Un conde en apuros Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Se bajó de la cama y se dirigió hacia la entrada sin pensárselo siquiera.

A él ni siquiera le sorprendió. La siguió de inmediato.

Aunque era pequeña, era también muy rápida, y en apenas unos segundos ya se encontraba inclinada ante la fina hendidura que había entre la puerta y una de las jambas, en un intento más que evidente de ver a través de ella.

Arthur llegó a su lado.

–¿Qué...?

Sin embargo, ella le lanzó una mirada furibunda y se llevó un dedo a los labios.

Por Dios. Le resultaba increíble: no es que atrajera los problemas, como creía antes, sino que se arrojaba de cabeza a ellos. La contempló de arriba abajo y, después, se inclinó también sobre la rendija. Su barbilla se encontraba a varios centímetros de la parte superior de su cabeza.

Si era cierto que había oído a alguien llamar a la puerta, ya debía de haberse ido.

Claro que, entonces, justo debajo del hueco donde la bisagra superior encajaba con el marco, alcanzó a ver una figura.

Estaba tratando de entrar a la habitación en la que se había alojado Lydia los primeros días, justo enfrente de la suya

Pero no era ningún intruso. Era una criada.

Una mujer de busto prominente que vestía el uniforme del servicio de Kilbride House, azul marino y dorado.

La vio recolocarse el cubo de cobre que llevaba a la altura de la cintura y tirar con más fuerza de la manilla de la puerta, que se abrió con un chirrido. Después, se coló en el interior.

–Oh –susurró Lydia–. Lo siento muchísimo. Soy idiota.

–No eres idiota. Tal vez una cabeza loca por haberte lanzado contra la puerta sin saber si al otro lado podrías haberte descubierto bajo la mira de una pistola cargada, pero no idiota.

La sintió moverse junto a él, aunque no apartó la atención del hueco de la rejilla, y de pronto Arthur fue consciente de su postura: estaba apoyada sobre la superficie de la puerta y él justo detrás, con los brazos a cada lado de su cabeza.

Y alcanzaba a oler el suave y dulce aroma de su cuerpo.

Solo tendría que inclinar la cabeza para hundir el rostro entre los mechones de su pelo del color del otoño.

Apenas necesitaría esforzarse para tocarla.

La voz de Lydia, cuando volvió a hablar, fue apenas un suspiro:

–En realidad es solo que... Bueno, normalmente las criadas no vienen a estas horas; no estaba esperando que hubiese nadie y, cuando me pareció oír algo...

–Has hecho bien. –Su voz sonó ronca, y una parte de él deseó que lo atribuyera a los vestigios del sueño.

–¿Esperamos a que salga? Al menos hasta asegurarnos de que no hay nada raro.

«Dile que no –pensó él–. Dile que se vaya a la cama y que te encargas tú de vigilar».

No obstante, resultó ser que había vuelto a perder la sesera y la voluntad y todas esas cosas en las que ni siquiera estaba pensando, porque lo que dijo fue:

–Sí. Quedémonos un poco.

Lydia volvió a acercar el rostro a la puerta y él se permitió contemplarla.

Las ventanas no dejaban pasar más que un pequeño reguero de luz del amanecer en el dormitorio, y apenas era capaz de distinguir el brillo cobrizo de su cabello, que lo tenía recogido en una trenza y unos pequeños pelillos rizados se escapaban aquí y allá.

Su mirada se deslizó hasta el extremo, que estaba atado con un trozo de tela de encaje y que colgaba junto a la parte trasera de su camisón, que era. ..

Fue incapaz de contener un gruñido, áspero y cargado de deseo.

Llevaba el corto, y se contoneaba en cada una de sus curvas hasta transformar el contorno de su cuerpo en un suspiro de seda.

.. ¿azul? ¿O era de color lavanda? No alcanzaba a distinguirlo en la penumbra, incluso a distinguirla bien a ella, y aun así, lo intentó.

Sus ojos cayeron en la tela que le cubría las nalgas y en la curva pálida de sus pantorrillas.

Aquello le excitó de inmediato. Comenzó a sentir la sangre palpitándole en la entrepierna y deseó apretarse contra ella, darle la vuelta y empotrarla contra la puerta. Quería mirar sus ojos azules mientras se hundía en su interior.

Y sabía que había una razón por la cual debía contenerse de hacerlo.

De pronto, no recordaba cuál.

–Oye, Arthur –le oyó susurrar, y vio que giraba sobre sí misma, entre sus brazos–, ¿crees que...?

Entonces, él tomó una de sus manos y la presionó contra la madera de la puerta.

–No te muevas –dejó escapar entre dientes–.

No te vuelvas. –Pillada por sorpresa, Lydia dejó escapar un pequeño jadeo y torció la cabeza, lo que dejó expuestas la piel de su oreja y la tierna línea de su cuello–-.

Si te vuelves, no voy a poder pensar con claridad.

No voy... Dios santo, ni siquiera puedo hacerlo ahora. Me nublas la mente.

Oía su respiración, que había empezado a escapar con mayor celeridad, y el pulso que le latía con fuerza en la base de la garganta.

–Me paso cada día y cada noche pensando en volver a tocarte –siguió diciendo, con voz ronca–. En volver a posar las manos en ti. En tu boca.

