Capítulo 17
Cuánto te deseaba... Deseaba poder mantenerte a mi lado en la cama para siempre, prometerte el mundo entero en susurros y derramar toda mi dulzura sobre ti. Deseaba pedirte que apoyaras la cabeza en mi pecho y que descansaras un rato más, porque así, tal vez, podría mantenerte a salvo.
Extracto obtenido de entre los papeles de Arthur Baird, tachado y recomenzado.
L o único que le pesó de todo aquello fue que se hiciera de día.
Le habría encantado poder llevarse a Lydia hasta la cama, dejar que se recolocara junto a él y quedarse dormido con el rostro hundido en su pelo.
Sin embargo, había amanecido, así que tuvo que contentarse con contemplar cómo se peleaba con la bata mientras intentaba ponérsela de nuevo antes de irse a su propio dormitorio para prepararse.
Detestó el sol. Detestó aquella bata y sus cientos de botones, y también –mientras se lavaba, repasaba el afeitado y se cambiaba de ropa– el estado en el que habían quedado sus pantalones. Aun así, se sentía incapaz de odiarse por lo que había hecho.
No, no se arrepentía de lo que había sentido al tenerla contra él, de haber oído el jadeante pulso de su deseo y de haber sido testigo de cómo sus muslos le rodeaban la cintura, demandantes, ni de los gritos que había contenido en la garganta.
No había puesto su honor en peligro. No había hecho nada irrevocable; lo que había hecho no la obligaba a casarse con él. Al menos, y pese a todos los defectos que pudiera tener, no había perdido esa última pizca de cordura.
Seguía sin saber si podría ganarse su cariño –después de lo que su hermano le había hecho, ni siquiera sabía por dónde comenzar–, pero de pronto, de alguna forma, le parecía que podía llegar a ser posible.
Ella lo quería..., o lo deseaba; le había dicho, en voz baja y apremiante, lo que anhelaba que le hiciera.
Así que, tal vez, con el tiempo suficiente, podía conseguir que aceptara casarse con él de verdad.
Se aferró a la esperanza con ambas manos y se preguntó cuál sería la mejor forma de pedírselo, y sintió el contorno de cada una de las palabras que necesitaría pronunciar contra la lengua. Se le aceleró el corazón.
No obstante, Lydia lo había hecho; le había dicho qué quería.
¿Acaso no podría él ser lo suficientemente valiente como para hacer lo mismo?
Se encontraba aún dándole vueltas al tema cuando se dirigió hacia la puerta y, al abrirla, se topó con Lydia en el rellano. Tenía la mano alzada, como si hubiera estado a punto de llamar.
Por mucho tiempo que hubiera pasado con ella en las últimas tres semanas, seguía sobrecogiéndole el simple hecho de verla.
Se había puesto un vestido verde y tenía el pelo recogido en la nuca con firmeza.
Y, al reparar en los delicados guantes de encaje que iban abotonados a la altura de la muñeca, sintió el impulso de quitárselos. Con los dientes.
Se permitió tener la momentánea fantasía de que se la llevaba de vuelta a la cama. Y luego, otra distinta y un tanto más larga, que implicaba introducir el rostro entre sus piernas, lo que le hizo recordar de pronto que era algo que aún no había hecho.
Aun así, a pesar de las intrusiones eróticas de su mente –que algo le decía que tendrían que haberse disipado un tanto después de lo que había ocurrido entre ellos y no multiplicarse–, solo tenía oídos y ojos para ella.
La vio desdoblar una hoja de papel; su expresión estaba cargada de preocupación.
–Jasper me ha hecho llegar una nota –le contó–. Estaba en mi habitación. No sé cuándo habrá sido, pero la he leído y... me ha dejado inquieta.
–¿Me permites que le eche un vistazo?
Ella asintió y se la tendió.
«Lyd –comenzaba con aquella caligrafía tan afilada–.
Me reclaman en Londres. Tengo intención de contarle a madre la noticia de tu boda, pero quédate en Escocia con Strathrannoch, ya sea en su castillo o en la casa de campo que tiene en Glencoe.
Te escribiré de nuevo cuando se haya calmado lo suficiente como para que puedas regresar».
No tenía una firma como tal, tan solo una inicial: una jota torcida con el extremo en bucle.
Arthur dobló la nota y alargó la mano para tomarle a Lydia la suya. Odiaba verla así, casi tanto como odiaba que su hermano hubiera decidido contar que se había casado sin permitirle ser ella quien controlara la narrativa, incluso cuando todo aquello era una farsa.
Y, aun así... Dios. No quería aprovecharse de su malestar, pero no pudo evitar preguntarse si aquel podía ser el mo mento oportuno para decirle que quería casarse con ella de verdad.
La sensatez que portaba la idea que le sobrevino lo alivió de alguna forma.
Tenía la posibilidad de ofrecerle una buena razón para que aceptara, una explicación lógica que le mostrara por qué era conveniente que se enlazara con él: así no se vería obligada a mentir a su familia.
Podía recurrir a su mente metódica y astuta, y así no tendría que intentar abrirse camino hasta su corazón.
