Capítulo 16
Me ha parecido entender que Strathrannoch y su condesa han comenzado a compartir alcoba... Tú no has tenido nada que ver con esto, ¿verdad, cariño? (Por favor, tómate esta pregunta con el ánimo de halago que pretende llevar).
De Huw para Bertie, enviado desde Kilbride House.
C inco días de convivencia conjunta después, Arthur había comenzado a pensar que compartir espacio con Lydia Hope-Wallace estaba minando sus capacidades intelectuales.
Había erosionado su voluntad, quebrado su compostura y causado un daño significativo e irreparable a su corazón. Y, sin embargo, no.
Su corazón no era el problema más acuciante.
Sino su cerebro, y el hecho de que ni siquiera la semana de investigación que habían concertado tener le había reportado ningún tipo de progreso en lo referente a descubrir quién se había colado en su habitación.
Lo primero que había hecho había sido dirigirse a la biblioteca, y con lo único que se había encontrado había sido con un Jasper Hope-Wallace que se había quedado dormido en una chaise longue con un libro abierto sobre el pecho.
Se había asegurado de hacer mucho ruido mientras buscaba entre las estanterías, pero él ni se había inmutado, lo cual significaba que o lo habían noqueado de un golpe o estaba fingiendo.
Y no llegaba a explicarse por qué diantres fingiría estar dormido.
Aunque, durante un instante, le había venido a la cabeza la sospecha de que quizás el resto de los Hope-Wallace estuvieran aliados con él y que hubieran enviado a Lydia a su castillo con la intención de que lo sedujera y sacar algo de él.
Claro que, de inmediato, había recordado el incidente de las cebras y lo había descartado por completo.
Además... confiaba en ella.
Después de su registro infructuoso de la biblioteca, le habían pedido a Georgiana que tratara de conseguirles acceso a los dormitorios que compartían los Thibodeaux y al de los Valiquette.
Y, cuando lo había logrado, ambos los habían registrado al milímetro, pero no habían encontrado nada que les resultara importante.
Lydia, mientras, había pasado el tiempo tratando de obtener información directamente del resto de invitados.
A pesar de la incomodidad manifiesta que la embargaba cuando se veía obligada a entrar a cualquier tipo de salón o sala, o cualquier sitio en el que la compañía resultara haberse reunido en masa, se le daba muy bien captar e interpretar retazos de conversaciones sueltas aquí y allá.
Después, cada noche, consultaba el índice de las anotaciones que había hecho en Strathrannoch Castle, y lo hacía con una precisión digna de una maquinaria automatizada.
Le parecía increíble cómo lograba establecer puntos de conexión en intervenciones a los que a él apenas había prestado atención.
Y, aun así, habían servido de poco. Tanto los De Younge como los Thibodeaux y los Valiquette habían mencionado, en algún punto, algo que podría haber tenido relación con su hermano.
De hecho, hasta Jasper –que había seguido fingiendo ser Joseph Eagermont– había hecho en cierto punto un comentario casual sobre un hombre que vendía pasta de nabo moldeada con forma de cabeza de bacalao en un puesto de una villa cercana a la frontera, y esa noche Lydia le había mostrado la carta en la que Davis le había contado lo mismo.
Aunque Arthur pensaba que, al menos, aquella anécdota no se la había robado a él. Jamás había oído hablar de algo así.
Lydia era obstinada, persistente y más lista que el hambre.
Era evidente que odiaba las veladas de entretenimiento –un día la había descubierto contemplando las cuerdas del pianoforte, como si estuviera tratando de dilucidar la forma de romperlas–, pero, aun así, seguía uniéndose a todas.
Él, la mayoría de las noches, hacía intento de apartarla un rato, de sacarla al pasillo o al jardín para que pudiera tomar un poco de aire; sin embargo, ella pocas veces aceptaba.
«Quiero ayudar», le había dicho la anterior.
«Puedo aguantar», pese a que su rostro había estado un tanto pálido después de que la señora Thibodeaux le sugiriera, en ese inglés bañado por su acento, «alzar su angelical voz en un canto».
Arthur no sabía cómo hacerle ver que ya le estaba ayudando y que no hacía falta que siguiera pasándolo mal porque pensara que fuera lo que los demás querían de ella.
Y lo había intentado, pero no lograba convencerla.
Encima, a su paupérrima obtención de información se le sumaba el hecho de que seguían sin recibir respuesta de parte de Belvoir, y eso que Bertie, en sus cartas, había hecho hincapié en que pretendía mantener su promesa de hacerles llegar cualquier tipo de correspondencia que viniera desde Londres.
Así que, llegados a ese punto, Arthur tenía prácticamente la misma noción de cuáles eran las motivaciones de su hermano que antes de llegar a Kilbride House.