Lydia tragó saliva, pero no dijo palabra. Y, pese a que Arthur mantuvo su mano fija entre la suya y la puerta, no hizo ademán de desasirse, y él se descubrió incapaz de dejar de hablar:

–Y es que no me costaría nada en absoluto deslizar los dedos por debajo de la tela de tu camisón y quitártelo y tenerte desnuda y preciosa ante mí. No te imaginas lo que es saber que lo llevas puesto y estar en la cama, a tu lado. Cada vez que lo pienso...

Se detuvo. A medida que trataba de respirar, veía cómo sus pechos subían y bajan a un ritmo errático, y llegó a su mente el eco de los sonidos que escaparían de su boca, a todo volumen y cargados de necesidad, si los aferrara.

–¿Qué? –susurró ella–. «Cuando lo piensas», ¿qué?

Como respuesta, se apretó contra ella e hizo presión con toda su excitación sobre el generoso relieve de su trasero, y el placer que le provocó le hizo exhalar un pequeño gruñido.

–Me enciende. Me desespera. Me hace perder la cordura.

–Arthur... –jadeó, y su mano tembló al contacto de sus dedos. Durante un instante, pensó que lo apartaría, pero entonces llegó–: Tócame –le pidió–. Por favor.

Su cabeza buceaba en un mar de deseo. Sentía la piel ardiente, notaba cada roce, y tenía los pezones tan duros que, cuando la tela del camisón se los frotaba, le enviaba escalofríos por todo el cuerpo, con cada respiración.

Arthur se encontraba justo tras ella y su mano se cerraba en torno a la suya mientras se la mantenía fija contra la suave madera de la puerta.

Aquel era el único sitio en el que la estaba tocando y, aun así, bastaba para que la excitación la recorriera de arriba abajo; para que diera vuelcos y se deslizara en la parte baja de su vientre y bombeara entre sus piernas.

Su mano era enorme, muchísimo más grande que la suya propia, y pensar en el contraste entre la fuerza que era evidente que contenía y los pequeños huesos que conformaban su muñeca la encendía mucho más.

Sintió que los músculos de sus brazos se le flexionaban tras la cabeza, como si estuviera tratando de contener a duras penas todo el poder de su anatomía.

Y era consciente de que era ella quien lo estaba causando.

Una energía distinta se alzó en su interior, con tanta potencia que comenzó a sentirse algo mareada, pero también capaz de todo.

¿Cuándo iba a volver a tener una oportunidad así? ¿Cuándo podría volver a tener a ese hombre –ese hombre al que deseaba más de lo que alguna vez habría creído posible– temblando de deseo junto a ella?

–Por favor –volvió a decir–. Quiero que me recorras con las manos, que recorras mi piel.

Era mucho más fácil hablar así, de espaldas, consciente del calor que emanaba de su cuerpo sólido en contacto con ella mientras mantenía la vista fija en sus manos entrelazadas.

Hubo un instante –largo, como si se hubiera congelado el tiempo– de indecisión, en el que pudo sentir que se tensaba incluso más mientras apretaba el agarre de la mano sobre la suya.

Y entonces la dejó caer, ardiente y pesada, sobre la curva de su cintura.

–Dios –gruñó.

Aunque sus dedos ya estaban en movimiento, deslizándose hacia su vientre y acercándola aún más contra sí con apenas una ligera presión. Se oyó a sí misma dejar escapar un pequeño gemido.

–Coloca las manos en la puerta –le pidió Arthur–.

Las dos. Y no te vuelvas. No puedo... No puedo prometerte que vaya a lograr mantener tu honor intacto si lo haces.

–Sus dedos treparon por su cuerpo, y trazó el relieve exterior de uno de sus pechos.

No pudo evitar gimotear, pese a que trató de presionarse un poco más contra su mano–.

Dios –murmuró de nuevo, y bajó la cabeza hasta que sus labios le rozaron el oído–. Lydia. Lydia...

–Quiero que... Quiero que hagas lo que has dicho. –Fue lo único que se descubrió capaz de decir. Sentía los senos turgentes e hinchados, y el serpentear de su pulgar en aquel punto hacía que el deseo la embargara aún más–. Quítame el camisón. Tócame como desees.

–Sí.

Su aliento le bailó sobre la oreja y le hizo temblar; no tenía ni idea de que aquella parte de su cuerpo podía llegar a ser tan sensible. No tenía ni idea de nada..., pero, aun así, no quería... No quería que parara.

Arthur deslizó la mano derecha –la que antes había estado atrapando la suya– por su brazo hasta el hombro, y fue cons ciente de cómo sus yemas callosas le raspaban un tanto la piel.

Al llegar a lo alto, se detuvo y dejó que uno de sus dedos se colara por debajo de uno de los tirantes de su camisón y comenzó a juguetear con él.

Impaciente, Lydia presionó la espalda contra su cuerpo, lo que le arrancó otro gruñido. Un gruñido hambriento.

Notó entonces el reborde de sus dientes contra la oreja.

– Dinna rush .

–Pues deja de alargarl...

De pronto, él tensó los brazos, rápidos y potentes, y le rasgó el escote de encaje.