Capítulo 17 #2
No les llevó demasiado tiempo preparar su marcha de Kilbride House, aunque que anunciaran hacerlo justo tras la partida del señor Eagermont sumió a lady de Younge en un revuelo de consternación –Por suerte –le susurró Arthur a Lydia mientras ella les tendía una inmensa cesta llena de comida–, los Valiquette y los Thibodeaux la seguirán manteniendo entretenida.
–Por suerte, sí.
Su respuesta fue un suspiro cargado de ironía que soltó mientras clavaba la vista en la expresión de madame de Valiquette, siempre contraída. Su despedida había sido especialmente francesa y ostentosa.
Aun así, a primera hora de la tarde, ya se encontraban montados en el carruaje de los Strathrannoch, con Huw a las rien das, y oyendo su constante traqueteo.
Arthur estaba seguro de que había más posibilidades de que el vehículo sobreviviera al viaje a Londres que su trasero, que estaba recibiendo a través del desgastado recubrimiento de los asientos los reveses de cada bache y sacudida que daba.
Lo primero que había hecho había sido escribirle a Bertie una carta a la que había dedicado más tiempo del que, con toda probabilidad, había sido necesario; era consciente de que sabía de sobra cómo cuidar el castillo y sus alrededores en su ausencia y mantenerlo a flote.
Sin embargo, iban a tardar en regresar como mínimo unas tres semanas, y nunca había pasado tanto tiempo lejos del condado.
De hecho, nunca había salido de Escocia.
Por lo tanto, se había descubierto escribiendo cientos de notas ansiosas entre las páginas, como si Strathrannoch fuera poco menos que su hijo recién nacido.
E incluso una parte de él sentía la tentación de volver a escribirle cuando alcanzaran Edimburgo, por si acaso la primera carta no llegaba.
En el asiento ante él, Lydia se encontraba buceando entre sus propios papeles: tanto entre las cartas de Davis como entre los que había encontrado en su habitación de la posada de Haddon Grange y todo el compendio de anotaciones que había hecho durante su estancia en Kilbride House.
Sus mejillas estaban enrojecidas y sus ojos brillantes, y pensó que, si Georgiana no los estuviera acompañando, se habría arrodillado en el suelo ante ella y le habría suplicado que se casara con él.
Sí. Le habría encantado arrodillarse ante ella. Su mente no tardó en mostrarle todo un abanico ilustrado de cada una de las situaciones que podían derivarse de aquello.
Aun así, sí, su amiga se encontraba allí también, lo cual significaba que la situación requería cierta discreción. Además, tenía el ceño tan fruncido que, llegados a cierto punto, Lydia terminó alzando el rostro y parpadeando en su dirección.
–¿Se puede saber qué te pasa?
–Nada.
–¿Es por...?
–¡Estoy preocupada por Bacon, ¿de acuerdo?! –le soltó de golpe–-. Es la primera vez que pasamos tanto tiempo lejos el uno del otro.
Después, les dedicó una mirada tan fiera que ninguno de los dos se atrevió a decir palabra durante un buen rato.
Cuando decidieron pausar el trayecto para pasar la primera noche, Arthur hizo el intento de robarle un momento a solas a Lydia; pretendía apartarla a un lado antes de que pudiera encerrarse en la alcoba que suponía que compartiría con Georgiana o pedirle buscar un rincón aislado en el comedor de la posada.
El problema fue que la descubrieron llena hasta los topes.
–¿Por qué demonios había tanta gente? Estaban a finales de octubre–.
Y hacían tanto ruido que tenía que gritar para que le oyeran.
Por no mencionar que solo había una habitación libre.
Pocas cosas le parecieron menos románticas que tener que pasar la noche en aquella diminuta estancia que apestaba a cerveza seca en la que Lydia, Georgiana, Huw y él se vieron obligados a apiñarse hasta conformar todo un mosaico de catres y colchones varios.
Y la cuestión era que no necesitaba ni una velada bajo la luz de las estrellas ni pétalos de flor de naranjo, por Dios; lo único que quería era no tener que desgañitarse vivo para poder declararse. Así que no ocurrió.
Lo haría al día siguiente, acabó decidiendo, y trató de ignorar el salto mortal que el simple pensamiento le hizo dar a su estómago. Después, se recolocó de lado en la cama, apartó un tanto la pierna de Huw, que estaba muy cerca de su cara, e intentó dormir. Fue en vano.
Para cuando llegaron a Edimburgo al día siguiente y fueron en busca de un sitio donde poder comer algo, Lydia llevaba ya un tiempo con la sensación de que Arthur se estaba comportando de forma un poco extraña. Que, de hecho, lo había notado así desde...
En fin, desde que le había desgarrado el camisón y la había hecho llegar al clímax sexual contra la puerta del dormitorio; lo cual, en sí, encajaba bastante bien en la descripción de «comportarse de forma un poco extraña».
Aun así, había sido ella quien le había pedido que lo hiciera –bueno, tal vez no que le desgarrara el camisón, claro, pero tampoco era que se hubiera quejado de ello–.
Además, él le había dicho que no se arrepentía de lo que había ocurrido.
Sin embargo, parecía incómodo, un tanto distraído.
Cada vez que había alzado la mirada desde el lado contrario del carruaje, lo había descubierto con la vista ya fija en ella y con el ceño muy fruncido.
