Capítulo 16 #3
Lydia contuvo un jadeo. Sus dedos habían quedado expuestos al frescor de la madrugada y sus manos se encontraban de regreso a su cintura y, durante un instante, el mundo fue un lugar afilado e incierto. Al menos, hasta que le rodeó los pechos con las palmas de las manos.
Gimió al tocarla y ella también dejó escapar un sonido casi salvaje mientras presionaba con fuerza las manos contra la puerta.
Le oyó decir algo entre dientes que sonó a imprecación, suave y a la vez sucio, y sintió que le punzaba los pezones; que se los estrujaba, aunque solo un poco, y, como respuesta, un cosquilleo se le esparció entre las piernas.
Fue una sensación poderosa y arrasadora, una ola que se precipitó sobre ella y la hundió hasta el fondo.
Porque Arthur siguió haciéndolo una y otra vez, y con cada una, cada vestigio de razón se le esfumó en el aire y las exigencias de su cuerpo ocuparon su lugar.
Soltó un gimoteo –uno desesperado y animal– y apretó los muslos; necesitaba calmar el anhelo casi doloroso que se los recorría y, sin embargo, pare cía empeñado en presentar batalla, porque no hacía más que aumentar con cada uno de sus movimientos.
–Shhh, Lydia –murmuró él–-. Por Dios... Nada me gustaría menos que dejar de escucharte, pero... No podemos hacer tanto ruido.
No tenía ni idea de a qué se refería. Sus dedos no se detuvieron en ningún momento, y notaba que la elevaban más y más a cada segundo, con mayor intensidad y tensión.
Las manos se le extendieron sobre la madera de la puerta mientras sus caderas se sacudían en busca de presión. En busca de algo, lo que fuera.
De repente, una de las manos de Arthur abandonó su pecho, y lo sintió como un corte inmediato que hasta la mareó.
Aun así, no tardó en regresar, inmensa y abrasadora, aunque esta vez sobre su muslo, donde comenzó a ascender y descender a lo largo de la tela que le recubría las nalgas; fueron unas caricias maravillosas –tanto que una bocanada de alivio se entrelazó con el placer hasta hacerse uno–, pero no le resultaron suficiente.
Por instinto, separó las piernas y, de pronto, gimió al notar cómo Arthur le recorría el cuello con la lengua.
–Shhh –le pidió de nuevo mientras tiraba de su camisón. La tela trepó por su pierna hasta que, por fin, sus dedos se colaron por debajo de ella y se deslizaron hasta la parte interior de su muslo–. Lydia, cariño, no hagas tanto ruido. Dios..., estás... Ah, joder.
Había encontrado el punto exacto, ahí donde la excitación había empapado su piel.
Sintió cómo la recorría con círculos concéntricos y, después, cómo iba subiendo poco a poco a través de aquel camino húmedo hasta que por fin alcanzó la parte más sensible de su sexo.
La acarició, con suavidad y celeridad al mismo tiempo, al compás del ritmo de su otra mano, que seguía rodeándole un pecho.
Placer. Lo único en lo que podía pensar era el placer. El que le provocaban sus manos. El que la atravesaba de parte a parte.
Sintió que perdía los estribos.
«Oh, Dios –pensó–. Sí... Sí, por favor».
De pronto, las manos de Arthur desaparecieron, porque la tomó para girarla ante él. Su espalda cayó sobre la puerta.
–Silencio –le pidió, y entonces la besó.
Fue un beso frenético y desenfrenado, más brusco y salvaje que el primero que habían convertido. Su lengua se coló en su boca, pero Lydia se descubrió siendo consciente de que era justo lo que quería. Quería cualquier cosa que estuviera dispuesto a darle, y quería tomarlas todas.
Fue consciente de que podía tocarle ella ahora, y fue lo que hizo.
Deslizó la lengua y le mordió y chocó con su boca mientras sus manos caían por cada una de las partes de su cuerpo que quedaban a su alcance.
Las deseaba todas: sus hermosos pómulos, su nuca, sus amplios y firmes hombros.