–Lydia –comenzó, apretando sus dedos un poco más–, sé que debes estar preocupada por lo que pueda pensar tu familia de todo esto.
Se le frunció el ceño un instante, aunque de pronto se desvaneció.
–¡Oh, no! No es eso. Jasper está siendo un poco dramático en lo referente a eso. Honestamente, creo que, con todo, mi madre va a estar encantada.
Aquello lo detuvo, pillado desprevenido. «Estar encantada» le parecía una predicción un tanto optimista de más, incluso si se encontraran en mejores circunstancias; la suya, no obstante, no habría podido calificarse como tal según ningún tipo de definición racional.
–Pero no –continuó entonces ella–, lo que me inquieta no es que vaya a contarle lo de nuestro matrimonio a mi madre, sino... ¿Tú...? ¿Le comentaste en algún momento que tenías una casa de campo en Glencoe?
–¿Que teníamos la casa de campo? –Su vista viajó de nuevo a la nota y le soltó la mano. Sentía un cosquilleo en la nuca–. No, en absoluto. La vendimos hace casi dos décadas. Pensaba que le habrías comentado tú algo al respecto.
–No, nada.
–Tal vez los De Younge mencionaron el tema. Tenían amistad con mis padres.
–Tal vez, sí, pero, aun así, ¿qué le habrá hecho creer que seguías teniéndola?
De repente, las palabras que componían su mensaje se habían vuelto más nítidas, y la tinta, más clara. Bajo su mirada, una pequeña mancha que había en la parte inferior del papel tomó mayor consistencia.
–Davis –dijo–. Davis te habló de la casa de Glencoe.
–Exacto.
Su voz había tomado mayor consistencia mientras esperaba que llegara a la misma conclusión a la que había llegado ella.
–Crees que puede haber sido tu hermano quien se coló en tu habitación. Y que leyó las cartas de Davis.
Lydia echó un nuevo vistazo a la nota, con los labios apretados. Cuando volvió a alzar la mirada en su dirección, le pareció ver una sombra en sus ojos.
–Es posible, sí, pero al mismo tiempo no he podido evitar preguntarme... –Se humedeció los labios–. ¿Recuerdas que mencionó lo del hombre que vendía pasta de nabo con forma de cabeza de bacalao?
–Sí.
–Tu hermano también me habló de eso. Y lo hizo de la misma forma. Con las mismas palabras. Y también me habló de vuestra casa de campo. Y me ha dado que pensar que... Que es posible que Jasper haya estado leyendo mi correspondencia con él durante todo este tiempo.
El corazón le dio un vuelco.
Tenía razón. Sí, por supuesto que la tenía. Su cerebro –siempre cuidadoso y preciso– había logrado unir las piezas del puzle que Davis y Jasper habían esparcido por doquier, y había encontrado un posible porqué entre los detalles en los que él ni siquiera se había detenido a pensar. Aunque...
–Pero ¿por qué haría tu hermano algo así? –le preguntó, clavando la vista en su rostro–. ¿Y de qué manera ha podido llegar a tener acceso a las cartas? Dijiste que las recogías directamente de la biblioteca Belvoir, ¿no es cierto?
Claro que no fueron esas dos las únicas preguntas que se esparcieron por su mente; no obstante, no las pronunció en alto. ¿Acaso su hermano estaba al tanto de los tejemanejes de Davis? Y, de ser así, ¿por qué no había tratado de advertirla?
¿Y cómo podía haber permitido que la situación llegara hasta ese punto? ¿Por qué?
–No lo sé –fue su respuesta. Alzó una de sus pequeñas manos y sus dedos enguantados envolvieron los suyos.
Arthur le mantuvo la mirada, consciente de que no habría podido apartarse ni aunque hubiera querido hacerlo–.
Pero estoy pensando que quiero ir tras él.
Quiero volver a Londres y comprobar si ha vuelto a casa de verdad, y preguntarle qué diantres se trae entre manos.
Al instante, y casi por instinto, cada parte de su ser se rebeló ante la idea. Entendía por qué quería hacerlo; debía de tener cientos de preguntas más de las que él mismo tenía. Sin embargo, no quería que se fuera. No quería separarse de ella. No en aquel momento. No aún.
Lydia no debió de interpretar correctamente la razón de su vacilación, porque añadió: –Sé que puede dar la sensación de que hacerlo va a interrumpir la búsqueda de tu hermano y del visor, pero.
.. Creo que, si de verdad Jasper ha estado siguiendo nuestra corres pondencia, debe de haber una razón detrás.
Y que es posible que sepa más de lo que sabemos nosotros.
Puede que hablar con él nos ayude a encontrarlo antes.
Se vio obligado a aclararse la garganta, como un estúpido, antes de hablar: –¿Pretendes que... te acompañe? ¿A Londres?
Ella parpadeó varias veces, y pudo ver las sombras que le imprimían las pestañas sobre las mejillas.
–Sí, claro. Quiero decir..., solo si tú quieres.
–Sí –respondió. Una nueva bocanada de alivio le desembotó el cerebro y apretó los dedos en torno a su mano. No quería separarse de él; aún podían seguir estando juntos–. Puedo comenzar a guardar mis cosas e irnos esta misma tarde. Juntos.