Y una parte de sí misma –la parte que siempre estaba alerta por si se desataba el caos desde cualquiera de los rincones– se preguntaba una y otra vez si tal vez le sucedía algo con ella.
No obstante, él no se había apartado de su lado en ningún momento, ni en el comedor de la posada ni en la alcoba en la que habían dormido, e incluso aquel día había tomado asiento junto a ella en el carruaje.
Había sentido su largo y musculoso muslo apretado contra el suyo durante todo el trayecto.
Además, de pronto, le había tomado la mano.
Aunque después se la había soltado como si le hubiera abrasado el contacto.
Por no mencionar que, en cierto momento durante el desayuno, le había visto arrodillarse junto a ella para alzarse de nuevo de inmediato y con tanta premura que se había visto obligada a preguntarle si había perdido algo.
Claro que no lo parecía. A excepción, quizás, de la capacidad de habla, porque había pasado a contemplarlos, tanto a ella como al resto de sus acompañantes y los bannocks y recipientes de miel que colmaban la mesa, en puro silencio.
Una vez en Edimburgo, no obstante, le pareció que había terminado de perder la cabeza. Apenas llevaba unos tres mordiscos de la manzana que había comprado en un puesto ambulante cuando, de pronto, sintió que la tomaba del codo y que tiraba de ella en dirección a una callejuela colindante.
Debía concederse a sí misma que, pese a todo, no dejó caer ni la pieza de fruta ni su ridículo, aunque sí que estuvo a punto de tropezar por culpa de los tacones de sus botines a rayas.
Su mano –grande y sólida– se aseguró de mantenerla en el sitio.
No dejó que se cayera.
–¿Está todo bien?
Lydia alzó la vista tras preguntarlo y se fijó en que estaba volviendo a crecerle la barba y en que llevaba la camisa abierta un poco a la altura del cuello.
Como siempre. Tenía un aspecto bastante desaliñado, aunque, a decir verdad, le daba cierto atractivo.
Tal vez se debía al hueco del cuello, o a la hendidura de su clavícula, que la invitaba a explorarla. Con la lengua.
–Lydia –dijo él, lo cual no era precisamente una respuesta.
La guió un poco más hacia el interior del callejón que, en el extremo contrario, desembocaba en una calle algo más pequeña pero repleta de tiendas, puestecillos y compradores que iban de un lado a otro.
–¿Sí?
Arthur la soltó. Después, se pasó los dedos por el pelo –tenía un agujero en la parte trasera de la manga de la camisa– y le tomó la mano, manzana incluida.
–Lydia –repitió. Y dudó.
–Sí –asintió ella, tratando de alentarlo a continuar–. Esa soy yo.
Él dejó escapar un suspiro exasperado, y fue entonces cuando ella percibió algo por el rabillo del ojo; algo en el otro extremo de la callejuela. Entornó los ojos, dubitativa. Había algo que desentonaba allí, en mitad de la calle abarrotada.
–Sé que las últimas semanas han sido un poco desconcertantes –le oyó comenzar mientras se ponía de puntillas, solo un poco, para poder mirar por encima de su hombro.
–Muy desconcertantes, sí –se mostró de acuerdo.
Había una pareja en mitad de la muchedumbre, y era algo en ellos lo que le llamaba la atención, estaba segura, pero no sabía qué.
Arthur aún mantenía el agarre de su mano y la manzana quedaba envuelta entre las palmas de ambos de una forma bastante absurda.
–Y sé... Quiero decir, creo... o espero, sí, mejor, que estés abierta al matrimonio. Y a un condado. A un conde, me refiero.
Ella, aunque escuchaba sus palabras, no llegaba a interiorizarlas; tenía la mirada fija en la pareja, en la calle.
Parecían estar regateando con un tipo que llevaba un carro tirado por un caballo.
El hombre llevaba sombrero, pero alcanzaba a intuir su cabeza calva justo debajo.
La mujer, por su parte, era bajita, regordeta, e iba vestida con ropas de color azul marino con rebordes dorados.
Azul marino y dorado. Los colores de Kilbride House.
Dejó caer la mano que Arthur tenía entre las suyas y la manzana se precipitó contra los adoquines con un golpe húmedo. Al oírlo, contuvo un jadeo y se impulsó hacia atrás para internarse aún más en las sombras.
Arthur no tardó en alcanzarla.
–¿Qué ocurre?
–Los Thibodeaux –respondió–. Están ahí. Justo delante de nosotros, en esa calle, y.
.. –Hizo una pausa, pero, en el fondo, estaba segura.
Sabía que no se equivocaba–. Fueron ellos los que se colaron en mi habitación de Kilbride House.
La criada que vimos en la puerta era Claudine; iba vestida igual que ahora.
El conde se había colocado entre ella y la salida del callejón; su cuerpo conformaba una firme muralla protectora mientras su mirada seguía la suya hasta que encontró al hombre del sombrero y a la mujer vestida de azul y dorado.
Habían sido ellos. Era evidente y, a juzgar por el reconocimiento que también le recorría el rostro a Arthur, supo que él también lo veía.
–Son ellos quienes están trabajando con mi hermano –dijo–. No los De Younge. Ni tampoco los Valiquette.
–Sí. Y no podemos perderles la pista hasta que sepamos qué hacen aquí, en Edimburgo.