas o algo que pueda darnos alguna pista.
–Sí. Y quizás alguno de los conductores sabe adónde pretenden dirigirse después.
–Perfecto, encárgate tú. Yo voy a buscar a alguien que pueda hacerles llegar un mensaje a Huw y a Georgiana.
En mitad de la oscuridad, los ojos de Arthur adquirían un tono más profundo; era el verde de los bosques. El azul de un estanque en calma.
–¿Un mensaje?
–Sí. –Se lamió los labios y alzó la vista hacia él–. Quiero decirles que continúen el camino a Londres y que hablen ellos con Jasper mientras nosotros seguimos a los Thibodeaux.
Arthur apretó el agarre en su hombro. Las líneas del rostro también se le habían tensado y la expresión se le había pintado de angustia.