Cada una de las veces que había comenzado a creer que descubrían algo –como cuando lord de Younge había comenzado a hablar sobre un nuevo tipo de añadido para fusiles mientras devoraba una pata de faisán–, no había tardado en caer en saco roto para después volatilizarse en el aire o recaer en otra persona.
En ese caso, monsieur de Valiquette se había puesto a denunciar, con un francés cargado de indignación, el problema de la caza furtiva para después subrayar la benevolencia de algunos aristócratas como bien podían ser él mismo y la duquesa de Sutherland, que era justo una de las benefactoras de Davis.
Y aquello le había llevado a pensar que, o todos los que ocupaban Kilbride House sabían qué se traía entre manos, o ninguno de ellos tenía ni la menor idea.
Claro que, de pronto, la tercera alternativa se presentó por sí sola ante el: la resolución del misterio de quién podría ser su cómplice era obvia. Sin embargo, no había caído antes en ella porque Lydia Hope-Wallace había estado embotándole el cerebro.
Cada una de las noches que habían pasado juntos en la misma alcoba había sido una verdadera tortura.
Por supuesto que ella había tratado de contraargumentar todo lo que le decía, aunque él era lo bastante obstinado como para terminar conteniéndola; no había logrado disuadirle para que durmiera en la cama.
O, al menos, no la primera noche. Había tenido intención de acostarse en una fina alfombra sobre el helado suelo de piedra y se había despertado con los testículos tan encogidos que casi había temido no volver a vérselos jamás.
Y ahí, bajo la fría –muy fría– luz del amanecer, había llegado a la conclusión de que era lo bastante maduro como para poder compartir catre con ella y seguir manteniendo su honor intacto.
Y lo había conseguido. Más o menos.
Durante las siguientes noches, había dormido en horizontal en la parte inferior de la cama, lo cual significaba que se había salido por el borde de pantorrillas para abajo. Claro que la incomodidad no había sido tanto problema como el hecho de que estaba obsesionado con ella.
Pensaba en ella cada segundo del día, en su valentía, inteligencia y fortaleza; en la forma en que se ponía nerviosa y en lo rápido que sus dedos trabajaban.
Y había comenzado a pensar en ella también cada noche.
Porque, además, la sentía. La sentía casi más que si estuvieran en mitad del coito.
Era consciente de todos sus movimientos, de si se removía entre las sábanas, y hasta sabía hasta qué punto se hundía el colchón bajo su peso.
Y también alcanzaba a oler el aroma avainillado que desprendía.
Y quería probarlo, que le recorriera la lengua. Quería recorrerla a ella con la lengua.
Sabía que tenía dos camisones distintos. Aunque no los había visto; cuando se preparaba para dormir, se cubría con aquella bata plagada de botones y se metía con ella puesta en la cama. Después, se peleaba con ella bajo el edredón y terminaba arrojándola el suelo.
Aun así, sabía que debían de ser al menos dos. Algunas noches alcanzaba a ver la tela, de suave algodón, que se preci pitaba sobre sus pies. Como la primera, mientras se recolocaba en el suelo. Claro que otras no lo veía, lo cual debía de significar que se había puesto el otro. Uno más corto.
Y había comenzado a hacer acopio de un gran número de fantasías muy detalladas y vívidas en las que su mente le mostraba qué parte de su cuerpo podía ser sobre la que reposaba el borde de la prenda cuando se la ponía.
¿Sus pantorrillas? ¿Por encima de las rodillas? ¿Más arriba, tal vez?
Las pocas veces que no se encontraba pensando en sus piernas o en sus sonrisas o en sus malditos camisones, en lo que pensaba era en su hermano.
Y en el de ella. Y en dónde podrían encontrarse el comienzo y el fin de todas las mentiras que los rodeaban.
Y para cuando a la mañana siguiente el sol se alzaba en lo alto, no era más que una cáscara vacía, extenuada, excitada y desagradable de sí mismo.
En aquel momento, oyó que Lydia tocaba la campanita para pedir que les trajeran té.
Ni siquiera habían llegado a darse los buenos días, lo cual podía alcanzar a explicar la razón por la que, al despertarse antes incluso de que amaneciera en su sexto día en Kilbride House, lo hiciera con una erección rampante.
–¡Arthur..., despierta!
Sí, debía de haberle despertado alguno de sus susurros. Sonaba alarmada.
Se giró sobre sí mismo, en parte para evitar que pudiera recorrerle con la vista y en parte para prepararse por si tenía que enfrentarse a algún intruso.
–¿Qué ocurre? –preguntó, bajando la voz para imitar el tono con el que ella se había dirigido a él.
–Me ha parecido oír algo. O sea, no..., ¡ay!, aquí en la cama. Sino en la puerta. Creo que hay alguien fuera.