Él la agarró por el trasero y la apretó contra sí mientras la mantenía firme en su lugar contra la puerta; tanto que hasta la levantó del suelo.
Lydia lo rodeó con las piernas, y fue como si lo hubiera hecho cientos de veces antes.
Alcanzaba a sentir su erección a través de los pantalones, y le pareció tan grande y dura que no pudo evitar sorprenderse mientras él la frotaba contra su sexo, que había quedado expuesto, y gruñó contra su boca, como si no pudiera evitarlo.
Ella lo aferró por los hombros tratando de acercarlo aún más a ella, con más y más fuerza.
Lo quería dentro de ella. Fue algo de lo que se percató de pronto.
Quería sentirle por completo.
Sin embargo, el pensamiento acabó fundiéndose en su mente a medida que él se balanceaba contra ella.
Notaba cómo su entrepierna le rozaba el clítoris a un ritmo constante, y en cuestión de unos segundos sintió que estaba a punto de alcanzar el clímax.
Varios escalofríos la recorrieron y apretó las piernas con más fuerza en torno a él.
No le estaba pidiendo nada. Se lo estaba exigiendo.
–¿Qué necesitas? –alcanzó a preguntarle él y, aunque su voz parecía haberse quebrado, todo lo demás seguía perfecto. Era perfecto. Era...
–Que no pares. No pares.
Su boca regresó a la suya, y la besó mientras se movía contra ella, apremiándola mientras le acariciaba la lengua y los dientes al compás de las sacudidas contra su entrepierna.
La aferró con fuerza a medida que su cuerpo convulsionaba y las piernas se le tensaban y le temblaban.
Y, pese a que luz del amanecer se esparció en mil centellas, ella sintió que el placer la cegaba.
–Sí –le oyó decir, sin dejar de besarle la boca y después la mejilla y más tarde el cuello–. Sí, Lydia, mi amor... Me encanta. Me encantas. Esto es... Ah.
Siguió frotándose contra ella cuando por fin se corrió, y no se detuvo siquiera cuando su clímax comenzó a remitir. Continuó contoneándose y embistiendo mientras su voz se ahogaba, y se dio cuenta de que él también podía acabar de aquella forma. Y, sí... –«sí, Dios, sí»–, quería que lo hiciera.
Quería verle deshacerse de placer ante ella.
–No pares –le pidió.
Él soltó una palabrota y gruñó mientras se estabilizaba en el suelo con firmeza, y entonces Lydia comenzó a sentir que temblaba.
Los dedos se le hundieron en torno a sus nalgas y clavó la frente contra su cuello y dijo su nombre.
Después, arremetió una, dos, tres veces, y cuando volvió a alzar la cabeza, la habitación estaba lo bastante iluminada como para poder ver sus ojos con claridad.
Dorados y verdes y azules en círculos y círculos, como los de los árboles.
El sol ya estaba en lo alto. Ya era por la mañana.
Lydia esperó. Él la mantuvo sujeta, entre sus brazos y con el cuerpo apoyado en la puerta.
No se movieron, y una parte de ella pensó que tal vez se debía a que ninguno de los dos quería romper la magia de aquel momento.
Sentía que su cuerpo encajaba con el suyo.
Que estaban tan cerca que los bordes de la estancia se difuminaban mientras sus ojos de mil colores, serios y cautos, le recorrían el rostro.
Ella alzó la mano y le acarició la línea de la mandíbula.
–No te arrepientas de lo que acabamos de hacer. No quiero que te arrepientas.
Notó cómo se removía al oírla y acabó separándose, despacio, hasta que la dejó de vuelta en el suelo. Ella bajó la mano.
Era idiota. Era demasiado blanda y sensible y sus sentimientos iban demasiado rápido. Era algo que sabía de sobra, y también lo fácil que era hacerle daño, y Arthur...
A la clara luz del día, fue consciente de hasta qué punto podría destrozarla.
No obstante, fue entonces cuando él se inclinó hacia delante y le envolvió el rostro.
–Ay, Lydia... –susurró–. Jamás voy a arrepentirme.